Finalista del V Concurso Internacional “Litteratura” de Relato
El
tiempo sin pianos y sin voces empezaba. En la cocina los criados
velaban
al silencio con silencio.
ELENA
GARRO, Los recuerdos
del porvenir
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Foto: Bastetamn, Ojos demoniacos (www.istockphoto.com) |
En
la noche el silencio es un artificio. Tras la penumbra del estruendo
sucede un pleamar de minúsculas melodías. No es gratuito que el
silencio nos sea vedado, que sea una búsqueda constante. No hay nada
más silencioso que la muerte. Sin relación directa con la
oscuridad, es ella quien nos acerca más al silencio. La oscuridad
puede ser una con el silencio si de por medio está la ráfaga del
puñal dentro de un pecho, o la luminosidad perpetua de un zarpazo en
plena selva. Eso lo comprendí aquel día.
La
noche calló de a poco con su murmullo de insectos y roedores. La
luna goteaba desde lo alto y las puntas de un río comenzaban sus
largas pláticas oscuras. La cerilla susurró antes de encender mi
cigarro y también crepitó el primer jalón de tabaco. Mastiqué su
aroma, y escuché cómo se quemaba su sábana de arroz. Los insectos
cantaban plenos y frescos, como la brisa que hace silbar quedo a los
matorrales.
Se
abrió el portón de mi casa, lo reconocí porque es de madera pesada
y se retuerce cuando se mueve. Los pasos de quien me visitaba eran
callados; pero no alcanzaban el silencio. El
silencio nos está vedado.
Crujieron ramas, el frío me alcanzó la espalda y un temblor
repentino me enderezó: era una gallina que había salido a buscar
algunas lombrices, escarbando la tierra con sus garras, aprovechando
que los polluelos estaban dormidos. Volvieron a crujir las ramas,
crujían por todos lados. Mi cigarro poco a poco callaba. La luna
estaba en todo su jugo, de tan blanca que parecía hundirse en ella
misma. La respiración del que me observaba sonaba acelerada.
Un
macizo árbol de aguacate le dificultaba acertar su tiro.
–Qué
quieres –le pregunté sin voltearme. Escuché que retrocedió, uno,
dos pasos, probablemente.
Era
el hijo. Quería venganza, pero aún tenía dudas, sus pasos no eran
firmes. “¡Qué suerte!” Dije pa’ mí mismo: “Debe ser el
hijo”.
–Era
lo que es, muchacho, no había diotra,
había que ajusticiarlo.
Mi
cigarro estaba por acabarse. Escuché sus labios abriéndose poco y
aquellas garras en el lodo bajo la canaleta donde escurría el agua.
Tiré la colilla, que crepitó un instante antes de apagarse.
–Ansina
es esto –le dije y lo escuché tomar un buche de aire como cuando
uno se resuelve a aventarse a lo helado de un río. Crujieron unas
ramas secas que puse adrede lueguito del rellano y entonces, con un
rayo de luz ensordecedor, le ofrecí el silencio.
* Nació
en Ciudad de México y estudió
Publicidad y Medios. Ha trabajado como creativo, redactor
publicitario y proofreader
en
la agencia Demoños. Actualmente, se desempeña a tiempo completo
como corrector de estilo, con diez
años de experiencia. Ha realizado
distintos cursos, entre los que destacan: “Microcuento”,
impartido por Gerardo
de la Torre
en la Sociedad
General de Escritores de México (SOGEM);
“Crítica Literaria” y “Creación Poética”, impartidos por
Julián
Castruita
en La
Casa del Lago. Escribe desde pequeño, es un lector obsesivo
y apasionado de la literatura. Sus autores predilectos son
Virginia
Woolf,
Rainer
Maria Rilke,
Gilberto Owen, Mircea Cărtărescu... Y nos
dice
que debe parar aquí porque corre el riesgo de escribir y escribir y
seguir escribiendo sobre literatura. Finalista
del V
Concurso Internacional “Litteratura” de Relato.
"La noche calló de a poco con su murmullo de insectos y roedores. La luna goteaba desde lo alto y las puntas de un río comenzaban sus largas pláticas oscuras." Guauuu. Me encantó. El relato es un instante pero las imágenes, los sentidos, todo lo que evoca es inmenso. El arte de la brevedad se encuentra en todo el relato. No cualquiera tiene este talento ni este estilo. Felicidades. :)
ResponderEliminar¡¡Muchas gracias de parte del autor, Anónimo!!!
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