En conmemoración del Día Internacional de la Mujer
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| Foto: Andrey Zhuravlev, El niño tira de la manija de la puerta |
—Romina,
que tengo hambre —se quejaba el niño grande al otro lado de la
puerta del baño.
—Pues cocínate algo. ¿O te quedaste manco? Serás... vago de mierda.
—Dos
niños tengo, dos —iba a seguir faltándole a Julio, pero se me
cayó el polvo suelto y armó un desastre en la pileta—. ¡Joder!
—¡Esa
lengua, Romina!
—¡Déjame
en paz, Julio!
—¡Mamá,
mamá! —ahora aporreaba la puerta el niño pequeño.
Yo
limpiaba los restos de polvo, tratando de meter con la brocha la
mayor cantidad posible de vuelta en el bote, pero la humedad y los
nervios y los gritos de los niños me complicaban la faena, y estaba
armando un estropicio de aquí te espero. La brocha se empapó
enseguida y la pileta parecía un charco de barro. Y el niño (el
pequeño) seguía dale que te pego con su Mamá, mamá, el chándal,
gimnasia, las mates..., Lorenita me tira del pelo, profe, profe...
—¿Dónde
está?
—¿El
qué? —le grité sin querer, o casi.
—La
comba, mamá, la comba.
—¿La
qué?
Al
final, decidí abandonar la caja de polvos y dedicarme a la cara, que
estaba hecha una pena y quedaba mucho por hacer. Era una masa de
bloques negros y rosas, mi cara, y no había más remedio que
borrarlo todo y pintarlo otra vez, pero no tenía tiempo. Ni tiempo
ni polvos. Y el niño otra vez tartamudo, que le pasa siempre que se
pone nervioso, y claro, como siempre está nervioso, me acaba sacando
a mí de quicio.
—La-la-la,
la comba, mamá. La-la cuerda, para saltar. La necesito para, para
gimnasia, sin falta. Que el profe nos dijo...
—Julio,
ayuda al niño a encontrar la cuerda de saltar, que yo no puedo.
—Pero
a ver, Romina, ¿qué se te ha perdido a ti en una cena para alumnos? Si
hace veinte años que no vas al colegio.
—Hace
trece, Julio, trece, y no veas lo que me arrepiento.
Julio
se fue dejando atrás su típica frase de Ya estamos, ya estamos,
alejándose por el pasillo hacia el salón, hacia el sofá que es su
trono y cama. Y a mí, si algo me jode más que los gritos, son los
susurros con mala intención, de esos que te dejan la frase gira que
gira en la cabeza hasta que tienes que responder, pero él ya está
lejos, hundido en el sofá y gritándole al árbitro ¡Vendido,
cabrón, así te denuncien a la FIFA, hijo de puta!, Mamá, mamá,
traéme una cerveza, mamá, pumpumpum agujeréandome el cerebro.
—Mamá,
que me hago pis, mamá.
—Un
segundo, Arturito.
Como
si quisieran vengarse, los polvos que levantaba con tanto ajetreo se
me metieron en la nariz y me hicieron estornudar muy fuerte, tanto
que se me salió una pestaña postiza. Encima, me quedó un olor en
la nariz como de casa vieja.
—Mamá,
mamá, que me hago pis. Me hago pis. ¡Mamá!
Ya
veía yo el pomo de la puerta girando hacia abajo, la manita del niño
empujando la puerta para entrar sin permiso, sin educación, sin
consideración por la santa de su madre que ni una noche para sí
misma podía tener. No sé si lo imaginé o si lo vi, y si lo vi
debió ser con rayos X, porque fue con tanta claridad que la cosa
parecía un mal sueño o un mal despertar. A la mano de Arturito le
salieron pelos y se hinchó y se volvió la mano de Julio, y yo
estuve a punto de gritar, pero gritar de verdad. Fue ahí cuando se
me cruzaron los cables. ¡Mamá!
—¡Mamá!
Eché
la mano al pestillo y lo giré, clic. Los ojos se me movieron solos
(de verdad lo digo) hacia el espejo y se quedaron ahí clavados,
mirándome sin mirarme, como si fuera yo aquel monigote mal pintado,
atrapado en el espejo. Mamá, qué haces, pumpum, Romina, mamá, te
has vuelto loca o qué, pumpum, mamá, la comba, el colegio, el
trabajo, ¡se mea encima!, el bar, Romina, pum, pumpum, el recreo,
abre la puerta, el partido, los niños, la birra, la merienda, los
exámenes, el jefe, el trabajo, mamá...
Sigo
aquí, sentada en la tapa del wáter. Ya no oigo a los niños, por lo
menos fuera de mi cabeza. Deben haber bajado al bar, a comer o a mear
o a lo que les de la gana. Yo no puedo moverme. De vez en cuando, me
miro de lado en el espejo y suelto una risotada. Me trago los mocos y
las lágrimas y sigo esperando. A que pase la noche. Porque, al final,
qué se me ha perdido a mí
en una cena de antiguos alumnos.

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