Finalista del V Concurso Internacional “Litteratura” de Relato
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Foto: Luis Buñuel, Las Hurdes, Tierra sin pan |
Apoyado
en el quicio de la puerta, esperó a que su madre soltara el último
aliento, los últimos veintiún gramos que todavía guardaba en los
pulmones. Se acercó después a la cama, cruzó sus manos sobre el
pecho y le cerró los ojos para que no siguieran sufriendo. Unos ojos
vidriados que habían empezado a cristalizar hacía ya bastante
tiempo, cuando su padre detonó con el arado una mina dormida desde
la guerra.
La
vida fue desde entonces muy distinta para todos ellos. Muchas
fanegas, muchos animales, mucho trabajo para una mujer sola con dos
niños pequeños. Fue entonces cuando sus ojos empezaron a ponerse
como de cristal, como los ojos de los mochuelos, con un brillo
permanente que no supo nunca disimular. «No te preocupes, mi niño,
son las cebollas», le decía, encerrándose una y otra vez en la
cocina.
Justino
se quedó mirándola y se los cerró. Eso hizo, para que no siguieran
acumulando recuerdos, para que no siguieran almacenando dolor. «¿Qué
mirarán tan fijos los ojos de los muertos?» Justino se acercó
hasta ella, se quedó sentado, en silencio, viendo cómo la muerte se
acomodaba debajo de los párpados. Clocaban las gallinas en el
corral, las cuatro gallinas que quedaban, cluecas ya porque nadie
quería recoger sus huevos, miró las hoces colgadas en el techo, las
bieldas abandonadas en un rincón, las herraduras viejas de siete
agujeros que imploraban un poco de suerte para un pueblo cada vez más
olvidado, desierto, agonizante. Miró las segurejas oxidadas, los
cencerros y yugos vencidos por el tiempo y cerró también sus
propios ojos. La muerte había puesto una sonrisa en los labios de la
madre. Justino chascó la lengua.
Se
incorporó muy lentamente, crujieron los muelles de la cama, cogió
dos quesos de la alacena, hizo un hatillo y se lo echó a la espalda
con un pequeño brinco. «Hay buenos quesos por esta tierra.» Salió
a la calle, la barbilla levantada buscando el olor de las jaras, el
tomillo, las retamas. Caminó con paso lento, con el sol de cara, con
su propia sombra siguiéndole a distancia, con el perro agitando la
cadena, intentando llamar su atención. Hace mucho tiempo que ya se
hubiera ido de allí, como había hecho la mayor parte de sus
vecinos, pero también él había tenido hasta entonces una poderosa
cadena. El animal lanzó un aullido profundo a modo de advertencia,
un aullido que nunca podrían emitir los perros de la ciudad. «Se
habla muy distinto por allá.» Los ruidos, los suspiros y los gritos
no salen de las entrañas como aquí, como en estos pueblos hurdanos dejados de la mano de Dios, no tienen densidad, no conocen el dolor
de la tierra abandonada.
El
aullido de Zanco era un quejido profundo, pero Justino no quiso
volverse. «Si miras atrás, desaparece el futuro», solía decirle
su madre. Y sin embargo, no tenía fuerzas para dejarlo solo,
indefenso, con la muerte rondando por la casa con voracidad
insaciable, haciendo sonar las castañuelas de sus dientes
descarnados. Se volvió al fin, y el perro cambió los aullidos por
gemidos cuando lo vio acercarse. Tenía unos ojos redondos y grandes
que nunca le sirvieron de mucho, pero Justino sabía descifrar los
movimientos del rabo. «No puedes venir», le dijo. El perro torció
la cabeza, queriendo entender. Justino soltó el hatillo, le quitó
la cadena y se sentó a su lado, dejando resbalar la espalda contra
la pared de adobe. Miró al vacío. El perro daba saltos, le lamía
la cara, hacía piruetas y cabriolas celebrando su libertad. «No
puedes entenderlo, los perros no tenéis entendimiento», y escuchó
un quejido más profundo que sus palabras, un quejido de resignación,
un quejido que Zanco había aprendido por sí solo el mismo día en
que nació.
A
lo lejos, se escuchaba el dolondón de los cencerros, las chicharras
y el ladrido de otros perros, empeñados también en entender las
palabras de Justino, los lamentos de Zanco, descifrar los olores
lastimeros que se habían extendido por el aire. Justino se levantó
despacio, recogió el hatillo, escupió en el suelo y comenzó a
caminar hacia el horizonte, hacia esa raya que siempre se nos queda
distante, siempre a la misma distancia por mucho que avancemos. Olía
a parva y ganado, rastrojos y ballico. «¿A qué pueden oler las
ciudades?»
Dobló
la esquina de la calle Vieja y enfiló hacia su izquierda, otra vez
con el sol de frente, otra vez con la sombra detrás y la muerte
desperezándose en el quicio de la puerta, prepotente, sabiéndolo
todo, haciendo sonar las maracas de sus huesos, mirándole, sintiéndole
cada vez más lejos, riéndose...
Justino
siguió caminando, no quiso mirarla, no quiso escuchar los ladridos
de todos los perros advirtiéndole, recordándole que la calle que
estaba recorriendo llevaba también al cementerio, como todos los
caminos.
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Luis San José López |
*
Nació
en Ciudad Real y reside en Majadahonda (Madrid). Estudiante de
periodismo, además de músico nefasto, pintor mediocre y bailarín
frustrado, se declara escultor aceptable con la palabra y arquitecto
incansable de naipes y sueños. Director
teatral
de
formación, se
considera actor
ya desde su
tierna etapa de cigoto. Fundador de varias compañías de teatro,
actualmente está
con
“Romanceros de Carne y Plata”, para ofrecer poesía musicalizada
y dramatizada como rapsoda.
Seleccionado para la II Muestra de Teatro Breve de Alcalá y el XXI
Certamen
nacional de declamación de Albox, donde tuvo
que renunciar por coincidir con el estreno de su
obra Estramonio.
En 2021, obtuvo
allí mismo el Tercer Premio con una
mención
especial. Ganador también del
I Certamen
de declamación Valentín Nueda, y
premio
a la mejor escenografía en el II
Certamen
de teatro El
Enguerino. A
nivel literario, ha obtenido más
de doscientos
reconocimientos en tres disciplinas: microrrelato,
poesía y narrativa, entre
los que a
él le gusta destacar el Primer Premio de
microteatro
por
la AER, el “Fray Luis de León” de poesía,
el “Albaricoque de Oro” de
narrativa,
el
“Lamucca” de relato erótico; o los otorgados por las
Universidades de Almansa y Salamanca, Zenda,
la
Diputación de Cantabria, Radio Aragón, Radio
Nacional de España,
Radio
Castellón… Prácticamente todos ellos se pueden leer, incluso
escuchar, en su
bitácora
“Caricias
y Carencias”: www.cariciasycarencias.com. Finalista del V
Concurso Internacional “Litteratura” de Relato.
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