martes, 7 de abril de 2015

Una extraña historia de amor......Albert García Soler


Foto: www.es.forwallpaper.com
Los dolores estomacales eran tan fuertes que no me podía poner en pie. Tuve que ir en cuclillas hasta el hospital. Intenté parar a algún taxi sin mucho éxito, o no me veían o me tomaban por un loco que estaba de cachondeo. La gente no ocultaba su sorpresa al verme. Un tipo en cuclillas haciendo muecas constituye sin duda un espectáculo poco habitual.
        En la Clínica del Perpetuo Socorro me diagnosticaron una hernia inguinal estrangulada y me comunicaron que era necesaria una intervención quirúrgica urgente. Me prepararon, me anestesiaron y procedieron a la operación.
    Hasta aquí todo parecía normal, pero durante el transcurso de la intervención empecé a sentir cómo el alma se me separaba del cuerpo. Mi alma comenzó a elevarse sin que yo pudiera hacer nada para remediarlo. Miré hacia abajo y descubrí que mi estómago se parecía mucho a un plato de callos a la madrileña. Fue entonces cuando apareció frente a mí un largo túnel. Al final de éste, resplandecía una maravillosa luz nívea que me cautivó. Me sentía encandilado, embrujado por esa luz a la que irremediablemente me iba acercando. Al llegar al final del túnel, entré en una gran estancia. La estancia en sí era el origen de la luz.  
         Mis parientes muertos, los que había conocido cuando aún vivían, aparecieron ante mí. Me dieron la bienvenida con un gesto acogedor. Fue en ese momento cuando sentí que yo no debía estar allí. Quería seguir viviendo. No me había llegado la hora todavía. Tenía que volver a mi cuerpo. Así que le dije a mi abuela, que se había adelantado del grupo de familiares, que me alegraba mucho de verlos a todos en plena forma, pero que yo no debía estar allí, y le pregunté como podía recuperar mi vida anterior. Me señaló a un angelito enano ataviado con una especie de pañal, que en ese momento se disponía a extender las alas. Como parecía que iba a iniciar el vuelo, le grité para llamar su atención. Volvió a plegar las alas, esperó a que yo me acercara y me recriminó haber gritado en un lugar tan sagrado.
         Me excusé y le expuse mi situación.
         ¿Dios existe? pregunté finalmente.
         Respondió con un ademán de fastidio.
         ¡Pero que se ha creído! Aquí aún se respeta la jerarquía —dijo, pero accedió a llevarme ante la autoridad competente—: Si me salto a mi inmediato superior, me cae un puro que no veas. Acto seguido me agarró de la mano y empezó a volar, llevándome con él. En un par de minutos llegamos a un salón en el que se encontraba un anciano de barba blanca y aspecto rústico. El ángel hizo las presentaciones:
         San Pedro, un insatisfecho dijo, señalándonos alternativamente a aquel hombre y a mí.
         Me incliné como muestra de respeto.
         Veamos dijo San Pedro, tú debes ser de esos que creen estar aquí por error.
         Efectivamente.
         En verdad se ha perdido la confianza en las instituciones —afirmó con pesar, ni siquiera las más altas instancias gozan ya de credibilidad. En fin, qué le vamos a hacer, si quieres volver a vivir entre los mortales, te arreglaré una cita con el Jefe. Incluso el Cielo se puede equivocar.
         Dicho esto, el ángel me volvió a coger de la mano y me llevó volando hacia una gran montaña cubierta por una espesa niebla. Aterrizamos en el vestíbulo de la casa de Dios, donde se encontraban todos los que esperaban para tener una entrevista con Él. Al principio estaba absorto en mis pensamientos, pero pronto empecé a observar a las demás personas que se encontraban en la sala. Una de ellas monopolizó toda mi atención. Se trataba de una mujer oriental de unos treinta años, increíblemente guapa y que me miraba de tal forma que me hizo sentir fascinado, celestialmente embelesado. Justo a tiempo para evitar que mis incorpóreas babas pudieran amenazar mi dignidad, apareció una angelita entre las brumas que pronunció mi nombre y me pidió que la siguiera. Al otro lado de la niebla, pude ver por fin la figura de Dios.
         Me sorprendió descubrir que era de raza negra, y aún me desconcertó más que fuera una mujer de mirada penetrante, por cierto de muy buen ver. Pero lo que ya no entendía de ninguna de las maneras era la insignia de oro y brillantes del Real Madrid que lucía en la solapa de la chaqueta. ¡Hay que fastidiarse! Sin darme tiempo a salir de mi asombro, Ella me pidió disculpas por el error cometido.          
         Acto seguido, reaparecí en el quirófano. Me acabaron de operar y me recuperé satisfactoriamente.
         Recordaba muy bien todo lo que había ocurrido en el cielo (¿o se trataba sólo de un sueño inducido por la anestesia?), y no conseguía quitarme de la cabeza a la mujer oriental que me cautivó en la sala de espera de la mansión de Dios. Deseaba con todas mis fuerzas volver al cielo y compartir mi muerte con ella. La vida en la Tierra sin ella no tenía ningún sentido. Conocer la existencia del Cielo y la certeza de que allí encontraría a aquella preciosidad me hizo mucho más sencillo el suicidio.
         Tras mi muerte, todo transcurrió igual que la primera vez. Túnel, estancia iluminada al final, agasajos familiares… Pero algo había cambiado. Unas pequeñas manos me agarraron por los tobillos y me levantaron, dejándome colgado cabeza abajo. Me llevaron ante San Pedro y éste me informó de la delicada situación en que me encontraba. Me explicó que en el cielo sólo se podían quedar aquellas almas que hubieran alcanzado la plenitud. El resto se reencarnaban para poder ir perfeccionándose poco a poco. Haberme suicidado, y sobre todo las motivaciones de este acto, iba a costarme ser uno de los pocos casos en que se condena a un alma a reencarnarse en el cuerpo de un ser de inferior categoría. Tras decir esto, me hizo atravesar el túnel de vuelta entre los vivos.
         Ahora vivo en un pequeño pueblo de la China rural, mi casa es una apestosa pocilga y la comida no es nada buena. Pero a pesar de todo, soy feliz. La encargada de alimentarme es la reencarnación de aquella guapísima mujer oriental. Me tiene mucho cariño, todos los días me acaricia el lomo. Me cuidó cuando estuve enfermo y el año pasado prometió a su familia que conseguiría cebarme aún más, así consiguió atrasar un año el día en que mi cuerpo serrano se convertirá en carne y embutido.
         Ahora soy un cerdo.

2 comentarios:

  1. Que final intrincado! Muy bueno...
    gracias por compartirlo.
    Felicitaciones a Albert.


    Mariano Contrera

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    Respuestas
    1. Nos encanta que te guste!!! Muchas gracias de parte de Albert, Mariano.

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