domingo, 23 de octubre de 2016

Príncipe y mendigo......Lucía Alicia Ponce Correa*

Mención Especial del Jurado del IConcurso Litteratura de Relato


Es en las montañas de ese país que queda en la mitad del mundo. Un país chico, con magia. El desorden y el caos de lo imperfecto traen la seducción de lo sencillo, escaso, humilde.
Los indios de las alturas andinas conviven con el frío helado bajo sus gruesos ponchos de lana, comen delicias en pobreza, chochos y tostado, papas frescas, dulces y recién cosechadas, maíz suave en miles de formas, grande y grueso con hierbas y ají, tierno en mazorca con queso fresco, tostado y crujiente con mucha sal, maduro y frito, amarillo y dorado.
  Viven en chozas cuadradas, con ventanas pequeñas, la vivienda es fresca y oscura, como diciendo que conviven con el sol y el agua durante la jornada y cuando entran a la casa no quieren mirar afuera. Sólo adentro. Encerrarse en su mundo de amaneceres tempranos para cuidar animales, de lucha con la tierra en el afán de arranchar sus frutos, y de noche pronta para descansar el cuerpo. El piso de la choza es de tierra dura, los cuyes viven y duermen con los indios, corren bajo las camas y calientan el ambiente. Se cocina en una esquina, en negras ollas de duro metal, negras por el humo de la leña que calienta la sopa, las papas y las habas. Y el alma.
        El Narciso salió a buscar hierba para los cuyes, está enojado, lo obligan a hacer tareas de casa, él quiere salir al pueblo a tomar cerveza con los amigos y buscar a la María, que ya bajó del monte. El papá nota el cambio en el carácter y lo amenaza, no es violento, pero cuando está furioso hay que correr. 
         —Llucsi … anda, trae hierba.
El Narciso grita a los perros, los insulta con palabras groseras, los persigue con un palo. Se desquita con ellos. Son dos perros flacos, famélicos y ladradores. “Perros de indio”. Sirven para cuidar la casa, para espantar al extraño, para avisar al amo que alguien merodea quizá para robar. Perros desconfiados, acostumbrados al hambre y al maltrato, al palo. Fieles al amo que los golpea, alguna vez los alimenta con sobras, pero a menudo tienen que buscar su comida; si comen un pollo o una gallina mueren envenenados por el dueño de la gallina, y lo saben, por la genética que traen en la sangre.
A lo lejos, ve subir por el sendero dos personas y un perro. El Narciso deja de recoger hierba y agudiza la mirada, pone la mano en la frente para evitar el sol, se acercan, gente bien vestida, con botas y chompas de buen cuero. El perro es un policía alemán, joven, aristocrático, juguetón, acostumbrado al mimo y a comida abundante, su pelaje brilla al sol de la mañana. Los perros del Narciso ladran furiosos al extraño.
         —Llucsi…  carajo… grita el Narciso.
         Uno de los hombres hace ademán de agarrar una piedra para lanzarla a los perros, estos retroceden pero enseguida vuelven a la carga. El perro pequeño distrae al hombre por la izquierda en tanto el grande se acerca a morder por el otro costado. Son taimados. 
El aristocrático policía alemán se acerca alegre a los perros campesinos. Busca jugar. Es confiado, crédulo y bonachón. Ellos muestran los dientes y gruñen cada vez más fuerte, el alemán ignora la señal y corre alrededor de los dueños del terreno, es joven y travieso, sólo quiere retozar.
Los perros locales ladran tan fuerte que los hombres se alejan para poder hablar, uno de ellos trata de fraternizar con los animales echándoles pedazos de pan, pero es inútil, comen y vuelven a atacar. Hay que utilizar malas mañas para engañarlos.
Los hombres necesitan hablar con el dueño del solar, por eso buscan al papá del Narciso, entran a la choza y dejan fuera a los perros, que no paran de ladrar. La conversación es larga, tardan mucho en volver a salir a la puerta de la choza. 
         El policía alemán no deja de buscar amistad con los perros indígenas, cuando lo muerden y atacan, corre y se aleja, pasan unos minutos y vuelve. Está seguro de que terminarán por aceptarlo. Ellos están furiosos por la intrusión, ese perro es forastero. No pasará.
         El joven aristócrata regresa a su casa lleno de rasguños y cansado, el dueño cura sus heridas, lo mima y alimenta.  
         Los animales en el campo duermen a la intemperie, velan atentos al menor ruido en los alrededores.
         Nunca comprendieron que podían jugar juntos.
         El de la ciudad nunca entendió el rechazo.


Lucía Alicia Ponce Correa
Alias "Tochi", nació en 1957 en Quito (Ecuador), ciudad en la que ha vivido siempre. Economista de profesión y librera de corazón (es la propietaria de la conocida Librería “Tolomeo”), espera ser escritora en su próxima vida. Se declara amante de los sacos, chompas y bufandas, de las ensaladas y de la vida bohemia. Mención Especial del Jurado del II Concurso Litteratura de Relato. 

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