sábado, 11 de julio de 2026

¡Mira qué bonita era!......Antonio Sensada Bautista

Foto: Funeral de Selena Quintanilla.
Aguardaba al final del comedor.
          El muchacho cordobés estaba convencido de que había hecho un buen trabajo. Le preocupaba el calor. 
            Suspiró. 
            Se atusó el bigote. 
            Se frotó las manos sudadas. 
El padre de la joven se le acercó con la pena de haber sido testigo de la fragilidad de lo efímero de la vida misma. Le miró a los ojos y le ofreció la mano. Ese era el momento que espera todo artista, el veredicto de su público. 
Buen trabajo, maestro —dijo el hombre, con ojos vidriosos, y asintió con la cabeza. Se dio la vuelta y se sentó en una silla de nea junto al ataúd blanco de su hija, que reposaba sobre una sábana impoluta blanca que cubría la mesa del comedor, que hacía de altar. El largo pelo azabache de la muchacha brillaba y lucía bien peinado, se derramaba de la caja fúnebre y colgaba de la mesa. Toda ella estaba cubierta de claveles, de azucenas y lirios y ramilletes de crisantemos de pétalos coloridos, que ya se empezaban a marchitar. La corona de flores en la cabeza de la muchacha iluminaba la mortecina luz de su cara, flores sobre el pecho, flores agarradas con sus manos, símbolos caducos de una juventud que se desvanece, flores sobre la mesa y hasta en el suelo, rodeando el altar, perfumaban la pena y la melancolía. 
La abuela enlutada estaba sentada junto a la ventana, alejada de los quejidos y llantos. Hacía como que rezaba dándole vueltas al rosario de cuentas de olivo desgastadas, aunque en realidad le preguntaba al Señor por qué se la llevó, con lo bonita que era. Por la ventana entraba el fresco, junto a las canciones que hombres vetustos cantaban desde el patio, y por entre las rejas de la misma, los zagalicos se ponían de puntillas y asomaban la cabeza, curiosos de muerte, y al ver el cadáver susurraban: Qué bonita era. 
La madre de la muchacha permanecía de pie. Sus ojos esquivos no podían ni mirarla y con una mano sostenía un pañuelo bordado y un abanico negro, y con la otra se tapaba la boca. Las velas prendían y se consumían como se consume todo, y cargaban el ambiente con su espeso humo.  
De vez en cuando, llegaba algún amigo del señorito y todos se retiraban el sombrero con respeto y lo cogían del ala mientras le dedicaban unas palabras a la difunta, y todos acababan la plegaria de la misma manera. 
             Llegó el turno del joven tanatopractor. No podía esperar más. Ya está bien, se dice. Suspiró. 
             Las manos temblorosas.  
             Lo había vuelto a hacer. 
             Se entalló el traje. 
             Caminó hasta su modelo. 
             Aquel cuerpo había sido un lienzo donde él pudo hacer y deshacer, y llevarla a la eternidad. Se quitó el sombrero. 
             Abrió la boca. 
             Apoyó la mano en el canto del ataúd. 
             Se quedó sin aire. Lo había vuelto a hacer. 
             Era un genio. Rompió a llorar.  
Se echó sobre el pecho de la muchacha. La estrechó, y sollozó abrazado a ella hasta que un hombre canijo se le acercó e interrumpió su catarsis. 
Es normal, impresiona lo bien que ha quedado. Y eso que lo ha hecho usted —dijo el hombre—. Parece que esté dormida. 
            Miró a la derecha. No. Todo menos aquello.  
            El hombre sonrió afable. 
Él apretó los labios y frunció el ceño. Rabia. Ira. Se le encalaron los nudillos. Se dio la vuelta. Caminó a paso ligero. Se apoyó en la jamba de la puerta. Pensó que el pecho se le iba a romper. Se desabrochó la camisa encharcada en sudor. 
             —Buen trabajo —le dijeron.
             Retrocedió y se asomó.  
En el rincón había un hombre vestido de negro, nariz romana, bigote, de porte elegante, y frente a éste, un caballete sostenía un lienzo. 
             —Es todo un arte hacer que los muertos hablen —continuó, sin girarse hacia el muchacho.
             —Gracias —repuso, y se acercó al hombre—. ¿Usted pinta? 
             Asintió. 
             —¿Puedo?  
             El pintor asintió de nuevo. 
El tanatopractor miró el lienzo, asombrado por la habilidad del pintor para capturar la belleza y la decadencia oculta en la esencia misma de la existencia. Las pinceladas daban vida a la tristeza inherente de la modelo. Cada trazo parecía contar una historia de anhelos rotos y amores desvanecidos, y se transformaba en una reflexión sobre la fugacidad de la vida y la inevitable decadencia que acecha incluso a las más cautivadoras formas de belleza, como un testigo silencioso de los caprichos del tiempo. 
            —Creo que ha superado usted mi obra. 
            —Me alegra que le haya gustado. 
            —Y a mí que entendamos el arte de la misma manera. 
El pintor sonrió. Sacó una cajetilla de hojalata del bolsillo de la camisa, la abrió, separó un cigarro y una cerilla, la prendió en la suela del zapato y luego encendió el cigarrillo.
¿Qué le ha pasado antes? —preguntó, y apagó la cerilla con un serpenteo en el aire.
Me ha dicho que parece que está dormida. 
Esta gente —dijo señalando a las personas con la mano que sostenía el cigarro— no tiene ni idea. No ven el mundo como nosotros. 
            El muchacho asintió. 
            —Lo sé, pero odio que me digan eso. 
            El pintor dio una calada y lo miró. 
¡Es absurdo! —Se frotó las manos en el pantalón y cogió aire—. Una persona muerta no tiene que parecer dormida, tiene que parecer muerta, y por ello hay que tener los conocimientos y el ingenio necesario para transmitir todo eso y más, no que está dormida. Con emplastar algún ungüento en la herida, bajarle los párpados y girarle la cabeza ya parecería que está dormida —Agarró con rabia el ala del sombrero—. ¡Maldita sea! 
Los invitados se giraron y le hicieron gestos para que callara y guardara respeto, señalando a la difunta. 
            El muchacho pidió perdón con la mano. 
            El pintor rio, dio una calada al cigarro y lo lanzó de un capirotazo. 
            —Julio. 
            Le tendió la mano. 
Rafael —contestó el muchacho, y la estrechó—. ¿Cómo lo llamará? —Señaló el cuadro con la barbilla. 
El pintor contempló su obra con detenimiento, como si viera más allá de sus propios trazos, y entre el rasgueo atronador de la guitarra, el calor que quemaba el ambiente, las moscas, los llantos y lamentos, el palmeo, los quejíos del cantaor en el patio y los de las mujeres enlutadas, un susurro se repetía una y otra vez. Pestañeó y volvió en sí. Se giró hacia el muchacho. 
            —¡Mira qué bonita era! —dijo, y sonrió. 

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