miércoles, 12 de febrero de 2025

Zanco......Luis San José López*

Finalista del V Concurso Internacional Litteratura de Relato

Foto: Luis BuñuelLas Hurdes, Tierra sin pan

Apoyado en el quicio de la puerta, esperó a que su madre soltara el último aliento, los últimos veintiún gramos que todavía guardaba en los pulmones. Se acercó después a la cama, cruzó sus manos sobre el pecho y le cerró los ojos para que no siguieran sufriendo. Unos ojos vidriados que habían empezado a cristalizar hacía ya bastante tiempo, cuando su padre detonó con el arado una mina dormida desde la guerra.

La vida fue desde entonces muy distinta para todos ellos. Muchas fanegas, muchos animales, mucho trabajo para una mujer sola con dos niños pequeños. Fue entonces cuando sus ojos empezaron a ponerse como de cristal, como los ojos de los mochuelos, con un brillo permanente que no supo nunca disimular. «No te preocupes, mi niño, son las cebollas», le decía, encerrándose una y otra vez en la cocina.
Justino se quedó mirándola y se los cerró. Eso hizo, para que no siguieran acumulando recuerdos, para que no siguieran almacenando dolor. «¿Qué mirarán tan fijos los ojos de los muertos?» Justino se acercó hasta ella, se quedó sentado, en silencio, viendo cómo la muerte se acomodaba debajo de los párpados. Clocaban las gallinas en el corral, las cuatro gallinas que quedaban, cluecas ya porque nadie quería recoger sus huevos, miró las hoces colgadas en el techo, las bieldas abandonadas en un rincón, las herraduras viejas de siete agujeros que imploraban un poco de suerte para un pueblo cada vez más olvidado, desierto, agonizante. Miró las segurejas oxidadas, los cencerros y yugos vencidos por el tiempo y cerró también sus propios ojos. La muerte había puesto una sonrisa en los labios de la madre. Justino chascó la lengua.
Se incorporó muy lentamente, crujieron los muelles de la cama, cogió dos quesos de la alacena, hizo un hatillo y se lo echó a la espalda con un pequeño brinco. «Hay buenos quesos por esta tierra.» Salió a la calle, la barbilla levantada buscando el olor de las jaras, el tomillo, las retamas. Caminó con paso lento, con el sol de cara, con su propia sombra siguiéndole a distancia, con el perro agitando la cadena, intentando llamar su atención. Hace mucho tiempo que ya se hubiera ido de allí, como había hecho la mayor parte de sus vecinos, pero también él había tenido hasta entonces una poderosa cadena. El animal lanzó un aullido profundo a modo de advertencia, un aullido que nunca podrían emitir los perros de la ciudad. «Se habla muy distinto por allá.» Los ruidos, los suspiros y los gritos no salen de las entrañas como aquí, como en estos pueblos hurdanos dejados de la mano de Dios, no tienen densidad, no conocen el dolor de la tierra abandonada.
El aullido de Zanco era un quejido profundo, pero Justino no quiso volverse. «Si miras atrás, desaparece el futuro», solía decirle su madre. Y sin embargo, no tenía fuerzas para dejarlo solo, indefenso, con la muerte rondando por la casa con voracidad insaciable, haciendo sonar las castañuelas de sus dientes descarnados. Se volvió al fin, y el perro cambió los aullidos por gemidos cuando lo vio acercarse. Tenía unos ojos redondos y grandes que nunca le sirvieron de mucho, pero Justino sabía descifrar los movimientos del rabo. «No puedes venir», le dijo. El perro torció la cabeza, queriendo entender. Justino soltó el hatillo, le quitó la cadena y se sentó a su lado, dejando resbalar la espalda contra la pared de adobe. Miró al vacío. El perro daba saltos, le lamía la cara, hacía piruetas y cabriolas celebrando su libertad. «No puedes entenderlo, los perros no tenéis entendimiento», y escuchó un quejido más profundo que sus palabras, un quejido de resignación, un quejido que Zanco había aprendido por sí solo el mismo día en que nació.
A lo lejos, se escuchaba el dolondón de los cencerros, las chicharras y el ladrido de otros perros, empeñados también en entender las palabras de Justino, los lamentos de Zanco, descifrar los olores lastimeros que se habían extendido por el aire. Justino se levantó despacio, recogió el hatillo, escupió en el suelo y comenzó a caminar hacia el horizonte, hacia esa raya que siempre se nos queda distante, siempre a la misma distancia por mucho que avancemos. Olía a parva y ganado, rastrojos y ballico. «¿A qué pueden oler las ciudades?»
Dobló la esquina de la calle Vieja y enfiló hacia su izquierda, otra vez con el sol de frente, otra vez con la sombra detrás y la muerte desperezándose en el quicio de la puerta, prepotente, sabiéndolo todo, haciendo sonar las maracas de sus huesos, mirándole, sintiéndole cada vez más lejos, riéndose...
Justino siguió caminando, no quiso mirarla, no quiso escuchar los ladridos de todos los perros advirtiéndole, recordándole que la calle que estaba recorriendo llevaba también al cementerio, como todos los caminos.


Luis San José López

* Nació en Ciudad Real y reside en Majadahonda (Madrid). Estudiante de periodismo, además de músico nefasto, pintor mediocre y bailarín frustrado, se declara escultor aceptable con la palabra y arquitecto incansable de naipes y sueños. Director teatral de formación, se considera actor ya desde su tierna etapa de cigoto. Fundador de varias compañías de teatro, actualmente está con “Romanceros de Carne y Plata”, para ofrecer poesía musicalizada y dramatizada como rapsoda. Seleccionado para la II Muestra de Teatro Breve de Alcalá y el XXI Certamen nacional de declamación de Albox, donde tuvo que renunciar por coincidir con el estreno de su obra Estramonio. En 2021, obtuvo allí mismo el Tercer Premio con una mención especial. Ganador también del I Certamen de declamación Valentín Nueda, y premio a la mejor escenografía en el II Certamen de teatro El Enguerino. A nivel literario, ha obtenido más de doscientos reconocimientos en tres disciplinas: microrrelato, poesía y narrativa, entre los que a él le gusta destacar el Primer Premio de microteatro por la AER, el “Fray Luis de León” de poesía, el “Albaricoque de Oro” de narrativa, el “Lamucca” de relato erótico; o los otorgados por las Universidades de Almansa y Salamanca, Zenda, la Diputación de Cantabria, Radio Aragón, Radio Nacional de España, Radio Castellón… Prácticamente todos ellos se pueden leer, incluso escuchar, en su bitácora “Caricias y Carencias”: www.cariciasycarencias.com. Finalista del V Concurso Internacional Litteratura de Relato

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