miércoles, 25 de febrero de 2015

El feliz Nicanor......David Cantos Alcalde

Nicanor, cansado ya de buscar y no encontrar, tomó la determinación de someterse a una intervención excepcional. 
Doctor… ¿Cree usted que es posible?
Es muy peligroso, pero sí. Se puede hacer.
Y así se hizo. Desde entonces, cada noche al acostarse, Nicanor desencajaba la parte superior de su cráneo tirando de una leve pestaña insertada en el hueso temporal izquierdo y, como una caja, abría la tapa hacia la derecha gracias a las pequeñas bisagras situadas en el temporal contrario, dejando su cerebro al aire fresco de la noche. Con muchísimo tacto, sustraía sus sesos del hueco y los depositaba en un amplio recipiente de vidrio, sobre la mesita de noche, lleno de agua y con un par de pastillas efervescentes.
        —¿Qué consigues con eso, Nicanor?le preguntó, en cierta ocasión, un vecino en el ascensor.
Pues el prodigio de sentirme una persona nueva cada mañana. contestó él, con una sonrisa tan amable que su interlocutor no se la quitó de la cabeza en todo el día.
Desde que se sometió a la operación, Nicanor había adquirido una percepción de la vida sustancialmente distinta a la que había tenido antes gracias a que las pastillas limpiadoras, a diferencia de los productos que habitualmente se usan para higienizar las dentaduras postizas, no limpiaban la suciedad material que pudiese acumularse en la sesera, ya que en un compartimento estanco como el cráneo no solía penetrar porquería alguna, sino que lo que conseguían era limpiar la mente de pensamientos nocivos para el espíritu. Esas milagrosas pastillas, junto con el prodigio quirúrgico que permitía la sustracción del cerebro, eliminaban cualquier rastro de pesadumbre, pensamiento oscuro, idea autodestructiva o toxicidad vital que pudiese contaminar el alma humana y permitían al usuario afrontar cada día con una mente limpia y clara, dispuesta a acoger para sí todo lo que de bueno puede ofrecer la existencia. Nicanor se levantaba, se colocaba con mucho cuidado su impoluta y fresca masa encefálica, y afrontaba cada día con la pueril ilusión del niño que se va de excursión, con la convicción de que todo el devenir será bueno y hermoso, con la ingenuidad sincera de que uno se puede fiar de todo el mundo.
No vamos a ocultar aquí que ocasionalmente algún pensamiento taciturno se podía colar en el devenir habitualmente plácido del día, o que aparecía algún desalmado o desalmada que se quería aprovechar de su candidez y buena disposición, pero nunca era lo suficientemente profundo o grave como para que una nueva sesión de limpieza, ritual que se daba cada noche sin falta, no dejase toda su línea de pensamientos tan impoluta como una patena. Al día siguiente, con toda la lozanía que da una actitud positiva ante la existencia, sacaba su cerebro del producto limpiador y lo alojaba en la oquedad que la naturaleza había previsto para ello.
Y así discurrieron los días de Nicanor desde entonces. Abandonado a la perplejidad de lo que siempre es nuevo, los sentimientos positivos y los pensamientos hermosos inundaban su ser y ofrecía al mundo lo mejor de sí mismo. La gente lo recibía siempre con los brazos abiertos y, si bien podía incomodar a algunas personas o, como mínimo, dejarlas perplejas, por lo general su carácter contagioso despertaba las bondades ajenas haciendo de este mundo un lugar mejor.
Salvo para su pareja.
Ella se negó a participar de una idea que consideraba absolutamente antinatural. En los momentos previos a que Nicanor tomase la decisión, había combatido contra ella con uñas y dientes, desaconsejándole una operación que, además de peligrosa, le dejaría el ánimo predispuesto a no ver la realidad tal y como es. Pero en los últimos días, o semanas, Nicanor llegaba destrozado a casa, lloroso y sin ningunas ganas de volver a jugar la partida diaria de la existencia, y no se lo pudo negar más. De todos modos, él ya había tomado la determinación de hacerlo, y ella ya tenía bastante con su propio trabajo y preocupaciones como para ocuparse de las de él. Si iba a ser feliz, no le pondría más obstáculos.
Con el paso de los meses, sin embargo, acabó por odiarlo. Ya no se trataba sólo de compartir la vida con una persona completamente distinta a la que había conocido. Hubiese podido acostumbrarse a la estupidez infantil que detectaba en su cara cada mañana, mientras se recolocaba esa sustancia rosa y arrugada en la cabeza, si eso no significara que tanta alegría y optimismo habían acabado por distanciar completamente a Nicanor de la tragedia que, en ocasiones, significa estar vivo. Y no se estaba refiriendo sólo a los grandes horrores humanitarios que azotan algunas de las zonas del planeta; ella pensaba también en las pesadumbres personales que castigan a los que tenemos al lado, a sus propios problemas. A la tragedia del mismo Nicanor, una persona que vivía su tiempo aplastado contra la mesa de trabajo en la central del banco, día tras día, rodeado de papeles, pantallas e impresoras, instalado en una ciudad gris y humeante, aceptando que ya nunca aprendería a pintar ni a tocar el violonchelo, incorporando a su ser con alegría que sus hijos le odiaban, y que en lugar de arreglar su insatisfactoria vida, había optado por operarse el cerebro. “Qué cobarde hijo de puta”, pensaba ella, mientras se duchaba para ir a trabajar y cargar con la realidad que él se había sacudido de encima.

2 comentarios:

  1. Muy lindo texto,pero a la vez nos rercuerda la misera realidad de la vida cotidiana.
    gracias por compartirlo!

    Mariano Contrera

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    Respuestas
    1. Muchas gracias a ti, Mariano, de parte del autor. Te estás convirtiendo -si no lo eres ya- en nuestro más fiel lector y seguidor!!!

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