sábado, 12 de noviembre de 2016

La noche de los imanes......Raúl Muñoz González

Foto: Manel Armengol, Actuación policial contra manifestantes (1976)
Las esquinas doblaron en estrechas calles.

Lloraban, los lápices, por el carbón vegetal
de árboles difuminados y farolas aturdidas.
Y la torpe lengua de trapo aún tarareaba

la melodía que sonó en todas las radios.

Unas yemas frotaron la túnica de papel
cuando acechaba un tumulto de
sombras
desfallecidas sobre la plaza Sant Jaume;
aún sollozaban las heridas de un tango

que huyó, despavorido, una noche de 1976.

Quedó el olor del carbón en la camisa del gallo

que seguía tarareando canciones por los tejados
de las raídas chabolas, donde lloran los niños.
Libaba el aire entre sus largos dedos mojados;
ofrecía su tabaco a los pájaros y a las mujeres
que rompían olas frente al Teatro del Liceo.

(Un gallo de aquellos que entran en los gallineros,
agarran por la solapa a los dictadores y los sacuden


hasta que prende la cera de sus cuerpos.)

Estaba con un gallo, fumando frente a un museo;
traficando con el sueño, en aquel viaje de regreso,
sin más equipaje que la dignidad en los bolsillos.

Entre canciones, crecía la enemistad con la policía,
que nos ocultaba sus manos manchadas de sangre.
Íbamos sin prisa: abrazando ideales, chocábamos
con restos de basura, motos mal aparcadas y paredes
donde aún quedaba el rastro de algún corazón partido.
Se difuminaba un grito de botellas y cascos rotos
que, al igual que nosotros, morían en una noche:
una noche parecida a otra noche de registros,
tirones de pelos, puñetazos y patadas en el hígado.
Nos rodeaba un silencio de desapariciones.
Una luz, apesadumbrada, recorría los callejones,
acariciando soledades, besando pálidas mejillas;
prendiendo con sus finos dedos la delgada luz
del último paki, donde fuimos a por más latas.

(Nos encontrábamos cerca de un mar absorto
que miraba desde lejos, guardando la distancia
con el cuartel militar.)

Entramos sin permiso y con pocos conocimientos,
e iluminamos astros cayendo sobre las mesas
y largas pipas enredándose en las lámparas.
Las paredes desconcharon el frenesí, la sangre
hurtó de nuestras venas la palpitación del hueso.
Éramos dos gallos partiéndonos las costillas
por rendirnos a la luna y sus comensales.

En reunión de serpientes acariciando tobillos,
entre lenguas de henna y alcohol, brindamos
por el ombligo de una mujer que olía a carnero,
y besamos la púrpura de unos labios de cristal
sobre nuestros hombros desvanecidos. Solos,
aún atravesados por las lanzas de los fusiles,
como dos refugiados sacando sus pasajes;
ofrecimos el temblor de aquel parto lunar,
alumbrando los rostros que no olvidaron
las madres que sostienen láminas de hulla.

Entramos por sorpresa y celebramos la misa.
Nos convertimos en sacerdotes que regresan,
con sus lápices, para reescribir la historia.
Olimos el ansia mal disimulada de los orines
y de las ratas devorando golpes de estado.
Inhalamos hilos de humo que salían del ombligo
mientras se estremecían los vasos del té.
Nos retorcimos en un largo gemido animal
que ausentó patrullas y despertó a los pájaros,
que vinieron a estrellarse en nuestros ojos.
Y, tras encender velas, nos servimos del amor
para provocar la risa de los muñecos.

(Nos acompañaron imanes, con sus oraciones,
cuando okupamos el museo de la cera.)

El gallo fabricó un rostro; los ojos felinos
le otorgaron fisonomía para al fin amarlo
en la Casa de la Moneda, junto a su madre.

Con el mar de fondo riendo en silencio,
la noche de los imanes vio las alamedas
donde los gallos cantaban al alba


con el puño en alto y las pupilas dilatadas.

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