jueves, 27 de diciembre de 2012

El abrazo del sábado......Marcos Vasconcellos


Perdió los sábados por costumbre. Después de trabajar como visitadora médica de lunes a viernes, los sábados trabajaba de cantante… Actuaba en un bar de carretera de un polígono perdido en las afueras de la ciudad. Cantaba con vestidos imposibles, acompañada de un maniquí que tocaba un teclado con personalidad propia. Acudían matrimonios y unos pocos solteros, todos de más de cuarenta años y con la firme determinación de abandonarse a las preocupaciones, consomé, langostinos, merluza, sorbete de mango, carne asada, postre, cava y café.
         Cantaba, les hacía bailar y se proclamaba reina de sus sueños en aquel palacio de carretera decorado con paredes color salmón, sillas doradas tapizadas de verde y cuadros de caza, bodegones y naturalezas muertas. Y todas las noches de todos los sábados, la misma entrega y pasión adormilada; salvo alguna excepción, como aquella noche de San Valentín, cuando, micrófono en mano y los ojos encharcados en lágrimas de rimmel, pidió a todos los asistentes que se abrazaran, que fueran abrazos sinceros, y que después de hacerlo no dejaran a ningún cuerpo desnudo estirado en la cama, olvidado para siempre, que los abrazos no fueran peluches de vidas gastadas.
         Y los señores y las señoras seguían cogidos de las manos, aquellas manos que olían a toallita refrescante de limón, y bailaban aquel pasodoble, para no soltarse nunca después de veinte o treinta años juntos… olvidándose de todo... de la cantante, de los sábados y de los abrazos.

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