viernes, 27 de noviembre de 2015

Cinco sabores para cinco momentos......Sergio Iglesias*

Ganador del II Concurso Litteratura de Relato

Hornazo de lomo

Foto: Jordi de Miguel
Este avión huele a hornazo. Las manos suaves y arrugadas de mi abuela amasan con dedicación y mucho cariño esa mezcla mágica de harina, agua y huevo. Recuerdo la radio encendida al fondo del pasillo, en la entrada de la cocina. Se oía la voz de los narradores de alguna obra de teatro. Por el estrecho pasillo se podía rozar fácilmente un enorme reloj de cuco; hacía años que su inquilino se había quedado atascado con el fuelle extendido, el pico entreabierto y el cuerpo recubierto con pelaje sintético.
       —Mira, Carla, tienes que poner la harina formando un volcán, y dentro metemos los huevos. Arremángate. Éste lo haces tú.
        Me ha venido a la cabeza ese inconfundible aroma que echaba de menos. Creo que procede del fondo del pasillo, donde recalientan la bollería precocida del catering del avión.
         Escucho a la azafata cómo ofrece un aperitivo a los pasajeros. Mientras tanto, me voy poniendo el antifaz para relajarme e intentar dormir un poco. Estoy bastante cansada. Llevo viajando casi dos días para coger el avión.
         Me encantó este viaje. Quiero recordar el olor a incienso, a vainilla y a cilantro. Quiero acordarme de la humedad de las noches asiáticas, la sensación de estar mágicamente perdida en un mundo caprichoso. Recordar en este aséptico avión y dejarme llevar por la imaginación hasta quedarme dormida.

Carcadé con limón

La proporción es una cucharada colmada de carcadé por cada dos tazas de agua. Añadir zumo de limón al gusto, aunque para mí me basta con medio. Estará al llegar. El color del hibisco es asombroso. Y el sabor. Es ligeramente ácido, un poco astringente tal vez. En agosto siempre me lo manda Ahim, un viejo amigo egipcio al que suelo visitar cuando tengo tiempo. El mar Rojo tiene una luz especial. Seguro que ya llega. Pongo un poco de música y enciendo un par de velas del todo a cien. Preferiría una barrita de incienso, pero a Max le irrita el humo. Son las seis y media, y empieza a refrescar. Está tardando más de la cuenta. Max se queda medio dormido; ahí fuera va cayendo la tarde. Me siento en el sofá rodeando la taza con mis manos. Enciendo el portátil y navego por un blog de viajes que sigo habitualmente. La verdad, me da igual cuando llegue. De pronto, Max se levanta sobresaltado y corre hacia la puerta. Se oyen unas llaves agolparse en el bombín de la cerradura.
         Cuánto has tardado. ¿Dónde te has metido?
         Ayer te dije que llegaría más tarde.
         No me lo dijiste. 
         Te lo comenté. ¿No te acuerdas?... Como siempre. 
         No. Simplemente no me lo dijiste.
         ¿Qué te pasa? ¿Por qué me cuestionas? No te miento.
         Da igual. Me voy con Max a la playa. Necesito aire fresco.
         Voy con vosotros. Dame un segundo para que me cambie. 
         No. Me apetece ir sola con él. Luego nos vemos.

Brownie de Chocolate

Mezclar las perlas de chocolate con la mantequilla y el azúcar en polvo. Derretir la mezcla al baño María. No puedo evitar robarle un poco de chocolate al bol, ni meter la mano de forma inconsciente en la caja de perlas, deliciosamente torneadas. Ya lo pensó antes un bigotudo ingeniero húngaro, después de pasarse años estudiando acá y allá, tras sacrificar la tesorería de sus padres. Y el muy agraciado acabó sentando su culo en un butacón de estilo setentero, frente a una pulida mesa de madera, firmando proyectos de máquinas tan impensables como torneadoras multiformes de perlitas de chocolate.
          Me quemo un par de veces intentando que no se escape el agua caliente del baño María. A la par, voy montando las diez claras de huevo. Como buena ilusa que soy, empecé batiéndolas a mano, con una varilla inox adquirida en Ikea, cuyo mango de color índigo hace juego con el ribete de la vajilla para tontos.
         Aparte, batir las diez yemas, separadas obvia y previamente de sus claras, no sin antes ver los correspondientes vídeos en Youtube sobre cómo hacerlo. La repostería no es mi fuerte, pero siempre hay una primera vez, motivada por una lluviosa tarde de enero.
         Juntar finalmente el chocolate fundido, la mantequilla y el azúcar con las yemas. Homogeneizar. Por último y con mucha suavidad, incorporar las claras a punto de nieve. Hornear 35 minutos a 160°C.
         Max me mira con esperanza, sin levantar su panza del frío suelo de la cocina. Mueve el rabo por cortesía; pero en realidad, su mirada no expresa excesiva confianza en mi hazaña culinaria.
         —Da igual cómo me mires, el chocolate no es bueno para tu vista.
         Los treinta y cinco minutos pasan con extraña lentitud. Estamos los dos en la cocina, yo intentando resolver un sudoku que abandoné ayer y él mirando cómo resbalan las gotas de lluvia sobre la puerta acristalada de la terraza.
         Suena la alarma del horno. Me muevo agachada hacia el aparato, como si estuviera a punto de descubrir un tesoro submarino escondido celosamente miles de años en un pecio ancestral. Entre esa riqueza y yo sólo nos separa un cristal de doble capa, y ya en el interior, tenuemente iluminado, puedo ver la costrita crujiente y un poco abombada de mi obra maestra.
         Max se levanta. Está más impaciente que yo. Saco la bandeja y descubro una superficie brillante, marrón, como la R.A.E. lo define, o sea, de color marrón. Huele a obrador de la mejor pastelería de la ciudad, huele a canelas tostadas, a húmedas ramas de vainilla, a cortezas de naranja almibaradas, a ralladura de lima, pero sobre todo huele a tarde de domingo. Huele a Max, huele a lluvia, a quéfríohaceahífuera y a québienmesientoconmigomisma.
         —Vale, Max, pero sólo un cachito.

Sopa de Remolacha

         Querida Carla,
         ¿Cómo te va? Por aquí todo perfecto. Los días son más largos y se agradece poder estar tomando algo con los amigos en el pequeño jardín de la casa. Marina pregunta mucho por ti; los críos crecen sin parar, cuando vuelvas no los reconocerás. Papá está bien, yo diría que mejor que nosotros; lleva una vida muy activa y eso le aleja de los recuerdos de mamá.
         Y tú, ¿qué tal con Marcos? Espero que esta vez sea el definitivo y podáis estar juntos muchos años. Marina y yo pensamos que hacéis una buena pareja, por las fotos que me mandas y por cómo nos hablas de él.
         El otro día papá me propuso hacer aquella sopa de remolacha que preparaba mamá en otoño, ¿te acuerdas de la receta? A mí se me da fatal la cocina y Marina teme no quedar bien ante semejante responsabilidad. Te lo digo en broma, ya sabes. Pero papá mencionó que tú la hacías muy bien porque mamá te confió la receta antes de morir.
         Entre tanto, me puse a recordar cuando te fuiste y te llevaste a tu nuevo apartamento alguna vajilla que había por casa. Como los platos para tontos, ¿te acuerdas? Esos platos con el ribete azul oscuro, que señalaban hasta dónde podías llenarlos... qué risas cuando lo recuerdo y te veo a ti, preguntándome por qué los llamaba así. Pobre pequeñaja, te decía yo, cuando seas mayor lo entenderás. Y el otro día me dijo papá que ¡todavía los conservas! Bueno, pues qué bonito sería sentarnos en torno a la mesa y volver a saborear esa sopa, con los costrones de pan flotando. Los cuatro juntos otra vez, en aquel saloncito, con mamá al lado de papá.
         Me gustaría verte más a menudo. Déjate caer por aquí no tan de ciento en viento. Si quieres puedo sufragarte la mitad del viaje, siempre preferiré eso a pagar cuatro pasajes hasta tu casa.
         Saludos a Marcos. Te quiero mucho, hermanita, cuídate, por favor. 
         Alberto
         P.D.: No te hagas la remolona, que te conozco. Manda esa receta.

            Banana Pancakes

Las hojas de las palmeras animan con su vaivén a un tucán madrugador que enseguida sale en busca del sol, el mismo que ahora empieza a desperezarse; una leve brisa se cuela entre los atrapasueños de la entrada del local. Espero a nada exactamente, sentada, mirando al mar. Brillante, azul, fresco, nuevo. Simplemente lo contemplo, recostada en una mecedora de mimbre, con un pie apoyado en la barandilla de madera y un gato recién adoptado en mis piernas. Suena Heart of Gold por ahí atrás.
         Oigo algunas voces detrás de mí, alguien habla con el dueño del guesthouse. Creo que es el tipo que ayer tocaba la guitarra frente a la hoguera. Se llama Zion o algo así. Se acerca.
         —Me encanta este tío dice, omitiendo los buenos días—, tiene un talento especial.
         —¿Te refieres a cómo hace los pancakes? pregunto.
         Zion me mira y se recoge la coleta.
         —Me refería a Neil Young la verdad es que el guiri tiene una sonrisa bonita, ya no quedan músicos así. La música es probablemente el arte más complicado y arriesgado que existe. Un pintor puede hacer y deshacer su obra una y mil veces si no le gusta. Un escritor puede borrar, cambiar el curso de su historia, permutar el destino, o incluso hacer un suicidio colectivo con todos los personajes para volver a empezar desde cero. En cambio, un músico sale al escenario con cientos o miles de personas delante. Ellos esperan de él lo que vienen escuchando en sus trabajos de soporte digital. Pero él no tiene más opciones que hacerlo bien; tiene que bordar un tema tras otro, y después perderlo para siempre.
         —Una visión interesante comento, sin dejar de mirar el horizonte.
         —El músico tiene que conectar sí o sí con su gente, si no, está perdido para siempre.
         —Tienes razón. Pero cualquier artista tiene sus dificultades. Por ejemplo, un escritor no escribe lo que quiere, sino lo que puede. A veces es frustrante quemar una historia de la que has escrito cien páginas y ves que se muere, prácticamente tiene metástasis, es insalvable y ya no se puede hacer nada. Tienes que empezar de cero, utilizar otros recursos, desterrar los viejos personajes de tu mente, construir otros escenarios, etcétera.
        —¿Escribes? me pregunta Zion—. Si escribes igual que hablas, será un placer perderse en tus historias.
         —Suelo hacerlo, pero como te digo, se escribe lo que se puede, no lo que se quiere.
         Los pancakes estaban listos. Nos sentamos juntos en una de las mesitas de la playa. El gato echó a correr por debajo de la mecedora. Un té verde de Cameron Highlands, Neil Young y una buena conversación. Los pies jugaban a esconderse bajo la fina arena. El plátano troceado sobresalía del interior del pancake; el chocolate discurría por las púas del tenedor. A Zion la tortita le duró menos de la mitad del tema Old Man...
         Al cabo de seis días, nos despedimos para siempre; él continuaba su viaje hacia la India, donde le esperaban viejos amigos, su auténtica familia. Yo, en cambio, bajaba a Sumatra, donde quería perderme en sus selvas tropicales, ascender a milenarios volcanes y bañarme en sus cálidas aguas cristalinas.
         En aquellos seis días nos confesamos el uno al otro nuestros secretos más íntimos. Él resultó ser un ex militar americano, condenado en su retiro a seis años en una de las peores cárceles de la India, por traficar con bolas de oro bruto que escondía en su estómago. Lo menos malo del asunto fue que le descubrieron después de siete años y medio, por lo que pudo asegurarse una fortuna que le mantiene y le provee hasta el fin de sus días. Aunque la mala experiencia de la cárcel india no la olvidará jamás.
         Yo le conté toda la verdad sobre mi relación con Marcos. Lo habíamos dejado justo antes de empezar este viaje. Él decidió cancelarlo y yo, en cambio, no me lo pensé dos veces. Con Marcos me fue mal desde que nos conocimos. Pero la gente creía que nos iba fenomenal, así que pensé que lo mejor sería dejar a aquella bola de nieve que siguiese engordando hasta ser capaz de resolverlo sin dar demasiadas explicaciones. Pero la bola de nieve terminó estrellándose contra la puerta de mi casa el día que me fui con Max a la playa. Mientras él corría detrás de su raída pelota de tenis por la orilla, salpicándome con sus enérgicos movimientos, Marcos hacía sus maletas y escribía una amarga nota, que una corriente de aire arrastró hasta debajo del sofá. Se quedó atascada en la boquilla de la aspiradora, y por eso la descubrí... dos días más tarde. Al leerla, mi ejército de lágrimas ni siquiera hizo el amago de cuadrarse. 
         Para bien de ambos, jamás nos volvimos a ver. De esta forma, ganamos los dos una batalla absurda que nunca debió comenzar.


Sergio Iglesias
* Es de Bilbao y se gana la vida entre fogones. Cuando la inspiración le coge de la mano, se sienta frente a un cuaderno de hojas emborronadas y empieza a escribir. Cuenta que al hacerlo, sufre una especie de borrachera en la que uno debería haberse ido a casa hace tiempo; pero en cambio, pide otra cerveza. Esa sensación le dura hasta acabar el texto. Le gustan los clásicos, ha realizado algún taller de escritura creativa y ha sido reconocido en varios certámenes. Uno de sus relatos se publicó en una antología de Ojos Verdes Ediciones. Es el ganador del II Concurso Litteratura de Relato.

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