sábado, 7 de septiembre de 2013

Pink Freud......Mariano Contrera*

Finalista del I Concurso Litteratura de Relato

Foto: Jordi de Miguel
El doctor Zamudio estaba contando otra de sus inverosímiles historias en el bar cuando me acerqué a la mesa. Me saludaron los parroquianos, para luego continuar con el relato. Afortunadamente recién había comenzado, por lo cual podía llegar a tomar el hilo de la anécdota. Aparentemente, se trataba de un extraño caso que había tenido con un joven paciente, de unos seis años de edad. Me llamó la atención, e incluso me pareció poco creíble, que atendiera niños en su consultorio, dado que es psiquiatra sin ningún tipo de especialización en esa área, pero decidí darle el beneficio de la duda y seguir creyéndole.
         ―Sería allá por el año 84, 85, más o menos. Puedo calcular la época porque andaba en el Peugeot 504, y lo compré cerca de ese año. Cero kilómetro, full, asientos de cuero... un maquinón. Verde oliva era el color, con caja de quinta. ―Una breve pausa, y la mirada del relator se perdió por un instante en la vidriera, tal vez rememorando el auto que tanto añoraba, o tal vez mirando algún culo que pasara por afuera.
         »Bueno, volviendo al tema. Aún puedo ver en mi memoria la desesperación de sus ojos. Esos padres primerizos al borde de las lágrimas, rogándome que los ayudara y que ayudara a su hijo. Me comentaron que el pobre niño sufría algún tipo de autismo, no de los más graves pero tampoco de los más leves. En ese entonces, este desorden no estaba completamente estudiado y había pocas certezas sobre los tratamientos a seguir. No se sabía mucho del tema. La señora estaba muy buena, rubia con rulos, tez bastante clara y un buen cuerpo. El tipo, por otra parte, tenía una reverenda cara de pelotudo a pedal. Muy buenas personas los dos. Concertamos otra cita, pero en la siguiente debían concurrir con Tomasito, el nene en cuestión.
         Alcides se llamaba, lo averigüé luego de un tiempo. En ese entonces sólo se lo conocía como El doctor. Cerca de los sesenta, el tipo ya estaba retirado de todo consultorio psicológico y psiquiátrico. Solía darle recreo al secreto profesional dentro de la confianza del bar, y comentar locuras y chusmeríos de los vecinos. Ya estaba jubilado, por lo que todo le chupaba un huevo. Éramos cuatro aparte de él en la mesa. El flaco Ramírez, el Tero, Lucho y yo, todos expectantes del relato.
         ―A la próxima aparecieron con el pendejo. Hablé un par de pavadas con los padres y los saqué afuera. Estando solo con el pibe, nos sentamos en el piso a jugar con unos autitos que llevé para la ocasión. Parecía bastante normal en la manera de jugar, sólo que no me registraba para nada. Le hablaba y nada, no respondía ni con un gesto siquiera. Si apenas le tocaba el brazo o lo rozaba en lo más mínimo, se ponía inquieto, pero tampoco se desesperaba. Directamente me ignoraba. Transcurrieron así varias sesiones, tal vez siete u ocho meses. Había poco avance, pero es normal. Encima yo iba como a la deriva, ya que jamás había tenido un caso similar.
         Tomó un sorbo de café del diminuto pocillo. Noté que el tamaño de los mismos disminuía cada dos o tres años. No solo en el bar de Manuel, sino en todos los lugares en general. Es una vergüenza pagar quince mangos por un dedal de café, pensé. El doctor y licenciado lo pedía regularmente con una medida de JB, luego de hacer una especie de fondo blanco con el café ya frío, hacía durar el whisky una media hora aproximadamente. Siempre de impecable saco marrón a cuadritos, y camisa desprendida debajo. Acostumbraba vestir formal, conservando una impronta y una presencia impecables, sólo que un poco pasado de moda, pero entendible considerando que ya estaba entrando en los sesenta años de edad.
         ―Empezaron temprano los calorcitos ese año, por lo que sugerí a los padres que se tomaran un fin de semana en la costa o en algún lugar descampado, como para que se relajaran un poco y a la vez el niño tuviera algo de esparcimiento. Estábamos teniendo sesiones dos o tres veces por semana, la mayoría de ellas ad honores, estaba intrigado y a la vez emperrado en buscar una solución o una ayuda, ya se había vuelto un desafío personal; pero todos necesitábamos un descanso. Yo me quedé en mi casa con la que en esa época era mi señora, ellos aprovecharon mucho más el receso, fueron a Aguas Verdes, un lugar en la costa de lo más tranquilo y decadente.
         Hizo una pausa para prender un cigarrillo. Pidió fuego a uno de los oyentes, aspiró profundamente mientras una espesa y lechosa nube envolvió su rostro arrugado. Los bigotes canosos pero amarillentos por la nicotina revelaban su adicción. Aclaró su garganta y la aceitó con algo más de whisky. Sostenía el cigarrillo de una forma particular, entre el dedo mayor y el anular, éste elemento en su mano izquierda era el complemento ideal para darle más énfasis y seriedad a los aparatosos gestos que acompañaban su relato. Continuó:
         ―Al regresar de su viaje, inmediatamente me llamaron a mi casa, en esa época no existía el celular, con una emoción desmedida, y luego de un par de intentos por hacerse entender a pesar de los llantos, me contaron sobre su excursión. La emoción les impedía expresarse bien. Luego de unos minutos lograron calmarse, y los jóvenes padres narraron detalladamente su travesía. Era domingo a la noche, y a pesar de que me había clavado un vinito con la cena, hice un esfuerzo por seguir el hilo de la noticia que me contaban. El viaje había sido normal, el niño en el asiento de atrás, con la vista perdida en la ventanilla, sin hablar una sola palabra ni expresarse de ninguna manera, ni un grito ni un quejido siquiera. Durmió solamente un rato en el interminable viaje de cinco horas en el Fiat 128 turquesa. Al llegar al pueblo, se dirigieron directamente a la playa. Ante la desesperación de la joven pareja, ni bien se detuvieron el niño abrió la puerta y salió corriendo, delirante de felicidad. Según ellos, el nene había jugado durante horas e incluso había interactuado con sus progenitores de una manera demasiado afectiva para él, llegando incluso al grado de abrazarlos. No era que yo desconfiara de la buena fe de ellos, pero quería comprobarlo yo mismo, quizá sus grandes deseos de ver una mejoría los habían engañado y los hacían ver cosas inexistentes o no tan trascendentales. Les dije que se lo tomaran con calma, que a pesar de haber experimentado ese supuesto cambio drástico, el niño estaba lejos de una cura completa y definitiva, pero que todo avance era positivo. Yo quería verlo con mis propios ojos, por lo que pactamos un viaje a la costa todos juntos.
         Alcides dio la última pitada al cigarrillo y lo apagó en el cenicero con enérgicos movimientos. (Me cuesta llamarlo por su nombre de pila, Doctor Zamudio conlleva otra investidura.) Casi ni lo fumó, de hecho lo prendió al pedo, pero hay ciertos fumadores que disfrutan el sólo hecho de sostenerlo en sus dedos, por costumbre; se sienten como desnudos, o no saben qué hacer con las manos si no sostienen a su incondicional amigo en brasas. Se rascó el bigote, y se pasó la mano por sobre el canoso y engominado pelo. Lo tenía extremadamente blanco, y el gel berreta que usaba (o tal vez, las grandes cantidades del mismo) le producía una desagradable y cuantiosa caspa, parte de la cual cayó como copos de nieve sobre los hombros del ruinoso saco a cuadros, estilo príncipe de Gales.
         ―Tuve una sesión con el niño antes de la excursión costera, sinceramente no noté mejoría alguna, ni se dio cuenta que estaba conmigo, pero ante la insistencia de la pareja acepté viajar. Fuimos en mi auto, salimos bien temprano la mañana del sábado para llegar a la tarde y aprovechar el día en la playa. A eso del mediodía estábamos allá. Dejamos las cosas en el departamento que habían alquilado y fuimos directo a la orilla del mar. La reacción de Tomasito fue tal cual me habían dicho ellos. Juro por Dios que no lo podía creer. ―Agitaba la mano enérgicamente, sosteniendo el vaso de whisky en su mano derecha, con los tintineantes trozos de hielo, sin que una sola gota se derramara.― ¡El pendejo salió corriendo como gato quemado, se metió en el agua y no salió como por cinco horas! No lo podía entender. El domingo arrancamos el día de playa desde temprano. Le compré un barrenador de telgopor al niño para que jugara con las olas, y de paso usarlo como excusa para poder meterme a jugar con él en ese extrañamente calmo mar. Paramos sólo para almorzar y merendar, luego estuvimos horas y horas en el agua. Ya cerca del amanecer, el sol caía y la marea crecía. Quedamos exhaustos los dos y nos sentamos en la arena húmeda observando el paisaje. Los dos ahí tendidos, frente a la inmensidad del mar y el hipnótico sonido de las olas, era el momento perfecto para retomar la terapia. Sin quitar los ojos del horizonte, le pregunté si realmente sabía lo que le pasaba. No esperaba respuesta alguna en realidad, por lo que la sorpresa fue mayor al oírlo. Giró lentamente la cabeza para poder mirarme. Con la voz más suave y tranquila imaginable, pero a la vez con la precisión de un hombre adulto y sabio, me dijo algo más o menos así: “Mire, doctor, yo sé que ustedes creen que soy autista, y tal vez lo sea en alguna medida. También sé que tengo una inteligencia superior a lo que corresponde a mi edad, pero yo estoy bien, no se preocupen por mí.”
         »Me quedé paralizado, fue una mezcla de temor, de sorpresa y hasta de vergüenza. No sé, pero fue de lo más asombroso que me haya pasado. Pasaron unos segundos o tal vez algunos minutos, no lo recuerdo, permanecí mudo, no sabía qué contestarle a esa persona adulta dentro del niño. “Escuchame, nene, ¿por qué entonces no te comportás como todo chico? ¿O por qué tenés problemas para relacionarte si sos tan inteligente? ¿Qué tiene el mar que te deja liberarte?” El pibe la tenía re clara. ¿Sabés lo que me contestó? Me dijo algo así: “Es que a mí no me interesa relacionarme con nadie, entiende. Que el ser humano es un ser social y que no puede vivir aislado de la sociedad es mentira, es un invento de la modernidad que intenta bombardear nuestra vida a través de los medios de comunicación. Yo disfruto estando aquí, siento que Aguas Verdes es mi lugar en el mundo, ¿entonces por qué debo mantener una vida en la cual soy infeliz? No me interesa nada más que el mar, porque sólo aquí soy yo, soy libre.”
         »No sabía qué decirle al pendejo. ¿Que cuando uno llega a la adultez debe vivir sometido a una vida socialmente aceptable y preestablecida, aunque no es la que uno quiera? ¿Que es de gente seria y grande trabajar todo el día como esclavo, vivir en un lugar contaminado de mierda y encima no disfrutar ni un segundo de paz? Era muy cruel decirle que la felicidad era un cuento de niños, que en realidad no existe, que sólo pasa en las películas. ―Alcides Zamudio estaba al borde de la silla, apoyando los codos en la mesa. A pesar de haber contado varias veces la anécdota, todavía se posesionaba y tensaba al punto de emocionarse de la forma más profunda.
         Ante el silencio atónito que el doctor dijo mantener frente a las declaraciones del niño, éste reafirmó su postulado:
         ―¿Acaso usted no tenía sueños en su infancia? ¿O un lugar en el que simplemente fuera feliz sin la necesidad de nada ni de nadie más? Tal vez un rincón de la plaza, una calesita, o simplemente la cima de un árbol al cual trepaba. No creo que sea necesario abandonarlos. ―“Pobre niño tonto”, pensó el psicólogo, “no sabe lo que le espera en la vida, cuántas desilusiones tendrá por delante”.
         ―Hice un pacto con el infante para que tratara de ser más sociable, en especial con su familia, a cambio yo debía convencer a sus padres de mudarse a Aguas Verdes. Nunca lo volví a ver al pibe, ya debe ser todo un hombre. Yo, por mi parte, tomé algo de la enseñanza del pibe sobre no abandonar los sueños de niño, y aprendí a tocar la guitarra. Junto con otros dos médicos del pabellón psiquiátrico del hospital formamos una banda de rock, “Pink Freud”.
         Se recostó en la silla al terminar la oración, mirando hacia el ventilador de techo del bar. Parecía estar aliviado de sacarse la anécdota de encima. Prendió un segundo cigarrillo, pero esta vez con una expresión de placer, como si hubiera finalizado de hacer el amor.
         Reinó el silencio en la mesa, y por un par de segundos todos pensamos y recordamos esos deseos de temprana edad, esos anhelos más básicos y esenciales, esos sueños inconclusos de la niñez… pero hubo un gol de Chacarita en el televisor que, de golpe, nos hizo volver a la horrenda realidad.


Mariano Contrera
* Escritor de 29 años nacido en Lobos (provincia de Buenos Aires, Argentina), autor de dos libros de cuentos, ambos publicados por la Editorial Cien Kilómetros: La idea fija (2010) y Media hora de felicidad, del que forma parte el presente relato, que acaba de aparecer. Finalista del I Concurso Litteratura de Relato.

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