martes, 10 de marzo de 2015

La farola......Albert García Soler

Foto: www.objetivorioja.larioja.com
Levanté la mirada del café. Llevaba dos horas, una taza y cinco cervezas esperando a que llegara. Francamente, la última hora y media la había dedicado más a la autocompasión que a otra cosa. Miré al camarero una vez más con la intención de pedir otro de esos brebajes marrón oscuro, pero algo me impulsó a levantarme y abandonar el local. Me dije a mí mismo que, en realidad, tampoco me gustaba tanto aquella chica. La verdad era que me moría por todos y cada uno de los huesos y huesecitos de la susodicha, pero a veces uno necesita recurrir al autoengaño. Ya en la calle, tardé unos segundos en percatarme de la lluvia. El agua no tardó en calarme por completo. La gente corría a cobijarse en los portales, pero yo agradecía cada una de las gotas de agua. Una sonrisa asomó en mi rostro sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. Intenté contenerme pero acabé riéndome solo, en medio de la calle. Empecé a carcajearme como un poseso. No podía ni seguir andando, me detuve y me apoyé en una farola para no caer al suelo. Me dolían los abdominales de tanto partirme el pecho, no aguantaba más. Pensé que me saldría un alien del estómago. En efecto algo pasó, una sonora flatulencia irrumpió por sorpresa, provocando el enardecimiento de mis carcajadas.
         Paulatinamente conseguí calmarme. Me quedé allí parado, cogido a la farola bajo la lluvia. De repente, el foco se fundió, la lámpara se rompió con gran estrépito, precipitándose hecha añicos. Un par de pequeños fragmentos de vidrio impactaron sobre mí, causándome sendos cortes, no muy profundos, en el brazo. Permanecí allí sin moverme hasta que un pastor alemán se paró delante, olisqueándome la entrepierna con gran curiosidad. Un chaval de unos diez años llamó al perro y se interesó por mí, eso sí, de forma menos impetuosa que su mascota.
¿Se encuentra bien?
Le sonreí como única respuesta, pero él no se dio por satisfecho y repitió la pregunta. Le contesté que sí y sugerí que nos refugiáramos en la cafetería de la esquina. Me sonrió y me cogió de la mano, arrastrándome sin parar de correr hasta dejarme bajo cobijo. Cuando iba a invitarle a tomar algo, el chico ya no estaba, se había esfumado. Pregunté a la camarera si lo había visto.
¿Qué chico? me preguntó. Usted ha entrado solo.
No entendía nada, era el único cliente del bar, la camarera nos había visto pasar, incluso nos había saludado al entrar. Bueno, en realidad sólo dijo hola.
¿Se encuentra bien?
Cómo única respuesta, estornudé. Estaba empapado hasta los huesos.
Me parece que lo que necesita es algo de ropa seca y un chocolate caliente.
Sí, creo que lo mejor será irme a casa.
Si quiere, le puedo dejar algo de ropa.
No supe qué decir.
Yo vivo arriba y tengo mucha ropa de mi hijo. Era más o menos de su tamaño. Seguro que le vale.
Era…
Sí, murió hace un año.
Lo siento. El era se me había escapado, creía que sólo lo había pensado, pero obviamente lo había dicho en voz alta—. No quiero molestar…
No molestas, está claro que necesitas ropa seca. Si no te importa llevar la ropa de un…
Me sentí obligado a aceptar. Era evidente que necesitaba cambiarme. Y rechazar su oferta se me antojaba de muy mal gusto, así que acepté con una sonrisa que ella me devolvió.
Espera un momento. Echó el cierre al bar y desapareció por una puerta. Volvió al cabo de un par de minutos con algo de ropa plegada.
Si quieres, puedes cambiarte en el lavabo.
Sonreí, cogí los vaqueros y la camisa tejana que me ofrecía y se lo agradecí. Me metí en el lavabo y me vestí. Fue muy reconfortante volver a estar seco. Era prácticamente de mi talla. Al salir del lavabo, la camarera estaba atendiendo a una clienta. Las dos se me quedaron mirando como si hubieran visto a un fantasma. Se quedaron calladas sin poder apartar la mirada de mí. La situación era un poco incómoda.
Perdona, pero es que te pareces mucho a mi hijo.
Eres igual que él dijo la más joven.
La situación empezaba a ser bastante embarazosa. Al parecer, yo era algo así como una réplica del hijo muerto de alguien que seguía conservando su ropa un año después, y que se había ofrecido a prestármela. Un escalofrío me recorrió la espalda.
Ven, te he preparado un chocolate caliente. Seguro que te va bien.
Me senté en el taburete contiguo al de la única clienta y empecé a sorber el chocolate. Me volvieron a mirar con ojos como platos.
Lo siento, siempre hago demasiado ruido cuando bebo algo caliente.
Siguieron con su mirada fija en mí, sin decir nada. Sentí cómo me ruborizaba.
Perdona, pero es que él hacía siempre lo mismo… es…
Muy raro… dije, para acabar la frase que ella parecía incapaz de completar.
saltaron ambas mujeres a la vez. Se miraron entre ellas y luego me miraron a mí.
Es que es muy fuerte… dijo la más joven. No eres su reencarnación. ¡Eres él!
No supe qué decir, en una tarde había pasado de ser rechazado por una chica bastante fantasma a ser rescatado de la lluvia por un espectro, para acabar convirtiéndome yo mismo en otro fantasma. ¡Demasiado para una sola tarde!
Había parado de llover. Un rayo de sol asomaba entre las nubes, creando un efecto de luz maravilloso. Una mujer muy mayor entró en el establecimiento, saludó a la camarera y después a la chica, pero cuando me vio se quedó un instante paralizada y… ¡acabó por desmayarse! Nos abalanzamos los tres a atenderla. La pobre mujer tardó unos segundos en reaccionar. La chica más joven le dijo a la propietaria para tranquilizarla:
Tranquila, mamá, la abuela está bien, sólo ha sido la impresión.
Necesito un coñac dijo por fin la abuela. Tenía sus ojos fijos en mí, como si hubiera visto al fantasma de su nieto—. ¿Quién coño eres tú?
Soy Jesús, encantado.
Me miró y empezó a reírse como una loca. La verdad es que su risa era de lo más gallinácea y contagiosa. Acabamos todos imitándola, cosa que me permitió evidenciar la importancia de la genética en la forma de reír. Puede ser una experiencia traumática verse rodeado de tres auténticas gallinas cacareando cuando a uno aún le duelen los abdominales como consecuencia del último ataque.
Cuando finalmente nos tranquilizamos, la abuela decidió cerrar el local. Nos sentamos todos en una mesa. ¡Teníamos que hablar!
Ya no me sentía nada violento ante aquella insólita situación, con la llegada de la abuela algo había cambiado. Empezaba a querer formar parte de aquella familia. De repente tenía abuela, madre y una hermana. Sus miradas eran acogedoras, me encontraba a gusto. Nunca había disfrutado antes de una sensación semejante. De pronto, el pastor alemán que me había olisqueado irrumpió en el bar atravesando la vidriera de un salto, entre una lluvia de cristales rotos. Se abalanzó sobre mí, tirándome al suelo. Me di un monumental golpe en la cabeza.
Lo siguiente que recuerdo es el ruido de la sirena de una ambulancia y una voz femenina que me decía:
Tranquilo, todo va bien, te has dado un buen porrazo pero estás bien... Una farola… Cerré los ojos y me dormí.
Desperté en una habitación de hospital, me incorporé un poco y allí estaba el chico que había tirado de mí hacia el bar. Su mirada era limpia, cristalina, sus ojos eran de un azul intenso. Yo había visto aquellos ojos una y mil veces en el espejo. Me sonrió y dijo:
Gracias…
Y se esfumó sin más. Sonreí, exhalé todo el aire que había en mis pulmones para volver a retomarlo y me dejé caer de nuevo sobre la cama.
Algo había cambiado…

3 comentarios:

  1. Muy bueno, fantasmagorico!
    Me causo mucha gracias lo de la sonora flatulencia.
    saludos y gracias por compartir el texto.

    Mariano Contrera

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  2. Que mas profundo que una sonora flatulencia para acompañar la esencia de lo desconocido... los oídos y el hocico nos ayudan a completar la realidad, auque duela...

    Gracias por leer el relato,

    Albert Garcia Soler

    PS A veces es mejor leer, desde la seguridad inodora

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Magnus Brutus, sólo puedo añadir que se echa en falta la melodía de inicio del programa y a las coristas cantando: "¡El show de Albeeeert!"

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