martes, 29 de enero de 2013

El Camino de Santiago (Primera parte)......Raúl Alonso Truan

La salida

Foto: Bar de Tapas La Esquinica
Lo primero que se hace cuando uno se pone a preparar El Camino es la mochila. Bueno, en realidad, cuando uno tiene taytantos tacos y decide hacer algo así, mucho antes de la mochila viene que algún colega, también de taytantos, tenga la feliz idea. Esto suele ocurrir cuando llevas varias horas de tapas, ya has consumido una más que considerable cantidad de cerveza, pero aún no has comenzado con los aguardientes de hierbas de rigor (es de todos conocida la tendencia a no recordar absolutamente nada de cualquier resolución tomada después del punto de los orujos). Entonces te jaleas, te das cuenta de que es ahora o nunca, y entiendes claramente que como no te pongas en camino este mismo verano, lo mismo el siguiente tienes una esposa que no quiere ir, un trabajo en el que te dan dinero pero no vacaciones, o lo que es peor, una mierda de trabajo en el que no consigues ni lo uno ni lo otro.
         Lo segundo antes de la mochila es la tendencia de tus padres a comentarte que ya no tienes edad, pese a que los jubilados son ellos, el comentario mordaz de alguna ex novia sobre que si ya no aguantas en la cama como antes, cómo vas a hacer varios kilómetros cargado y a patita, la mirada de regodeo de algún que otro amigo también bien entrado en la treintena que piensa claramente que si él no se ve capaz, a cuenta de qué lo vas a ser tú… Y por último, también antes de llenar la mochila, está la cuestión de conseguir no tener que ir solo. Que en estas cosas decididas al calor de las tapitas gallegas, se apuntan mil y al final todo son excusas. Por fin, si superas todos los obstáculos precedentes, llega el momento de hacer una selección de lo absolutamente imprescindible para pasar una semana o diez días en el camino y embutirlo todo dentro de la mochila, eso sí, dado que es nuevecita y recién comprada, hay que acordarse de quitar la etiqueta, no vaya a pensar la gente que es la primera vez que sales de excursión. Luego se levanta la susodicha mochila y ¡la madre que la parió! ¡Con este muerto a la espalda no llegas ni hasta la estación de Sants en Barcelona para coger el tren hacia Galicia! Vale, no hay que ponerse nervioso, es cuestión de vaciar la mitad, seguro que hay un montón de cosas que imprescindibles del todo no son. Vuelves a alzarla y ¡jodeeer! Levantarla la levantas, pero lo que es caminar… más bien a duras penas. No sé yo si con este monstruo a la espalda seré capaz de hacer más de 100 kilómetros por el camino. De todas formas, uno es de la generación del baby-boom, ha crecido con la tecnología y sabe que en el siglo XXI todo tiene solución. Me conecto a internet y ¡bingo! Ya está todo solucionado, me bajo la lista completa de teléfonos y delegaciones de UPS en Galicia. De una forma u otra, ella o yo volvemos facturados de vuelta a casa.

Viaje a Sarria

Hora y media de tren borreguero, ya sólo me quedan doce hasta la estación de Sarria, ¡yupii! Si va a ser verdad que ya no tengo edad para estas cosas... Me da en la nariz que este viaje va ser muy, pero que muy largo. En fin, dentro de nuestro maravilloso compartimiento de seis personas, aparte de mi compañero de fatigas hay tres enfermeras de vacaciones y un tipo que está totalmente alienado escuchando música y leyendo a Bukowski. ¿Habrá suerte y todo esto acabará en orgía ferroviaria? Pongamos velas a Santa Rita, patrona de los imposibles…
         Dos horas después, ya sólo quedan diez de borreguero y las velas a Santa Rita no han servido de nada, porque las enfermeras, aunque parezca imposible, no han decidido desnudarse y rendir sus encantos nada más verme. Nos hemos quedado a solas y no ha pasado nada. Por otra parte, como decía aquél, hay que tener mucho cuidado con lo que se desea, no vaya a ser que se te conceda; en el compartimiento de al lado viajan cinco o seis cincuentonas sobreexcitadas que le meten mano al primer hombre que intenta pasar por su pedazo de pasillo. Recuerdan a una manada de hienas dispuestas a despedazar indefensos antílopes. Paco, mi compañero, y yo hemos decidido que por lo que pueda pasar ya no volvemos al baño hasta que la manada no vuelva a su cubil a cuidar de las crías, no vaya a ser que las velas a Santa Rita hayan acabado en el altar de Azrael y acabemos en una orgía de la que no te puedes escapar y sobre la que es mejor correr un tupido velo.
         Por otra parte, creo que hoy dormiremos tranquilos. El aderezo de hierbas que le añaden al tabaco los gallegos que viajan al final del vagón no sé que tiene, pero relaja de lo lindo y da mucha risa, mucha, mucha… ¡Así que los muy puñeteros no querían mi tabaco negro cuando les he ofrecido! 

Día 1: De Sarria a Porto Marín

Por fin, después de una larga, larguísima noche en nuestro compartimiento de seis personas de tren borreguero, son las nueve y media de la mañana cuando llegamos a Sarria. Al final, como es más que evidente, no vamos a poder sufragarnos el viaje escribiendo un guión basado en alguna de las excitantes experiencias en el tren. Veamos, las tres enfermeras no son en realidad enfermeras sino tres funcionarias de sanidad, de las que dos son una pareja de lesbianas del tipo mujerona mayor machorra y bastante gorda y jovencita estilo “joder, qué polvo tiene”. Para más inri, la mayor decide que su deber es despertarnos una hora antes de que llegue el tren, no vaya a ser que nos pasemos de parada.
         En fin, mientras desayunamos, indagamos dónde debemos conseguir nuestra acreditación de peregrinos (en la parada de taxis, por supuesto) y nos agenciamos una para cada uno. La chiquita que lleva el tema en el ayuntamiento de Sarria nos mira de arriba abajo con cierto recochineo. ¿En qué se notará que somos peregrinos de ciudad? ¿Tal vez en mi mochila brillante y reluciente?... Quién sabe. Total, que salimos de la oficina del peregrino en el ayuntamiento de Sarria y Paco decide que el camino correcto es en dirección opuesta a las flechas amarillas. Yo no quiero discutir, pero una flecha es una flecha, y todo el mundo parece que se ha perdido a diferencia de Paco, porque van en dirección contraria, siguiendo el camino de flechas amarillas. Conclusión, que después de dos rampas mortales de necesidad y una hora caminando, hemos visitado toda la población de Sarria (muy bonita, por cierto), Paco ha comprado una recarga para el móvil, ha estrenado el chubasquero (¿os había comentado que estaba lloviendo?) y hemos recorrido la friolera de… nada, estamos en el mismo punto de partida que cuando dejamos la oficina del peregrino: ¡premio al mongolito de oro! ¿Qué parte del Mago de Oz no entendió? Lo dice bien claro, “siga el camino de baldosas amarillas”, no “haga omiso de las indicaciones y vaya en dirección contraria al resto de los peregrinos”. En fin, mejor que me calle. Al fin y al cabo, el de al lado mientras íbamos en dirección contraria era yo. Eso sí, le va tocar pagar esta cagada hasta que nos jubilemos y más allá, vaya que sí.
         ¿Y el resto del camino en este nuestro primer día de peregrinación? Bien, gracias. Si me pongo las gafas de sol, llueve. Si me las guardo, escampa. Si sale el sol, llevo puesto el chubasquero, y si guardo el impermeable… sí, lo habéis adivinado. Si guardo el impermeable, caen chuzos de punta.
         Estamos en pleno agosto, la última vez que miré el mapa esto era España, pero sin embargo hace un frío del carajo y ¿a que no lo adivináis? Por supuesto, no he traído de Barcelona ni jersey ni chaqueta. Total, que entre pitos y flautas, estoy listo para irme a la cama a eso de las diez de la noche. Me duele la espalda de llevar la puñetera mochila. Me duelen los pies de caminar veintitantos kilómetros con la puñetera mochila y se me han distendido los abductores de subir rampas con la puñetera mochila a la espalda. Menos mal que Paco lleva Saldevas. Digo yo que si les quita los dolores a las mujeres con la regla, seguro que a nosotros nos lo cura todo. Esto no es el camino de Santiago, esto es "Jackass, O Camiño!", una película en la que un grupo de jóvenes y no tan jóvenes deciden, por voluntad propia y sin que nadie ni nada les obligue, destrozarse el cuerpo, y encima se ríen. Próximamente en sus pantallas.
         Y para rematar la jornada, el polideportivo en el que nos toca dormir... ¿Os había comentado que dormimos tirados en el suelo de la pista de deportes del pueblo de Porto Marín? Como decía, en el polideportivo no hay agua caliente, todo lo más tibia, y nos ha tocado al lado de un grupo de cuarentones que se desfondan hinchando colchonetas de playa para dormir. Hincharlas, hincharlas, las hinchan más bien poco, eso sí, se agarran unos colocones sin tener que levantarse…
         Cuentan por ahí que esto es el verdadero sentido cristiano del camino. No sé yo qué decir. Eso sí, lo curioso del caso es que hasta que mañana por la mañana me despierte con agujetas hasta en las pestañas, me lo estoy pasando como un enano.
           
Foto: www.thebidan.blogspot.com

Día 2: De Porto Marín a Palas de Rey

Me despierto hacia las cinco de la mañana por el movimiento de muchos otros peregrinos que ya se ponen en camino, pero personalmente no estoy preparado para estos madrugones y sigo durmiendo. Hacia las seis y media es Paco, que por cierto lleva dormido desde las nueve de ayer, el que decide que ya es hora de ponernos en camino. ¡Ni siquiera es de día aún! Así que nos levantamos, nos lavamos la cara (en realidad esto último es mentira, el baño está como para no entrar sin refuerzos de una unidad de contención biológica; aún no estoy preparado para un baño así) y nos vamos a desayunar. Que Dios bendiga a los gallegos que trabajan en la ruta, ya han abierto, y eso que ayer mismo por la noche la misma chica que me hace el café estaba sirviendo las cenas.
         Comenzamos la jornada de viaje y, ¡premio!, está lloviendo. Y sigue lloviendo hasta que se me empapan las tres capas de ropa que llevo puesta (sí, ayer tomé buena nota del clima y hoy me he puesto dos camisetas y una sudadera que me he comprado). Hoy parece que nuestros compañeros de viaje van a ser las señoras de entre 45 y 55 años. Primero nos cruzamos con The chanclas Challenge, que nos adelanta a toda leche vestida con pantalones cortos de felpa de mercadillo, un jersey recuerdo de Albacete y un chubasquero cutre de los que se venden en las atracciones de Port Aventura. Pero lo impresionante de verdad son las auténticas chancletas de playa que calza con calcetines de lana. Mientras nos deja atrás, creo que Paco y yo nos preguntamos avergonzados para qué narices tanta bota de montaña. Poco después nos adelanta una troupe de marujas que en lugar de mochilas cargan con bolsas de Carrefour. Si uno se para a pensarlo tiene su lógica. Esas señoras mochila no han llevado en su vida, pero sin embargo tienen el culo pelado de ir de un lado a otro a carrera de mandamiento, cargadas como mulas con las bolsas de la compra. Para rematar la jugada y sumirnos en la depresión, adelantamos a una anciana coja con rodillera ortopédica, que aparece justo detrás de nosotros durante las siguientes dos horas cada vez que paramos a descansar. ¿Pero qué coño se toma la cojitranca para ir al mismo ritmo que nosotros?
         Total, que durante el resto del día avanzamos, nos paramos a descansar, le vamos cogiendo cariño a la gente con la que nos cruzamos y por fin llegamos al kilómetro 69. Bueno, llego yo. Mi amigo Paco, que anda un poco escocido y camina como si hubiera pasado una noche loca en el cuarto oscuro de una discoteca de ambiente, aparece unos 15 minutos después. Mientras le espero para que me haga una foto delante del mojón que señala tan insigne kilómetro, pasa por delante de mí la banda de la bolsa de la compra. Me preguntan que qué hago plantado en un 69 y yo, pipiolo que soy, les contesto que esperando a alguien que me haga pecar para que en Santiago me absuelvan de eso también. Craso error, la mirada de depredadoras que han puesto me ha recordado a las hienas del tren. Menos mal que aparece Paco por la curva…
         En fin, que aunque cansado he llegado al final de la etapa, he buscado habitación en un hotel (el albergue está completo y hoy me ducho; llamadme pijo si queréis) y tengo la sana intención de comer algo y pegarme una siesta de emperador en cuanto aparezca Paco.
         Después de dormir un rato, nos hemos ido a cenar y luego hemos tomado unas copas con las fuerzas vivas del pueblo. Así que ya estamos más que listos para poner la barca de Morfeo rumbo al país de los sueños. Espero que esta noche no se me aparezcan robots asesinos con chanclas de playa ni aquelarres de marujas con bolsas de la compra.
         Mañana será otro día.

         Continuará…

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