miércoles, 11 de febrero de 2015

Cuento de Navidad con moraleja......Albert García Soler

A la memoria de Rafael Azcona y Luis García Berlanga

A veces me asalta una sensación de incredulidad. Me refiero a que pienso que todo debería irme peor. No sé cómo explicarlo. A veces siento que no estoy a la altura de las circunstancias y, a pesar de todo, las cosas funcionan. Supongo que considero que la vida resulta demasiado fácil. Luego me paro a pensar y me pregunto: ¿por qué carajo debería ser difícil?... La respuesta es obvia, las cosas se complican cuando se hacen mal. No hay más misterio que ése. En definitiva, se trata de hacer bien las cosas. Dicho así parece fácil, pero es que bien pensado así es. Tendemos a valorar demasiado el esfuerzo, la sangre, el sudor y las lágrimas que nos cuesta obtener algo. 
         Visto en perspectiva, parece absurdo no dar valor a las cosas sencillamente por el grado de satisfacción que nos producen, pero por desgracia es algo muy frecuente hoy en día. Lo más necesario es lo que menos nos importa. Muchas veces lo que más valoramos son cosas superfluas. ¿Acaso no damos por descontado el aire que respiramos? Nos deleitamos con posesiones materiales absolutamente prescindibles. Bueno, en realidad esas posesiones sí nos aportan algo: una falsa sensación de seguridad. Es necesario, por tanto, crear una sensación de inseguridad para perturbar la percepción de la realidad si se quiere sacar provecho pecuniario. Éste es, y no otro, el origen emocional del capitalismo. (Los orígenes económicos ya los explicó ampliamente el barbudo de Tréveris.)
         Pero ¿acaso no resultaría mucho más sencillo dejar de pensar en lo que uno debería ser o hacer y limitarse a aceptar los propios sentimientos?... Decir lo que se piensa y actuar según se dice. En otras palabras, intentar aceptar en la medida de lo posible lo que uno es y actuar en consecuencia. Bueno, ésta es la historia de alguien que intentó ser consecuente. (Si lo consiguió o no, ya sería otra cuestión...)

         La mañana del día de nochebuena, al salir de casa Plácido se encontró con una mujer mayor cargada con dos grandes bolsas de la compra. En la finca no había ascensor, así que sintió el impulso de ayudarla y se ofreció. La señora lo agradeció sonriendo, con una mirada de atónita incredulidad: “¡Ay, muchas gracias, hijo!”. El joven subió los escalones de dos en dos hasta el tercero y dejó las bolsas junto a la puerta de su vecina. Bajó las escaleras y, al cruzarse con la señora, ésta le saludó con una cariñosa sonrisa llena de gratitud ante tan noble gesto. Todo hubiera sido perfecto si no fuese porque, al llegar a su casa, apoyándose en la pared para recobrar el resuello, la pobre mujer no vio la compra por ninguna parte del rellano: ¡las bolsas habían desaparecido!
         Nuestro cándido héroe había matado dos pájaros de un tiro: una vecina se evitó el ingente esfuerzo de subir una pesada carga hasta un cuarto piso, y otra ancianita que acababa de recibir la desagradable visita de un agente judicial con una orden de desahucio inminente por impago del alquiler pudo darse un banquete durante las fiestas gracias a aquel gesto de generosidad, fruto del error cometido por el buen samaritano. Había dejado la compra ante la puerta correcta del piso equivocado, y la moradora de aquel apartamento aprovechó para apropiarse de los víveres sin que nadie se percatara. Puede parecer un gesto censurable, pero cuando el hambre acecha todo se relativiza mucho, y más en estas fechas tan entrañables. En realidad, la abuela pensó que se trataba de un regalo de aquel joven tan majo, que siempre la ayudaba a subir la escalera. Y tan discreto que ni siquiera se había esperado a que le diera las gracias.
         También es cierto que ir a comprar y acabar sin nada no le hizo mucha gracia a la vecina del cuarto. Dio por hecho que aquel chico tan majo no sólo no era un héroe, más bien lo que era es un chorizo de la peor calaña. La llamada a la policía fue inmediata. A los pocos minutos una pareja de patrulla se plantaba ante la puerta del auxiliador de ancianas desamparadas. Los cuerpos y fuerzas de seguridad no se han caracterizado nunca por su delicadeza, pero esta vez llamaron a la puerta. Nuestro desafortunado joven protagonista llegó justo en el momento en que los agentes del orden, o de la represión del desorden, se disponían a tirar abajo la puerta, bajo no se sabe qué pretexto y amparados por una de tantas leyes absurdas. Para evitar males mayores, les abrió la puerta y tuvo que hacerse a un lado velozmente, esquivando así la violenta embestida.
         La pareja registró toda la casa sin encontrar nada sospechoso, era evidente que apenas había comida en el piso. Pero sí se toparon con algo interesante: “¡Hombreee, Morales, ¿tú has visto lo que tenemos aquí, tío?!”. El árbol de Navidad que adornaba el comedor no era un abeto pirenaico, más bien era un frondoso abeto cannábico.
         La primera reacción de los policías fue tirar al suelo al sospechoso de autoabastecimiento porrero y esposarlo, la segunda, catar el sabor de la dulce Navidad. Dejaron el árbol sin hojas y ya se iban, haciendo caso omiso del pobre agricultor. Las súplicas de éste les hicieron percatarse de su presencia, olvidada por completo ante la emoción de tamaño tesoro descubierto: "¡Una punto rojo nada menos, tío! ¿Tú sabes lo que es esto, Morales?... ¡La hierba más fina del mundo! ¡Con cuatro caladas, el flipe te dura más de tres horas, tío!". "¡Hostia, cuánto sabéis los estupas!"
         Nuestro buen samaritano creyó por un momento que le iban a liberar las muñecas. Nada más lejos de la realidad. Los dos energúmenos, celosos de su deber, le propinaron una paliza brutal y concienzuda a la vez, a puñetazo limpio, con tan mala leche y tanto esmero que hubieron de sentarse a descansar para recuperar las fuerzas necesarias antes de poder volver a salir a la calle. Ni que decir tiene que el resultado de tal linchamiento se acercaba más a un retrato de Miró con ojo violáceo y predominio general del rojo que a un paisaje bucólico de la campiña inglesa en primavera. 
         Moraleja: Ser amable puede ser peligroso si uno vive en este cuadro surrealista que llamamos realidad.

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