jueves, 14 de julio de 2016

La Posada de las Almas......Raquel Diago*

Finalista del IConcurso Litteratura de Relato
Foto: www.tuszapatosybolsos.com

¡Allí estaba! Discreto, pequeño, disimulado tras unas pieles de serpiente en un terrario. ¡Allí estaba! Reposando y jugando a pasar inadvertido. Un pequeño bolso anodino. Un simple bolso de mano, pero con una larga cadena plateada.
         Aquella mañana se levantó fría, muy fría. Al abrir los ojos, con mucha dificultad, noté la boca seca. El espejo del cuarto de baño mostraba ante mí la figura exacta de la decadencia: ojos hinchados que, en su día, fueron dignos de halagos, ojeras inmensas de color grisáceo y el marco enmarañado de unos cabellos salvajes que, tan sólo horas antes, habían sido ordenados en perfecta armonía tras una hora de secador y tenacillas.
         La noche anterior fue realmente inolvidable. A pesar del tremendo dolor de cabeza que me aplastaba las ideas, acudieron a mi mente imágenes nítidas, como relámpagos, y después borrosas. Fue “la gran noche”. La noche en la que hice una prueba de cine para ser ¡la actriz protagonista de una película de Hollywood!
         Recuerdo el tiempo que pasé delante del cruel espejo, intentando recomponer el rostro para estar hermosa. Después me ajusté el traje rojo cereza. Sólo el sujetador negro de puntillas se asomaba, traicionero, de vez en cuando para sonreír bajo mi escote.
         Reconozco que el resultado mereció la pena. Después miré hacia él, hacia mi hermosos bolso plateado y lo contemplé durante unos segundos. Parecía que él también me miraba y me advertía de algo. ¡No pude comprender de qué! Después, una fuerza extraña, casi magnética, hizo que me deslizara sobre los tacones y alargara mi mano, cubierta por un guante negro, para acariciarlo…. Y terminar rozando su alargada cadena de serpiente.
         Seguí recordando de modo desordenado. 
         La siguiente imagen que vino a mi aturdida cabeza fue mi estampa antes de salir de casa. De ella, incluso ahora mismo, sólo podía fijarme en una cosa: el objeto que llevaba bajo el brazo, colgando del hombro con una pequeña cadenita plateada. Un objeto brillante compuesto de miles de abalorios de plata, a los que había estado sacando brillo la tarde anterior y que ahora parecían opulentas escamas junto a mi ceñido traje rojo.
         El viernes me habían llamado para una prueba de cine. La prueba de cine más importante de la historia. Un director americano buscaba rostros desconocidos para su película y había organizado castings por todo el mundo. Mañana sería la prueba en mi ciudad y me habían seleccionado de entre dos mil muchachas.
         Tendría que ir vestida como la protagonista de la historia y debía leer un texto, cuyas palabras subrayadas en rojo había repetido hasta la saciedad. Todo tendría lugar en el salón de un lujoso hotel cuyo nombre me provocó un escalofrío: Hotel Posada de las Almas, sito en Zaragoza.
         ¡Me llevo el bolso!  dije sin titubear
          ¡Pero si no sabe el precio, señorita!  contestó con extrañeza el hombre que lo custodiaba.
         Entonces, la mujer que vendía también en el puesto susurró algo al oído del vendedor y me lo vendió sólo por diez euros. ¡Estupenda adquisición!
         Sin embargo, noté que en el momento en que lo tuve en mi poder, comencé a sentirme extraña. Incluso mi forma de andar parecía diferente. Así pues, el lunes, el gran día, bajé al portal sucio y oscuro. Un niño se cruzó conmigo para acceder al ascensor y me miró admirado. En el fondo, yo también lo estaba. ¡Me sentía distinta!
         De nuevo abrí los ojos y comprobé que la imagen decrépita del día anterior no había desaparecido. Ahí seguía mi espectro con los labios desdibujados y los ojos hinchados, como una belleza muerta. 
         Sin embargo, una profunda presión me oprimió el pecho y, de golpe, sentí la necesidad de buscar el bolso, pues me asaltó la idea de no saber dónde lo había dejado el día anterior. Palidecí de repente y comprendí. Allí estaba el vestido rojo, en un estado lamentable, los zapatos (uno de ellos con el tacón roto) y… nada más. ¡Ni rastro de mi preciado bolso plateado de abalorios! Intenté recordar pero todo fue inútil. Llamé a mi agente, pero no respondía en ese momento. 
         Llegué al hotel en taxi, a pesar de que ya andaba justa de dinero para llegar a fin de mes, y me detuve un instante antes de entrar. ¿Qué había sido de aquel lujoso hotel que acudía en ráfagas a mi cabeza? Comencé a recordar. Era un hotel maravilloso. Al entrar, una resplandeciente luz dorada lo iluminaba todo. Los botones brillaban casi tanto como sus sonrisas. Al entrar, recuerdo que todos me miraron y me aplaudieron, y me vi cubierta de un hermoso ramo de flores blancas, mis preferidas.
         Ahora contemplaba el hotel, que no era hotel sino posada, y veía la oscuridad del olvido agarrada a cada rincón y a cada esquina, con la misma dejadez con la que el tiempo lo estropea todo, hasta nuestras vidas. A la entrada, en la recepción, no había nadie y tan sólo una joven dominicana estaba sentada en una silla mirando al vacío. ¡Por fin lo vi! ¡Allí estaba! Discreto, pequeño, disimulado tras unas pieles de serpiente que decoraban una especie de terrario. ¡Allí estaba! Reposando y jugando a pasar inadvertido. 
         Me acerqué, lo saqué con cuidado de su semientierro y lo cogí en mis manos. Pero al contemplarlo, vi que no brillaba. Estaba oxidado, como el mismo día que lo compré. Apagado y oxidado. Miré mis manos. Mis manos también estaban viejas, surcadas por venas enormes azules y verdes, viejas y temblorosas como mi voz.
         ¿Otra vez, Diana, usted por aquí? Sonó una voz al fondo de la recepción. Le dije ayer que no debe venir aquí. Debe quedarse en su casa, que es donde mejor está. Recuerde lo que le dijo la chica de la Seguridad Social. Si no sigue sus reglas, la llevarán a una residencia. ¡Con lo que usted ha sido!.
         ¡Es cierto! respondí con voz temblorosa. ¡Con lo que yo he sido! Pero… ahora recuerdo…. ¿dónde está mi agente? ¡Dios mío! ¡Ahora recuerdo aquella terrible noche! ¿Dónde está mi agente? ¡Él me ayudará!.
         La voz de Diana sonó trémula y llena de angustia. Se miró las manos como si estuvieran manchadas de sangre.
         ¡Fue él! ¡Fue él! Fue culpa de ese maldito bolso. 
         El recepcionista salió de su mostrador de madera vieja y medio podrida y se acercó a Diana para ayudarla a tomar asiento. A pesar de sus gruesas lentes y de ser un poco más joven que ella, él también había sobrevivido a la desgracia. Nunca abandonó el hotel, convertido ahora en casa de citas. En realidad, nunca abandonó a Diana, tras aquella noche extraña. Él la ayudó en todo. Siempre la había amado en silencio. Y aquel bolso… aquel maldito bolso… despareció para siempre sin que nadie pudiera jamás encontrarlo. 
         Diana levantó la vista y se fijó en la foto del fondo, a la que el recepcionista sacaba brillo todos los días. Tras aquella foto resplandeciente, unas líneas desteñidas de tinta negra sobre fondo amarillo:
         “Tras un año de éxitos ininterrumpidos de la maravillosa actriz Diana Debayle, la sombra del asesinato de una joven aspirante a actriz se cierne sobre ella. El cuerpo de la joven R. D. D. ha sido hallado en un armario del prodigioso Hotel La Posada de las Almas, en un lamentable estado de descomposición. Fuentes extraoficiales aseguran que en la mano de la fallecida ha aparecido un objeto: la escama de un bolso de abalorios. Actualmente la actriz ha pasado a disposición judicial. ¿Será éste el fin de una carrera fulgurante que apenas había comenzado a despuntar?”
         Otro recorte, escondido también tras la famosa foto, rezaba así:
        “La actriz Diana Debayle es absuelta en el juicio por asesinato en primer grado. La falta de pruebas, por el extravío del bolso de abalorios, ha sido definitiva. La señorita Debayle, por otro lado, ha sido internada en un centro psiquiátrico, aquejada de una fuerte depresión. ¿Será éste el fin de su carrera?”
         La realidad, tras cuarenta años de tormento, volvía hacia el alma de la vieja actriz una y otra vez cada medianoche... ¡Una de ellas me lo quiso robar! Y entonces, no sé ni cómo, la cadena del bolso se estrechó en su blanco cuello hasta que las venas tiñeron de morado el dulce rostro. ¡Apenas tenía mi edad!... ¡Murió a mis manos! ¡Dios mío!
         La Posada de las Almas se quedó aquella noche con la suya, atrapada para siempre en el pequeño bolso de escamas plateadas. 




Nacida en Santiago de Compostela, reside en Zaragoza desde los dos años. Licenciada en Filología Hispánica, ejerce como profesora de lengua, literatura e idiomas en un Instituto de Secundaria de la capital aragonesa. En su trayectoria artística ha editado varios cuentos y poemas en diversas antologías literarias, así como diversos artículos sobre experiencias y actividades pedagógicas. Además, ha escrito y dirigido tres cortos y cuatro obras de teatro para jóvenes, así como un blog literario. http://tuquelosabestodo.blogspot.com.es/.  Para ella el arte, la música, la interpretación y la literatura son los pilares que pueden cambiar el mundo. Entre ellos, la poesía, porque escribir o leer es vivir dos veces.
-         Cuento publicado: La ánfora, Enpuertas relatos de aquí y allí. Ed. Asociación cultural Spirogyra (1999).
-         Poema: En un faro, Libro  Lágrimas de despedida. Ed. Centro de estudios poéticos (2008).
-         Poema:  De hielo, Antología Versos en el aire II en la revista “Diversidad Literaria” (2014).
-         Libro: La voz de las sirenas, Poemas y cuentos. Ed. Parnass (2014).
-         Finalista del Concurso de Microrrelatos “Bocados de realidad” de la Asociación Acen (2015).
-    Finalista del II Concurso Litteratura de Relato.

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