jueves, 11 de julio de 2019

El pinche Alfredo era bien impuntual......Adolfo Ramírez*

Finalista del III Concurso Litteratura de Relato

Foto: www.lavoz.com.ar
Era tarde, siempre llegaba tarde a todo. Tenía que estar a las seis, y ya eran las seis. Alfredo subió en chinga al elevador. El elevador se atascó en el quinto piso, allí también estaba... ¡el famoso Jimmy Jaime!: el cantante de música de corridos.
         Alfredo escribía canciones desde los ocho años, pero nunca supo qué utilidad tenía eso. Una vez compuso el jingle para la campaña política de un senador del PAN. Le pagaron una mierda, aunque en realidad, nadie le había pagado nunca un centavo por escribir canciones, así que no le vinieron mal aquellos doscientos cincuenta pesos. Luego intentó por aquí, por allá, pero está claro que la música no deja un varo si eres un incipiente cantante de rock, desconocido hasta en su casa.
         Repartía su currículum como si fuese publicidad de Burger King, en pequeñas empresas que nada tenían que ver con la música. Sin embargo, nuestro amigo lo hacía encomendándose a una caracola que usaba como llavero. Era su amuleto de la suerte: una caracola pequeñita que compró en el mercado de música de Taxqueña, le dijeron que perteneció al ícono del rocanrol mexicano, Rockdrigo González. La neta, todos pensaban que esa madre era falsa; insinuaban que a Alfredo “le vieron la cara” cuando se la vendieron, pero quizá a él sólo le bastaba con la historia de que ese amuleto estuvo en manos del Rockdrigo.
         Una vez, llamaron a Alfredo de una mueblería para chambear de mensajero. Su jefe era un junior prepotente, un soberano mamón que observaba los zapatos de la gente y calificaba a las personas por su puntualidad. Alfredo era bien pinche impuntual. Apenas era su tercer encargo y le dijeron claramente: “Alfredo, lleva estos clavos a las seis en punto al piso siete, en Paseo de la Reforma número 829”. En el camino, Alfredo se encontró una tienda de música y ahí, entre los discos, se le fueron las horas.
         Cuando se dio cuenta, era tarde, siempre llegaba tarde a todo. Tenía que estar a las seis, y ya eran las seis. Alfredo subió en chinga al elevador. El elevador se atascó en el quinto piso, allí también estaba el famoso Jimmy Jaime: el cantante de música de corridos.
         Primero se atoró el elevador, Jimmy Jaime era claustrofóbico y comenzó a gritar por ayuda, después el elevador empezó a balancearse. “¡Está temblando!”, gritó Alfredo. Jimmy lo abrazó: “No me sueltes, no me sueltes”, decía.
         Cuando se cansaron de gritar, Alfredo intentó apaciguar las cosas:
Tranquilo, no pasa nada, parece que ya se calmó el temblor.
¿Y por qué no nos han sacado? ¡Ya pasaron como quince minutos!
Yo creo que evacuaron el edificio, pero en cuanto regresen, seguramente nos van a sacar.
¿Y mientras tanto qué hacemos? ¿No podremos abrir las puertas?
Alfredo intentó, pero estaban realmente atascadas.
Imposible, hay que mantener la calma. Qué lástima, me van a correr de mi trabajo.
¿A qué te dedicas? preguntó Jimmy Jaime, soltando a Alfredo.
Soy… pues… ocasionalmente canto en bares y así.
¡Ah chingá!, ¿también eres músico? Jimmy dejó a un lado su natural temor a los lugares cerrados y se montó en su papel cotidiano de mexicano, norteño, macho.
Sí, pero no soy famoso como tú.
A ver, pues, cántate algo pa’ ver si se nos quitan un poco los nervios.
        Alfredo titubeó, pero al final se echó una de sus quinientas canciones: una letra fantástica, conmovedora, intensa; y su voz era poderosa, pero delicada, intensa pero flexible como las hojas de los árboles. Al terminar, abrió los ojos, ambos se olvidaron por un momento del sismo, se miraron, Jimmy Jaime estaba llorando, subvertido por la hermosa voz de Alfredo.
¿Esa canción de quién es?
¡Es mía!
¡No mames! dijo Jimmy Jaime, limpiándose una gorda lágrima, eres un verdadero talento, ¿cómo te llamas?
Alfredo, Alfredo Martínez.
Eres increíble, mi amigo. Deja que nos saquen de este pinche elevador y te voy a llevar a un estudio para que grabemos juntos esa canción. ¡Yo te voy a hacer famoso!
¿En serio? Alfredo no pudo ocultar su emoción por estar cumpliendo el sueño de su vida.
         —Claro, pero te vamos a poner un buen nombre artístico, algo como… Alfredo Mercurio. Alfredo Martínez se escucha muy culero.
Muchas gracias, amigo dijo él, aferrándose a la caracola de su llavero.
         De pronto se vino un terrible estruendo: era una réplica del primer temblor, y ya se sabe que las réplicas son más salvajes que los propios terremotos de origen. La luz se apagó, el elevador cayó y, luego de un crujido, el edificio entero se vino abajo.
         Alfredo siempre llegaba tarde a todo.


Adolfo Ramírez
* Nació en Ciudad de México. Es "chorero", como él se autodenomina, o creador de "choremas", género que aúna poemas, música e interpretación. Él los define como "poesía rock literaudiovisual", que recita e interpreta con su banda La Sombra de los Perros. Lo puedes seguir en su blog ColibríZurdo (www.eladolforamirez.blogspot.com). Finalista del III Concurso Litteratura de Relato.

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