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| Foto: Karel Balcar |
La pareja caminó por las calles del centro buscando un sitio donde pasar la noche. Los avisos en las puertas de cristal de los hoteles cerrados daban cuenta de una reparación eterna, de un cambio en las formas de pago que excluía la posibilidad de hospedaje o, a lo sumo, de habitaciones ocupadas por los participantes de un evento cualquiera. Podía ser una jornada nacional de apicultores, o algo llamado noches de teatro joven. La pareja veía esfumarse la última ilusión de un cuarto higiénico amoblado con camas sólidas, televisor, aire acondicionado regulable y un baño con agua fría y caliente que devolviera las fuerzas después de un par de horas de sexo profundo y sangrante.
La
mujer era muy joven. Se lanzaba adelante con sacudidas poderosas y
arrastraba al hombre hacia el próximo destino. Hablaba de una prima
que trabajaba en la carpeta de una posada lejana, y no era una posada
cualquiera, sino un sitio decente y cómodo destinado a prestar
servicios a altos oficiales del ejército y personeros de rango
mayor.
El
hombre daba señas de un entusiasmo contenido. Era un hombre maduro.
Se dejaba arrastrar por la muchacha y calculaba en silencio los
gastos en transporte y comida, el sobrepago de la habitación, la
bebida necesaria para avivar los sentidos cuando, vencida la emoción
del primer acto, se requiriera estimular la sangre. Ya le había
pasado. Alguna mujer muy joven lo hizo rumiar su desesperación bajo
la ducha de un hotel conseguido a duras penas sólo para enfrentar su
mirada desdeñosa.
—Pero
quizá no haya que irse tan lejos —dijo el hombre—. Quizá tengan
algo libre aquí mismo, en el hotelito de los sindicatos.
La
muchacha pareció disgustarse cuando el hombre dijo hotelito de
los sindicatos. En sitios como ése el servicio era pésimo.
Empezó a añorar el chorro de agua caliente y el televisor, y sintió
en la piel el escozor de miles de ácaros ocultos entre las sábanas
manchadas.
Pero
la noche avanzaba, y la muchacha se dejó llevar. Caminaron una
última cuadra entre paseantes solitarios de la medianoche o parejas
gastadas. Todos iban o venían desde la cálida instalación de un
hotel en penumbras o desde un agujero incómodo entre las jardineras
de un parque en penumbras. El hombre había sugerido un sitio
similar, un hueco oscuro bajo los árboles donde podían pasar un
rato sin demasiados compromisos, sólo el tiempo necesario para una
eyaculación discreta bajo el cielo sin estrellas de la noche. Así
lo dijo el hombre, cielo sin estrellas de la noche, y ella dejó
claro que no le bastaba un rato ni un cielo sin estrellas. Todo debía
hacerse en una cama de verdad, bajo un techo de verdad, y después
debía disponer de agua de verdad y comodidades mínimas. Un
televisor, acaso, o un aparato de aire acondicionado que permitiera
dormir un par de horas después de una noche con sexo de verdad.
El
hombre sintió en el brazo el agarre firme de sus manos y entendió
que no se iba librar de la compañía tan joven. Chocaba de seguido
con sus caderas amplias, sus ojos y sus dientes, su anatomía total
de hembra dispuesta a entregarse de manera inmediata. Prefería no
pensar en la aventura próxima. La erección creciente le dificultaba
caminar y lo obligaba a bajar los ojos en los sitios donde el
alumbrado público permitía a los paseantes indiscretos percibir
cada detalle, pero la muchacha insistía en manosear su entrepierna y
se aferraba con obstinación a su sexo erguido, y el hombre apartaba
su mano y le pedía moderación.
—Eres
anticuado —dijo la muchacha—. ¿Crees que alguien perdería el
tiempo en fijarse en eso?
El
hombre no quiso reconocer que era anticuado. No creía serlo, ni
compartía la forma de ser de la muchacha en cuanto al comportamiento
en público. Le molestaba que la gente lo mirara en la calle cuando
andaban juntos porque ella se empecinaba en mostrar al público
detalles íntimos de la relación. Y ahora ella estaba haciendo lo de
siempre. Apretaba el brazo del hombre y alargaba la mano para rozar
su entrepierna y su sexo, y el hombre desesperaba por llegar al sitio
adecuado y dejarla hacer cuanto quisiera.
—Aquí
—el hombre se detuvo y señaló con la cabeza un inmueble de dos
plantas.
Era
un edificio descolorido en el centro de la ciudad. En algún tiempo
debió ser una escuela, y después debió servir como policlínico, y
quizá funcionó también como estación de policía. La muchacha
recordó haber estado allí durante los días de una evacuación por
algún huracán, pero eso ocurrió mucho tiempo atrás y ella desechó
la idea por considerarla improbable.
Un
custodio soñoliento acudió al llamado y abrió las rejas del
pasillo. Se presentó como custodio y agente general del orden y guía
de turismo si el caso llegaba. Ofreció su explicación a la pareja
sobre el funcionamiento de la institución y el buen trabajo de los
encargados. Señaló una puerta cuando la pareja dio señas de
aburrirse.
—Toquen
ahí. Digan que me pidieron el favor. O mejor no digan eso. Mejor
digan que yo los atendí. Sí. Digan que yo los atendí.
La
pareja se adentró en el pasillo. Al fondo, disimulada tras un cartel
que promovía candidatos a cualquier elección, se hallaba la puerta.
Una mujer respondió a los toques. Tenía una expresión general de
aburrimiento junto a los ojos y la boca. Lo entendió todo muy bien
cuando el hombre expuso la necesidad de una habitación. Se quedó
mirando a la muchacha, y ella escondió los ojos tras la espalda del
hombre.
—¿Y
dicen que el custodio los atendió? Si es así, no hay problemas.
Aquí tratamos de ayudar a la gente. El custodio subirá con ustedes
y les entregará la habitación. Yo estoy muy cansada para subir la
escalera. Pero tienen que pagar ahora. Ustedes saben, así son las
reglas.
La
lámpara del techo pestañó varias veces antes de quedar encendida.
El custodio sonrió y mostró el cuarto con un movimiento combinado
de la cabeza y los brazos. Señaló las paredes recién pintadas, el
aparato de aire acondicionado y la puerta del baño. Se quedó allí,
mirando la reacción de los clientes mientras la muchacha caminaba
hasta la pared trasera y lo evaluaba todo.
El
cuarto no presentaba un aspecto deplorable. La cama estaba cubierta
con sábanas limpias. Las fundas de las almohadas estaban limpias
también. Un suave olor de jazmines recién cortados subía desde el
búcaro de porcelana sobre la mesita. El custodio accionó el botón
de encendido de la climatización y el aparato empezó a traquetear.
El chorro de aire pesado y caliente se fue enfriando con lentitud. El
aparato estaba bien, salvo por el traqueteo desmedido y el hecho poco
relevante de no disponer de un regulador de temperatura.
La
muchacha inspeccionó el baño y la instalación del agua con ojos de
casera experimentada. No había agua caliente, pero el chorro era
fuerte y el baño estaba limpio. La poceta de las duchas parecía
haber sido sometida a una exploración minuciosa. No se encontró
entre los resquicios ninguna huella de jabón, ni un pelo, ni la
costra más común que pudiera quedar en los baños cuando no se pone
atención a la limpieza. La muchacha quedó conforme con el olor del
desinfectante del sanitario reluciente. Olió las toallas, y aun pasó
la mano por el manipulador de la puerta para comprobar que todo
estaba limpio. Se apuró en salir del baño cuando desde la
habitación llegó el sonido de la estática del televisor encendido.
—No
se ve —la sonrisa del custodio debía ser tomada por disculpa—.
Todos los canales tienen ese mismo zumbido. Espero no les importe
tanto.
—No
nos importa —dijo la muchacha mirando alrededor.
El
custodio enseñó los dientes una última vez y salió del cuarto. En
el pasillo se oyó el sonido de sus botas. Su silbido alegre se fue
apagando con lentitud y todo quedó en silencio.
La
pareja se sintió complacida. El hombre se tiró en la cama y obligó
a la muchacha a hacer lo mismo. Se quedaron los dos mirando el nuevo
entorno que los había dotado de una privacidad repentina.
Las
paredes estaban recién pintadas de azul. Leves marcas de la pintura
anterior se podían ver todavía, pero eran marcas insignificantes.
Eran simples raspones sin importancia, o sitios que alguien olvidó
pintar. La muchacha hizo un movimiento con la mano para dar a
entender que no le molestaba en absoluto una marca de pintura en la
pared. Después detuvo los ojos en el cuadro colgado frente a la
cama.
—Es
pintura naif —dijo el hombre.
La
muchacha no sabía lo que era la pintura naif, y lo dio a entender
encogiendo los hombros. En general, ella sabía muy poco sobre
las cosas del arte. El hombre se apuró a explicar.
—Es
lo que harías tú si te dieran un pincel y un pedazo de lienzo. Mira
las palmas, la casa de yarey, el camino entre los árboles.
Cualquiera puede hacerlo.
—No
me gustan esas cosas de guajiros. Prefiero las calles de la ciudad,
las luces, el sonido de los carros. No me acostumbraría a vivir en
el campo.
—Nadie
puede acostumbrarse —el hombre le hizo señas de quitarse la ropa.
Durante
media hora, tuvieron sexo profundo y silencioso. La estática
del televisor y el traqueteo incesante del aparato de aire
acondicionado sirvieron como música de fondo. El chorro de agua fría
de la ducha les devolvió las fuerzas. Se acostaron otra vez con el
cuerpo húmedo. El hombre agradeció el estímulo.
—Te
mantienes muy bien —dijo la muchacha.
El
hombre se quedó callado. Fumaba un cigarro y trataba de concentrarse
en el acto próximo. Acariciaba la espalda de la muchacha, bajaba
hasta las nalgas, subía de pronto hasta los pechos y dejaba que las
puntas le labraran un surco en la palma de la mano. En diez minutos,
consiguió una erección.
—De
verdad te mantienes muy bien —gimió la muchacha al sentirse
penetrada.
Los
gemidos espaciados se convirtieron en gritos placenteros. El hombre
los disfrutó desde su posición de hombre maduro que podía causar
placer a una muchacha. Después del segundo acto, ella se fue
al baño. Él se sintió cansado y quedó sobre la cama. Sonrió
oyendo el ruido del agua y una canción tarareada a media voz.
Paseó
una mirada larga por la habitación. La única lámpara del techo
iluminaba cada resquicio, y él se entretuvo mirándolo todo hasta
que la muchacha salió del baño.
—De
verdad estás muy bien —dijo ella—. He visto hombres que
prometen otra cosa y al final se vuelven nada. Pero tú… no. Tú
eres mi campeón.
—Pues…
tu campeón está cansado. Tu campeón quiere dormir.
Ella
sonrió y torció los labios en una mueca de disgusto. Se acostó al
lado del hombre y le acarició el pecho y el vientre, los muslos y la
entrepierna. Amasó los testículos hasta que el miembro fláccido
dio muestras de revivir.
—¿Quién
dice que mi campeón está cansado? Un poco dormido, sí. Pero nada
serio. Eso se pueda resolver.
El
hombre miraba el cuadro en la pared. Era una forma de relajar los
sentidos y dejarse estimular por la muchacha. Sus manos suaves le
recorrían cualquier centímetro del cuerpo y lo obligaban a
conseguir una erección aunque estuviera cansado. Ella comenzó a
realizar una succión lenta. Partía desde la base del pene, se
extendía por el miembro fláccido y terminaba con mordiscos
inofensivos en la punta. Como resultado, el miembro masculino comenzó
a erguirse con amagos de rigidez nerviosa y despreciable, y luego el
torrente de la sangre se abrió paso entre las válvulas de acceso a
los tejidos del glande y el miembro comenzó a hacerse notar con el
brillo luminoso de la saliva sobre la piel estirada.
—¿Crees
que nos estén mirando? —preguntó el hombre cuando la erección ya
era completa y los dientes de la muchacha amenazaban con romper la
parte exterior de las venas.
—¿Mirando?
¿Quién? —la muchacha dejó de succionar, levantó la cabeza y
miró con susto alrededor.
—La
gente que está en esa casa de yarey —el hombre la apartó, se
incorporó y miró el cuadro desde cerca—. Tiene que haber gente
ahí adentro. En todas esas casas campesinas siempre hay gente
dormitando al mediodía. Cierran las ventanas y se acuestan y se
olvidan del mundo.
Ella
se cubrió el cuerpo con la sábana. Volvió a mirar alrededor, y
después miró al cuadro. Se levantó y se acercó al hombre.
Por
algún tiempo se quedaron mirando los dos el lienzo estirado en la
pared. Se tomaron de la mano y ella volvió a acariciar el cuerpo del
hombre.
—No
me importa si alguien mira. Ven.
Se
acostaron otra vez, y ella volvió a succionar hasta que el miembro
se irguió. El hombre olvidó el cuadro y la casa de tablas y la
gente que dormía su siesta plácida y se concentró en el acto. La
penetración lenta y callada obligó a los cuerpos a sudar aunque el
clima de la habitación se mantuviera frío.
—¿Crees
que les moleste si grito? —preguntó la muchacha cuando el ritmo de
la penetración se hizo violento—. ¿Abrirían la ventana y nos
mandarían a callar?
—No
sé —dijo el hombre—. Habría que ver. Quizá se asomen y digan
cualquier cosa, o quizá abran la ventana y no digan nada y se queden
mirándonos sin hablar.
Los
dos se concentraron en el acto. La muchacha gemía en un quejido
ronco, casi gutural, mientras movía la cintura con violencia. Los
gemidos eran silenciados por las paredes de la habitación,
absorbidos hasta convertirse en ondas inaudibles que sólo
encontraban un destino en los oídos del hombre. Después ella gritó
y las paredes no pudieron absorber todo el ruido. Una parte traspasó
el lienzo y voló a los campos donde se erguía la casa de tablas con
techo de yarey. La ventana se abrió cuando el hombre paseaba los
ojos por la pintura.
—Tranquila.
Nos están mirando.
La
muchacha levantó los ojos hacia la ventana abierta en el cuadro. Dos
figuras miraban la escena desde el interior semioscuro de la casa. No
era posible discernir los rostros, ni establecer si se trataba de
personas jóvenes o viejas. Desde la distancia no se podía
determinar si eran hombres o mujeres, o si los ojos que absorbían la
escena mostraban la avidez de las parejas más jóvenes o el
desagrado propio de la gente que ya ha vivido sus años y espera del
mundo un comportamiento mesurado.
Ella
abandonó la cama y se acercó a la pintura.
—Es
una pareja —miró al hombre y volvió los ojos al cuadro. Miró al
hombre otra vez y abrió los labios en una sonrisa inocente—. ¿Te
figuras eso? Una pareja. Nos han estado viendo todo este tiempo.
Quizá aprendieron algo de nosotros.
El
hombre se sintió aliviado al saber que se trataba de una pareja.
Había sentido algún tipo de molesta turbación al pensar que se
trataba de dos hombres, o quizá de dos mujeres. En realidad, había
sentido miedo.
—Está
bien que sea una pareja —dijo.
Pero
no quedaba claro si se trataba de una pareja de viejos o una pareja
más joven. Podía tratarse de un par de muchachos que llevaban poco
tiempo viviendo juntos en una casita recién construida de tablas de
palma y pencas de yarey. O podía ser un matrimonio de personas en
edad madura con experiencia vasta en asuntos de sexo y miraban la
escena de la habitación con el interés que podía mirarla
cualquiera. Eso no quedaba claro, y el hombre se acercó al cuadro y
examinó de cerca las tablas de la pared, las pencas del techo, el
jardín y el camino sombreado por árboles frutales.
—No
es una casa nueva. Mira aquí. Hay marcas en las tablas, y el jardín
es viejo también. Debe ser un matrimonio con experiencia. Deben
tener hijos abundantes, y un perro, y todo eso que la gente tiene
siempre. La gente en el campo tiene cosas que uno ni siquiera puede
imaginar.
Pero
la muchacha miraba el cuadro desde cerca y se hizo su propia idea de
la realidad contenida en la pintura. Examinó las cercas y el patio,
el jardín moteado por flores rojas y amarillas, el alambre donde
colgaba alguna ropa. Luego pasó los dedos sobre el lienzo para
confirmar su versión.
—No
veo juguetes en el patio, ni ropa de niños colgando en el alambre.
Nada demuestra lo que dices. La casa es vieja. Quizá fue comprada
—abrazó al hombre y jugueteó con el miembro fláccido—. O quizá
los padres se la regalaron.
El
hombre quedó callado. Durante algún tiempo escudriñó las figuras
en la ventana. Trató de hacerse una idea más concreta de los dos
rostros ocultos dentro del recuadro oscuro. No pudo distinguirlos
aunque los mirara de cerca y se dejó arrastrar hasta la cama.
—Tengo
una idea —dijo de pronto—. Él es un hombre maduro y se llevó
para su casa una mujer muy joven. ¿Qué te parece si ella es así,
como tú?
—Eso
estaría bien —dijo ella—. Y te digo más. Creo que eso estaría
muy bien.
El
hombre se sintió estimulado con la respuesta. Quiso levantarse y
comprobar esa última versión, aunque resultara imposible descubrir
en la pintura los detalles necesarios, pero la muchacha lo sostuvo
con firmeza. Casi lo obligó a quedarse en su sitio. El hombre se
quedó tranquilo cuando ella comenzó la succión caliente. La
intensidad del hecho lo hizo olvidar el cuadro y el asunto de los
rostros en la ventana del cuadro.
Amanecía
cuando el tercer acto concluyó. La pareja se quedó acostada.
Reponían las fuerzas gastadas en la noche sin preocuparse del cuadro
ni de nada más. La muchacha quiso seguir durmiendo, pero el hombre
le hizo entender que ya era tiempo de marcharse.
El
custodio miró a la pareja que bajaba por la escalera. Dio una
chupada larga al cigarro, se estiró cuanto pudo dentro del uniforme
y bostezó con descaro.
—¿Todo
resuelto? —sonrió—. ¿Aprovecharon la noche?
—Sí
—el hombre entreabrió los labios—. No está malo esto para ser
un hotel de los sindicatos.
—Uno
hace lo que puede —el custodio compuso el rostro y el uniforme y
adoptó un aire de serena responsabilidad ante los clientes—. Ahora
tengo que revisar la habitación. Esperen aquí.
La
muchacha recostó la cabeza en el pecho del hombre. Los pasos del
custodio en la escalera resonaron en sus oídos y la obligaron a
levantar los ojos.
—La
ventana —dijo con susto—. La ventana quedó abierta. El custodio
se dará cuenta.
Al hombre le pareció que su voz temblaba. Por un momento, también pareció turbarse. Miró las escaleras, quedó oyendo el sonido de
las botas en el pasillo y le brillaron los ojos. Pero tenía sueño y
los ojos se apagaron. Apretó con fuerza la cintura grácil de la
muchacha y hundió la cabeza entre sus cabellos con un suspiro largo.
El repentino impulso de la sangre dio cuenta de una erección
creciente.

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