![]() |
| Foto: Funeral de Selena Quintanilla. |
Aguardaba al final del comedor.
El
muchacho cordobés estaba convencido de que había hecho un buen trabajo. Le preocupaba el calor.
Suspiró.
Se
atusó el bigote.
Se
frotó las manos sudadas.
El
padre de la joven se le acercó con la pena de haber sido testigo de
la fragilidad de lo efímero de la vida misma. Le miró a los ojos y
le ofreció la mano. Ese era el momento que espera todo artista, el
veredicto de su público.
—Buen
trabajo, maestro —dijo el hombre, con ojos vidriosos, y asintió
con la cabeza. Se dio la vuelta y se sentó en una silla de nea junto
al ataúd blanco de su hija, que reposaba sobre una sábana impoluta
blanca que cubría la mesa del comedor, que hacía de altar. El largo
pelo azabache de la muchacha brillaba y lucía bien peinado, se
derramaba de la caja fúnebre y colgaba de la mesa. Toda ella estaba
cubierta de claveles, de azucenas y lirios y ramilletes de
crisantemos de pétalos coloridos, que ya se empezaban a marchitar.
La corona de flores en la cabeza de la muchacha iluminaba la
mortecina luz de su cara, flores sobre el pecho, flores agarradas con
sus manos, símbolos caducos de una juventud que se desvanece, flores
sobre la mesa y hasta en el suelo, rodeando el altar, perfumaban la
pena y la melancolía.
La
abuela enlutada estaba sentada junto a la ventana, alejada de los
quejidos y llantos. Hacía como que rezaba dándole vueltas al
rosario de cuentas de olivo desgastadas, aunque en realidad le
preguntaba al Señor por qué se la llevó, con lo bonita que era.
Por la ventana entraba el fresco, junto a las canciones que hombres
vetustos cantaban desde el patio, y por entre las rejas de la misma,
los zagalicos se ponían de puntillas y asomaban la cabeza, curiosos
de muerte, y al ver el cadáver susurraban: Qué bonita era.
La
madre de la muchacha permanecía de pie. Sus ojos esquivos no podían
ni mirarla y con una mano sostenía un pañuelo bordado y un abanico
negro, y con la otra se tapaba la boca. Las velas prendían y se
consumían como se consume todo, y cargaban el ambiente con su espeso
humo.
De
vez en cuando, llegaba algún amigo del señorito y todos se
retiraban el sombrero con respeto y lo cogían del ala mientras le
dedicaban unas palabras a la difunta, y todos acababan la plegaria de
la misma manera.
Llegó
el turno del joven tanatopractor. No podía esperar más. Ya está
bien, se dice. Suspiró.
Las
manos temblorosas.
Lo
había vuelto a hacer.
Se
entalló el traje.
Caminó
hasta su modelo.
Aquel
cuerpo había sido un lienzo donde él pudo hacer y deshacer, y
llevarla a la eternidad. Se quitó el sombrero.
Abrió
la boca.
Apoyó
la mano en el canto del ataúd.
Se
quedó sin aire. Lo había vuelto a hacer.
Era
un genio. Rompió a llorar.
Se
echó sobre el pecho de la muchacha. La estrechó, y sollozó
abrazado a ella hasta que un hombre canijo se le acercó e
interrumpió su catarsis.
—Es
normal, impresiona lo bien que ha quedado. Y eso que lo ha hecho
usted —dijo el hombre—. Parece que esté dormida.
Miró
a la derecha. No. Todo menos aquello.
El
hombre sonrió afable.
Él
apretó los labios y frunció el ceño. Rabia. Ira. Se le encalaron
los nudillos. Se dio la vuelta. Caminó a paso ligero. Se apoyó en
la jamba de la puerta. Pensó que el pecho se le iba a romper. Se
desabrochó la camisa encharcada en sudor.
—Buen
trabajo —le dijeron.
Retrocedió
y se asomó.
En
el rincón había un hombre vestido de negro, nariz romana, bigote,
de porte elegante, y frente a éste, un caballete sostenía un
lienzo.
—Es
todo un arte hacer que los muertos hablen —continuó, sin girarse
hacia el muchacho.
—Gracias
—repuso, y se acercó al hombre—. ¿Usted pinta?
Asintió.
—¿Puedo?
El
pintor asintió de nuevo.
El
tanatopractor miró el lienzo, asombrado por la habilidad del pintor
para capturar la belleza y la decadencia oculta en la esencia misma
de la existencia. Las pinceladas daban vida a la tristeza inherente
de la modelo. Cada trazo parecía contar una historia de anhelos
rotos y amores desvanecidos, y se transformaba en una reflexión
sobre la fugacidad de la vida y la inevitable decadencia que acecha
incluso a las más cautivadoras formas de belleza, como un testigo
silencioso de los caprichos del tiempo.
—Creo
que ha superado usted mi obra.
—Me
alegra que le haya gustado.
—Y
a mí
que entendamos el arte de la misma manera.
El
pintor sonrió. Sacó una cajetilla de hojalata del bolsillo de la
camisa, la abrió, separó un cigarro y una cerilla, la prendió en
la suela del zapato y luego encendió el cigarrillo.
—¿Qué
le ha pasado antes? —preguntó, y apagó la cerilla con un
serpenteo en el aire.
—Me
ha dicho que parece que está dormida.
—Esta
gente —dijo señalando a las personas con la mano que sostenía el
cigarro— no tiene ni idea. No ven el mundo como nosotros.
El
muchacho asintió.
—Lo
sé, pero odio que me digan eso.
El
pintor dio una calada y lo miró.
—¡Es
absurdo! —Se frotó las manos en el pantalón y cogió aire—. Una
persona muerta no tiene que parecer dormida, tiene que parecer
muerta, y por ello hay
que tener los conocimientos y el ingenio necesario para transmitir
todo eso y más, no que está dormida. Con emplastar algún ungüento
en la herida, bajarle los párpados y girarle la cabeza ya parecería
que está dormida —Agarró con rabia el ala del sombrero—.
¡Maldita sea!
Los
invitados se giraron y le hicieron gestos para que callara y guardara
respeto, señalando a la difunta.
El
muchacho pidió perdón con la mano.
El
pintor rio, dio una calada al cigarro y lo lanzó de un capirotazo.
—Julio.
Le
tendió la mano.
—Rafael
—contestó el muchacho, y la estrechó—. ¿Cómo lo llamará?
—Señaló el cuadro con la barbilla.
El
pintor contempló su obra con detenimiento, como si viera más allá
de sus propios trazos, y entre el rasgueo atronador de la guitarra,
el calor que quemaba el ambiente, las moscas, los llantos y lamentos,
el palmeo, los quejíos del cantaor en el patio y los de las mujeres
enlutadas, un susurro se repetía una y otra vez. Pestañeó y volvió
en sí. Se giró hacia el muchacho.
—¡Mira
qué bonita era! —dijo, y sonrió.

No hay comentarios:
Publicar un comentario