Segundo Premio del III Concurso Litteratura de Relato
Un
golpe de mar enmudeció a través de la ventanilla y me sacó de un sueño lúcido.
Mi madre hacía ascender con maestría el ajado Polo de mi hermano por la
carretera empinada. Desde el asiento del copiloto, un entramado de pinos
obstruía la vista al mar. No obstante, el hogar tiene una cadencia que se
intuye con los huesos.
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Foto: Rocío Carranz |
Me hubiese gustado abrir la ventana para sentir el garbí y
el eterno ulular de las palomas, que habían de llorar aquella tarde; pero me
ardían las sienes y semejante capricho nostálgico sólo empeoraría el dolor.
Mi madre conducía fingiendo prestar atención a un camino
que nos pertenecía, como los atardeceres de invierno y el óxido de
las hamacas abandonadas. Reparé entonces en que mis padres tendrían también que
dejarme un día y, entonces, sería heredera de una fortaleza de sal y ausencias.
Casi simultánea fue la revelación de que todas las
experiencias de los meses anteriores no tenían ya ninguna importancia. Los
viajes hediondos en autobuses interminables, las ampollas en los pies y los
platos invariablemente llenos de arroz y papas eran ahora parte de un pasado
del que sólo hablaría a mis hijos a escondidas de sus abuelos.
Hacía más de un cuarto de año que había puesto rumbo a
Sudamérica con la intención de hacer un viaje oval que habría de empezar y
acabar en la Patagonia chilena. Un resquicio de cobertura en mi peregrinación a
Choquequirao puso fin a la aventura.
Había llegado al Cuzco dos semanas antes y, en cuanto abrí
la puerta de la pensión, sentí el peso de una ausencia ajena. La casa de
huéspedes, no obstante, estaba, conmigo, llena. Vivían en el piso también los
mesoneros: el Gordo y su mujer.
De manera automática, me apeé para abrir la puerta del
jardín. Mi madre y el coche me adelantaron, recorrí los últimos metros a pie.
En lugar de aparcar en el garaje, lo hizo frente a la puerta y entramos a casa
por la cocina. En el salón, mi padre esperaba, apoltronado en su butaca,
mirando la televisión sin volumen. Me saludó levemente, asintiendo con la
cabeza. Le di un beso en la frente y fui a dejar la mochila.
En la nevera no había Estrella. Oí a mi madre detrás de mí, entrando en la cocina.
—¿Dónde está Luis? —le pregunté.
—Navegando.
La primera noche que pasé en Cuzco pedí una sopa de
verduras y me sirvieron una de pollo. No pude siquiera quejarme, el soroche me
cercaba la garganta. Más tarde, aterricé en mi cama agotada, pero no conseguí
quedarme dormida. Fui una decena de veces al baño, e invariablemente encontraba
al Gordo sentado delante de otra televisión silenciosa y con ojos de lechuza.
Puede que pensase que yo no era más que un fantasma. A la mañana siguiente,
frente a la mesa del desayuno, recuperé mi materialidad.
—Pruebe la palta, tenemos una plantación en Limatambo —me incitó la mujer.
—Están bacán, del trabajo me las piden como cancha. No son
como las del mercado—añadió el Gordo—, que cuando las abres, están negras,
pudriditas nomás. La Pachamama sólo da lo que recibe: ellos echan mierda a la
tierra y eso es lo que les devuelve.
Corté un aguacate por la mitad y saqué el hueso con el
cuchillo. Hincando la cuchara, lo despojé de una fracción de sus carnes y me la
llevé a las fauces. Efectivamente, bacán.
Revolcándome de nuevo sobre mi alfombra, me dio la
madrugada. Sería el jet lag, pero encadenaba ya quince días sin dormir más de
una hora seguida. Una neblina azul fantasmagórico me arañaba los ojos y no
conseguía siquiera reconocer si era prosa o verso lo que leía. Empecé a pasear
por la casa, mi padre seguía en el salón y conversaba con mi hermano acerca de
las subidas y bajadas del IBEX 35. Quise entrar a saludarle, pero no me atreví
a interrumpirlos. Volví a la nevera, los botellines de Estrella seguían sin
aparecer y el último trozo de mató se estaba volviendo añil.
—¿Saben como puedo llegar a Choquequirao? —pregunté,
recuperada de mi particular síndrome de Stendhal, la mañana después de volver
de Machu Picchu.
—¿Conoces Choquequirao? —preguntó el Gordo, clavando en mí
sus ojos chinescos.
—Leí un reportaje.
—Parto mañana para Cachora. Desde allá son dos días de
pura pendiente.
—¿Puedo acompañarlo?
—Si gusta —concedió, retirándome la mirada.
La luz de la piscina se colaba por las rendijas de las
persianas y proyectaba su lujo excéntrico y fluctuante sobre las paredes de mi
habitación, invitando a la zambullida. Nadaba por fin, cuando mi hermano
emergió de las profundidades cloradas.
—Te he echado de menos, peruanita —dijo, deshaciéndose en
un abrazo flotante.
—No he estado tanto tiempo como para que me den el
pasaporte. —Reí, mientras Luis se escurría de nuevo.
—Pero te has perdido tantas cosas —dijo, triste, subiendo
las escaleras de la piscina.
—Ya, me tienes que contar por qué lo hiciste. —Mis
palabras lo atravesaron, guiándolo de vuelta a la playa.
La primera noche la pasamos en Cachora, en casa de una cholita,
prima de uno de los miembros de aquella ministerial peregrinación. Todos eran
funcionarios, peruanos y hombres, menos yo. El día siguiente nos marchamos
temprano. Anduvimos casi todo el día cuesta abajo hasta llegar al punto donde
habíamos de dormir. Acampamos todos menos el Gordo, que se había quedado
atrás y seguiría caminando por la noche. Cuando el sol me recriminó el
insomnio, hacia ya tiempo que nos había adelantado.
—¿No le dan miedo los caminos por la noche? —abordé a un
colega suyo.
—Más
terror le da jatear. De frío se le murió su bebé por la noche —contestó.
Me imaginé al Gordo, insomne, llorando entre
la penumbra de las piedras sin parar de caminar y, antes de terminar de
levantarme, eché a andar.
Los bollos que la chica había traído para desayunar
constituían un muro infranqueable frente a la foto de mi hermano, que,
enmarcada en ébano, se erigía en el otro extremo de la mesa. En el asiento
contiguo, mi madre mareaba silenciosa el café con leche, esperando a que se
pasase la hora del desayuno. Yo distraía pensamientos terribles, haciendo
trizas un cruasán.
Lo alcancé sobre la hora de la comida: los dos insomnes, solos. Buscó en su mochila.
—Toma una palta: curan todo menos los disgustos que
todavía no te ha dado la vida.
Se lo agradecí, me senté a su lado y partí un trozo de pan
para darle la mitad.
—Sé lo de tu hijo —le confesé. El Gordo se
encogió de hombros.
Mientras aplastaba el aguacate sobre el pan, vibraron las
tripas de mi macuto. Preparé y engullí el emparedado primero y luego saqué el
móvil: un SMS de mi madre. Unos minutos después, el Gordo movía su manota frente a mis ojos como si me
estuviese precipitando a una pesadilla de la que pudiese de ese modo
arrancarme.
Aquella mañana, tras la foto exánime, era mi padre el que
agitaba los brazos furioso. Con cada sacudida, se organizaba en su vientre
desnudo un vívido oleaje.
—¿Acaso cogiste ayer el coche de Luis para recoger a la niña?
—rugía.
—¿Qué coño querías que hiciese? —Mi madre rompió a
llorar—. El mío está estropeado y no me decías dónde estaban las llaves del
tuyo.
—¡¿Cogiste el coche en que se mató tu hijo?! Eres una puta enferma. —El insulto de mi padre explotó y cargó el aire del salón con sus
despojos. Yo miraba las olas a través de la ventana: mecían las cenizas de
Luis.
—¿Qué culpa tengo yo de que mi hijo se suicidase en el
garaje? —sollozaba mi madre.
—La Pachamama da lo que recibe, el mar lo engulle todo... —murmuré. Pensé en el Gordo, en si habría enterrado a su hijo. Yo no habría
de heredar en aquel imperio de sal una tumba para mi hermano.
—¿Y tú qué dices? —me espetó mi padre—. Siempre a tu puta
bola —culminó, arrojando un día más su peso sobre la butaca y encendiendo la
televisión muda.
—Alguien tiene que ser normal en esta casa —se infló,
histérica, mi madre—. No podemos ser todos unos locos insomnes.
* Nació
en Madrid. Licenciada en Medicina por la Universidad Autónoma de Madrid en 2017,
hizo un año de estudios Erasmus en la Universidad de Medicina de Viena (Austria)
y otros seis meses de prácticas en hospitales de esta ciudad (Sozialmedizinisches
Zentrum Baumgartner Höhe Otto-Wagner-Spital, Wilhelminenspital y AKH Wien), donde reside actualmente. Ahora mismo, su mayor interés es la
Medicina Preventiva. Se considera bastante creativa y siempre le ha gustado escribir. Ha obtenido el Segundo Premio del III Concurso Litteratura de Relato.
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Isabel Santonja García-Ramos |
Fabuloso, felicitaciones.
ResponderEliminar¡Muchas gracias, José Aristóbulo!!! Transmitimos tus felicitaciones a la autora.
ResponderEliminarun gran relato.
ResponderEliminar¡¡Muchas gracias de parte de la autora, ribemependros!!!!
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