jueves, 20 de febrero de 2014

Elíptica......David Cantos Alcalde


Llevaba trabajando en la compañía veinte años, o veintiuno, o más. Cada mañana cogía el ascensor y subía hasta la quinta planta del edificio, al departamento de nóminas, se sentaba en su mesa, y a trabajar. No era una rutina apasionante, de haber rutinas apasionantes, eso es cierto, pero no estaba mal. A veces pensaba en el modo en que algunas de sus compañeras se habían consumido en sus puestos de trabajo en menos tiempo, y a pesar del sensible peligro de contagio que se da en la amargura, no se consideraba una mujer marchita en absoluto, ni tenía la sensación de haber malgastado su vida en la empresa. Se sentía todavía con fuerza, ágil, inteligente, atractiva, valiente, y a pesar de tener sus días malos, como todo el mundo, en los que de repente la madurez no parece tanto una virtud como un lastre, se veía con el ánimo de sonreír sinceramente a quien le preguntase cómo estaba y contestarle, sin necesidad de disimular, que bien.
         Sentada ya en su escritorio, mientras el ventilador del ordenador comenzaba su zumbido de arranque, apareció Toñi, siempre risueña, para posar sus nalgas sobre la mesa y, jugueteando con un lápiz, interrogarla sobre sus planes para el mediodía. Le contestó que de momento no tenía intención de hacer nada especial, salvo acercarse un momento a la librería de enfrente para recoger un libro que tenía encargado desde la semana pasada y, en todo caso, comerse la ensalada de pasta en el parque que había al lado, si es que el día se mantenía apetecible. Toñi la miró con ojos entrecerrados y una sonrisa de intencionada malicia, levemente infantil, y observó que tal vez podían haber planes mejores, como por ejemplo, el de dejarse caer por el recién inaugurado gimnasio que la empresa había decidido montar en la última planta del edificio. Sí. Era cierto. No lo recordaba. La compañía había incorporado esas nuevas dinámicas corporativas que aportan un valor añadido a sus trabajadores y trabajadoras, aparte del sueldo. Un gimnasio. No un aumento de sueldo. No más tiempo para comer. No poder salir media hora antes. No favorecer la conciliación familiar. Al contrario. Conseguir que la gente estuviese encantada de pasar más horas dentro de esa estructura de hormigón… Un gimnasio… Suspiró y miró a Toñi con cierta ternura por su inocencia. No. No creía que subiese al gimnasio, por lo menos hoy. Tenía que ir a buscar el libro, no le apetecía mezclarse con la gente del trabajo en un espacio tan poco íntimo y, además, no tenía la ropa adecuada, ni allí ni en casa. Toñi entendió que sin equipo deportivo no se podía ir a un gimnasio, pero los dos primeros argumentos pasaron inadvertidos, y la urgió a que esa misma tarde pasara por una tienda de deportes. Se dio cuenta de que no iba a ser posible luchar contra esa fuerza de la naturaleza que era Toñi, de modo que con un “bueno, me lo pensaré”, a sabiendas de que esa era su rendición, consiguió la definitiva sonrisa de su compañera, que volvió a su silla, justo dos mesas a la derecha.



         En cuanto vio el acceso a los grandes almacenes se sintió cansada, hastiada de gente, antes incluso de tener que soportar los empujones, el calor y las esperas. Se armó de paciencia y se adentró en el tumulto para hacerse con el kit básico de pasar tres cuartos de hora en un gimnasio, a saber, unos pantalones largos de deporte, preferentemente no demasiado ajustados, una camiseta, preferiblemente no muy ajustada, unas zapatillas de deporte, sin preferencias concretas, salvo que fuesen buenas y usables fuera del gimnasio. Bastó una primera aproximación para darse cuenta de que no le iba a ser tan fácil encontrar unos pantalones femeninos de deporte, largos y que no fueran demasiado ajustados. No debían existir. Con las camisetas no lo tuvo tan difícil. Salvo por el color, que al final fue rojo, no tuvo que complicarse tanto como con los pantalones, ni pasar tantas veces por los probadores. Finalmente, y contra todo pronóstico, disfrutó comprándose las zapatillas de deporte. Al final, escoger, probar y pagar fueron unas dos horas. Por suerte su hermana había podido encargarse de recoger a los niños. De vuelta a casa pensaba en todas las ocasiones, no muchas, en que se lo había pedido a ella o a su madre, para que se encargasen unas horas de las criaturas y tener una tarde libre. Pensaba en lo natural que se había convertido pedírselo a ellas y en la punzada de culpabilidad que  sentía cuando se lo pedía a su marido, las pocas veces que él disponía de tiempo. Pensaba en lo jodidamente injusto que es todo, a veces.



         Las 13:30 horas del mediodía. Las posaderas de Toñi ya se encontraban alojadas sobre su mesa mientras le hacía gestos de urgencia con los ojos, señalando con la cabeza la puerta de salida. Mirándola con condescendencia asintió, y la joven muchacha echó a correr hacia su mesa para coger la bolsa de deporte. Ella hizo lo propio y las dos se encontraron en menos de quince segundos ante la puerta de uno de los ascensores que las llevaría a la octava planta. No había sospechado ni por un segundo que la perspectiva de subir al gimnasio le generase la sensación de pueril excitación que sentía en ese momento. Allí de pie, con Toñi, como si estuviesen accediendo en elevador al inicio de una enorme montaña rusa, se sentía más despejada, expectante, despierta. Se miraba en el espejo del ascensor y le parecía verse con diez años menos, mientras Toñi no hacía más que parlotear, con muy poca discreción, sobre con quién se podrían encontrar. Que si el gordo de recepción debe ser un espectáculo, que si se topaban con su jefe le daba un patatús porque no sabría dónde mirar, que si se encontraba con Almudena cómo iría vestida, con lo extremada que va siempre, seguro que va con mallas y descansos en plan Eva Nasarre, te imaginas…



         “Ya está. Ya estoy aquí. ¿Por dónde empiezo? Tantas máquinas. No hay tanta gente. Pesas. Bicis. ¿Para qué sirve eso? Abdominales no. La elíptica. Dicen que es un ejercicio completo. Poco agresivo. A ver qué tal. Madre mía. Toñi ha desaparecido nada más entrar. Me tendré que aclarar sola. Cómo se balancea esto. Cuánto botón. Pulse inicio para empezar. Inicio. Seleccione ejercicio. Aleatorio. Indique peso. 58. Indique su edad. ¿Para qué querrá esto saber mi edad? 42. Indique dificultad del 1 al 10. 5. Indique tiempo. 15 minutos. Inicie rutina… No parece muy duro. No está mal. Un poco aburrido… Algo incomodo… No me deja estirar las piernas... ¿No coordino bien o qué? Me parece que los brazos y las piernas… van cada uno por su lado… Ahora… Bien… Ahora va más… Cuesta un poco más… Pero se aguanta bien… Calor… Madre mía… Esto se está… llenando… de… Pues… ¡Joder!... ¡Estoy asada!”



         En un instante la rutina repetitiva del pedaleo se convirtió en una inyección de energía que afectó su voluntad. Tras la cadencia casi musical de cada revolución llegaba el empuje inercial de la siguiente, y notó que su cuerpo se encendía de calor mientras las gotas de sudor empezaban a deslizarse por su espalda. Brazos y piernas ejecutaban un trabajo rítmico y constante que transmitía a su cerebro un bienestar insospechado. En el cuello de su camiseta comenzaba a dibujarse un triángulo de humedad que delataba que el esfuerzo al que se estaba entregando era real, auténtico, humano, carnal, vivo. Empezó a notar de qué estaba hecha. De músculo. De energía. De potencia. Detectó en el interior de su piel las fibras que activaban cada movimiento y, con esa súbita consciencia de sí misma, a través de ese reencuentro con su propio cuerpo, comenzó a sentir una excitación olvidada, una atávica percepción animal de su propia naturaleza, con la que se sintió salvaje y libre. Le encantaba lo que estaba pasando.



         Tras diez minutos de ejercicio, entró por la puerta uno de sus compañeros de trabajo. Le caía bien. A menudo habían coincidido en el ascensor y, sin intercambiar más que algunas miradas, comentarios banales sobre el trabajo, y alguna conversación mantenida entre amistades comunes, no se tenían ninguna confianza. De todos modos, esos pocos datos recogidos en contadas ocasiones le habían servido para deducir que era un buen tipo, y que a pesar de no ser un Adonis, parecía interesante. Quién sabe si en otras circunstancias, tal vez…



         “… Tiene un… un poco de… Pero es… Seguro que… es majo… Me pregunto… ¿Pero qué… estoy… diciendo? Estoy… casada... ¡Y loca!”



         Él se percató de su presencia justo cuando se dirigía a las elípticas de al lado y, de repente, un rubor le subió a las mejillas, saludó tímidamente, y cambió bruscamente de trayectoria para dirigirse a las cintas de correr.



         “¿Por qué… se ha… girado?... Pensaba… que yo le… Se pone… delante de… mí… Yo creo… que le… caigo… bien.”



         Durante cinco minutos se estuvieron intercambiando furtivas miradas que ella no sabía interpretar. Algo pasaba… Algo… Algún interés tenía ese chico que ella no sabía... ver. No podía… El contexto. Tal vez. No… los nervios. Calor. Esfuerzo. Sudor. Pero no… no era nada sexual. Era una excitación distinta. Era una expectativa. Una promesa. Pero estas cosas no iban con ella.



         “Me… ha vuelto… a mirar… ¿Y si aguanto… sus ojos… cinco… segundos?... ¡No!... ¡Basta de… chorradas!... Yo no soy… así… No soy… Estoy bien… en casa.”



         Sin embargo, en menos de un minuto dejó la elíptica y se bajó. En ese momento él hizo lo mismo. No esperaba eso y se tambaleó levemente. No sabía si el temblor de las rodillas era por el agotamiento o por los nervios. Los dos de pie, uno frente al otro. Miraba a todas partes menos a él, buscando un lugar a dónde ir, sin querer irse. Buscando un gesto que pareciese natural, sin serlo. Él se dirigió a la fuente del gimnasio para beber agua. En ese instante un pálpito en su pecho expandió una potente ola de calor por todo su cuerpo. Optó por hacer lo mismo. “¡Dios mío! ¡Estoy coqueteando!”, pensó. Él le cedió la fuente en un gesto de cortesía que no significaba nada. Cualquier persona educada haría lo mismo. Bebió mientras él esperaba detrás, y decidió, sin conciencia de decidir nada, que era el momento adecuado de ver qué pasaba si se sentaba en las bicicletas estáticas. Escogió la primera fila, con otras bicicletas enfrente y una fila más detrás de ella. Empezó la rutina.



         “Enfrente… a mi lado… ¿Vendrá?... No viene… Creo… que también está… casado… Tarda… mucho… No… no puede ser… no puede haberse puesto… en las bicicletas de atrás… no puede ser así… no puede haberse sentado a mirarme el culo…”


         Empezó a pedalear con rabia. Enfadada consigo misma por coquetear con un imbécil que no lo merecía, que al final no era más que un mirón…, pero no. Al mirar atrás vio que no estaba en el gimnasio. Alzó la vista y entonces le vio pasar a través de los ventanales que daban al pasillo camino de los vestuarios, despidiéndose de ella con una sonrisa, un gesto de barbilla, un saludo con la mano, una mirada sostenida durante unos segundos más de lo habitual, más de lo que se mira la gente en un ascensor cuando va al trabajo. Protegidos por el cristal resultó más fácil sonreírse mutuamente, mirarse el uno al otro, sentir la fugaz complicidad de un universo paralelo. Una acogedora sensación de alivio, de normalidad, cayó sobre ella y dejó de pedalear. 
         Ella estaba interesada. Él estaba interesado. Sólo interés. Nada más. Sólo se caían bien. Puede que muy bien. Ya pasó. Quieta, sobre la bicicleta, se sintió nuevamente viva, se concentró un instante en el palpitar de su corazón sin saber cuánto respondía al ejercicio y cuánto a las emociones, y pensó que no estaba tan mal eso del gimnasio, y que ya tenía un tema en común que compartir en el ascensor... con él.

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