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| Foto: Ricky Dávila, Psiquiátrico de Leros, Grecia |
Los
doctores sólo saben hacer preguntas y rellenar cuestionarios.
Las preguntas se repiten una y otra vez, pero con un enfoque
distinto, como para comprobar si estás diciendo la verdad. Y
no te dejan dormir en las mañanas. Te despiertan temprano y,
antes del desayuno, te dan un puñado de pastillas; luego, te
hacen abrir la boca para ver si te las tragaste.
Y
no hay café. Lo que hay es jugo o refresco y un pedazo de pan
viejo. Tampoco hay cigarros ni ron. Y desayunas te guste o no,
porque tienes hambre; esas pastillas de mierda te dan hambre.
Luego
vas directo a la consulta con los doctores y sus mil preguntas,
cuestionario en mano. Al mediodía, te sirven un almuerzo con
sabor a mierda en una horrible bandeja de aluminio. Algunos se
lo comen a pesar de que sabe a mierda; otros ni siquiera pueden
sostener los cubiertos; tiemblan como si estuvieran muertos de
frío, y entonces se les derrama la sopa sobre el pijama, como a
ti. Quieren comer porque se mueren de hambre, pero no
pueden. Esos son los que están más jodidos, los peores.
En ocasiones, se cagan y se mean ahí mismo. A veces lloran
o ríen sin parar, o ríen y lloran casi al unísono, como en
un coro malogrado de gente enferma.
Y
en la tarde te llevan a un pequeño parque. En el parque hay unos
cuantos bancos y unos arbustos. Algunos caminan de un extremo a
otro mirando hacia el suelo, buscando no sé qué. Otros se
sientan en silencio en cualquier lugar, incluso en la yerba.
Alguien
se saca el rabo y se mea en un arbusto. Otro intenta masturbarse,
pero no se le para. Esas pastillas te dan hambre y sueño, y te
quitan las ganas de singar. Aunque quieras, no se te para. Pero el
tipo insiste todos los días; toma en la mano el falo disfuncional,
inerte, muerto, y cuando ve que nada puede hacer, llora.
Otro
está sentado en uno de los bancos, lejos del resto. No quita la
vista del enorme libro que tiene entre las manos. Parece que lee
tranquilamente, pero no pasa la página. Sus labios se mueven
como si leyera en voz baja.
Este
parque me recuerda al boulevard de Chaparra. Este parque y ese
hombre que parece leer me recuerdan a alguien que también lee
en el boulevard; alguien que siempre anda con varios libros al
retortero. Este hombre de aquí es también negro y muy alto,
corpulento; quién sabe si es el mismo.
La
tarde termina y te obligan a entrar.
Y
hay que bañarse, aunque no quieras, bajo una ducha de agua
fría. Después, te sirven la comida con sabor a mierda, pero te
la comes; no te importa el sabor porque tienes hambre. El hambre es
lo peor que hay.
Antes
de mandarte a dormir, te dan más pastillas. Abres la boca y te
duermes; al principio ni sueñas. No entiendes por qué, pero no
sueñas. Ni siquiera lo notas y ya te están despertando para
darte otro puñado de pastillas.
Y
así: las pastillas antes del desayuno, el desayuno, los
doctores, las mil preguntas del cuestionario, el almuerzo, el parque,
el tipo que lee la misma página, el pajizo frustrado, el baño bajo
la ducha fría, la comida con sabor a mierda, las pastillas, la
noche sin sueños, la soledad.
Y
te sientes solo. Hay algo más triste que estar solo: sentirse
solo.
Entonces
te aferras a los recuerdos. A tu infancia, a la parte feliz, al
menos. Son muchos primos y la casa parece un encantador
manicomio. Una prima te enseña a besar y a apretar. Te enseña que
si te tocas la pinga es riquísimo y te envicias con eso de
amasártelo. Te la amasas todo el tiempo hasta que entiendes que no
es bueno hacer cosas así delante de la gente.
Y
creces. Creces y, a pesar de eso, te siguen quitando las meriendas en
la escuela primaria; te dibujan pajaritos en los cuadernos y en
el pizarrón. Pero no haces nada. No eres más que un cobarde.
Vas
al río a bañarte y casi te ahogas. Luego, uno de tus primos te
enseña a nadar y a pescar con vara y con tarraya. Tu primo
muere una jodida tarde nublada de noviembre. Es epiléptico y
sufre un ataque en la orilla; entonces cae al agua. Pero como es
mayor que tú y más fuerte, no intentas salvarlo. En la noche,
durante el velorio, te quedas lelo mirando el féretro que guarda sus
restos. A través del cristal, ves sus ojos cerrados, su
pose indescifrable. Está muerto y piensas que quizás es
culpa tuya.
No
eres más que un cobarde. Te sientes solo. Pero sigues aferrado a tus
recuerdos.
En
el pre comienzas a dejarle notas cursis a Yuri entre las páginas del
libro de Matemáticas, en los cuadernos, en la pizarra del aula,
en las paredes de la Cátedra de Física... En todas partes
escribes su nombre dentro de un corazón, pero a escondidas, en
silencio. Te has convertido en el estúpido admirador secreto
de Yuri.
Un
día cualquiera, ella descubre que existes. De pronto, están
bailando una canción de Michael Bolton en una recreación o
leyendo libros en la biblioteca; cambiando de puesto para
sentarse juntos en el aula; yendo de la mano a todas partes, e
incluso al campo a recoger ajíes pimientos; jugando a ser novios;
jugando a hacer el amor en cualquier lugar y a la primera oportunidad
que aparezca; tratando de que no los sorprenda Machado, el
subdirector... Pero los sorprende y los regaña, ¡y de qué
manera! Amenaza con citar a los padres, pero no hace nada.
De
pronto, ya no importan los regaños del subdirector ni los
profesores ni los padres ni nadie; tampoco importa el resultado
de los exámenes finales; sólo te importa ella.
Yuri
baja las escaleras a la salida del comedor; lleva el uniforme
azul perfectamente arreglado. Sonríe al ver que la esperas;
corre hacia ti y se abrazan como si hubiera pasado medio siglo desde
la última vez que se vieron.
Terminas
el pre y no te llega ninguna carrera universitaria, pero a ella
sí. Y se van a vivir juntos para su casa en El Batey porque al
Tejar no hay quién cojone vaya cuando llueve; porque a ella no le
gusta el campo; y porque está embarazada y es mejor estar cerca
del hospital.
Yuri
anda con unas chancletas viejas, un precario short y una blusita
de tirantes blanca y gastada. Se quita el pellizco que recoge su
pelo, lo acomoda dándole vueltas hasta lograr que quede bien
corto. Se arregla con las uñas el cerquillo que roza sus cejas,
lo divide a la mitad y sonríe. Toma la escoba y comienza a
barrer en la cocina. Estás recostado en un balance en la pequeña
sala de la casa de madera en El Batey. Tus suegros no están.
Ella pasa por tu lado y se inclina para barrer debajo del sofá. “Es
realmente atractiva”, piensas, y la tomas por la cintura;
entonces hacen el amor en el piso, con las ventanas y las
puertas abiertas, pero nadie ve nada, o no te importa en ese
momento.
Yuri
duerme profundamente. Luce una bata azul claro y su panza se
manifiesta como una montaña bajo la sábana que la cubre hasta los
senos. Te despides en la madrugada con un beso sobre su frente. Te
toca el turno de las siete de la mañana en el Central y es día de
paga. En cuanto recoges los billetes, te vas a La Coctelera con
un socio a tomarte unos tragos. Sabes que no puedes gastar todo
el dinero, tienes que llevar comida para la casa, pero también
sabes que tienes un paquete de varillas de soldar bien escondido y
que, si lo sacas en el próximo turno, lo vendes y repones lo
que gastes en bebida.
Entran
dos muchachas y se acomodan cerca. Una es rubia y la otra es india.
La rubia te mira y hace un guiño, un gesto ladeando la cabeza; te
parece que está buscando algo, o más bien alguien, alguien
como tú. Entonces, sin pensarlo, te acercas y la invitas a una
cerveza; te sientas con ellas y después de un rato se van para el
hotel, pero el encargado dice que no hay habitaciones. Así que
compran una botella de ron y se meten en el río: la india, la
rubia, el socio y tú.
Llegas
a casa bien tarde; no sabes cómo, pero llegas. Abres la puerta y
pasas. En la sala está Yuri, sentada en un balance con los
brazos cruzados; luce poseída. Dice que eres un cochino, un sucio,
un cínico, una plasta maloliente de mierda.
Se
pone de pie y te examina de cerca; dice que tienes marcas por
todo el cuello, marcas hechas por la boca y las uñas de una mujer.
Tu ropa está húmeda y el olor a prostituta te sale por los
poros.
Ella
alza más la voz y amenaza con mandarte a la mierda de una vez. Dice
que está cansada y te grita mirándote a los ojos, muy cerca de
ti. Ya no aguantas más, le pegas un bofetón, a ver si así por
lo menos se calla. Pero es peor: ahora sí empieza a chillar, te
grita borracho abusador, hijoeputa y singao.
La
empujas con todo el odio que sale desde lo profundo de tus entrañas
y le dices que se vaya a la pinga; que se vayan todos: ella, la
puta de tu suegra y el tarrú de tu suegro también. Todos
juntos.
Ella
cae contra los muebles, después al suelo; llora y se lleva las
manos a la barriga. Tus suegros salen de la habitación. Te llevas un
empujón y unas cuantas ofensas, pero los dejas ahí. Nada te
importa. Ni te bañas ni comes; así mismo te acuestas a dormir.
Roncas
como una bestia.
Te
despiertan de madrugada y te dicen que te apures porque hay que
llevar a Yuri al hospital; le duele bajo el vientre. “Parecen
dolores de parto” —dice tu suegra—.
Ni
siquiera te cambias de ropa ni te afeitas; ni siquiera te
aseas.
Piensas
en los dolores de parto.
Y
fumas.
Ella
tiene poco más de ocho meses de embarazo. Ahora estás muy
preocupado y ansioso.
Sigues
fumando.
La
atienden en el hospital de Puerto Padre, ese mismo donde estás
ingresado. Después de horas de espera, sale un médico y dice
que el bebé murió y están haciendo todo lo posible por
salvar a Yuri.
Te
desmayas, mientras los demás se quedan boquiabiertos o
llorando.
No
eres más que un cobarde.
Regresas
a El Tejar para vivir con tus padres.
No
sabes hacer nada bien, sólo fumar y beber cualquier cosa que
contenga alcohol hasta perder el conocimiento todos los días.
Hay algo mucho más triste que estar solo, y es sentirse solo.
Recuerdas que empujaste a Yuri y que perdió el bebé por tu culpa.
Recuerdas que fuiste a Vedado 6. Ese día caminaste muchísimo
buscando al viejo y bebiste hasta que se terminó el ron.
Lanzaste enfurecido la botella vacía contra una roca.
El
perro te miró con sus ojos de perro sato hambriento. Te quedaste
dormido. Escuchaste en sueños el llanto de un bebé; era el
llanto de tu hijo prematuro muerto. Una vez más, pudiste verte con
tu hijo en brazos, tratando de consolarlo, derramando lágrimas
sobre su pequeño cuerpo sin vida. Despertaste llorando,
aterrado. Muy cerca estaban los fragmentos de la botella.
El
perro te observó sin entender, seguramente, pero igual se acercó y
comenzó a lamer la sangre que brotó de tus muñecas. No eres
más que un cobarde. El viejo hijo de puta te encontró de
casualidad, recostado a un árbol con las muñecas recién
cortadas. El viejo rompió tu camisa y puso un improvisado
vendaje en las heridas que el perro insistió en lamer, y con
dificultad te llevó hasta la bodega del barrio.
En
algún momento abriste los ojos, un poco atontado, y viste al viejo
frente a ti; pudiste mirar en lo profundo de sus ojos sucios.
Pudiste verte a ti mismo ahí dentro, en el gris de su mirada de
viejo borracho. No te dijo nada; sólo se puso de pie y se
adentró en el monte. El perro lo siguió manso por aquellos
senderos, hasta que volviste a perder el conocimiento.
Podrás
odiar intensamente los hospitales, pero gracias al viejo estás aquí,
aunque los doctores te hagan las mismas preguntas y rellenen los
mismos cuestionarios. Eres un cobarde y ellos lo saben; por eso,
antes de mandarte a dormir, te dan más pastillas. Y tienes que abrir
la boca para verificar si te las tragaste. Luego duermes tan
profundamente que al principio ni sueñas.
Y
te sientes solo, pero estás soñando contigo mismo y ya no
tiemblan tus manos al tomar los cubiertos. Ahora estás solo en
la consulta; sabes que hay algo más triste que estar solo, y
es sentirse solo. Observas por un momento las cicatrices en tus
muñecas.
“No
soy más que un cobarde” —dices en voz baja—. Entonces le pides
un pedazo de papel y un lápiz al doctor, pero al principio se niega,
así que suplicas hasta que pone una hoja en blanco frente a
ti, sobre el buró. Ya no hace preguntas; sólo
te observa y espera impaciente.
Entonces
escribes:
“No
soy más que un cobarde, un borracho paranoico y abusador con
delirios de grandeza, con ínfulas de escritor. Soy, en
cualquier caso, una triste versión tropical, una copia barata
de Henry Miller o Bukowski. Esta es mi historia.”

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