viernes, 21 de febrero de 2020

La vecina......Pedro Iván Hernández

Foto: Gael García Bernal en La mala
educación
, de Pedro Almodóvar
Cuando la vi por primera vez, no tuve más remedio que rendirme a su hermosura, estilo y sensualidad, no podía dejar de mirar su elegante contoneo de caderas, su escote vertiginoso y el leve movimiento de su sedosa melena negra. Vamos, que era lo que se dice en tono coloquial “un pibonazo”. Al ver que se dirigía directamente a mi portal, mi curiosidad aumentó por momentos y decidí que debía ir a casa a coger algo que se me había olvidado. Al abrir la puerta, ella giró su cabeza hacia mí mientras cerraba el buzón, una vez recogida la correspondencia, y realizando un gesto en forma de saludo, se metió en el ascensor. Yo iba al primero, no tenía excusa para cogerlo. Cuando entré en casa, mi mujer, algo alterada, vino corriendo y me dijo: 
             ―Paco, ¿sabes quién ha venido a vivir al 4º D?
No, cariño, ¿quién?
―¡Selfi Star!, la bloguera más popular del momento en Internet, la reina del selfi. ¡Mira! De repente, me empezó a enseñar un montón de fotos de la que a partir de ahora sería nuestra vecina.
Pero, Raquel, ¿te has vuelto loca? ¿Por qué tienes tantas fotos de semejante personaje?
Me fascina su fotogenia frente a la cámara, su espontaneidad, su belleza… Me tiene enamorada.
            Estás muy mal, cariño.
Antes de que me preguntara por qué había subido tan pronto cuando acababa de bajar, me adelanté y comenté en voz alta:
He vuelto a picar algo, tengo un hambre que me muero y hasta que comamos…
             Al abrir el cajón del pan, ¿qué me encuentro?: ¡otra vez la vecina!
¿Pero, cariño, tú ves esto normal?
Mi mujer me respondió con una sonrisa pícara y ladeando la cabeza hacia su hombro izquierdo.
Esto no es normal, ahora mismo voy a hablar con la tal Selfi Star.
Eso, mi amor, y de paso le pides un autógrafo dedicado. ¿Lo harás, cariño?
Con aspavientos de negación, salí ligero hasta el 4º D, llamé al timbre dos o tres veces como quien tiene una urgencia, una voz grave se oyó al otro lado de la puerta:
Voy.
Abrió la puerta un hombre terminándose de desmaquillar, de fuerte vello en el pecho (el que tiene uno siete días después de depilarse), y una toalla anudada a la cadera que dejaba entrever ese bulto que diferencia al género masculino del femenino. Con una voz aún más ronca si cabe que la que había contestado anteriormente, me preguntó:
¿Qué deseaba usted, señor vecino?
Sentí un calor inusual en mi rostro y, balbuceando considerablemente, contesté:
Disculpe, me… me he equivocado de puerta.

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