miércoles, 12 de marzo de 2025

Hacia mar adentro......Sergio Pérez Algaba*

Finalista del V Concurso Internacional Litteratura de Relato

Foto: www.es.pinterest.com

Pensó que ya había vivido demasiado, cuarenta y tantos años dejándose la piel entre artes, cabos y aparejos de mugrientos pesqueros, con dos mujeres, un puñado de amantes, muchos litros de aguardiente y cientos de pipas chamuscadas a sus espaldas. Su cara arrugada, los diversos tatuajes de su cuerpo y sus manos ásperas, surcadas por decenas de cicatrices que las recorrían de lado a lado, daban buena cuenta de ello.

     Al final, su gran sueño de trasladarse a Argentina y ser empresario, vestir traje y camisa y llevar un maletín de piel curtida quedó amarrado en puerto. Si el matrimonio con la Juani tuvo gran parte de culpa, la llegada anticipada del primero de sus cuatro hijos hizo el resto. Ellos se lo buscaron, y también la Juani pudo dar buena cuenta de ello.
         Gran amante y mejor esposa, cuando a sus quince años se lo pidió, paseando por los acantilados de Burela. Una mujer hermosa, morena de pelo y piel, cuello esbelto y enormes ojos oscuros. De aspecto agitanado y fina como un boquerón, con graciosos tirabuzones colgando por su frente y acariciando sus mejillas. La Juani era corta de talla pero fogosa en el lecho y fuerte de carácter, aunque quizás no lo suficiente como para soportar los duros inviernos de Lugo. Una noche de tormenta se la llevó y él no estuvo allí para despedirse, la mar le retenía en sus labores.
           Cuando llegó a puerto semanas después, enterado ya, amarró en la barra de la taberna y toda la noche se quedó bebiendo y fumando de su pipa, con la cabeza hundida bajo sus hombros y sin levantar la vista salvo para arrearse cada trago. Dicen que la lloró, aunque por su mejilla no se vio derramar lágrima alguna. Luego, al amanecer, salió camino del cementerio y hasta bien entrada la tarde permaneció sentado frente a su sepultura. Pocos días después, ya estaba enrolado en otro barco que salía a la mar, deseando quizá que ésta se lo tragara para que jamás le devolviera a tierra con vida.
       No fue así y anduvo de puerto en puerto, dejando bastardos en muchos de ellos, entre el norte de España, la Bretaña francesa y el sur de la isla de Inglaterra, asistiendo en cada lonja a las subastas del pescado que sus manos robaban a la mar y bebiendo en sus tabernas después. Siete años tardó en volver a Burela, para entonces sus hijos apenas le recordaban. Una breve carta les dejó escrita a cada uno de ellos y pagó un billete de tren para que le llevara hasta Cádiz, creyendo que el calor del sur y cruzar la península por tierra cambiaría las cosas.
          Se alojó en una posada y no tardó en intimar con la dueña, otra viuda al menos diez años más joven que él, cuyo esposo dejó de serlo tiempo atrás, al irse alistado como cocinero en un contratorpedero al mando del Capitán de Navío Fernando Villaamil. Aquel fue uno de los tantos barcos de guerra que hundió su quilla en la bahía del puerto de Santiago de Cuba, al ser alcanzado por el fuego de la flota estadounidense, en la guerra que España mantuvo con éstos por la independencia de Cuba. Mala suerte para un simple cocinero.
           Cambió las redes por la regencia del hostal y acabó subiendo al altar en segundas nupcias cuando ella hubo dejado el luto. Fueron felices durante unos años y aguantó en tierra otros tantos. Por un tiempo sintió la calma y fue feliz, hasta que la mar le volvió a llamar y acabó enrolándose en otro buque, dejando otro par de criaturas huérfanas y devolviendo el luto a su última esposa. La Juani, que no conseguía sacar de su cabeza, fue la razón.

Pasó los años siguientes de nuevo entre aparejos, nunca más regresó a ese Cádiz que quiso concederle una segunda oportunidad. Ahora tenía los sesenta y uno cumplidos esa misma primavera y había vuelto a su Burela, la que le vio nacer. Poco quedaba de aquel muchacho rudo y vigoroso y de aquel pueblo que fue pequeño décadas atrás. Todo había cambiado demasiado, hasta las pulgas de los perros parecían distintas, más grandes. Había coches de caballos por las calles, la taberna de Paqui ya no era suya y la casa que vio nacer a sus hijos ahora estaba ocupada por extraños.

       En Burela corrían nuevos tiempos y olía a prosperidad en cada esquina. Se alojó en la hospedería, pagando sobradamente por anticipado su estancia, y fue paseando al cementerio a visitar a su Juanita. Le puso flores, limpió la lápida y arrancó las malas hierbas que osaban rodearla, luego la besó y se quedó en silencio junto a ella hasta que el sol se escondió a descansar.
          Esa noche se acostó pronto, sin pasar siquiera por la taberna donde enjuagar su boca con aguardiente. Quiso descansar para levantarse temprano. Al día siguiente, madrugó sin haber amanecido siquiera y marchó hasta la playa. Paró frente a la mar, se deshizo de sus ropas, y desnudo, mirando el horizonte como quien mira su viejo retrato, con una mueca en la cara, recordó ser de los pocos marineros que de todos los que conoció sabían nadar. Estiró brazos y piernas y calentó sus músculos cansados y entumecidos, luego entró en el agua lentamente y comenzó a bracear.
        La marea estaba baja y calmada. Nadó hasta no ver tierra, hasta mitad de la nada, y siguió adelante. Pronto empezaron los calambres, pero aún tenía unos brazos fuertes y la resistencia del que sabe bien lo que hace, nunca le intimidó el Cantábrico. Nadó mar adentro, muy adentro, donde las antiguas leyendas sobre piratas relatan sus historias más increíbles, y siguió nadando. Había vivido demasiado, había conocido más mujeres de las que nunca pudo desear, tenía tantos hijos como cicatrices y su Juanita, de piel fina y aspecto agitanado, le esperaba en la otra orilla.
        La campana de la iglesia de Burela repiqueteó, y el murmullo de los fieles con sus galas de domingo inundó las calles camino de la misa.


Sergio Pérez Algaba
Nació en Madrid en 1979. Empezó a escribir desde niño, le encantaba perderse por recovecos inesperados cuando en el colegio les pedían una redacción. Se inventaba cuentos que adornaba con ilustraciones. Nos cuenta que con 13 años escribió su primera historia, Invasión alienígena, en la que una nave extraterrestre invadía España y el protagonista, un chaval, narraba en primera persona lo que sucedía ese día de colegio. A los 17 años escribió su segundo relato, Tristes memorias de un gilipollas, sobre una noche de botellón en el parque de Tribunal, en Madrid, donde entra una multitud de skins a repartir leña. Un chaval se esconde y recuerda lo bueno y lo malo de su vida, porque no cree poder salir de allí vivo. Durante los cuatro años de secundaria, se presentó a los concursos de pintura, ganando siempre el primer premio, y el último año también al de poesía, y quedó segundo. El premio era un cheque de 15.000 pesetas para consumir en una librería. Mortadelo y Filemón se llevaron buena parte del primero, pero así empezó a buscar libros que le dejaran boquiabierto, y a devorar novelas de Juan José Millás, Julio Llamazares, Arturo Pérez-Reverte... En plena adolescencia comenzó a escribir de todo, novelas que guarda en un cajón, cuentos y poemas que empezó a colgar en un blog. De ahí han salido cuatro libros de relatos publicados en Amazon: Jefe, otra de oporto. Que se me calienta la boca, Contando lo que no está escrito, Haciendo eses sobre el ring, Echemos unos puros y a disfrutar mientras podamos (2019); y la recopilación Un largo de relatos (2020). En la actualidad, acude a diversos cursos de escritura y ha concluido dos novelas: Ese loco sueño de amor y Cáncer no es mi signo del zodiaco. Finalista del V Concurso Internacional 
Litteratura de Relato.


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