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| Foto: Maja Neurath |
Cada mujer,
según
la escultura de su talle,
el
terciopelo de sus ojos
y
el balanceo de sus formas más sabrosas,
está
sujeta a infinitas celebraciones.
Cada
porción de su universo
necesita
de circuitos inevitables:
transgredirlos,
es una regla de oro.
Cada
cabellera reclama las manos
que
deshilvanen más lentos sus misterios.
Cada
una es reina de una tensión
proporcional
al vaivén de sus caderas.
En
fin, toda mujer
es
un interminable paraíso,
cambiante,
como
las manzanas que se pudren
cuando
no las amamos.

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