sábado, 30 de noviembre de 2013

Más allá del tiempo......Vicente Montemayor Cantú*

Finalista del I Concurso Litteratura de Relato

Dibujo de Romina Guerra Álvarez
Todo fue la curiosidad de hojear aquel viejo libro de páginas biliosas, que tenía tantos años descansando en mi anaquel, para que de su interior saltara la pequeña tarjeta amarillenta, casi tan añeja como las vetustas hojas del volumen. La alcancé, curioso, en el suelo y su escritura me trasladó fugazmente a otro lugar en el tiempo.
Contenía una poesía. Un breve y sentido poema de amor que alguien, un hombre, había escrito mucho tiempo atrás para una mujer de quien estaba ciertamente enamorado. La rima y musicalidad de sus versos, así como su abrasadora esencia, transmitían una profunda devoción. Era un poema de excelente manufactura.
El misterio aumentó cuando le di vuelta y descubrí, en la parte trasera de la tarjeta, un nombre de mujer, escrito con una hermosa y elegante letra cursiva: Laura. Desde ese momento, no pude dejar de pensar en aquel nombre y traté de imaginar a la mujer a quien correspondía. Tendría que ser una bella mujer de ojos verdes, con un rostro enmarcado por un cabello obscuro y largo, que haría resaltar la blancura de su piel y le daría mayor intensidad a su mirada. Eso era lo que mi encendida mente imaginaba.
        Ansioso, examiné con atención la tarjeta amarilla, pero no contenía ningún otro dato. Entonces se me ocurrió que tal vez el libro poseyera algún otro secreto, y así fue: en la contratapa, como escondiéndose de la curiosidad indiscreta del mundo, se ocultaba un número telefónico. Cuando lo marqué, con el temor y la emoción ante lo desconocido, una voz femenina muy juvenil me dijo suavemente: “Hola”. Como no había pensado qué decir, simplemente pronuncié el nombre escrito en la tarjeta con un tono interrogativo: “¿Laura?”.
–Sí –me dijo la voz–, ¿en qué puedo servirle?
–Pues, mire usted –mentí yo, improvisando–, represento a una importante casa editorial y quisiera hacerle una oferta muy especial, si usted me permite…
–Lo siento, joven, no compro enciclopedias ni libros, y menos por teléfono…
–¿Ni tan siquiera la edición de 1890 de la obra “Azul” de Rubén Darío? –le pregunté mientras miraba el título y la contratapa del viejo ejemplar que contenía la tarjeta.
–Ese libro… la edición canónica. –Después de una breve espera me preguntó–: ¿Dónde lo obtuvo usted?
–Eso no importa, lo tengo en mis manos, ¿le interesaría verlo?
–Ese libro significa mucho para mí y usted seguramente lo sabe –me contestó emocionada, con una voz dolorida pero alegre–, ¿me lo podría mostrar?
–Con mucho gusto se lo llevo a su domicilio si me da usted la dirección. –La curiosidad me hacía sentir burbujas en las venas y el pecho se me inflamaba con una respiración risueña.
–Pues estoy a sus órdenes en el 128 de la calle Dinamarca, en la colonia Juárez. ¿Puede venir ahora?
–Sí, señora, en cuarenta minutos estoy ahí.
–Bien, aquí lo espero –dijo, y colgó sin aguardar más.
En el traslado a la dirección indicada, mi memoria rememoró poco a poco la procedencia del libro. Lo había adquirido, unos diez años atrás, en una de las tantas librerías “de viejo” que desde tiempo inmemorial se ubican en el centro histórico de la Ciudad de Mexico. La evocación me volvió de golpe y pude recordar al viejecillo demacrado y de larga barba blanca que me lo vendió, así como su amabilidad y su intrigante y simpática  sentencia, cuando al entregármelo me dijo: “Le va a gustar, más de lo que usted se imagina, y siempre me agradecerá que se lo haya vendido…”
También recordé que la edición canónica de la obra “Azul” del gran poeta nicaragüense, la de 1890, es la segunda impresión del texto, pero se la considera la más perfecta, porque los editores contaron con la guía y la dirección del poeta durante su elaboración. También es una de las más difíciles de encontrar y actualmente se pagan precios millonarios por obtenerla. 
La mujer que me abrió la puerta en la dirección señalada era una señora mayor, con el pelo completamente blanco, cutis nacarado, luminosos ojos azules y una sonrisa limpia y benevolente. Me saludó con mucha cordialidad y, sin hacer una sola pregunta, me invitó a pasar.
–Yo soy Laura Garza –apuntó, mientras me indicaba el magnífico sofá de piel bruñida donde me invitaba a tomar asiento–. ¿Cuál es su nombre?... ¿Le puedo invitar a un té? Hace tiempo que dejé el café porque me quitaba el sueño…
La pequeña y elegante sala estaba bellamente amueblada y ornamentada, con hermosos muebles antiguos, bonitas pinturas y delicados adornos, que parecían provenientes de siglos pasados. La atmósfera era especialmente confortable y acogedora, y hacía que uno se sintiera transportado a otra dimensión del tiempo.
–¿Y usted a qué se dedica? –me preguntó ella con una voz suave y cristalina.
–Yo me llamo Eugenio Ortiz Magro y también soy un apasionado de la literatura y de los libros. Me fascina la poesía y, de vez en cuando, escribo por ahí alguno que otro verso… ¿y usted?
–Bueno, yo soy maestra de literatura, ya jubilada, pero me he pasado la vida entera entre escritos, narraciones y poemas, esperando…
–¿Esperando… qué, señora? Si no es mucha indiscreción.
–Esperando el regreso de ese libro que tiene usted en sus manos. Y, por favor, llámeme Laura.
–Pero… no entiendo, ¿cómo sabía que yo tenía el libro y que la buscaría para entregárselo?
–Porque ese libro tenía que volver alguna vez a mí; Rubén tenía que regresar algún día.
En ese momento, me incliné para alcanzárselo y ella lo abrazó con tal ternura como si estuviera abrazando a un gran amor. Exhaló un profundo suspiro y sólo dijo: “Ya estoy en paz”.
–¿El libro le pertenecía? –pregunté, curioso.
–Sí, me lo robaron en un asalto hace años; lo traía siempre conmigo en mi bolso, y un maleante me lo arrebató en la calle.
–Señora, lo siento mucho, digo… Laura, no sabe cómo me apena lo que le pasó.
–No se preocupe, joven, era algo que tenía que suceder. Lo bueno es que por fin regresa a mi lado…
–¿Y cómo lo obtuvo? Si no es mucha imprudencia de mi parte…
–Me lo regaló Rubén, hace muchos años.
–¿Rubén? ¿Algún novio o esposo, tal vez?
–No, Rubén Darío… el autor, el poeta.
–Pero, señora… Rubén Darío murió en 1916 y estamos en pleno siglo XXI.
–Sí, él vino a México a la celebración del Centenario de la Independencia, en 1910. Sin embargo, el gobierno nicaragüense cambió mientras él hacía el viaje desde Europa y el Presidente Porfirio Díaz se negó a recibirlo. Eso le produjo una gran depresión, enfermedad a la que era muy proclive. Rubén tenía entonces 43 años y yo dieciséis, pero nos enamoramos enloquecidamente.
–Pero, Laura, si eso que me dice es cierto, entonces tiene usted más de cien años.
–Sí, mi amigo, unos cuantos más, para el amor nada es imposible –dijo, y soltó una carcajada esplendorosa–. Nos conocimos en el Café La Parroquia, en Veracruz, el mismo día de su llegada a México, cuando recién le había notificado Amado Nervo, el gran poeta mexicano encargado de recibirlo en el puerto, la instrucción del Presidente Díaz de que se quedara en Veracruz, porque si venía a la ciudad de México tendría que hacerlo como simple ciudadano, no traería representación oficial y el Presidente no lo recibiría.
Yo no me reponía de la sorpresa, pero la risueña anciana, que para nada aparentaba más de sesenta o quizás setenta años, continuaba su agradable, aunque casi increíble, conversación:
–Rubén era muy amigo del poeta mexicano Amado Nervo y gran admirador de Manuel Gutiérrez Nájera, otro gran poeta mexicano que había muerto en 1895, y ambos tenían el sueño de seguir el recorrido que por el centro de la ciudad de México hacía, en un poema de Gutiérrez Nájera, la duquesita del Duque Job, ¿recuerda?
Yo seguía embelesado con la maravillosa conversación de Laura y cualquier cosa se me ocurría menos interrumpirla.
–“Desde las puertas de la Sorpresa hasta la esquina del Jockey Club, no hay española, yanqui o francesa, ni más bonita ni mas traviesa que la duquesa del Duque Job.” La Sorpresa –continuó– era una camisería que estaba en el centro de la ciudad, a unas cuantas cuadras del famoso Jockey Club, y muy cerca de ambos estaba, y todavía está, la famosa Casa de los Azulejos, que ahora es una cafetería.
»Pero yo lo conocí en Veracruz –prosiguió ella–, fue amor a primera vista. Yo estaba en el Café La Parroquia, con una amiga, y desde que él entró nuestras miradas se cruzaron y yo sentí una corriente mágica que me recorría el cuerpo entero, de la cabeza a los pies. Olvidándose casi de su amigo Nervo, que lo seguía presuroso, se dirigió a mi mesa y sin articular palabra, me tomó una mano y me la besó. Yo no sabía qué decir y seguramente estaba roja de vergüenza, porque sentía un gran bochorno y tenía el alma totalmente alborotada.
»Él hizo una exagerada caravana y me pidió permiso para sentarse a mi lado     –continuó, entusiasmada–. Ni mi amiga ni yo atinamos a decir nada, de lo atolondradas que estábamos. Entonces él tomó un clavel rojo que estaba de centro de mesa, me lo ofreció y me recitó el poema que está escrito en la tarjeta. Creo que lo compuso al momento, y no pienso que haya sido publicado nunca. Es un poema inédito, un poema nunca publicado de Rubén Darío.
»Desde ese momento, no nos separamos un solo instante –siguió, con embeleso–. Yo viví los días más maravillosos de mi existencia. Paseamos por toda la ciudad: fuimos a la playa, anduvimos en lancha, concurrimos al teatro, a los museos, y en la noche nos lanzamos a la plaza a bailar danzón. Era un pésimo bailador, pero en cada giro, en cada vuelta, me recitaba alguno de sus bellísimos poemas.
»Por la noche –me lo dijo en un susurro, casi como un secreto–, fuimos a caminar al malecón, y en algún momento bajamos a la playa. Era una noche esplendorosa, casi mágica. La luna parecía un enorme disco naranja que emergía, majestuoso, del mar. Caminamos descalzos sobre la arena y de pronto se detuvo, me rodeó la cintura con su brazo y me dio el beso más tierno y apasionado de mi vida. Lo que siguió no se lo cuento, pero lo puede usted imaginar…
»Por desgracia –agregó, triste–, a los pocos días tuvo que regresar a Europa, donde tenía asuntos pendientes. Pero antes de partir me regaló el libro, éste que usted me ha traído, y me prometió volver pronto, dejándome dos hermosos regalos que he venerado toda mi vida.
–¿Cuáles regalos? –pregunté yo, sin querer interrumpir demasiado.
–Los dos mayores regalos que he recibido nunca: el libro Azul y mi hija.
–¿Tiene usted una hija?
–Tenía, mi niña murió hace ya algunos años, ya grande. Tenía el color bronceado de la piel de Rubén y mis ojos azules. Era realmente bella. Y se llamaba Azul, como el libro.
–¿Y tanto tiempo esperó el regreso de Darío?... Porque él murió en 1916.
–Sí. Rubén murió seis años después, lo supe por la prensa… nunca regresó. Sus ocupaciones, sus funciones diplomáticas, sus obras… yo siempre lo entendí.
Una atmósfera de tierna amargura se apoderó del ambiente. Yo veía en los ojos de Laura una infinita tristeza y un amor tan profundo que ni el paso de tantos años había logrado desvanecer.
Me despedí prometiéndole regresar el próximo viernes, porque la amabilidad y la ternura de aquella extraordinaria mujer me habían cautivado el alma, y sentía verdaderos deseos de volver a conversar con ella y convertirme en su amigo.
Tal vez, pensé mientras me alejaba, entre los dos hasta podríamos organizar un homenaje al gran poeta nicaragüense, máximo representante del modernismo literario; posiblemente el poeta que ha tenido mayor influencia en la poesía hispánica del siglo XX, el llamado “Príncipe de las Letras Castellanas”, Don Rubén Darío.
Como una exhalación se me escaparon los días, y al siguiente viernes ya estaba yo otra vez a la entrada de la casa de Laura. Un crespón negro sobre la puerta me impidió tocar, y el corazón se me encogió bruscamente al tomar plena conciencia de su significado. La espera de la bella señora había llegado a su fin.
Profundamente consternado, una parálisis espasmódica me impidió pensar durante un largo rato. Solamente el torrente de lágrimas me recordaba dónde estaba.
Entonces advertí, al lado del blanco rosal que adornaba la entrada, una caja azul que lucía una tarjeta. Al levantarla pude leer: “Para mi buen amigo Eugenio, quien sabrá apreciar su contenido quizá tanto como yo, y a quien le agradezco infinitamente el haberme regresado el amor. Con mucho cariño, Laura”. 
No tuve que abrir la caja para saber lo que contenía.


Vicente Montemayor Cantú
* Mexicano, nacido en Monterrey y residente en Jamaica, es funcionario retirado del Servicio Exterior Mexicano con el rango de Embajador. Tiene varios relatos publicados en revistas impresas y digitales, y dos libros: el ensayo “La Nueva Arquitectura de la Seguridad Colectiva Europea” y “La Mera Neta”, colección de doscientos artículos publicados en el periódico El Sol de México entre 2000 y 2002. Finalista del I Concurso Litteratura de Relato.

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