viernes, 17 de enero de 2014

El hospital inventado......Marcos Vasconcellos

Pasaron años de geriátrico, de convivencia, mantas y masajes de pies. Vivieron como amigos para siempre, amantes imposibles, hermanos de postín y corazón, protectores, asesinos y enterradores del otro.
Y allí estaba él, dando vueltas como un enfermo que por fin sale a la calle y ve la luz, como un enfermo que ve la vida, dando vueltas, dando vueltas y vueltas entre puestos de comida de feria de pueblo, casetas interminables con hamburguesas sonrosadas y dependientes gordos y bizcos a los que dan ganas de abrazar, la ternura hecha fritanga y solidaridad obrera. Apartado él, apartado el mundo, apartados varios:
1. Hipnotizado por las luces, los ruidos, los olores de plancha, gofre y algodón de azúcar, las canciones del verano, los cuerpos jóvenes, los últimos perfumes de la noche, los shorts, las diademas, las camisetas básicas de tirantes con colores chillones, las pulseras en los tobillos y las amigas que se cogen de la mano y se tocan el pelo mientras hablan, intentando trenzas imposibles, contándose el todo y la nada.
2. Sonriente con la boca abierta, como si le ayudase el efecto secundario de las pastillas del hospital inventado que le dio la única enfermera con cara de niña.
3. Girando sobre sí mismo en una noria de auténtica felicidad.
Y, de repente, llega ella: su amor verdadero, su único amor, el amor de infancia, de cara en el pecho, de ciudad, de viaje de fin de curso y tupper de comida favorita. Y le tiende la mano, con calma, despacio, queriéndole mucho, derramando lágrimas sin ser vista, acariciándole con miedo, como a un perro extraviado.
-Tranquilo, no te va a pasar nada, tranquilo, vámonos a casa, eso es, así, así, buen chico, eso es, buen chico, muy bien.
Y se alejan por las casetas de pueblo del Oeste en fiestas y las calles de cartón piedra.
Se alejan abrazados como los mejores amigos del mundo.

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