viernes, 19 de julio de 2013

El donante......Armando Aravena Arellano*

Tercer premio del I Concurso Litteratura de Relato 
Dibujo de Clara Keys, Corazón 

Creo que ya está volviendo de la anestesia. Ya era tiempo. Me tiene tan preocupado esta situación que no sé qué habría ocurrido si el anciano no despierta. Me parece que al doctor Sanfuentes le pasaba lo mismo, porque a cada rato se asomaba a preguntar si ya había vuelto. Desde la puerta, movía la cabeza y se iba de nuevo a tomar café y a conversar con sus colegas.
      Lo bueno es que no han dejado pasar a sus familiares. Por lo que he podido escuchar de los médicos, de las enfermeras o de los que atienden el teléfono, han sido realmente cargantes y atosigadores con esto de querer saberlo todo sobre la operación. Absurdo, porque si dicen que tuvieron que esperar tanto para encontrar un donante, al menos ahora deberían dejar tranquilos a los médicos y permitirles que hagan bien su trabajo. Total, con todas sus visitas y preguntas, es poco lo que pueden aportar.
      –¿Cómo se siente, don Alberto? –pregunta el doctor Sanfuentes cuando se le acerca. El aludido tan sólo hace un movimiento, casi imperceptible, con la cabeza y levanta levemente las cejas–. Descanse, pero trate de no volver a dormir –dice, y comienza a examinar todas las máquinas del monitoreo.
      –Creo que va a estar bien muy luego –afirma el doctor Segovia, brazo derecho de Sanfuentes. Pero éste parece no escucharlo, ensimismado con la idea de sentir mis latidos en la punta de sus dedos puestos sobre el tórax del anciano, o en sus oídos a través del estetoscopio.
      –Sí, se escucha suave, pero bien –dice, y el anciano y yo exhalamos un mismo suspiro de alivio.
      –La seguridad que da un corazón joven, pues, doctor –le comenta Segovia, pero Sanfuentes parece no escucharlo, absorto en comprobar la simetría de los latidos.
      Joven, suficiente y valeroso corazón, debió haber dicho Segovia. Porque creo que mi existencia no fue nada fácil. La alimentación deficiente, el licor, el tabaco y la vida de miserias que llevé durante veintitrés años no es algo de lo que debiera vanagloriarme. Además, por un momento pensé que me moría con Maldonado. La puñalada me pasó casi rozando. Me parece que pude hasta sentir el paso del metal cortando carnes, tripas, arterias…, todo. De todas formas, creo que la cosa nunca fue mejor que eso.
      –¡La ambulancia! –gritaba el jefe de la guardia. Fue lo que me salvó.
      –Hay que salvarle el corazón a este culiao –afirmó el camillero–. El gueón vale callampa, pero dijeron que era donante, así que vamos a ver qué sucede… –Y se tomaba su tiempo, como esperando que Maldonado dejara de una vez por todas de respirar. Y así fue, que sólo en el instante en que eso ocurrió, se instaló en el vehículo y atravesó como una tromba las calles vacías de la medianoche viñamarina.
      Hay partes que no recuerdo. Sólo tengo en la memoria –como algo verdaderamente increíble– el momento en que el doctor Sanfuentes me tomó y me introdujo en medio del pecho del viejo. Me sentí asfixiado, me faltaba la sangre, casi inerte… una conmoción increíble. Mucho para un solo día: la pelea, las puñaladas, la muerte de Maldonado… y luego, casi la mía. Sí, porque por un momento juro que estuve muerto. Creo que la sangre de don Alberto fue lo que me salvó, o la máquina de bombeo… no sé. ¿Cómo podría saberlo si estaba muerto, y cuando volví se encontraban todos hablando, dando órdenes y moviéndose como enajenados?
      –Este don Alberto es un tipo con suerte –escuché decir a su yerno.
      Viejo e'mierda, no se murió –agregó después–. Creí que no iba a alcanzar a esperar un donante
      –La plata, mi viejo, la plata. Con dinero se compran huevos –comentó su amigo.
      El viejo dormía, pero yo escuchaba.
      –Lo bueno es que se consiguieron el corazón de un delincuente, de un preso.
      –Entonces, queda todo en familia –dice el otro.
      –Sí, la vida es muy justa. Por lo demás, pienso que a todos los presos rematados deberían sacarles el corazón para dárselo a las personas que lo necesitan… por lo menos, así Dios podría perdonarles sus pecados –explica una de las hijas.
      Me quedo pensando. ¿Cómo será este viejo? Tengo la sospecha de que en esta nueva vida al menos lo voy a pasar mejor que antes. Al menos no voy a sufrir las pellejerías que siempre pasé. Además, a los parientes ya les leyeron la cartilla. El viejo no debe hacer ningún tipo de esfuerzo. Le prohibieron todo.
      –Me siento como un auto cero kilómetro –dice el viejo cuando alguien lo llama por teléfono. Es mentira. Han pasado tres meses y sigue igual de asustado. Sí, yo sé mejor que nadie que tiene miedo a morir. ¿Y cómo Maldonado nunca le temió a la muerte? Toda la vida arrancando, peleando, descolgándose de las murallas…, desde siempre…, desde que yo tengo recuerdos. En cambio, este viejo delante de los demás se hace el bacán, pero en la noche se queda dormido rezando horas y horas para no morirse. Claro que a veces se le olvida su intención. Sobre todo, cuando le pellizca el traste a la Rosita, la más joven de las empleadas de la casa.
      –Mire cómo me lo tiene… todo moreteado –le decía levantándose el vestido–, yo lo voy a acusar a la señora Juanita.
      El viejo parecía solazarse con lo que la jovencita afirmaba. Claro que, de repente, se llevaba la mano al pecho y se preocupaba por que yo estuviera tan agitado. Pensaba que poniéndose la mano en el pecho me iba a sosegar.


¡Sabía que esto tenía que suceder tarde o temprano! Los doctores tienen la culpa. Aunque le advirtieron que fuera con cuidado, pero el viejo no aguantó más.
      –Yo creo que usted está bien, suegro, el doctor dijo que como ya han pasado dos años desde la operación, ya no habría problema.
      Aunque no estoy seguro si fue lo que tomó o las espectaculares curvas de su secretaria las que definieron la situación. Yo sentí el golpeteo de la sangre cada vez más convulsionada, a medida que ella se iba sacando la ropa. Y después, cuando vio que el viejo se empezaba a poner morado, salió corriendo a buscar ayuda.
      Creo que ha sido demasiado tarde. Al motel han llegado todo tipo de servicios de urgencia, pero ya veo que no se puede hacer nada.
      Ahora que siento que mi vida se extingue junto a la de este viejo, pienso en Maldonado. Si él hubiese estado en vez de este anciano, ¿qué habría ocurrido? Pienso muchas tonteras, un vendaval de ideas se me pasan por la mente.
      –Viejo e'mierda, ¡¿por qué tuvo que tomar viagra?!




Armando Aravena Arellano
* Nació en Santiago de Chile en 1947. Además de profesor en el Colegio San Ignacio de El Bosque, es escritor: prosista, cuentista y columnista. Tiene en su haber más de noventa relatos, ocho novelas, diez obras de teatro y dos guiones para cortometrajes. Premiado en Argentina, España, Francia y Chile, ha obtenido el Fondart de Creación Literaria 2013. Tercer Premio del I Concurso Litteratura de Relato.

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