lunes, 28 de marzo de 2016

Fotomatón......Ángel Revuelta Pérez*

Finalista del IConcurso Litteratura de Relato

Foto: Carlos Costas Huidobro
Se abrió el ascensor y continuamos besándonos desaforadamente, ajenos al sonido del engranaje de las puertas al deslizarse y al pequeño pitido de aviso cuando volvieron a cerrarse. Desde que entráramos en el portal, y tras un rápido vistazo para asegurarnos de la ausencia de testigos, habíamos buscado nuestros cuerpos con ansia voraz, casi dolorosa. Con mi boca llena de su lengua, alargué el brazo y palpé la fría superficie metálica hasta encontrar el cuadro de mandos. Apreté el botón a ciegas, confiando en no volver a darnos un paseo de ida y vuelta a lo largo de los seis pisos. Finalmente, las puertas volvieron a abrirse y empujé a Fátima hacia el descansillo, sin dejar de chuparnos, tocarnos y acariciarnos.
         Apenas nos detuvimos un segundo para permitir que ella buscara las llaves en el interior del bolso y abriera la cerradura del apartamento, sin dejar de vigilar de reojo, temiendo que nos sorprendiera algún vecino. Entramos deprisa, nuevamente entrelazados, desprendiendo tal excitación que parecíamos querer fusionarnos, avanzamos por el pasillo a trompicones y para cuando llegamos a la habitación apenas nos quedaba ya ropa encima. Las arremolinadas prendas formaban un delatador rastro desde el recibidor hasta la entrada del cuarto. Allí, paradójicamente, nos dimos un descanso. El ansia sexual pareció relajarse, nos quedamos quietos de pie junto a la cama, abrazados, mirándonos fijamente a los ojos y nos reímos. Terminamos de desnudarnos con tranquilidad —apenas restaba quitarnos la ropa interior— y acariciamos nuestros cuerpos con suavidad, recorriendo con las manos un paisaje familiar largamente abandonado, recordando detalles persistentes y descubriendo las alteraciones provocadas por el paso de los años.
         Ella conservaba la hermosa figura que yo recordaba, pero su cuerpo no era ya el de la adolescencia. Más firme y rotundo, materializaba la mujer que me permitió intuir en su primera juventud; la cual interpreté en aque momento como un boceto, un tierno y precioso diseño de la mujer plena que ahora acariciaba entre mis brazos. Me pregunté si ella estaría experimentando las mismas sensaciones, si sentiría igualmente el desconcierto de abrazar un cuerpo a la vez conocido y extraño. Si estaría o no defraudada con mi yo maduro, con la versión adulta del chico que conoció hacía casi quince años.
         Aunque supongo que tanto no habíamos cambiado al menos físicamente, pues nos reconocimos de inmediato cuando casi tropezamos ante el mostrador de la librería esa misma tarde. Después de un primer gesto de sorpresa, intercambiamos saludos y las típicas expresiones de cortesía “¿Cómo estás? ¿Qué es de tu vida? ¿Por dónde andas? Cuánto tiempo. ¡Qué alegría volver a verte!”. Estuvimos un largo rato hablando allí de pie, algo envarados contentos, sí, pero un tanto descolocados por la sorpresa, sin saber si continuar la conversación o intercambiar móviles, prometer llamarnos y despedirnos amablemente; decidiendo si éramos antiguos amantes o sólo viejos conocidos. Finalmente, optamos por salir juntos de la librería y trasladarnos a la cafetería más próxima. En un primer momento intercambiamos información protocolaria de nuestras vidas, desgranando nuestras carreras universitarias, nuestro devenir profesional, nuestros respectivos matrimonios, todo con cierta distancia, tanteándonos mutuamente para cerciorarnos de cuánto quedaba en cada uno del adolescente que habíamos conocido y cuánto de adulto desconocido teníamos delante.
         Pero, poco a poco, logramos ir restableciendo la confianza y recortando el trecho que nos separaba de aquellos dos chicos que fueron novios durante el instituto y a los que la vida había separado casi por completo. Fátima confesó lo difícil que se le hacía a veces sobrellevar el cúmulo de responsabilidades que imponía el paso de los años trabajo, matrimonio, hijos—, y yo le confesé el fracaso de mi relación y lo duro que había sido el divorcio con una sinceridad desconocida por mí mismo hasta aquel momento. ¿No es significativo que en todo este tiempo no lograra abrirme a mis familiares o amigos más próximos y sí a una persona que, después de tantos años, era virtualmente una desconocida?
         Es difícil explicar qué pasó después. La noche había caído, ella me informó de que su marido e hijas tenía dos niñas se encontraban de viaje para visitar a sus abuelos paternos y, de algún modo, sin que mediaran palabras, sus ojos me anunciaron que pasaríamos juntos la noche. De camino a su casa, intuí que ella deseaba volver a estar conmigo una vez más, quizá como un modo de regresar a una época más sencilla, y yo no quería pasar otra noche solo. Al llegar al portal, explotamos como dos jovencitos en celo.
         Después de amarnos de una manera distinta a como lo habíamos hecho en aquel tiempo: más experimentada, menos torpe, pero no menos pasional, hablamos y hablamos hasta quedarnos dormidos en un abrazo, mecidos por el silencio inusual de la madrugada, apenas empañado por el eventual sonido de una cisterna amortiguado por los tabiques del edificio o por el lejano murmullo del escaso tráfico nocturno.
         Por la mañana, al despertar, me encontré con su mirada tierna y calmada. Desayunamos juntos casi en silencio y, tras vestirme, me indicó que su familia regresaría a media tarde. Lo tomé como un anuncio de que aquella era la última vez que nos veríamos, al menos de esa manera. Su beso de despedida junto a la puerta me supo más tierno que apasionado. 
         Al entrar en el ascensor me asaltó un conato de nostalgia por nuestro pasado viaje en su interior, como si hubiese transcurrido mucho más tiempo que sólo unas horas, y al salir del portal la luminosidad de la mañana me resultó ajena, triste, como el despertar de uno de esos sueños que por un momento habíamos creído reales. Me di un largo paseo de vuelta a casa un triste piso alquilado tras la separación, donde busqué en el altillo del armario de mi habitación una de las cajas sin vaciar, cogí un gastado sobre de estraza y examiné su interior. Miré las amarillentas fotos de la vieja pandilla de amigos ¿de verdad alguna vez fuimos tan jóvenes?—, hasta encontrar la tira de instantáneas de fotomatón desde las que Fátima y yo sonreíamos felices e inconscientes a la cámara.


* L
Ángel Revuelta Pérez
icenciado en Geografía e Historia y Máster en Historia Contemporánea por la Universidad de Cantabria, ha publicado varias monografías y un cómic sobre la historia de Cantabria. Sus relatos literarios han sido seleccionados para formar parte de numerosas antologías publicadas, entre otros, por el Ayuntamiento de Elx (2008), Ed. Hipálage (2007, 08, 09, 10 y 13), Acen Ed. (2012, 13 y 14), Diversidad Literaria (2014) y Letras con Arte (2014 y 15). Además de resultar finalista y obtener varios accésits y menciones en diversos concursos, ha sido galardonado con los Primeros Premios del I Concurso de Relato Histórico Breve, promovido por la Sociedad Española de Estudios Clásicos y la Universidad de Cantabria (2005), el I Certamen de Microrrelatos Micro Rock (2013) y el Premio de Narración Breve del Consejo Social de la Universidad de Cantabria (2014). Finalista del II Concurso Litteratura de Relato.

2 comentarios:

  1. Gracias por publicar mi relato y enhorabuena, tanto por el blog como por el concurso. Por cierto, me gusta mucho la foto que habéis escogido para ilustrarlo. Saludos. ÁNGEL REVUELTA

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    1. Muchas gracias a ti, Ángel, por participar en el Concurso!!!
      Un fuerte abrazo

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