sábado, 9 de noviembre de 2013

La ventana de Ángel......Elena Ranz Rodríguez*


Finalista del I Concurso Litteratura de Relato

Foto: www.es.imagixs.com
Siete de la mañana:
         Amanece. La vieja maleta de madera lleva dos días cerrada, en la misma posición, inmutable e indiferente a la mirada de Ángel, su dueño. Mientras, él se entretiene desgarrando la sábana desgastada del primer hostal que encontró entre los callejones sumergidos de la gran ciudad.
         No se ha movido de la cama; no ha podido. El sudor resbala por su frente ennegrecida con los restos del último carboncillo que le queda. Su bloc amarillento reposa junto a él, sobre la colcha. Dentro del cuaderno hay un sinfín de hojas, muchas de ellas sueltas y envejecidas, en las que aparecen esbozos de caras sonrientes, infantiles y adultas, algún octogenario y, sobre todo, la repetición de un mismo boceto. El mismo rostro inacabado una y otra vez.

Siete de la tarde:
         La ventana sigue abierta. Desde ella, Ángel observa cómo el cielo apremia la caída del sol, que se desvanece en el horizonte. Desde que llegó, ese horizonte se le antoja finito. Aún no ha reunido fuerzas para cerrarla y poco a poco el frío consigue enhebrarse, tejiéndose en su piel, y clavándose como si de finas agujas se tratase, a través de los surcos de su raído jersey de lana.
         La noche ha caído y todo se ha oscurecido con una velocidad pasmosa. Sin darse cuenta, se ha visto envuelto por la sombra de la capital, y en su ahora dormitorio tan sólo alcanzan a vislumbrarse los escasos muebles sobre los que serpentean los halos de luz de la farola de la calle. Su ansiedad crece por momentos, vuelven los pálpitos desenfrenados y su acelerado pulso marca el comienzo de una nueva crisis. Su mirada se pierde, sus músculos se contraen y el horror que le causa la idea de morir solo le asalta, golpeándole con fuerza la sien y el estómago. No teme al dolor, teme temerlo. A Ángel le asusta el miedo.
         Intenta dormir para así no pensar. No pensar en su hermano pequeño, Bruno. Sólo hacía un año que se había ahogado en el río del pequeño pueblo en el que vivían junto a su madre, que desde hacía más de seis, padecía la enfermedad del olvido. Ángel siempre creyó que el alzheimer de Anabel había llegado en el peor momento, justo cuando ya había conseguido olvidar las miserias que la habían rodeado desde que su padre les abandonara para empezar de cero en algún país extranjero. Sin embargo, no todo fueron desgracias en su vida. Hubo un tiempo en el que todos fueron felices.
         Ese tiempo se había borrado de su mente, dejando paso a una matrioska emocional donde cada temor encierra uno más pequeño, apenas perceptible, pero infinitamente más peligroso que el anterior.
         Ahora su mente es golpeada con recuerdos del campo. El siena de la tierra, el rojo bermellón de las amapolas, el borgoña de la vid… Recuerda el color en su vida y maldice esa veladura en sepia que hace meses se ha instalado en su rutina, desde que se levanta a las cinco de la mañana para abrir la estación hasta que pasa el último tren de las doce. Aún lleva puesto el uniforme. Se acuerda de la inocencia de sus comienzos como guardián del ferrocarril. Por aquellos años, sus amigos aún jugaban a la pelota mientras Ángel se despertaba con la luna, corriendo calles abajo perseguido y custodiado por los perros insomnes del pueblo. Sólo él disfrutaba del privilegio de portar la enorme llave de acero negro que abría las puertas de la estación. Con una más pequeña, entraba al cuartucho que hacía las veces de recepción, venta de billetes y consigna, y hasta bien caída la noche, ofrecía asientos, cargaba las maletas y recibía las propinas de los felices pasajeros que se perdían en el vaivén de los vagones.
         Con tanto tiempo libre había llenado un sinfín de libretas con colores pasteles, ceras y acuarelas que traía Anabel de la ciudad cada mes, después de comprar el tratamiento que frenaba los episodios epilépticos de su hijo menor.
         Su estómago, que ahora se retuerce entre el silencio sepulcral de la habitación, le saca de sus cavilaciones. No ha comido nada desde que llegara dos días atrás, y aunque su cuerpo no se había quejado hasta el momento, tiene la tez pálida y los ojos hinchados y hundidos en un malva ojeroso. Con miedo, se agarra al borde de la cama, comienza a inclinarse cautelosamente y a un ritmo extremadamente lento, alarga el brazo hacia el suelo. Por fin se acerca y sus yemas rozan el corcho de la botella, que atrapa torpemente, como el pescador que percibe la tensión de la cuerda y tira de ella para evitar que su presa se escape. Bebe compulsivamente, salpicándolo todo y tintando de gotas moradas las sábanas desechas.
         Con la embriaguez vuelven los miedos. Todo a su alrededor se tambalea y agradece estar sentado. Lo agradece y lo detesta al mismo tiempo. No ha reunido valor para poner los pies en el suelo, caminar hacia la ventana y acabar con todo y nada al mismo tiempo. Al fin y al cabo, nadie le echaría de menos. Por eso la deja abierta, para no olvidarse de cruzarla llegado el momento.
         El efecto del vino hace que de pronto se sienta liviano, tan grácil como frágil.
         Se acaricia las manos con suma delicadeza, escrutándolas e insistiendo en las líneas que se cortan en la palma derecha, donde una mezcla viscosa de sudor y polvo del bastón del carboncillo ha calado en sus poros. Tal es su abstracción que el decorado ha vuelto a perder nitidez, dando paso a un súbito deseo de gritar. Y así lo hace. Grita tan fuerte que su rabia muda de piel, convirtiendo el odio en pena, en un lamento tan sincero y desgarrador como el aullido de un perro callejero.
         En su desolación no caben alegrías, ni las más mundanas. No hay sonrisas, no hay nada ni nadie. Todos le han abandonado, se han muerto… ¡qué sencillo!, pensó.
         Revuelve la tela desesperado, no puede creer que no encuentre el cuaderno, ¡pero si estaba aquí mismo! Cuando al fin atina, descubre un sinfín de trazos negruzcos, sucios, que ondean en el papel, delineando lo que parecen ser un perfil y varios frontales de un mismo retrato. No hay un solo dibujo acabado. Los esbozos se cortan siempre a la misma altura: los ojos. ¿Cómo pintar la mirada de quien ya no ve? Con los años, y por desgracia, Ángel había aprendido a verlo todo bajo el influjo de una empatía asfixiante, que le hacía padecer los dolores ajenos y sufrirlos con una intensidad insana. A su forzosa avenencia se había sumado, durante este último año, un hondo sentimiento de agonía permanente, que movía en él un pavor continuo hacia lo desconocido. No entendía el principio de su existencia, del mismo modo que ignoraba los detalles del que sería su final. Pese a todo, cualquier desenlace, por macabro que fuese, le resarciría de una vida de tragedias.
         Mantiene la mirada clavada en la maleta. Aborrece la irritante quietud con la que se muestra, impasible ante sus histerias, observando con descaro desde la distancia y dando forma a lo que Ángel entiende como una sonrisa burlona, dibujada por las arrugas que se forman sobre el cuero que la envuelve. Claro que todo forma parte de su infinita imaginación. Solo le faltaba eso: perder la cabeza.
         Por un momento, siente el rubor propio de un borracho en la fase de autodestrucción, víctima de sí mismo y de la peor de sus adicciones, la nostalgia, y aún consciente de sus delirios, no duda un instante en jugarle un pulso a la maleta.
         Ha puesto un pie en el suelo, el izquierdo, para no variar. Está seguro de no haber ordenado tal movimiento. Se sorprende a sí mismo bajando el derecho, aún con cierto recelo, mientras su mente dispara una multitud de escalofriantes sensaciones que recorren la totalidad de sus poros, tensando su piel y erizándole el vello de la nuca y los brazos. Sus piernas tiemblan y cae de rodillas. Desde el suelo, escucha cómo el crujir de sus huesos se abre paso entre el eco del asfixiante silencio del cuarto. Rendido al dolor, arrastra su cuerpo hasta la esquina donde el cuero, bajo un ángulo distinto, parece haber dibujado una mueca compasiva, casi más hiriente que la primera. Se agarra con rabia a las cantoneras de hierro que protegen los vértices, y haciendo uso de una extraña e inesperada fuerza nacida del vientre, revienta la cerradura de la maleta, que ahora se muestra abierta de par en par, como la ventana. En su interior reluce la hoja de una pequeña navaja lacada, y el dorado de dos portarretratos antiguos. La sonrisa de su hermano brilla, tanto como el marco, entre los tonos grisáceos y blancuzcos de la foto. Sus ojos irradian ternura. Anabel tiene al pequeño en los brazos, y su mirada, algo más perdida, rebosa dulzura y promesas de protección. Ángel es el protagonista de la segunda fotografía. Posa sonriente, orgulloso y seguro. Junto a él, la monumental verja de la estación y sus más fieles compañeros; tres perros pastores de distintos tamaños.
         Sus pensamientos son ahora interrumpidos por una imagen. Es él, sentado en el tren de las doce. A un lado, un bloc, una botella de vino y una caja de pinturas. Al otro, su equipaje. En medio, el reflejo de la desazón. Un cuerpo etéreo, sin dueño. Hacía tiempo que le rondaba la idea de marcharse, por eso hacía solo cuatro días que había rescatado del altillo la vieja maleta cobriza que recibió en nombre de su difunto y desconocido padre, como única herencia, de manos de un amigo de la familia. Decidió desaparecer silenciosamente para no alterar la rutina del pueblo, pues la funesta noticia de un suicidio alborotaría a sus vecinos, torturando sus conciencias con falsas punzadas de culpabilidad.
         Sin pensarlo dos veces, saca la navaja, echa un último vistazo al interior de su equipaje y se levanta. Con el cuchillo en la mano, avanza hasta una puerta entreabierta de madera tras la que se encuentra el servicio. Hay una bañera con patas dispuesta en diagonal, cortando la esquina, un taburete oxidado, una palangana de hierro y, sobre los caños del lavabo, un espejo ovalado con manchas diminutas fortuitamente distribuidas. Prudente, lo observa todo desde la puerta, aguardando como único espectador el desenlace de su propia función. Mira de soslayo el espejo, escasamente iluminado por la tenue cortina de luz que abre camino a la aurora. Se acobarda. Aunque sus piernas ya han retrocedido, la mitad de su cuerpo se asoma temeroso al interior del baño, donde el cristal le devuelve el reflejo de un desconocido. Un sabor amargo recorre su paladar: la náusea que le produce la realidad. No en vano se ha desterrado a un país de sabanas desechas, alcohol y lamentos. Sin más miramientos, dirige el cuchillo al cuello, hundiendo su punta en la piel. Siente cómo sus latidos bailan al compás que marca su agitada respiración, que va en aumento, y un sudor helado se columpia entre los surcos que han cristalizado una mueca de horror en su cara. Cierra los ojos con todas sus fuerzas. Ladea el cuchillo y lo desliza. Repite ese movimiento hasta nueve veces.
         Se mira fijamente y, por fin, se ve. Es él. El candor de sus ojos le delata. Aún sin serlo, Ángel se siente liberado de una carga colosal: la densa barba que cubría sus inseguridades, donde mecía su vergüenza y se escondía de un mundo inhumano. Esa barba que le daba una apariencia de bestia indomable y solitaria. La misma que había robado la identidad de su mirada.
         Camina decidido, cruza la habitación y se detiene frente a la ventana. A través del pequeño cuadrado observa cómo el sol ha vuelto a salir, por el mimo sitio, a la misma hora. Por primera vez, repara en los transeúntes, que desfilan por la acera de la calle de enfrente. Se deslizan meditabundos, ocultos bajo las pieles de sus abrigos y envueltos en pañuelos de colores apagados, absortos en la trivialidad de sus preocupaciones. De vez en cuando levantan la cabeza y se miran entre ellos, pero pronto se arrepienten, y entonces se vuelven pequeños e invisibles de nuevo. Lástima, pensó, soy como ellos.
         Ha vuelto a perder el control de sus intenciones, y su ingrávido cuerpo se estremece al contacto con la caricia húmeda del viento: de pronto lo entiende todo. Cierra bruscamente la ventana. Sonríe. De camino a la puerta recoge el cuaderno y la fina varilla de carbón que le queda. Con esto bastará, se repite, dejando atrás el hostal. Tiene un dibujo que terminar ahora que ha vuelto a encontrarse.


Elena Ranz Rodríguez
* Es estudiante de cuarto curso de Ciencias Ambientales. Sus comienzos en la escritura parten de la inscripción en la Escuela Canaria de Creación Literaria, situada en el municipio de San Cristóbal de La Laguna. Afirma que “ha tenido la suerte” de recibir el primer premio del Certamen internacional “Pluma de Oro” del año 2008 en la modalidad de Relato Corto, y diferentes accésits, así como varias publicaciones en revistas regionales. En la actualidad desarrolla un blog de escritura que inició como herramienta de trabajo en la asignatura “Escuela de escritura” de la Universidad de Alcalá de Henares. Finalista del I Concurso Litteratura de Relato.

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