viernes, 31 de enero de 2014

Ardor en las entrañas......Jordi de Miguel

Fragmentos de un diario del dolor existencial (II)

Acuarela de Esther Aguilà, Masturbación
Habitación de mi casa
Barcelona, Primavera 1994
         Vamos allá…
         Quince años de los veintiséis que tengo los he invertido en el deseo ferviente de escribir sin interrupción y sin errores gramaticales. No recuerdo el momento exacto en que decidí que me gustaría tener como oficio el de “escribidora”, sería tal vez en plena inocencia de la infancia (ese instante único de nuestra vida en que el tiempo no existe), cuando aún soñaba y tenía las ilusiones intactas. A partir de ahí, he intentado captar y retener sin discriminación alguna todo estímulo a mis cinco sentidos, logré que en el espacio y el tiempo se acumularan las experiencias, el dolor, la nostalgia, la tristeza…
         Mi camino ha sido forjar a la escribidora, oficio harto peligroso, que me mantiene flotando en un mar de estúpidas dudas, preguntas ingenuas, odiosas contradicciones, verdades peligrosas, en un mundo donde no se permite abandonar los sueños por más bastardos, mezquinos, surrealistas o convencionales que sean. Gracias y a pesar de eso, mantengo vida donde ya la había.
         Hoy necesito consuelo, pero no creo en dios, tal vez un abrazo, sí, un abrazo de mi madre, pero no doy ningún crédito a su arrepentimiento; imagínate cuánto me aliviaría un beso tierno y cariñoso de sus labios, pero sospecho que ya no sabe lo que es eso. Siento ardor en las entrañas y no es un orgasmo, es la soledad que altera la temperatura de mis sentimientos.
         ¿En qué creo? ¿En mí?... Sí, sólo en mí, sé que el sufrimiento me lleva a donde yo siempre he querido estar, pero el camino es tortuoso y solitario, muy solitario, y hay momentos en que el vacío, tan absoluto, te hace pensar en abandonar. Pero claudicar sólo es morir.
         Sartre considera que la vida no tiene sentido. Yo cada día me pregunto cuál es la finalidad de estar viva, de convivir con el resto de seres humanos.
         La existencia es un accidente. Imagínate, cuando tenemos que estructurarlo… No hay nada, nada en absoluto que tenga sentido racional, ni un orden establecido que solucione al menos un poco la acidez existencial del día a día. Y para acrecentar las contradicciones, he visto que lo que más nos empeñamos en anular, tanto en la cultura occidental como en la oriental, nuestras pasiones y emociones, en el fondo son las únicas pautas naturales con un sentido específico, son racionales, tanto o más validas a nivel cognoscitivo que “la puta razón” (la expresión es de un cura: Lutero), e imprevisibles como la propia vida, porque se escapan a la estúpida manía humana de querer controlarlo todo, de apoderarse de todo. Creo que sufrimos tanto al ser tan pasionales porque hemos nacido con la más auténtica oposición dialéctica entre razón y emoción, y es imposible resolverla en una síntesis. Idiotas de nosotros, nos resistimos a aceptar que la vida es contradictoria por naturaleza y que somos una antítesis dialéctica con patas. No sé quién aseguró el otro día (por el énfasis puesto en la frase, yo diría que era el “Tigre”): “Mostradme algo que no sea contradictorio y os mostraré algo muerto”.
         Hoy es una noche única, fantástica, he abierto las contraventanas del balcón de par en par y el viento me está regalando un sinfín de caricias tibias, caricias que dan valor a la vida sólo por su propia existencia; huele a mar, huele a Barceloneta, a sol en mitad de la noche. Levito con el viento, me anima a desnudarme y le obedezco, me invita a sentir su frescura entre mis muslos abiertos, su aliento en mi pubis, su suavidad en mis pezones, que poco a poco se sobrecogen ante tanta ternura.
         Apago el cigarrillo, no sé si seguir escribiendo (lo mejor de pergeñar un diario es que lo puedes dejar cuando quieras), ya no resisto estas caricias satinadas que llenan de obscenidades mi cabeza… ¿Continúo escribiendo o paro?..., no lo sé, es irresistible el olor a sal, sal envuelta en sexo, sexo que se transforma en agua, desliéndome, agua inundando mi entrepierna y la habitación entera, habitación que huele a mar... Mmmh, no puedo seguir…
         Silencio. Y miles de sonidos le acompañan: vecinos que roncan, persianas que caen, mis gemidos distorsionados, mmmmh… Así es la noche cuando el viento de levante sopla sobre Barcelona y yo estoy desnuda e increíblemente húmeda sobre mi cama, sintiendo su eterna soledad, mientras la brisa marina me acaricia, enmarañada con el aleteo de mis dedos en maravillosa confusión.

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