lunes, 2 de octubre de 2023

Más que sexo......Jordi Cuevas Gemar

Foto: Kate Mulgrew
A Yésica la conocí a través de una página de swingers. Era una página en la que Blanca y yo llevábamos apuntados tres o cuatro años: más o menos, desde que Iris y Galahad fueron lo bastante grandes para quedarse en casa de la abuela y nosotros pudimos volver a salir de noche. A la abuela, por supuesto, nunca le dijimos que cuando le dejábamos a los nietos era para irnos a hacer cochinadas; a la pobre le hubiese dado un infarto, nos hubiese excomulgado –porque, para desheredarnos, poco patrimonio tenía–, o todo ello a la vez.
         Durante ese tiempo habíamos contactado con varias parejas, aunque con la mayoría no hubo feeling y la cosa no fue a más; si uno no quiere, dos no bailan, y si los bailarines son cuatro, ya te puedes imaginar. Pero quedamos con algunas –cenar, una copa, dejarnos caer por un pub o una discoteca, un poco de salsa o de música vintage– y, con tres o cuatro de ellas, hicimos diana plena y hubo baile horizontal. De promedio, una por año, si fa no fa.
Pero Yésica y Yonatan pasaban de cenas y de salsa, y nos propusieron algo que nadie nos había propuesto: quedar por separado, Yonatan con Blanca y Yésica conmigo, para hacer una escapada. En plan parejita, a algún hotel.
A ver si va a ser un psicópata y me van a encontrar descuartizada –recelaba Blanca ante la proposición.
Si no lo ves claro, no quedamos.
Pero nos dimos los móviles y empezó el intercambio de wasaps.
Yésica me contó que Yonatan y ella eran novios desde los quince años, que él era albañil y había hecho dinero invirtiendo en ladrillo durante la burbuja –no lo dijo así, pero a mí me quedó claro–, y que vivían en una torre de doscientos metros cuadrados, con jardín y piscina, a veintipocos kilómetros de Barcelona: algo en lo que, con mi sueldo de profesorcillo, yo no podía ni soñar. Añadió, como si hiciera falta, que quería a su marido y que sólo buscaba sexo; le respondí que, por supuesto, yo también a mi mujer, pero que el buen sexo es siempre más que sexo. Y, cuando ella contestó con un "¡Séeeee...!" que pretendía ir de chuleta y de sobrado, casi la oí suspirar.
En cualquier caso, comprendí que aquello era una especie de juego. Un juego de rol, de seducción e infidelidad. Y recordé lo que decían Duran Duran en los 80: You wanted to dance, so I asked you to dance.
Nos mensajeábamos todos los días, a cualquier hora. Yo saqué la artillería pesada: la requebraba con poemas de Lorca y canciones de David Bowie (Let me fly away with you, for my love is like the wind, and wild is the wind, wild is the wind), aunque Lorca le sonaba a chino y a Bowie tuve que traducírselo del inglés. Por supuesto, nos mandamos fotos. No me pareció fea ni guapa; tenía unos bonitos ojos verdes en una cara demasiado cuadrada. En conjunto, me recordaba a la capitana Janeway de Star Trek Voyager. Dijo que yo me parecía a Antonio Orozco: para saber de quién me hablaba, tuve que acudir a Internet. Luego, los mensajes subieron de tono: fantaseábamos con lo que haríamos cuando estuviéramos juntos. Hablábamos de besos, de caricias, de manos y bocas exploradoras buscando pliegues de piel escondidos. Por las noches le hacía el amor a Blanca con ímpetu renovado; no sé si imaginaba la causa, pero ella también salió beneficiada del cambio.
Por fin llegó el día fijado. Me despedí de Blanca, que aún estaba un poco nerviosa, deseándole que lo pasara bien. Yésica me recogió en su coche, en una vía de salida de la ciudad: Por fin nos conocemos en persona, dijo alguno de los dos. Y en el primer semáforo llegó el primer beso: un beso largo, profundo, interminable, hasta que empezó a pitarnos el coche que venía detrás.
Había reservado hotel en un pueblecito de la costa al que Yonatan y ella solían ir a veranear. Al bajar del coche volví a besarla, esta vez abrazándola con fuerza, y sentí su pelvis presionando mi pene, que estaba ya en plena erección. Apenas entrar en la habitación nos arrojamos el uno sobre el otro, con ansia de devorarnos, y nos arrancarnos la ropa a tirones como si nos quemara en la piel. Por fin la vi desnuda. No estaba, ni de lejos, tan buena como Blanca; pero mi deseo había ido creciendo durante días y estaba a punto de estallar.
El arrebato fue imparable, olvidamos las precauciones.
Por favor, no te corras den…
Too late.
Nos duchamos, nos vestimos y salimos a cenar, antes de que no quedara ningún restaurante abierto. Encontramos una pizzería. Durante la cena hablamos de nuestras parejas, de nuestros hijos, de los viajes que habíamos hecho. Yo le hablé de mi trabajo, que pareció no impresionarla demasiado: No, los arqueólogos no desenterramos dinosaurios, sólo cerámica rota. Le hablé de Grecia, de Fenicia, de Tartessos. De las fosas de la Guerra Civil y de las “charlas” de Queipo de Llano.
Me dijo que su nick en Facebook era Tortugueta Poruga (“Tortuguita Miedosa”), por si quería buscarla en la red.
Pero de Poruga, ya ves que no en tinc res.1
Regresamos al hotel besándonos en cada esquina; extraviamos varias veces el camino pendientes sólo de nuestras bocas, de nuestras manos, de nuestros cuerpos... En la habitación hicimos el amor de nuevo; ahora con más calma, demorándonos en los detalles, dosificando el deseo. Recorrí toda su piel con mi lengua, deteniéndome en los rincones donde el sabor era más intenso. Y la penetré con dulzura, mientras se volvían a fundir nuestras bocas y nuestros alientos.
Y esta vez no olvidamos nada.
Al acabar, nos acurrucamos el uno contra el otro. Su cuerpo encajaba en el mío como un bronce encaja en el molde donde el metal fue vertido. En la oscuridad, me habló de su infancia: de una madre que no la quería, que la maltrataba, y a la que hubo que ingresar en un sanatorio. Sollozó desnuda en mis brazos, y mis besos recogieron las lágrimas en sus mejillas como si fueran el néctar, amargo y dulce, de una triste flor nocturna. Me quedé dormido arrullándola, sumergido en su tibieza, con el rostro hundido en su pelo y respirando su olor:

La luna es un pozo chico
las flores no valen nada;
lo que valen son tus brazos
cuando de noche me abrazas.

Cuando desperté, ella fumaba en la terraza.
¿No vuelves a la cama?
Desayunamos junto a la piscina del hotel, mirándonos a los ojos y a las montañas cercanas: al quebrado horizonte de pinos de la Serralada Litoral.
Hicimos el viaje de vuelta planeando nuevos encuentros. Fines de semana, quizá algún puente largo. Me dejó en la puerta de casa y nos despedimos con un último, fugaz beso, cuidado no te vea algún vecino.
Al poco, sin embargo, me zumbó el móvil y vi su mensaje: Lo siento, no podemos volver a vernos. Ante mi alarmado por qué, su brutal El sexo ha sido muy malo.
Me dolió, podéis creerme. Nunca me he tenido por un atleta sexual; pero tampoco por tan mal amante que las mujeres tengan que huir de mí despavoridas.
Cuando regresó Blanca, bastante más tarde, me preguntó que qué tal. Yo le conté, sin extenderme.
Lástima, me habría gustado que repitiéramos. El Yonatan ese aguanta en la cama bastante más que tú –me dijo con sorna.
¿Así que, al final, no resultó ser un psicópata?
No creas. A punto sí que estuvo de despedazarme. –Y se rió con ganas.


No volvimos a verlos.
Y, sin duda, debe ser mi ego de macho ultrajado; pero, desde entonces, no he podido evitar preguntarme si Tortugueta Poruga no me habría mentido. Si no habría acabado metiendo la cabecita bajo su caparazón. Si no habría temblado su mundo, si no habría visto abrirse una grieta bajo su torre con jardín y piscina al intuir, al sospechar, al adivinar, que entre nosotros había habido más que sexo.

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1 En catalán: “no tengo nada”.


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