miércoles, 29 de junio de 2016

El sur......Raúl Clavero Blázquez*

Finalista del IConcurso Litteratura de Relato


Foto: Brad Peyton, San Andrés
No hay colegio —dijo Verónica con voz sinuosa, a medio camino entre la alegría y el asombro. Estaba tumbada en el sofá, descalza, con las mejillas encendidas y el cuerpo lacio, como un ovillo que se desmadejara lentamente en los peldaños de una escalera. Miraba los dibujos de la televisión sin demasiado interés, sus ojos parecían perderse más allá de las paredes del cuarto. Me senté a su lado. Su cara estaba cubierta por una fina capa de polvo, vestía una especie de camisón raído y tenía las uñas de las manos astilladas, como si hubiera estado excavando en la tierra durante horas. Le acaricié el cuello. Ardía.
         ¿Te has peleado? ¿Es eso?... ¿Te han expulsado del colegio?
         No, papá.
         ¿Y entonces? ¿Qué haces aquí tan pronto?
         Se giró hacia mi, compuso un gesto endurecido, de adulto prematuro, que hasta entonces nunca le había visto y ejecutó la mirada compasiva de quien se sabe poseedor de una razón última.
         Ya te lo he dicho. No hay colegio. No está. Ha desaparecido.
         En ese momento, Martina entró en el salón. Yo no comprendía lo que mi hija quería decirme y me volví hacia mi esposa, buscando una explicación.
         Acércate a la ventana me dijo.
         Me puse en pie. Descorrí las cortinas. Me asomé. Miré hacia la izquierda, hacia la esquina en la que siempre había estado el colegio de mi hija. Vacío. En su lugar no había nada. Nada. Sólo un enorme socavón, la dentellada de un gigante.
         Pero, ¿qué ha pasado?
         Y otra cosa Martina me tomó de la mano y me llevó a la cocina. La comida se ha terminado de repente me dijo. Comenzó a abrir cajones, armarios, puertas de estantes, cajas de latón. ¿Ves?
         ¿Qué?
         En mis sienes arrancó a palpitar una orquesta de tambores, y bajo mis pies se desplegaba, sigilosa, una grieta de profundidad impredecible. Entonces, un pitido agudo nos reclamó desde el televisor. Corrimos al salón. En la pantalla los dibujos habían sido sustituidos por un sonido de sirena y por el parpadeo metódico de un rótulo en el que se podía leer: “Comunicado urgente”. De inmediato, una mujer con cara de funeral se asomó por debajo de las letras.
         Las autoridades han confirmado que en las últimas horas la línea del ecuador ha empezado a desplazarse hacia el norte, a un ritmo invariable de seis centímetros por minuto...
         Fue todo lo que pudo decir. En ese instante, la imagen se oscureció de golpe, y pocos segundos después se apagaron todas las luces de la calle.


Los primeros gritos, las primeros llantos, las primeras huidas invadieron muy pronto todos los rincones de la ciudad. Verónica tosía. No paraba de toser. Martina y yo continuábamos de pie, mirando la pantalla ennegrecida del televisor, congelados, ausentes, hasta que una explosión nos sacó del letargo.
         ¿Qué ha sido eso? gritó Martina.
         Creo que la calle está minada dije, mirando de nuevo por la ventana.
         Verónica se llevó las manos a la boca. Cuando las separó del rostro, las tenía cubiertas de sangre.
         Papá... susurró. Después cerró los ojos. Ya no los volvió a abrir.


La velamos durante semanas. Se consumía en su cama, sin prisa, como una roca bañada por el mar, ajena a las continuas detonaciones, al aumento progresivo del calor, a las lluvias torrenciales que cada tarde nos inundaban. De vez en cuando, Martina o yo nos aventurábamos a recorrer por turnos las tiendas abandonadas, en busca de algo para comer. Antes de cada excursión, por si no volviéramos a vernos, nos despedíamos para siempre. En una de mis expediciones me topé con un enfermero que repartía medicinas entre los pocos habitantes que aún resistíamos en la ciudad. Conseguí convencerle para que visitara a Verónica.
         Probablemente sea malaria dijo en cuanto la vio. No puedo hacer ningún diagnóstico definitivo, pero se han dado muchos casos en las familias que no se marcharon a tiempo.
         ¿Y qué podemos hacer?
         No respondió. No fue necesario.
         Esa misma noche se cortó definitivamente el suministro de agua en los edificios.


Un estrépito distinto nos despertó por la mañana. A lo lejos, en el horizonte, los edificios caían. Eran castillos de naipes que se vencían sin resistencia. Restos, espinas, huesos engullidos por una lengua de arena que avanzaba hacia nosotros.
         Tenemos que irnos dijo Martina.
         Tomé a Verónica en brazos. Un aullido salvaje se aproximaba con el ímpetu de un depredador. No quedaba tiempo, había que correr.
         Corrimos hacia el norte, sin mirar atrás, sin saber qué nos esperaba al final del camino. Cada paso era una espada lanzada al aire que en cualquier instante podía caer sobre nuestras cabezas.
         Los cadáveres se apilaban en las cunetas. Los coches eran esqueletos oxidados. Nuestra piel había cambiado de color. Las bestias afilaban sus colmillos al vernos pasar. Verónica empeoraba por momentos. De su pecho emanaban silbidos agónicos, de animal marino o de barco que se hunde. Temblaba. Martina y yo corríamos, corríamos hacia el norte. Era lo único que hacíamos, lo único que podíamos hacer. Correr. Correr. Correr.


Nuestra carrera terminó una tarde, junto a un muro. Dejé a Verónica en el suelo y trepé sin problemas.
         ¿Hemos llegado al norte? dijo Martina.
         Al otro lado no había nada. Tan sólo un oscuro sumidero por el que se perdía todo lo demás.
         Sí... musité. Hemos llegado.
         Al amanecer cubrimos el rostro de Verónica con mi chaqueta.


  
Raúl Clavero Blázquez
Nació en 1978 en Salamanca, donde estudió Filología Hispánica. Hasta ahora ha trabajado fundamentalmente como guionista y redactor para varias productoras de televisión. Ha obtenido varios premios de guión en concursos como el Rovira-Beleta y, desde finales de 2011, ha empezado a participar también en certámenes de relato breve, consiguiendo en estos años un centenar de premios, como el Europe Direct de Cáceres, el Ciudad de Marbella, el José Rodríguez Dumont de Órgiva, el Coloquio de los perros de Montilla, el Ciudad de Elda, el Kimetz de Ordizia o el José Calderón Escalada de Reinosa, entre otros. Finalista del II Concurso Litteratura de Relato.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...