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| Foto: Edgar Jiménez, Pilar del Viaducto César Gaviria, Pereira (flickr) |
En este suelo donde el demonio es un santo,1
mientras
la hipocresía en máscaras vulgares
campea
como el mal que desembarca en las orillas.
En
este suelo prestado, alquilado, usurpado,
al
que miramos diariamente, “mayormente”,
en
casi todos nuestros pasos,
por
descontado un cielo.
En
este suelo donde velamos, indolentes,
donde
todos somos culpables, todos,
comenzando
por los poetas, dormitando
y
lloriqueando cuando los niños claman auxilio,
En
este suelo donde las flores visten las lápidas, al día,
donde
las heces engalanan las aceras y jardines
con
un vaho rumoroso de ciudad marchita y feneciente.
En
este suelo al que, ya muertos; mas no polvo; sino trizas,
arenilla,
volveremos,
a
hacernos uno en el pantano de los parques,
con
el esputo de las plazas,
inevitablemente.
Puñado
de ceniza volcánica que, de súbito,
por
una sola partícula de agua se enrarece
y
resulta barro sucio.
En
este suelo en que luchamos por tener o poseer,
empeñado
el juramento en utopías y ficciones.
En
este suelo en que nacimos y habitamos con un orgullo vano,
apabullados
por la chatarra que erosiona en las mentes.
En
este suelo en que vivimos expuestos, vulnerables,
espíritus
de vidrio,
incluso
bajo llave.
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1 El poeta y ocultista Héctor Escobar Gutiérrez, autoproclamado el primer “Papa negro” de Sudamérica, vivió toda su vida en Pereira (Colombia), y aún después de su muerte sigue gozando de reverencia.
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