lunes, 23 de febrero de 2026

Villatinto......Marcos Gualda Coronado

Foto: John Goodman en El gran Lebowski,
de Joel y Ethan Coen
Quizá es que tenía un corazón de uva gorda. Quizá es que guardaba su amor en la tripa, entre litros de calimocho. O quizá no. Quizá sólo estaba muy gordo. No sé, con el tiempo hay cosas que se vuelven borrosas, imprecisas. Cada vez se hace más difícil recordar. Los años pasan y a mí me resulta todo más cuesta arriba. Se me hace complicado concretar los detalles exactos, muy complicado. Tal vez ahí esté el fallo. Modesto Morales era un hombre sencillo, como otro cualquiera; de esos que todos conocen, aunque nunca lo hayan conocido. El caso es que Modesto era empresario, pero no de traje y chaqueta, era un empresario de los de camisa de cuadros y sombrero de paja; de los que amasan viñas en su aldea y tienen una bodega en el sótano; de los que a los sesenta, la sangría empuja sus ojos fuera de las cuencas; de los que la sangre tinta corre por sus venas. Pues ese era Modesto, de los que llaman, de toda la vida, un hombre simple. 
         Cuando mi padre murió, como bien suele pasar, mi madre se quedó viuda. Era una mujer alegre, agraciada, se conservaba bien. Una mujer de clase, me atrevería a decir. Para qué dar más rodeos: era guapísima. Pero su marido murió cuando ella tenía cuarenta años, y cuando su hijo tenía ocho. Eso complicaba las cosas. Por muy delgada y rubia que seas, en las grandes ciudades trabajan las muchachas, y a ella se le empezaban a caer los pechos. Un día me cogió por los hombros y me metió al coche, pusimos  rumbo  a  Villatinto:  la  aldea con más kilos de uva que de carne humana. Allí conocí al tal Modesto Morales, en carne y hueso –más grasa que hueso, he de decir. Era un amigo del abuelo, al que nuestra historia le había conmovido, como si nos conociera de siempre, como si aquello le tocase de cerca. Nos recibió con los brazos abiertos. Ocupamos una de sus habitaciones libres, aunque, a decir verdad, libres estaban todas. Bueno, casi todas. En la que dormía él, estaba ocupada. Por él, obviamente. Por su tripa calimochera y sus dedos de morcilla; por su cama única, baja, estrecha, tan estrecha que sus michelines llegaban a tocar el suelo cuando se tumbaba. Modesto vivía solo. Nunca supe si alguna vez tuvo mujer, o hijos, o madre, o si tuvo vacas –había un gran cerco construido, pero allí no había animales. Tenía de todo, pero a la vez, no tenía nada, no sé si me explico. Aquello era un completo misterio para mí. ¿Es que puede un hombre vivir en completa soledad?
          Mamá trabajaba limpiando su casa. Ganaba bien, lo justo. O al menos, eso creo yo, que ya digo, no recuerdo nada del todo bien. ¿Cuántos años han pasado ya? Mejor ni pensarlo, a uno le entristecen estas cosas. Bien, ¿por dónde iba?... Ah, sí. Conforme pasaban los años, y mientras mi madre limpiaba su casa, Modesto me fue instruyendo en las labores del campo: me enseñó a labrar la tierra, a fertilizar, a podar las malas hierbas, y a plantar las acelgas –que luego nadie se comía, las pobres. Cuando dominé las bases, me inició en las artes de su oficio. Estudié con él los procesos de la elaboración del vino, desde el embotellado hasta la vendimia –o más bien, en el orden inverso. A los trece –aunque puede que fuese a los catorce–, me convertí en uno más de sus trabajadores. Modesto y yo nos volvimos uña y carne. 
          Si mal no recuerdo –y claro está que no me acuerdo muy bien, tenía yo quince años cuando fui a recolectar uvas con Modesto. Cogimos las cestas y caminamos hasta una de sus viñas. Aquel día el sol pegaba de frente. Por el camino, Modesto empezó a hablar. Modesto era de esos que ni a cuarenta grados y con un cesto subido al lomo se callan. Era un hombre antiguo, de valores antiguos. Un hombre de pueblo y, al fin y al cabo, mayor. Defendía que en un pasado todo era mejor, que las nuevas generaciones nos habíamos desviado del buen camino. Él era así. Se quejaba de todo lo nuevo y ningún invento le gustaba. Confiad en mí si os digo –de esto no me olvido que tenía dinero como para comprar los coches más lujosos, pero él prefería su tractor a dos ruedas. Podría haber construido una fábrica y ganar lo suficiente como para bañarse en billetes –y para bañarse dos o tres veces más incluso, pero con el puño en alto te decía que el aire puro no se compra. Estuvo toda la jornada lamentándose de las nuevas tecnologías, y del cielo gris que llegaba de la ciudad. Yo asentía sin entender mucho de qué hablaba, y seguía echando uvas a la cesta. Era tan gracioso ver cómo se le enrojecía la cara –por la sangría, pensaba yo, y una vena arrugada se hacía notar con fuerza en su cráneo. Era una imagen graciosa. Lo veías tan vulnerable que inspiraba confianza. Qué sé yo, como si detrás de toda la rabia, te estuviese abriendo su corazón, su corazón de uva gorda. Pidiendo que lo acariciases con cariño, que lo mimases. Como si te estuviera rogando algo de afecto, de complicidad. Entonces le tiré de la camiseta. Debía de estar hablando de la contaminación del carbón o de alguna de sus cosas, y cuando se giró hacia mí, no supe por qué ni hoy lo sé, quizá la edad, las hormonas. O Esmeralda, la vecina de enfrente, no sabría decir–, le pregunté, con cierta vergüenza: «Modesto, ¿cómo se siente el amor?»
          Entonces, Modesto cambió la cara. Se le fue el mal humor de repente. Quizá fue la nostalgia. El calor. Su corazón de uva gorda. A día de hoy, no lo tengo claro. Pienso en ello constantemente, con dolor, con culpa, como si hubiese hurgado en donde no debía tocar. En aquel momento, Modesto agarró una uva y, mirándola fijamente, me dijo: «Carlitos, el amor es un dolor de estómago. Como después de un atracón de uvas.» 
          Miré su rostro. Sus párpados se arrugaron, su cara daba la sensación de derretirse. Ahora lo veía más mayor, más desgastado.
          De la nada, empezó a llover. La tierra se volvió fango. Modesto se puso su sombrero de paja. Cogimos las cestas, las gotas empapaban las uvas. Volvimos a casa. Modesto no abrió la boca en todo el camino. 

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