sábado, 18 de agosto de 2018

Los locos insomnes......Isabel Santonja García-Ramos*

Segundo Premio del III Concurso Litteratura de Relato

Foto: www.noticias.spainhouses.net
Un golpe de mar enmudeció a través de la ventanilla y me sacó de un sueño lúcido. Mi madre hacía ascender con maestría el ajado Polo de mi hermano por la carretera empinada. Desde el asiento del copiloto, un entramado de pinos obstruía la vista al mar. No obstante, el hogar tiene una cadencia que se intuye con los huesos.
Me hubiese gustado abrir la ventana para sentir el garbí y el eterno ulular de las palomas, que habían de llorar aquella tarde; pero me ardían las sienes y semejante capricho nostálgico sólo empeoraría el dolor.
Mi madre conducía fingiendo prestar atención a un camino que nos pertenecía, como los atardeceres de invierno y el óxido de las hamacas abandonadas. Reparé entonces en que mis padres tendrían también que dejarme un día y, entonces, sería heredera de una fortaleza de sal y ausencias.
Casi simultánea fue la revelación de que todas las experiencias de los meses anteriores no tenían ya ninguna importancia. Los viajes hediondos en autobuses interminables, las ampollas en los pies y los platos invariablemente llenos de arroz y papas eran ahora parte de un pasado del que sólo hablaría a mis hijos a escondidas de sus abuelos.
Hacía más de un cuarto de año que había puesto rumbo a Sudamérica con la intención de hacer un viaje oval que habría de empezar y acabar en la Patagonia chilena. Un resquicio de cobertura en mi peregrinación a Choquequirao puso fin a la aventura.
Había llegado al Cuzco dos semanas antes y, en cuanto abrí la puerta de la pensión, sentí el peso de una ausencia ajena. La casa de huéspedes, no obstante, estaba, conmigo, llena. Vivían en el piso también los mesoneros: el Gordo y su mujer.
De manera automática, me apeé para abrir la puerta del jardín. Mi madre y el coche me adelantaron, recorrí los últimos metros a pie. En lugar de aparcar en el garaje, lo hizo frente a la puerta y entramos a casa por la cocina. En el salón, mi padre esperaba, apoltronado en su butaca, mirando la televisión sin volumen. Me saludó levemente, asintiendo con la cabeza. Le di un beso en la frente y fui a dejar la mochila.
En la nevera no había Estrella. Oí a mi madre detrás de mí, entrando en la cocina.
—¿Dónde está Luis? —le pregunté.
—Navegando.
La primera noche que pasé en Cuzco pedí una sopa de verduras y me sirvieron una de pollo. No pude siquiera quejarme, el soroche me cercaba la garganta. Más tarde, aterricé en mi cama agotada, pero no conseguí quedarme dormida. Fui una decena de veces al baño, e invariablemente encontraba al Gordo sentado delante de otra televisión silenciosa y con ojos de lechuza. Puede que pensase que yo no era más que un fantasma. A la mañana siguiente, frente a la mesa del desayuno, recuperé mi materialidad.
—Pruebe la palta, tenemos una plantación en Limatambo me incitó la mujer.
—Están bacán, del trabajo me las piden como cancha. No son como las del mercado—añadió el Gordo—, que cuando las abres, están negras, pudriditas nomás. La Pachamama sólo da lo que recibe: ellos echan mierda a la tierra y eso es lo que les devuelve.
Corté un aguacate por la mitad y saqué el hueso con el cuchillo. Hincando la cuchara, lo despojé de una fracción de sus carnes y me la llevé a las fauces. Efectivamente, bacán.
Revolcándome de nuevo sobre mi alfombra, me dio la madrugada. Sería el jet lag, pero encadenaba ya quince días sin dormir más de una hora seguida. Una neblina azul fantasmagórico me arañaba los ojos y no conseguía siquiera reconocer si era prosa o verso lo que leía. Empecé a pasear por la casa, mi padre seguía en el salón y conversaba con mi hermano acerca de las subidas y bajadas del IBEX 35. Quise entrar a saludarle, pero no me atreví a interrumpirlos. Volví a la nevera, los botellines de Estrella seguían sin aparecer y el último trozo de mató se estaba volviendo añil.
—¿Saben como puedo llegar a Choquequirao? —pregunté, recuperada de mi particular síndrome de Stendhal, la mañana después de volver de Machu Picchu.
—¿Conoces Choquequirao? —preguntó el Gordo, clavando en mí sus ojos chinescos.
—Leí un reportaje.
—Parto mañana para Cachora. Desde allá son dos días de pura pendiente.
—¿Puedo acompañarlo?
—Si gusta —concedió, retirándome la mirada.
La luz de la piscina se colaba por las rendijas de las persianas y proyectaba su lujo excéntrico y fluctuante sobre las paredes de mi habitación, invitando a la zambullida. Nadaba por fin, cuando mi hermano emergió de las profundidades cloradas.
—Te he echado de menos, peruanita —dijo, deshaciéndose en un abrazo flotante.
—No he estado tanto tiempo como para que me den el pasaporte. —Reí, mientras Luis se escurría de nuevo.
—Pero te has perdido tantas cosas —dijo, triste, subiendo las escaleras de la piscina.
—Ya, me tienes que contar por qué lo hiciste. —Mis palabras lo atravesaron, guiándolo de vuelta a la playa.
La primera noche la pasamos en Cachora, en casa de una cholita, prima de uno de los miembros de aquella ministerial peregrinación. Todos eran funcionarios, peruanos y hombres, menos yo. El día siguiente nos marchamos temprano. Anduvimos casi todo el día cuesta abajo hasta llegar al punto donde habíamos de dormir. Acampamos todos menos el Gordo, que se había quedado atrás y seguiría caminando por la noche. Cuando el sol me recriminó el insomnio, hacia ya tiempo que nos había adelantado.
—¿No le dan miedo los caminos por la noche? —abordé a un colega suyo.
Más terror le da jatear. De frío se le murió su bebé por la noche —contestó.
Me imaginé al Gordo, insomne, llorando entre la penumbra de las piedras sin parar de caminar y, antes de terminar de levantarme, eché a andar.
Los bollos que la chica había traído para desayunar constituían un muro infranqueable frente a la foto de mi hermano, que, enmarcada en ébano, se erigía en el otro extremo de la mesa. En el asiento contiguo, mi madre mareaba silenciosa el café con leche, esperando a que se pasase la hora del desayuno. Yo distraía pensamientos terribles, haciendo trizas un cruasán.
Lo alcancé sobre la hora de la comida: los dos insomnes, solos. Buscó en su mochila.
—Toma una palta: curan todo menos los disgustos que todavía no te ha dado la vida.
Se lo agradecí, me senté a su lado y partí un trozo de pan para darle la mitad.
—Sé lo de tu hijo —le confesé. El Gordo se encogió de hombros.
Mientras aplastaba el aguacate sobre el pan, vibraron las tripas de mi macuto. Preparé y engullí el emparedado primero y luego saqué el móvil: un SMS de mi madre. Unos minutos después, el Gordo movía su manota frente a mis ojos como si me estuviese precipitando a una pesadilla de la que pudiese de ese modo arrancarme.
Aquella mañana, tras la foto exánime, era mi padre el que agitaba los brazos furioso. Con cada sacudida, se organizaba en su vientre desnudo un vívido oleaje.
—¿Acaso cogiste ayer el coche de Luis para recoger a la niña? —rugía.
—¿Qué coño querías que hiciese? —Mi madre rompió a llorar—. El mío está estropeado y no me decías dónde estaban las llaves del tuyo.
—¡¿Cogiste el coche en que se mató tu hijo?! Eres una puta enferma. —El insulto de mi padre explotó y cargó el aire del salón con sus despojos. Yo miraba las olas a través de la ventana: mecían las cenizas de Luis.
—¿Qué culpa tengo yo de que mi hijo se suicidase en el garaje? —sollozaba mi madre.
—La Pachamama da lo que recibe, el mar lo engulle todo... —murmuré. Pensé en el Gordo, en si habría enterrado a su hijo. Yo no habría de heredar en aquel imperio de sal una tumba para mi hermano.
—¿Y tú qué dices? —me espetó mi padre—. Siempre a tu puta bola —culminó, arrojando un día más su peso sobre la butaca y encendiendo la televisión muda. 
—Alguien tiene que ser normal en esta casa —se infló, histérica, mi madre—. No podemos ser todos unos locos insomnes.



Isabel Santonja García-Ramos
Nació en Madrid. Licenciada en Medicina por la Universidad Autónoma de Madrid en 2017, hizo un año de estudios Erasmus en la Universidad de Medicina de Viena (Austria) y otros seis meses de prácticas en hospitales de esta ciudad (Sozialmedizinisches Zentrum Baumgartner Höhe Otto-Wagner-Spital, Wilhelminenspital y AKH Wien), donde reside actualmente. Ahora mismo, su mayor interés es la Medicina Preventiva. Se considera bastante creativa y siempre le ha gustado escribir. Ha obtenido el Segundo Premio del III Concurso Litteratura de Relato.

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