martes, 5 de febrero de 2013

El Camino de Santiago (Segunda parte)......Raúl Alonso Truan

Día 3: De Palas de Rey a Melide y Arzúa


Foto: Jesús León
Después de una noche de sueño reparador y una ducha de las que quitan todos los males, con agua caliente y todo, hemos salido al camino con ánimo festivo, adelantando a los demás caminantes como si estuviesen parados. Nos hemos vuelto a cruzar con el inglés. ¿Cómo? ¿Qué no os he hablado del inglés?... Pues el inglés es un hombre de edad indefinida, entre los cuarenta y cincuenta años, vestido con pantalones bombachos (raya planchada incluida), cazadora a juego, camisa blanca, boina negra, zapatos de golf y calcetines hasta la rodilla. Vamos, igualito que un madelman pero en tamaño natural. En fin, la cuestión es que el susodicho hijo de la Gran Bretaña aparece todos los días andando en dirección contraria, desmoralizando al personal. Pese a que Paco y él tienen tendencia a interpretar las flechas amarillas de la misma forma, me dice que si mañana se lo vuelve a encontrar en dirección contraria, lo manda de vuelta al Big Ben de un mochilazo. 
         Al mediodía, se nota que ya somos caminantes experimentados y estamos en Melide sentados en una mesa de Casa Ezequiel, poniéndonos hasta arriba de pulpo y ribeiro fresco. No acabo de entender yo eso de que la peregrinación por el camino es una penitencia. ¡Así da gusto pecar!
         Poco antes de llegar a Melide, Paco ha estado a punto de ser abducido por extraterrestres de "la Obra". Un niño muy salado le ha invitado a visitar el museo de El Camino, pero no el de Santiago sino el de San Escrivá de Balaguer. Mira que le he avisado veces, que yo ahí no entro, que esos sitios son peligrosos, que entras a ver un museo y no sales, que acabas de numerario… Y él erre que erre, que tenemos tiempo, que mira que soy aburrido, que… hasta que ha visto la foto del susodicho en la puerta y ha dado media vuelta como alma que lleva el diablo. ¡Menudo susto el pobre! Menos mal que con el pulpo y el vino ya va regresándole el color a la cara. Es que estas cosas las carga el diablo. Yo tengo un amigo que una vez se fue a ver una obra de teatro y acabó haciendo votos de castidad, pobreza y obediencia.
         Después de Casa Ezequiel, nos vamos a otro bar a tomar unas cervezas mientras esperamos a nuestro amigo José, que es el dueño del bar de tapas al que solemos ir en Barcelona. Por fin llega, nos invita a un par de cervecitas más… ¡Y se va! Nosotros que habíamos quedado con él hacia la una del mediodía, convencidos de que nos llevaba a comer a alguna parte, y va y nos deja tirados. Ahora a hacer 19 kilómetros más con un litro de cerveza en la tripa. Casi no llegamos. Hemos acabado totalmente derrengados, y Paco, al que se le ha roto la mochila a la salida de Melide, casi se nos muere. Lo que es la vida, nosotros que le hemos pagado a José el colegio privado de los niños a base de tapas… Pues después de ésta, que la universidad se la pague otro.

Día 4: De Arzúa a Arca

Ayer, cuando partimos por la mañana, llevábamos una mochila a la espalda y un par de pelotas por delante, pero entre la mochila rota de Paco a la salida de Melide y que a los dos se nos fueron cayendo las pelotas por el camino una detrás de otra en la sesión de la tarde, esta mañana hemos salido doblados ya antes de empezar a andar y con muy poquitas ganas de llegar a pata hasta Santiago. Menos mal que por el camino, unas señoras la mar de simpáticas originarias de Valverde del Camino, provincia de Huelva, le han cosido la mochila a Paco en un pis-pas, y hemos empezado a ver el día de otro color. De no ser por eso, yo creo que Paco lo deja hoy, y yo con él. Al final hemos llegado a Arca, a unos 15 kilómetros del Monte do Gozo, última parada, desde la que se supone que ya se ve Santiago. Nos hemos refugiado literalmente en el Albergue de Peregrinos que inauguró Fraga en el año 93. Es como estar en un cuartel; mil millones de literas en una habitación y ya se verá esta noche cómo dormimos. Por ahora ya ha cumplido su misión, y nos pasamos toda la tarde durmiendo. Además, no nos toca tumbarnos en el suelo, aunque con la pinta que tienen estos colchones y el color de las sábanas, no sé si eso es mejor o peor.
         Hoy no hemos visto al inglés, así que sea lo que sea a lo que se dedica, Paco no lo ha mochileado hasta el corazón de la city. A la que nos hemos encontrado hoy es a una francesa o belga que ha hecho toda la etapa más o menos a nuestro ritmo, y que se ha parado también en el albergue a pasar la noche. La chiquita va disfrazada de peregrino medieval de la cabeza a los pies: sombrero, cofia, vestido de saco, camisa de lino basto y una capa de fieltro con capucha y bolsillón a la espalda de color verde parduzco. Además, carga con un zurrón de lo más étnico, que va llenando de hierbas que recoge en los márgenes del camino. En estos momentos lleva ya un par de horas sentada a la puerta del albergue, hilando lana virgen que se saca del morral con un huso manual de esos que a veces salen en los documentales de La 2. Una de dos, o es una fanática de las costumbres medievales, de esas que no se pierden ni una sola feria de artesanía, o el cura que la confiesa tiene muy mala leche a la hora de imponer penitencias.
         Otro que nos hemos vuelto a encontrar es al universalmente conocido entre todos los peregrinos de nuestro turno como chino GTI 16 válvulas. En realidad es japonés, y como tal, disciplinado que da miedo, con guía y cámara de fotos digital miniaturizada, última generación. Sale por la mañana temprano a toda leche, se para en todos y cada uno de los sitios que la guía indica que son puntos de interés, aunque tenga que desviarse varios kilómetros de la ruta, hace la foto de rigor, y luego vuelve al camino. Por lo visto, lleva así desde Roncesvalles, y pese a que hace el triple de kilómetros que nosotros cada día, no pierde comba. Anda el tío tan deprisa que adelanta hasta a las bicis. Menudo paso gasta, si fuese él el que perseguía al correcaminos, lo adelantaría y después se quedaría a esperar en el siguiente cruce mientras hace fotos del paisaje.
         Ahora vamos a ver si encontramos un restaurante donde nos den de cenar, y mañana a ver si llegamos a Santiago con tiempo para coger habitación en el Parador de la plaza del Obradoiro, que he oído comentar que no está nada mal para unos pobres peregrinos cansados de tan larga ruta.

Día 5: De Arca a Monte do Gozo

Bueno, ya casi estamos al final de nuestro particular camino, nos deben quedar unos dos kilómetros para llegar a la cima del Monte do Gozo. Estoy sentado al borde del camino en una pequeña extensión de césped, y al fondo ya se ve el Monumento al Peregrino. Espero a mi compañero Paco, que hoy viene bastante jodido. Me da la impresión de que al final las botas le han hecho daño en los pies, y eso sí que es un problema. Hablando de cosas jodidas, si llego a saber lo que se me venía encima ayer noche, me voy a dormir al pabellón deportivo, o incluso al medio del monte bajo la lluvia. Seguro que hubiera estado mejor que en la cochiquera ésa que llaman albergue. Había casi más cucarachas que peregrinos, y yo diría que ésas no estaban de peregrinaje, sino que eran población local. Mención aparte merece el tema de tener que usar las mismas sábanas del peregrino precedente o el recurrente aroma a orines de los baños que se notaba en toda la instalación. En fin, una experiencia pese a todo, pero de las que prefiero no repetir. ¿Será que me estoy haciendo mayor a mis taytantos años y ya no tengo la flexibilidad de antaño? Seguramente algo de eso hay, pero también es cierto que no parece necesario que las instalaciones fueran más propias del siglo XIX que del siglo XXI. Simplemente con añadir una cafetería, se mantendría íntegro el espíritu de estos albergues y se generaría un flujo de ingresos suficiente para mejorar los servicios.


Foto: Catedral de Santiago de Compostela

         Paco, entretanto, ha llegado a mi altura y ha decidido no pararse, no vaya a ser que le alcance la mujer coja del primer día, que sigue renqueando camino de Santiago y al mismo ritmo que nosotros, jóvenes, sanos y supuestamente vitales. Entiendo que si nos adelanta, se nos acabará la poca moral que nos queda, nos sentaremos y pediremos un taxi por el móvil para que nos depositen directamente delante de un chuletón. Y no seré yo el que diga que no a la idea. Así que mejor me levanto y sigo camino, que ya queda poco.
         Y seguimos subiendo, y subiendo… y es que yo no entiendo a que viene el nombre de Monte do Gozo, aquí no se goza nada. Todo lo más te vas dejando la pierna por el camino en una eterna rampa de poca intensidad que sigue, y sigue… y por fin, ya llegamos. Pero esta llegada parece sacada de la enciclopedia de frases hechas, justo donde está la definición de “cuento de nunca acabar”. Primero alcanzamos la cumbre y, desde el monumento que le dedicaron a Woijtila, no se ve ni la ciudad, ni la catedral ni nada. Después se llega al complejo turístico que se ha montado aquí Don Manuel, casi nada: 3.000 camas, supermercados, discoteca, restaurantes… Seguro que aquí, como es de pago, no hay que negociar qué parte de la cama te quedas tú y qué parte se quedan los bichos. Como son las doce, decidimos que nos da tiempo de llegar hasta la catedral, que total debe estar al lado. Pues no, nos tiramos más de dos horas y media de caminata, y es que esto de las distancias urbanas como que se aprecia diferente cuando llevas andando desde las siete de la mañana y cargas con veinte kilos a la espalda. Atravesamos todo Santiago de punta a punta y por fin nos plantamos en la puerta de la catedral. Muy bonita, muy grande, muy todo… pero creo que no estamos en el estado de ánimo adecuado para apreciar su esplendor como se merece, así que mejor nos vamos a que nos den el titulín. Seguro que lo habéis adivinado, más de una hora de cola para llegar al despacho de la diócesis y que nos cambien la cartilla con los sellos de control que hemos acumulado durante el camino por una bula como la copa de un pino. Por lo menos, parece que el haber acabado la peregrinación con un par nos ha puesto a Dios un poco de nuestra parte. Justo delante de la cola, al pie de la plaza de la catedral veo un hotel con pinta de estar recién remodelado y... ¡milagro! No sólo es efectivamente nuevo y moderno sino que, además, en pleno año Xacobeo tiene una habitación para nosotros. Así que una vez empapelados, nos vamos a nuestra habitación, nos damos una larguísima ducha y nos ponemos a dormir una buena siesta.
         Hacia las seis menos cuarto, nos despiertan las campanas de la catedral, que llama a la gente a la misa de peregrinos, y decidimos que ya que estamos despiertos podemos ir a disfrutar de las evoluciones del botafumeiro. Evidentemente, no olemos como debieron oler los peregrinos de antaño, y no necesitamos que nos perfumen, sin embargo sigue siendo una maravilla del arte sacro y la ingeniería ese pedazo de incensario. Por fin, hacia las siete y media hemos acabado con todas nuestras obligaciones, así que ya podemos comenzar con la segunda parte de nuestro viaje, pero no por eso menos importante: botellita de vino recién salida de la nevera y tapas, muchas tapas. Después de hacernos amigos del dueño del bar, de que nos haya recomendado un buen restaurante y nos haya invitado a unos orujos de la tierra, ya estamos listos para el chuletón, del que damos buena cuenta y que nos deja listos para irnos a dormir.

Día 6: En Santiago
         
El día y toda nuestra actividad a lo largo de las horas se resume rápido: desayuno, paseo, aperitivo, arroz con marisco, siesta, paseo, cena, copas y dormir. Es evidente al primer golpe de vista que lo que hacemos fundamentalmente durante todo el día es pasear. No es por presumir de salud, en realidad lo que hacemos es tiempo para llegar de una hora de comer a la siguiente. Bueno, ni siquiera eso, lo que hacemos es tiempo para llegar de una hora de cervecitas a la siguiente. Es que empieza a notarse el cansancio y las piernas se nos quejan del trote que les hemos dado en los últimos días. Nos tenemos que mover con mucho cuidadito, sin ademanes bruscos, igualico igualico que nuestro abuelico. El consuelo es que no somos los únicos ancianos jóvenes de Santiago. Además, qué caramba, ¡es un gusto no hacer absolutamente nada en todo el día!

Día 7: Despedida y cierre

Nos levantamos, desayunamos y nos vamos a hacer la última visita a la ciudad. Evidentemente, en nuestros paseos para abrir el apetito, nos cruzamos con la catedral, a la que ya entramos a darnos de cabezazos al llegar a Santiago, el casco urbano, tan medieval y bien cuidado y en el que no queda ni un solo bar, sólo tiendas de Inditex y cafeterías súper-fashion para turistas y todo lo demás. Al final nos plantamos en la estación, cogemos el tren a La Coruña, y de allí el tren litera hacia Barcelona. Teóricamente, con lo precario que es el vagón y la cabina con literas en la que nos toca pernoctar, debería ser un viaje en plan odisea y todo eso. Sin embargo, me duermo en cuanto me siento, luego me levanto a tomar un bocadillo en la cafetería y, antes de las once de la noche, ya estoy otra vez durmiendo en mi litera hasta las ocho y media de la mañana de un tirón. Nada como el ejercicio para comer con apetito y dormir como un sultán.
         En fin, que acabado el viaje y mi particular crónica del mismo, tal vez debería hacer una sesuda reflexión sobre la espiritualidad que me ha aportado, o un mea culpa por no haber contado nada del paisaje que atravesamos, o los bosques, o las casas de pueblo en venta a la vera del camino, o… Paso. Era mi viaje y lo hice como quise, y ha sido mi historia y la he contado como la recordaba. Todo lo demás es cierto y existe, pero ya lo explicará algún escritor preciosista en la próxima novela de templarios que se ponga de moda.

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