martes, 21 de abril de 2015

Tres voces......Gonzalo Salesky

Foto: www.xeu.com.mx
Bromeábamos acerca de la maleta. Llevar semejante cantidad de cosas para un viaje tan corto... A pesar del día nublado, mis padres salían de casa para pasear como todos los domingos. Los acompañé hasta la vereda a despedirlos. Iban vestidos como turistas de otra época: camisas hawaianas, pantalones de color extraño, cámara de fotos al cuello, gorra y anteojos oscuros.
Subieron a su camioneta, saludaron desde atrás de los vidrios polarizados y tocaron la bocina, como siempre. Aunque no podía verlos con claridad, les recordé que usaran el cinturón de seguridad.
El vehículo arrancó. Como no había nadie en la calle, aumentó su velocidad y se dirigió a la avenida principal, rumbo al norte, hacia mi izquierda. Unas gotas de lluvia bastante gruesas caían sobre mi cabeza. Tal vez se acercaba una tormenta.
Allí empezó todo. En ese instante, cuando comienzo a perder de vista la camioneta, desde el sur, a mi derecha... el horror. El horror contenido en un grito ahogado de impotencia.
No se podía distinguir el modelo ni el color. Prácticamente sin control, algo parecido a un automóvil avanzaba por la calle despidiendo lenguas de fuego por el parabrisas, a través de las ventanillas rotas, bajo las ruedas, desde el motor... y se acercaba al lugar donde yo estaba.
Nadie más lo veía. No había vecinos ni transeúntes. Mi primera reacción fue buscar algo para apagarlo: un matafuego, tal vez arena, o una manguera con mucha presión para luchar contra el incendio que devoraba la carrocería y todo lo que había dentro. Pero no encontré nada.
En medio de mi desesperación, un hombre se acercó a ayudarme, pero entre los dos no pudimos hacer nada. Me acerqué al coche cuando detuvo su marcha del todo. En la parte delantera, el vidrio estaba completamente destrozado y deshecho por el calor.
El olor me daba náuseas. Aterrado y descompuesto como nunca, divisé dos esqueletos en los asientos, con restos de pelo y carne quemada. Los cuerpos calcinados por completo y las cuencas vacías de sus ojos parecían pedir auxilio, soltando un humo de color blanco por donde alguna vez habían estado sus bocas, como si expulsaran los restos de un cigarrillo gigante.
Dudando de mi cordura, hubiera jurado que en esos últimos segundos de vida, los dos repetían mi nombre. Mi nombre, mi nombre... una y otra vez, con menos fuerza, en medio de su horrible agonía, moviendo sus brazos hacia mí, implorando ayuda desde el más allá.
Quedaba poco de sus pertenencias. Con el estómago revuelto, empecé a reconocer algunos objetos y la ropa.
¿La ropa de mis padres? Los restos de sus gorras y anteojos, de la cámara de fotos, de los pantalones ridículos... No podía ser. ¿Tan rápido...? ¿No hacía menos de un minuto que habían empezado su viaje en dirección opuesta?
Lleno de espanto, volví a mirar a la izquierda, hacia el semáforo donde se habían demorado unos segundos después de salir. Y aunque parecía una locura, la camioneta aún se encontraba detenida en esa esquina. Intacta, sin un rasguño, a unos cincuenta metros de nuestra casa. ¡Sí! ¡Todavía estaban en el semáforo! ¡Vivos! ¡Mis padres estaban vivos! ¡No les había pasado nada!
¿Nada? Aún no. Entonces, lo que yo había visto... Corrí. Corrí hacia ellos. Tenía que avisarles. No lo pensé dos veces. Despedido como un cohete, fui hacia la camioneta y el semáforo que había frenado su marcha, para alcanzarlos antes de que cambiara de color.
Le rogué a Dios poder verlos con vida, aunque fuera una vez más. Corrí, corrí... pero el rojo le dio lugar al verde; la camioneta de mis padres volvió a arrancar y se alejó en pocos segundos. No llegué a advertirles. No pude. Era tarde para explicarles que...
No sabía qué hacer. Volví caminando, aturdido. Debía encontrar la manera más rápida de comunicarme con ellos. Perseguirlos en un taxi. Tal vez llamarlos por teléfono o subir a mi bicicleta y...
Levanté la vista para saber si la camioneta incendiada todavía ardía en la puerta de casa, pero ahora... todo está limpio. Como si nada hubiera sucedido. No quedan huellas, ni siquiera en el suelo. Las cenizas, el humo, el olor a carne quemada, todo lo que vi... todo se ha evaporado sin dejar rastro.
Me acerco. Decido quedarme en la vereda para ordenar mis ideas y tratar de entender mi visión. Empiezo a dudar de mí, de mis sentidos, de mi angustia... Me siento en el césped del jardín delantero. La cabeza me da vueltas; las náuseas recorren mi cuerpo. Mientras busco la llave en mis bolsillos, escucho voces. Voces que provienen de mi casa.
De adentro de la casa. Parecen mis padres. ¿O es...? Reconozco la voz grave de mi padre, la risa de mi madre, y otra más que... No. No puede ser, ¡no puede ser! La puerta se abre y aparecen los tres. Son él, ella y...
No me ven. Pasan a mi lado. Sigo sentado en el suelo. No hace falta que me esconda, pero de todas formas, no quiero asustarlos y me quedo quieto. Se despiden con un abrazo. Sonríen y saludan a su hijo, que está de pie al lado del auto. Ajustan sus cinturones de seguridad y tocan la bocina.
El motor arranca y avanzan por la calle, rumbo al norte. Hacia el maldito semáforo que siempre está en rojo. Se detienen en la esquina. Y como un grotesco déjà vu del futuro, a mi derecha, desde el sur, casi en cámara lenta, aparece otra vez una camioneta incendiada.
No puedo dejar que ocurra esto. Tengo que hacer algo, tenemos que hacer algo. Corro hacia el fuego y me acerco a ayudar. Tratamos de apagar el incendio, pero es tarde... siempre es tarde.
Como no lo logramos, él sale despedido hacia el norte y se apura para llegar al semáforo, porque entiende que sus padres -mis padres- todavía están ahí, detenidos en el espacio y el tiempo.
Corre. Quiere avisarles. Se desespera, pero sé que no va a llegar. Nunca va a llegar. Y aunque el semáforo se demora, la luz verde hace que la camioneta, aún intacta, vuelva a alejarse.
Regresa. Abatido, cansado, confundido. Con los ojos llenos de lágrimas, por culpa del humo y la decepción. Se sienta en la vereda. Nuestras miradas se cruzan por un momento y sé... sé que pensamos lo mismo. Debemos volver a la casa. ¡Rápido, tenemos que hacer algo! Antes de que...
Con las llaves en la mano, nos acercamos a la entrada. Y un enorme escalofrío recorre nuestra espalda al escuchar, del otro lado de la puerta, tres voces. Tres voces que bromean y hablan de una maleta demasiado cargada para un viaje tan corto.

1 comentario:

  1. Muy bueno! Vaya premonicion!
    gracias Gonzalo por compartirlo.

    saludos.

    Mariano Contrera

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