sábado, 6 de febrero de 2016

La melancolía con Chet Baker......Miguel Benítez*

Tercer Premio (ex aequo) del IConcurso Litteratura de Relato

Foto de William Claxton: Chet Baker
Hoy hace un día más desde que te fuiste; un día más desde que los empecé a contar, y empecé desde el principio, desde el primer día. Cada vez que me acuerdo y, decidido, acabo por revolcarme en el recuerdo, siempre pasa igual: convencido, voy hacia la estantería y entre todos nuestros discos, entre los míos y los que tú dejaste al marchar, escojo el mismo de siempre, el mismo que uso para ponerme triste, para pensar en ti y quebrarme un poco más. Continuamente se puede uno fastidiar un poco más; da gusto aumentar esta melancolía a la carta. 
         Fiel devoto de mis tradiciones y resuelto a hacer de tu doloroso recuerdo un acto religioso, nunca cambio el ceremonial. La liturgia me ayuda a recordarte mejor, más vivamente y con mayor sufrimiento. Tumbándome en el sillón, cerrando los ojos, preparo la mente para este viaje a través del tiempo. Una vez listo, me aseguro la posición en el sillón y con los ojos cerrados, tanteando, alcanzo el mando a distancia y le doy al play. En unos segundos, antes de que comience nuestra canción, en ese momento que se extiende insoportable, cuando los segundos pasan pero no hay nada ahí, ni música ni nada, suelo recordar el día de mi cumpleaños. Aquel 20 de abril, tú llegando a casa por sorpresa y poniendo en mi mano un paquetito envuelto con esa delicadeza tuya; en él, nuestro disco preferido, aquél de Chet Baker, con nuestra canción favorita; canción que, por cierto, yo te había enseñado el día que nos conocimos, después del concierto de Lucas y su banda de blues en el pub de la plaza Bullicio. The thrill is gone. La habíamos instituido como nuestra, para cuando nos daba el bajón, algo ya habitual, peligrosamente cotidiano.
           Cuando estábamos tristes, me acuerdo cómo nos acurrucábamos en el sillón y la poníamos una y otra vez, sin parar. Abrazados y rozándonos los rostros, nos consolábamos pensando en que a nosotros no nos pasaría lo mismo. Vivíamos como delicados espectadores una ficción que creíamos a miles de kilómetros de nosotros, una fantasía que al final se haría palpable y sentida. 
         Tengo ya el mando en mis manos, otra vez. (Mientras suena la música de fondo.) Todo vuelve a mí. Esta simbiosis de tristeza dulce y alegría amarga, Chet Baker sobre mis hombros, y esta especie de amor. Sí, amor. Me enamora definitivamente porque me recuerda a ti y, bueno, me pone triste. Me gusta hacerme daño pensando en ti. 
           The thrill is gone eres tú, Matilde. Siempre pasa lo mismo, es ponerla y ya, todo aquello otra vez. (I can see it in your eyes, I can hear it in your sighs, Feel your touch and realize) El parque, tu cara con la mía, frente a frente sin risas ni fiestas. Los árboles como enormes sombras cerniéndose sobre mí, y la noche que era cada vez más oscura, acosándome. Tu mirada fría y mi rostro cobarde, tu apretón de manos, tu beso en la nuca. Esa despedida a secas que me dejo el corazón en la mano, vomitado. Huyéndome te fuiste, y yo allí; y después, las lágrimas y el periódico mojado contra mis ojos, sentado en la madera dura y gélida del banco. Nuestro banco.  
         Pero me gusta, quiero más. Hoy no ha sido un buen día, nunca es un buen día. El trabajo, el niño, la jodida casera, mi libro que no va y yo que ya no funciono. Tampoco es que esté, nunca estuve. Solo faltas más tú, más de ti, y así hundirme mejor, más completamente, ensañándome. Yo no sé ser feliz, siempre lo supiste. En eso éramos iguales. La tristeza era lo que mejor se nos daba. La alegría era como un hechizo que no debía durar demasiado. Al menos eso pensábamos, pero yo… Yo ya no sé. Pasarse la vida buscando la felicidad es algo tan… No sé.  Le hace a uno querer meterse los dedos hasta la faringe, para joderse. Porque es más real, más sentido. Y ahora todo es peor. La mierda crece, porque estando solo la porquería huele más. Al menos, juntos nos consolábamos un poco. (The nights are cold, For love is old)  
         No sé. Esta trompeta que suena es tan dulce y melancólica. Quizá Chet y yo no seamos tan diferentes. Bueno. Está lo de que él es un genio y yo no, pero no me refiero a eso, sino… Bueno, a esa tristeza que él tiene y que yo creo que es la misma que la mía. Consigue acabar con las arcadas más retorcidas de mi odio. Con este asco que siento por ti. Pero (The thrill is gone) sólo tengo que entenderlo, como Chet. 
         (Love was grand when love was new) Mierda, esta frase siempre se me olvida. Es tan, no sé, difícil, sufrida. Es 15 de marzo, la guagua, la estación donde me besaste recién bajabas sin yo decir ni pío. El beso del Liceo Taoro, en la subida; y yo que no te tocaba, no me atrevía; y tú llorando al marchar, por más de ese primer día, y yo, pero te ibas, nos fuimos. Luego en casa, el teléfono. Tu voz por allí, en mi oreja, pero tú no, entera no, sólo la voz. Era curioso, curioso porque éramos nosotros. (Birds were singing, skies were blue) Nos quedaban cientos de días, no lo sabíamos. Jugábamos con la incertidumbre. Eso estaba bien porque al final nunca lo pensábamos. Sí, no pensábamos hacia dónde todo, o sea, nosotros... Era como… No sé. Natural. 
         (Now it don't appeal to you) Siempre me pasa lo mismo. Cuando escucho a Chet, siempre.
          De alante para atrás, del final para el principio, y luego la conclusión, y después todo otra vez y mezclado. Dolió más porque parecía mejorar. Lo más jodido viene cuando todo parece que puede ir mejor, que comenzar es… No sé, ¿la opción?, pero ¡por Dios!, menos mal que no. Sería la misma dichosa historia otra vez. No, no. Menos mal que no. 
         La voz… parece que se va a romper, pobre Chet. No te hubieses roto tú… (The thrill is gone) The thrill is gone, sí. 
         (This is the end So why pretend and let in linger on) Recuerdo agosto, ese maldito verano. La casa abandonada, tú que desapareciste y Madrid allí, esperándote, inamovible. Todo ya planeado, y uno ahí, en medio, sin pintar un carajo. Las tardes de verano lamentándome, mis llamadas desesperadas, las lágrimas de impotencia, de incomprensión, ¿de injusticia? Vaya panorama. Y al final, 1.756 kilómetros. ¡Qué lástima todo, joder! Pero, bueno. Al final, al final todo iba bien. Bien no, mentira, mejor, cada vez más, hasta que ya pude entender que... (The thrill is gone
         ¡Vaya! Ya, 2:50. Ahora es cuando empezarás a irte. Cae la música y tú con ella. En breve, sólo un amargo regusto quedará de todo esto. La imaginación también sabe pecar de glotonería. Veo pasar el tiempo y miro desde mi sillón a la ventana. Me quito los auriculares y me pierdo en el aire, dentro del espacio infinitamente azul. Dejo a mi mente vaciarse, no la tenso más. Poco a poco te esfumas, te voy perdiendo, estás casi por desaparecer, ni regusto ni nada. ¿Es esto real? Esta inmensidad que observo, este cielo inabarcable transforma con su hondura mi percepción del tiempo, de la realidad. Ahora no sé ni cuándo fue, ni cuándo fuimos, por eso esta tranquilidad, este sopor inconfundible, este olvido que no es olvido sino liberación. Quizá sea ese azul profundo e invencible que, casi imperceptible, me intenta hipnotizar susurrándome al oído: The thrill is gone.


* Nació en La Orotava (Tenerife), y actualmente estudia en la Universidad de La Laguna. Sus influencias literarias son el mundo de espiritualidad de Hermann Hesse y el Romanticismo alemán: la estética y los valores de Goethe, el concepto de extrañamiento romántico de Novalis, el arte como la unión y universalización de los opuestos de Schelling y la filosofía del viaje de Herder. Tercer Premio (ex aequo) del II Concurso Litteratura de Relato.

2 comentarios:

  1. Leer con Chet Baker de fondo ayuda. Buen texto, enhorabuena.

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    1. Mil gracias (de parte del autor), este relato debería leerse con la canción de fondo!!!

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