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| Foto: John Goodman en El gran Lebowski, de Joel y Ethan Coen |
Cuando
mi padre murió, como bien suele pasar, mi madre se quedó
viuda. Era una mujer alegre, agraciada, se conservaba bien. Una mujer
de clase, me atrevería a decir. Para qué dar más rodeos: era
guapísima. Pero su marido murió cuando ella tenía cuarenta
años, y cuando su hijo tenía ocho. Eso complicaba las cosas. Por
muy delgada y rubia que seas, en las grandes ciudades trabajan
las muchachas, y a ella se le empezaban a caer los pechos. Un
día me cogió por los hombros y me metió al coche, pusimos rumbo a Villatinto: la aldea con más kilos de uva que de carne
humana. Allí conocí al tal Modesto Morales, en carne y hueso
–más grasa que hueso, he de decir–.
Era un amigo del abuelo, al que nuestra historia le había conmovido,
como si nos conociera de siempre, como si aquello le tocase de
cerca. Nos recibió con los brazos abiertos. Ocupamos una de sus
habitaciones libres, aunque, a decir verdad, libres estaban
todas. Bueno, casi todas. En la que dormía él, estaba ocupada. Por
él, obviamente. Por su tripa calimochera y sus dedos de
morcilla; por su cama única, baja, estrecha, tan estrecha que
sus michelines llegaban a tocar el suelo cuando se tumbaba.
Modesto vivía solo. Nunca supe si alguna vez tuvo mujer, o hijos, o
madre, o si tuvo vacas –había un gran cerco construido, pero allí
no había animales–. Tenía de
todo, pero a la vez, no tenía nada, no sé si me explico. Aquello
era un completo misterio para mí. ¿Es que puede un hombre
vivir en completa soledad?
Mamá
trabajaba limpiando su casa. Ganaba bien, lo justo. O al menos, eso
creo yo, que ya digo, no recuerdo nada del todo bien. ¿Cuántos
años han pasado ya? Mejor ni pensarlo, a uno le entristecen
estas cosas. Bien, ¿por dónde iba?... Ah, sí. Conforme pasaban los
años, y mientras mi madre limpiaba su casa, Modesto me fue
instruyendo en las labores del campo: me enseñó a labrar la
tierra, a fertilizar, a podar las malas hierbas, y a plantar las
acelgas –que luego nadie se comía, las pobres–.
Cuando dominé las bases, me inició en las artes de su oficio.
Estudié con él los procesos de la elaboración del vino,
desde el embotellado hasta la vendimia –o más bien, en el orden
inverso–. A los trece –aunque
puede que fuese a los catorce–,
me convertí en uno más de sus trabajadores. Modesto y yo nos
volvimos uña y carne.
Si
mal no recuerdo –y claro está que no me acuerdo muy bien–,
tenía yo quince años cuando fui a recolectar uvas con
Modesto. Cogimos las cestas y caminamos hasta una de sus viñas.
Aquel día el sol pegaba de frente. Por el camino, Modesto empezó a
hablar. Modesto era de esos que ni a cuarenta grados y con un cesto
subido al lomo se callan. Era un hombre antiguo, de valores antiguos.
Un hombre de pueblo y, al fin y al cabo, mayor. Defendía que en un
pasado todo era mejor, que las nuevas generaciones nos habíamos
desviado del buen camino. Él era así. Se quejaba de todo lo nuevo y
ningún invento le gustaba. Confiad en mí si os digo –de esto no
me olvido– que tenía dinero
como para comprar los coches más lujosos, pero él prefería su
tractor a dos ruedas. Podría haber construido una fábrica y
ganar lo suficiente como para bañarse en billetes –y para
bañarse dos o tres veces más incluso–,
pero con el puño en alto te decía que el aire puro no se
compra. Estuvo toda la jornada lamentándose de las nuevas
tecnologías, y del cielo gris que llegaba de la ciudad. Yo asentía
sin entender mucho de qué hablaba, y seguía echando uvas a la
cesta. Era tan gracioso ver cómo se le enrojecía la cara –por
la sangría, pensaba yo–, y
una vena arrugada se hacía notar con fuerza en su cráneo. Era
una imagen graciosa. Lo veías tan vulnerable que inspiraba
confianza. Qué sé yo, como si detrás de toda la rabia, te
estuviese abriendo su corazón, su corazón de uva gorda.
Pidiendo que lo acariciases con cariño, que lo mimases. Como si
te estuviera rogando algo de afecto, de complicidad. Entonces le tiré
de la camiseta. Debía de estar hablando de la contaminación del
carbón o de alguna de sus cosas, y cuando se giró hacia mí,
no supe por qué –ni hoy lo
sé, quizá la edad, las hormonas. O Esmeralda, la vecina de
enfrente, no sabría decir–,
le pregunté, con cierta vergüenza: «Modesto,
¿cómo se siente el amor?»
Entonces,
Modesto cambió la cara. Se le fue el mal humor de repente. Quizá
fue la nostalgia. El calor. Su corazón de uva gorda. A día de
hoy, no lo tengo claro. Pienso en ello constantemente, con
dolor, con culpa, como si hubiese hurgado en donde no debía tocar. En aquel momento, Modesto agarró una uva y, mirándola
fijamente, me dijo: «Carlitos,
el amor es un dolor de estómago. Como después de un atracón
de uvas.»
Miré su rostro. Sus párpados se arrugaron, su cara
daba la sensación de derretirse. Ahora lo veía más mayor, más
desgastado.
De
la nada, empezó a llover. La tierra se volvió fango. Modesto se
puso su sombrero de paja. Cogimos las cestas, las gotas empapaban
las uvas. Volvimos a casa. Modesto
no abrió la boca en todo el camino.

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