domingo, 8 de marzo de 2026

La cena......Beatriz Gómez Casal

En conmemoración del Día Internacional de la Mujer

Foto: Andrey Zhuravlev, El niño tira de la manija de la puerta
Ahí estaba yo, delante del espejo manchado con pasta de dientes, tirándome polvos y colorete y pintando y repintando el delineador, que ya parecíaAlaska y los Pegamoides con tanto negro en el ojo. Media hora tenía, media, para acordarme de por dónde iba el puñetero contorno y qué tono combinaba con mis labios, pero los muy pesados no me dejaban en paz, el niño y el niño grande con el que me casé. Pum, pupum, sonó en la puerta la llamada inconfundible del niño grande de la casa, mi marido Julio. De lo concentrada que estaba, me pegué un susto tremendo y por poco me saco un ojo. Pero a Julio no le importa, no, qué va, a él sólo le importa quejarse, el trabajo, Romina esto, Romina aquello, mira lo que ha hecho tu hijo, como si no fuera de los dos.
       —Romina, que tengo hambre —se quejaba el niño grande al otro lado de la puerta del baño.
       —Pues  cocínate  algo. ¿O  te  quedaste  manco? Serás... vago de mierda.
      —Romina, que las paredes son de papel, eh. Y te recuerdo que tienes un niño de seis años dando vueltas por casa.
       —Dos niños tengo, dos —iba a seguir faltándole a Julio, pero se me cayó el polvo suelto y armó un desastre en la pileta—. ¡Joder!
          —¡Esa lengua, Romina!
          —¡Déjame en paz, Julio!
          —¡Mamá, mamá! —ahora aporreaba la puerta el niño pequeño.
         Yo limpiaba los restos de polvo, tratando de meter con la brocha la mayor cantidad posible de vuelta en el bote, pero la humedad y los nervios y los gritos de los niños me complicaban la faena, y estaba armando un estropicio de aquí te espero. La brocha se empapó enseguida y la pileta parecía un charco de barro. Y el niño (el pequeño) seguía dale que te pego con su Mamá, mamá, el chándal, gimnasia, las mates..., Lorenita me tira del pelo, profe, profe...
         —¿Dónde está?
         —¿El qué? —le grité sin querer, o casi.
         —La comba, mamá, la comba.
         —¿La qué?
         Al final, decidí abandonar la caja de polvos y dedicarme a la cara, que estaba hecha una pena y quedaba mucho por hacer. Era una masa de bloques negros y rosas, mi cara, y no había más remedio que borrarlo todo y pintarlo otra vez, pero no tenía tiempo. Ni tiempo ni polvos. Y el niño otra vez tartamudo, que le pasa siempre que se pone nervioso, y claro, como siempre está nervioso, me acaba sacando a mí de quicio.
          —La-la-la, la comba, mamá. La-la cuerda, para saltar. La necesito para, para gimnasia, sin falta. Que el profe nos dijo...
          —Julio, ayuda al niño a encontrar la cuerda de saltar, que yo no puedo.
          —Pero a ver, Romina, ¿qué se te ha perdido a ti en una cena para alumnos? Si hace veinte años que no vas al colegio.
          —Hace trece, Julio, trece, y no veas lo que me arrepiento.
        Julio se fue dejando atrás su típica frase de Ya estamos, ya estamos, alejándose por el pasillo hacia el salón, hacia el sofá que es su trono y cama. Y a mí, si algo me jode más que los gritos, son los susurros con mala intención, de esos que te dejan la frase gira que gira en la cabeza hasta que tienes que responder, pero él ya está lejos, hundido en el sofá y gritándole al árbitro ¡Vendido, cabrón, así te denuncien a la FIFA, hijo de puta!, Mamá, mamá, traéme una cerveza, mamá, pumpumpum agujeréandome el cerebro.
          —Mamá, que me hago pis, mamá.
          —Un segundo, Arturito.
          Como si quisieran vengarse, los polvos que levantaba con tanto ajetreo se me metieron en la nariz y me hicieron estornudar muy fuerte, tanto que se me salió una pestaña postiza. Encima, me quedó un olor en la nariz como de casa vieja.
          —Mamá, mamá, que me hago pis. Me hago pis. ¡Mamá!
          Ya veía yo el pomo de la puerta girando hacia abajo, la manita del niño empujando la puerta para entrar sin permiso, sin educación, sin consideración por la santa de su madre que ni una noche para sí misma podía tener. No sé si lo imaginé o si lo vi, y si lo vi debió ser con rayos X, porque fue con tanta claridad que la cosa parecía un mal sueño o un mal despertar. A la mano de Arturito le salieron pelos y se hinchó y se volvió la mano de Julio, y yo estuve a punto de gritar, pero gritar de verdad. Fue ahí cuando se me cruzaron los cables. ¡Mamá!
          —¡Mamá!
         Eché la mano al pestillo y lo giré, clic. Los ojos se me movieron solos (de verdad lo digo) hacia el espejo y se quedaron ahí clavados, mirándome sin mirarme, como si fuera yo aquel monigote mal pintado, atrapado en el espejo. Mamá, qué haces, pumpum, Romina, mamá, te has vuelto loca o qué, pumpum, mamá, la comba, el colegio, el trabajo, ¡se mea encima!, el bar, Romina, pum, pumpum, el recreo, abre la puerta, el partido, los niños, la birra, la merienda, los exámenes, el jefe, el trabajo, mamá...
         Sigo aquí, sentada en la tapa del wáter. Ya no oigo a los niños, por lo menos fuera de mi cabeza. Deben haber bajado al bar, a comer o a mear o a lo que les de la gana. Yo no puedo moverme. De vez en cuando, me miro de lado en el espejo y suelto una risotada. Me trago los mocos y las lágrimas y sigo esperando. A que pase la noche. Porque, al final, qué se me ha perdido a mí en una cena de antiguos alumnos. 

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