sábado, 18 de octubre de 2014

Quemaduras de hielo seco en las entrañas......Jordi de Miguel

Fragmentos de un diario del dolor existencial (X)

Acuarela de Esther Aguilà, Ari
Cafetería del Hospital Clínic
Barcelona, Primavera 1996
A punto de hacerme
una radiografía torácica en el Clínic
         Cada vez que piso este inmundo lugar, vulgarmente conocido como hospital, recuerdo mi frágil condición humana. Y, muy a mi pesar, también me acuerdo del Tigre: después de año y medio sin tocarlo, he tenido que volver a usar el Ventolín... Debería dejar de fumar.
         Cuanto mejor le comprendo, mayor es la sensación de mirar a través de un caleidoscopio. Su temperamento da para una dramática y hermosa historia de amor… ¿como la que hemos disfrutado? Tiene la pasión indómita de Otelo, aquella que Shakespeare le confirió para que poseyera a Desdémona, la pasión que da la naturaleza misma de irracional al hombre. Y su ternura, que mantiene a flor de piel y siempre muestra con satisfacción sincera, al imaginarse a todas sus chicas como el barro: pastosas, dúctiles, manipulables… Con habilidad de maestro alfarero, emplea la suavidad de sus manos, el abrigo de su voz y la pujanza de su sexo para moldear la voluntad de sus mujeres, hasta conseguir adueñarse de ellas sibilina y fálicamente. No sé cómo denominarlo..., ¿machismo con aroma a espliego y desinfectante?
         Yo he sido una de sus chicas y la magnitud de mi escultura habría podido depender del tiempo, la perseverancia y el arte que él hubiera invertido… ¿o acaso no estuve a punto de aceptar la invitación a Antananarivo? Sí, es muy difícil no someterse a él, al amparo de un Hombre de verdad y con mayúsculas. Nada que ver con el pobre Javi.
         Sin embargo, al final los besos, las caricias, las sonrisas y los sueños —también las pesadillas— quedaron ajados por el uso, la rutina y la inercia, girando sin cesar hasta retroceder al punto inicial. Lo nuestro ha sido como una joven embarazada a punto de abortar. Una ilusión perdida, muerta, eso ha sido él, Él, que me prometía vivir y sólo se quedó impreso en aquella foto instantánea que nos hicieron en la fiesta irlandesa del Falstaff, ambos con muecas de estúpida felicidad.
         Bueno, por mucho que duela, yo siempre he estado a favor del aborto.
         Seis años después de haberle visto por primera vez en el Falstaff (no sabe que ya me había fijado en él, nunca se lo dije), debe pensar que mi amor fue falso. Jamás. Le quise, yo sé que le quise (odio lo cursi que suena esto), y en mi memoria —no en aquella Polaroid— siempre, SIEMPRE será mi Tigre, a pesar de que me haya llamado Puta Barata. Bueno, por algo será...
         Le quise y, no puedo engañarme, aún le sigo queriendo. Vaya, no pensaba escribir esto. Después de trazar la “a” tras la coma, me he quedado diez o doce segundos dudando, y al final he decidido trasladar el pensamiento al papel. ¿O acaso, como Melissa de Alejandría, no elegí en el pobre Javi la boca más cercana a la suya?...
         Cuando cortamos, mi madre, intentando consolarme, me dijo que hay que besar a muchas ranas para encontrar a un príncipe (es curioso que usara esas palabras: “rana” y “príncipe”). Así que terminemos y dejemos la historia como si fuera un bonito cuento de hadas, de aquellos que me contaba mi padre cuando era pequeña, antes de que me quedase dormida, y que conseguían hacerme feliz. Un cuento de princesas en el que surgían dragones y príncipes, dispuestos a ocupar el horizonte de mi párvula imaginación. De esta forma pasaron los años, y yo creía que esos relatos formaban parte de la vida real, de mi vida, pero cuando descubrí el amor en su cruel realidad supe cuál era el final de aquellos encantadores cuentos infantiles que me transportaban a…, qué importa.
         ¿Cuántas ilusiones se forjan a lo largo de una vida?... Con él, más de dos mil, una por cada vez que he mirado en sus ojos, una por cada amanecer de dos mil días, al principio monótonos y cotidianos. Son tan frágiles estas ilusiones mías como hermosas esferas de cristal que, etéreas, flotan a mi alrededor, son tan quebradizas que se fueron rompiendo, transformadas en polvo en manos de su creador.
         Incluso después de todo lo que ha ocurrido, a veces siento la tentación de abandonarme de nuevo entre sus brazos, sin pensar en nada más (algo así debió pasarle a Amelia con el Suso), de volver para no irme nunca. Eso sería un descenso al infierno, lo sé, pero es una idea terriblemente seductora. El averno de Dante era ardiente y bello. Con él, mi vida también ha sido ardiente, bella e infernal, casi de cuento de hadas..., ¿como la de Francesca de Rímini?
         La muerte dantesca da paso inmediato a la comedia inédita de mis sueños más extravagantes: el crepitar del quinqué y su luz ambarina que refulge a mis espaldas; tranquila, sentada, espero subir a las estrellas en una noche sin luz. Llevo mucho tiempo aguardando, tanto que olvidé el ansia de mi espera.
         Hoy sólo me preocupa recuperar el humor, sin querer se me diluyó en el camino. A partir de ahora me conformo con que la vida sea mediocre, incluso vulgar y pedestre, pero eso sí, apacible, tranquila, descansada y confortable.
         Extraño tanto lo que más odio… Lo necesito: odio lo que más quiero. Me gustaría desaparecer en la lejanía, salirme por la tangente de todo ese rencor invisible que nubla mi andar.
         Hielo seco siento por dentro. No se derrite, mantiene latentes sus quemaduras en mis entrañas. Me paraliza hasta la exasperación la profunda soledad que me pudre por dentro.

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