sábado, 23 de enero de 2016

Los amantes......Catalina Tovorovsky*

Tercer Premio (ex aequo) del IConcurso Litteratura de Relato


Portada de Los amores difíciles
Éramos compañeros de oficina y amantes. Él tenía esposa e hijos. Yo era, soy, madre soltera. Él tenía una esposa fea y amargada, me había configurado yo en mi mente, en base a las pocas referencias que a él se le escapaban. Y dos hijos que crecían y tenían amigos y cumpleaños y fragmentos de una vida que yo espiaba con recelo: los quince de Brenda, el campamento de Mauro, los regalos, la ropa, el flequillo.
Absorbía cada pequeña referencia a su vida familiar con sed, refrenándome para no zambullirme en el offside. Porque si algo estaba claro era mi no pertenencia. Yo existía para desear la vida de otra, la vida infeliz de esa otra (no soportaba imaginar feliz a su mujer). Pensaba más en ella que en mí y todo ese rulo me tenía imantada. Éramos tres para mí y dos para ella. Yo quería ser ella, pero sin mí. Tenerlo a él los domingos, poner su pijama debajo de la almohada. Ser la de la foto de su celular.
         Los jueves eran nuestros. Íbamos a hoteles, a restaurantes caros y lejanos, o caminábamos desnudos por la cocina de mi casa, pedíamos sushi, usábamos geles lubricantes y juguetes, nos contorsionábamos, todo, todo en dos, tres, cuatro horas. Las mejores horas de mi semana, las únicas.
         Los miércoles limpiaba la casa, llenaba la heladera de cosas ricas, ordenaba el dormitorio, reponía las velas en los vasitos de colores, le tiraba perfume de vainilla al acolchado, sacaba los superhéroes de la bañadera.
        Y el jueves me entregaba al ritual: salíamos separados del trabajo, para disimular. Yo lo esperaba escondida a tres cuadras de la oficina, en un puesto de flores o de diarios, agazapada en un hueco. Él pasaba con el auto y yo me metía rápido para no cruzarnos con ningún compañero. Y solos, en el auto, después de una semana mandándonos mensajes de nada, la pasión me desbordaba. Yo era toda deseo, como un volcán. Estaba poseída por una fuerza caliente a punto de estallar. Eso era yo. Un volcán. Un volcán que se escondía. 
         Primero hablábamos del trabajo. Él tenía un cargo político y ganaba tres veces más que yo, con mis posgrados e idiomas y puesto jerárquico. Venía de una familia humilde, padre policía y madre costurera, de un barrio del segundo cordón del conurbano, para el lado del oeste. Se había sabido mover dentro de la entidad donde trabajábamos y, a base de favores misteriosos, había conseguido un sueldazo, libertad horaria y un respeto más fundando en el miedo que en el mérito. Era gordo y viejo, sin algún molar, el porte abatido, con su Tag Heuer y su Toyota Corolla y su chalet revestido en ladrillo con portón automático en el mismo barrio de la infancia, con calle sin asfaltar, calle que yo misma había visitado (me había tomado un remís desde Belgrano, sólo para dar la vuelta a la manzana de su casa dos veces y volver). 
         La manera que tenía de disfrutar su tranquilidad económica me enternecía. Estaba tan contento de poder mandar a sus hijos a un colegio privado, de comprarles un cuatri para ir a San Bernardo. Él disfrutaba como un chico de ir a Puerto Madero, de tomar champagne en el Duhau. Pero lo que más le gustaba, creía yo, y él me lo decía siempre, era tenerme. Tenerme de amante. Una amante joven y culta, una amante desprejuiciada y divertida, criada de una forma incomprensible para él. Le encantaba venir a mi departamento, un departamento con libros y cuadros y adornos de viajes y paredes fucsias, cuántos libros que tenés, Rusita. A mí me gustaba eso que yo era para él. Eso que yo era para él los jueves.
         También hablábamos de nuestros hijos, en su auto, de camino al hotel. Entonces él se ponía paternal y lamentaba no poder cuidarme más, cuidar a mi hijo, ayudarme a enfrentar mis problemas de madre sola. Y me hacía regalos cada vez más caros o más grandes: anillos de Swarovski, vajilla de Bohemia, juegos de living, artículos electrónicos de última generación. Yo le decía dale, gordo, regalame cosas, me debés, me debés. Se lo decía en chiste y en serio. Y él me decía lo que quieras, Rusita. Vayámonos a Nueva York, le decía yo. Se me pudre en casa, Rusita, me decía, y a la semana siguiente se aparecía con un televisor o un vestido. 
         Para nuestro segundo aniversario me regaló un reloj de tres cuadrantes, más ancho que mi muñeca. Yo le compré Los amores difíciles de Italo Calvino y le cociné salmón. 
         Dos veces fuimos al cine. Una vez se quedó a dormir y fue muy raro. Otra, fuimos al yumbo y, mientras pagábamos el vino y los forros, nos cruzamos con un compañero de oficina.
         Fue al poco tiempo que su mujer se enteró.
         Nos habíamos quedado haciendo fiaca en mi cama hasta las nueve de la noche, que nos entró hambre y salimos a cenar a un bodegón que quedaba a diez cuadras. Fuimos caminando. Nos sentamos, miramos la carta, ordenamos. Nos trajeron las bebidas y la panera, y él me hizo señas de que me callara porque tenía un llamado de su mujer. Entonces se puso pálido y salió a hablar a la calle. Nos trajeron los platos y, como él no aparecía, me asomé y le hice gestos de qué pasó, y él nada, ni me prestaba atención.
         Me quedé mirando la escena, parecía un nene o un ladrón. Estaba aterrado, yo no llegaba a escuchar lo que pasaba, si alguien se había muerto o si nos habían descubierto. Mi amante lloraba y yo logré escuchar que dijo no te pongas así, voy para casa y hablamos, vos sos la única, vos sos la única. 
         Cuando cortó, me pidió perdón y se fue corriendo. Se fue corriendo y yo me quedé parada en la puerta del restaurante. Corría pesado, arrastrando un poco los pies, el rebote le impactaba en la panza y en la espalda, le tintineaban las llaves en el bolsillo. No entré yo tampoco al restaurante. Ni siquiera giré la cabeza porque me sentía avergonzada. Me volví a casa y me quedé haciendo zapping hasta las cuatro de la mañana.
         Al día siguiente no fue a trabajar, yo no lo llamé por las dudas. El fin de semana estuve esperando su llamada, algo, pero nada. Llamé a su amigo, que me dijo que tenía problemas en la casa. Lito, decile que me llame, que estoy preocupada. No fue a la oficina en toda la semana. Cuando volvió, estaba más flaco y demacrado.
         Por Lito supe varias cosas. Que la mujer le había revisado la computadora y había descubierto que él había comprado online esposas y consoladores. Que alguien los llamaba a la casa y cortaba y que ellos pensaban que era yo. Que la mujer había recibido llamadas telefónicas a su celular y que una voz femenina le decía tu marido te engaña con Tatiana Spector. 
         Un día me lo crucé a propósito en la fotocopiadora y me dijo quédate con los regalos, pero espero que nunca los disfrutes con nadie. Ese día encontré en el cajón de mi escritorio el libro de Calvino destrozado.
        De esa etapa de mi vida, recuerdo las lágrimas gruesas que me caían mientras lavaba los platos, a espaldas de mi hijo. Y la ilusión que amargamente se había ido convirtiendo en la soledad de siempre.



Catalina Tovorovsky
* Nació en Buenos Aires en 1975 y estudió Letras y Derecho en la Universidad de Buenos Aires. Es escritora y crítica literaria, agente y management. Su agencia Farber Literary Agency representa a dramaturgos como Henning Mankell y Jon Fosse. Cofundadora y editora de Máquina Productora Literaria, donde dicta talleres de poesía. Ha sido invitada a disertar en la Stockholm Academy of Dramatic Arts en Suecia, en el Rights Workshop de la London Book Fair, en el Conseil International des Auteurs Dramatiques Littéraires et Audiovisuels de la CISAC en Londres y París, y ha participado en lecturas del Joyce Center de Dublín. Su relato Tajada de melón se publicó en la revista Cuentos del Andén (2014), su relato Vodka en la antología Siete Tragos (textosintrusos, 2015), y el  poema Blue satin aparecerá en Poetas Nocturnos (Diversidad Literaria). Acaba de publicar su primer libro de cuentos, Yugular (textosintrusos)Tercer Premio (ex aequo) del II Concurso Litteratura de Relato.

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