viernes, 16 de enero de 2026

La habitación......Emerio Medina

Foto: Karel Balcar

La pareja caminó por las calles del centro buscando un sitio donde pasar la noche. Los avisos en las puertas de cristal de los hoteles cerrados daban cuenta de una reparación eterna, de un cambio en las formas de pago que excluía la posibilidad de hospedaje o, a lo sumo, de habitaciones ocupadas por los participantes de un evento cualquiera. Podía ser una jornada nacional de apicultores, o algo llamado noches de teatro joven. La pareja veía esfumarse la última ilusión de un cuarto higiénico amoblado con camas sólidas, televisor, aire acondicionado regulable y un baño con agua fría y caliente que devolviera las fuerzas después de un par de horas de sexo profundo y sangrante.

        La mujer era muy joven. Se lanzaba adelante con sacudidas poderosas y arrastraba al hombre hacia el próximo destino. Hablaba de una prima que trabajaba en la carpeta de una posada lejana, y no era una posada cualquiera, sino un sitio decente y cómodo destinado a prestar servicios a altos oficiales del ejército y personeros de rango mayor.
           —Mi prima está de guardia esta noche. Le damos algo por arriba y se resuelve todo.
         El hombre daba señas de un entusiasmo contenido. Era un hombre maduro. Se dejaba arrastrar por la muchacha y calculaba en silencio los gastos en transporte y comida, el sobrepago de la habitación, la bebida necesaria para avivar los sentidos cuando, vencida la emoción del primer acto, se requiriera estimular la sangre. Ya le había pasado. Alguna mujer muy joven lo hizo rumiar su desesperación bajo la ducha de un hotel conseguido a duras penas sólo para enfrentar su mirada desdeñosa.
         —Pero quizá no haya que irse tan lejos —dijo el hombre—. Quizá tengan algo libre aquí mismo, en el hotelito de los sindicatos.
          La muchacha pareció disgustarse cuando el hombre dijo hotelito de los sindicatos. En sitios como ése el servicio era pésimo. Empezó a añorar el chorro de agua caliente y el televisor, y sintió en la piel el escozor de miles de ácaros ocultos entre las sábanas manchadas.
        Pero la noche avanzaba, y la muchacha se dejó llevar. Caminaron una última cuadra entre paseantes solitarios de la medianoche o parejas gastadas. Todos iban o venían desde la cálida instalación de un hotel en penumbras o desde un agujero incómodo entre las jardineras de un parque en penumbras. El hombre había sugerido un sitio similar, un hueco oscuro bajo los árboles donde podían pasar un rato sin demasiados compromisos, sólo el tiempo necesario para una eyaculación discreta bajo el cielo sin estrellas de la noche. Así lo dijo el hombre, cielo sin estrellas de la noche, y ella dejó claro que no le bastaba un rato ni un cielo sin estrellas. Todo debía hacerse en una cama de verdad, bajo un techo de verdad, y después debía disponer de agua de verdad y comodidades mínimas. Un televisor, acaso, o un aparato de aire acondicionado que permitiera dormir un par de horas después de una noche con sexo de verdad.
          El hombre sintió en el brazo el agarre firme de sus manos y entendió que no se iba librar de la compañía tan joven. Chocaba de seguido con sus caderas amplias, sus ojos y sus dientes, su anatomía total de hembra dispuesta a entregarse de manera inmediata. Prefería no pensar en la aventura próxima. La erección creciente le dificultaba caminar y lo obligaba a bajar los ojos en los sitios donde el alumbrado público permitía a los paseantes indiscretos percibir cada detalle, pero la muchacha insistía en manosear su entrepierna y se aferraba con obstinación a su sexo erguido, y el hombre apartaba su mano y le pedía moderación.
          —Eres anticuado —dijo la muchacha—. ¿Crees que alguien perdería el tiempo en fijarse en eso?
       El hombre no quiso reconocer que era anticuado. No creía serlo, ni compartía la forma de ser de la muchacha en cuanto al comportamiento en público. Le molestaba que la gente lo mirara en la calle cuando andaban juntos porque ella se empecinaba en mostrar al público detalles íntimos de la relación. Y ahora ella estaba haciendo lo de siempre. Apretaba el brazo del hombre y alargaba la mano para rozar su entrepierna y su sexo, y el hombre desesperaba por llegar al sitio adecuado y dejarla hacer cuanto quisiera.
          —Aquí —el hombre se detuvo y señaló con la cabeza un inmueble de dos plantas.
         Era un edificio descolorido en el centro de la ciudad. En algún tiempo debió ser una escuela, y después debió servir como policlínico, y quizá funcionó también como estación de policía. La muchacha recordó haber estado allí durante los días de una evacuación por algún huracán, pero eso ocurrió mucho tiempo atrás y ella desechó la idea por considerarla improbable.
        Un custodio soñoliento acudió al llamado y abrió las rejas del pasillo. Se presentó como custodio y agente general del orden y guía de turismo si el caso llegaba. Ofreció su explicación a la pareja sobre el funcionamiento de la institución y el buen trabajo de los encargados. Señaló una puerta cuando la pareja dio señas de aburrirse.
        —Toquen ahí. Digan que me pidieron el favor. O mejor no digan eso. Mejor digan que yo los atendí. Sí. Digan que yo los atendí.
        La pareja se adentró en el pasillo. Al fondo, disimulada tras un cartel que promovía candidatos a cualquier elección, se hallaba la puerta. Una mujer respondió a los toques. Tenía una expresión general de aburrimiento junto a los ojos y la boca. Lo entendió todo muy bien cuando el hombre expuso la necesidad de una habitación. Se quedó mirando a la muchacha, y ella escondió los ojos tras la espalda del hombre.
         —¿Y dicen que el custodio los atendió? Si es así, no hay problemas. Aquí tratamos de ayudar a la gente. El custodio subirá con ustedes y les entregará la habitación. Yo estoy muy cansada para subir la escalera. Pero tienen que pagar ahora. Ustedes saben, así son las reglas.


La lámpara del techo pestañó varias veces antes de quedar encendida. El custodio sonrió y mostró el cuarto con un movimiento combinado de la cabeza y los brazos. Señaló las paredes recién pintadas, el aparato de aire acondicionado y la puerta del baño. Se quedó allí, mirando la reacción de los clientes mientras la muchacha caminaba hasta la pared trasera y lo evaluaba todo.
        El cuarto no presentaba un aspecto deplorable. La cama estaba cubierta con sábanas limpias. Las fundas de las almohadas estaban limpias también. Un suave olor de jazmines recién cortados subía desde el búcaro de porcelana sobre la mesita. El custodio accionó el botón de encendido de la climatización y el aparato empezó a traquetear. El chorro de aire pesado y caliente se fue enfriando con lentitud. El aparato estaba bien, salvo por el traqueteo desmedido y el hecho poco relevante de no disponer de un regulador de temperatura.
          La muchacha inspeccionó el baño y la instalación del agua con ojos de casera experimentada. No había agua caliente, pero el chorro era fuerte y el baño estaba limpio. La poceta de las duchas parecía haber sido sometida a una exploración minuciosa. No se encontró entre los resquicios ninguna huella de jabón, ni un pelo, ni la costra más común que pudiera quedar en los baños cuando no se pone atención a la limpieza. La muchacha quedó conforme con el olor del desinfectante del sanitario reluciente. Olió las toallas, y aun pasó la mano por el manipulador de la puerta para comprobar que todo estaba limpio. Se apuró en salir del baño cuando desde la habitación llegó el sonido de la estática del televisor encendido.
        —No se ve —la sonrisa del custodio debía ser tomada por disculpa—. Todos los canales tienen ese mismo zumbido. Espero no les importe tanto.
           —No nos importa —dijo la muchacha mirando alrededor.
        El custodio enseñó los dientes una última vez y salió del cuarto. En el pasillo se oyó el sonido de sus botas. Su silbido alegre se fue apagando con lentitud y todo quedó en silencio.
         La pareja se sintió complacida. El hombre se tiró en la cama y obligó a la muchacha a hacer lo mismo. Se quedaron los dos mirando el nuevo entorno que los había dotado de una privacidad repentina.
          Las paredes estaban recién pintadas de azul. Leves marcas de la pintura anterior se podían ver todavía, pero eran marcas insignificantes. Eran simples raspones sin importancia, o sitios que alguien olvidó pintar. La muchacha hizo un movimiento con la mano para dar a entender que no le molestaba en absoluto una marca de pintura en la pared. Después detuvo los ojos en el cuadro colgado frente a la cama.
          —Es pintura naif —dijo el hombre.
         La muchacha no sabía lo que era la pintura naif, y lo dio a entender encogiendo los hombros. En general, ella sabía muy poco sobre las cosas del arte. El hombre se apuró a explicar.
         —Es lo que harías tú si te dieran un pincel y un pedazo de lienzo. Mira las palmas, la casa de yarey, el camino entre los árboles. Cualquiera puede hacerlo.
        —No me gustan esas cosas de guajiros. Prefiero las calles de la ciudad, las luces, el sonido de los  carros. No me acostumbraría a vivir en el campo.
          —Nadie puede acostumbrarse —el hombre le hizo señas de quitarse la ropa.
        Durante media hora, tuvieron sexo profundo y silencioso. La estática del televisor y el traqueteo incesante del aparato de aire acondicionado sirvieron como música de fondo. El chorro de agua fría de la ducha les devolvió las fuerzas. Se acostaron otra vez con el cuerpo húmedo. El hombre agradeció el estímulo.
          —Te mantienes muy bien —dijo la muchacha.
         El hombre se quedó callado. Fumaba un cigarro y trataba de concentrarse en el acto próximo. Acariciaba la espalda de la muchacha, bajaba hasta las nalgas, subía de pronto hasta los pechos y dejaba que las puntas le labraran un surco en la palma de la mano. En diez minutos, consiguió una erección.
          —De verdad te mantienes muy bien —gimió la muchacha al sentirse penetrada.
         Los gemidos espaciados se convirtieron en gritos placenteros. El hombre los disfrutó desde su posición de hombre maduro que podía causar placer a una muchacha. Después del segundo acto, ella se fue al baño. Él se sintió cansado y quedó sobre la cama. Sonrió oyendo el ruido del agua y una canción tarareada a media voz.
         Paseó una mirada larga por la habitación. La única lámpara del techo iluminaba cada resquicio, y él se entretuvo mirándolo todo hasta que la muchacha salió del baño.
          —De verdad estás muy bien —dijo ella—. He visto hombres que prometen otra cosa y al final se vuelven nada. Pero tú… no. Tú eres mi campeón.
          —Pues… tu campeón está cansado. Tu campeón quiere dormir.
        Ella sonrió y torció los labios en una mueca de disgusto. Se acostó al lado del hombre y le acarició el pecho y el vientre, los muslos y la entrepierna. Amasó los testículos hasta que el miembro fláccido dio muestras de revivir.
       —¿Quién dice que mi campeón está cansado? Un poco dormido, sí. Pero nada serio. Eso se pueda resolver.
         El hombre miraba el cuadro en la pared. Era una forma de relajar los sentidos y dejarse estimular por la muchacha. Sus manos suaves le recorrían cualquier centímetro del cuerpo y lo obligaban a conseguir una erección aunque estuviera cansado. Ella comenzó a realizar una succión lenta. Partía desde la base del pene, se extendía por el miembro fláccido y terminaba con mordiscos inofensivos en la punta. Como resultado, el miembro masculino comenzó a erguirse con amagos de rigidez nerviosa y despreciable, y luego el torrente de la sangre se abrió paso entre las válvulas de acceso a los tejidos del glande y el miembro comenzó a hacerse notar con el brillo luminoso de la saliva sobre la piel estirada.
        —¿Crees que nos estén mirando? —preguntó el hombre cuando la erección ya era completa y los dientes de la muchacha amenazaban con romper la parte exterior de las venas.
            —¿Mirando? ¿Quién? —la muchacha dejó de succionar, levantó la cabeza y miró con susto alrededor.
          —La gente que está en esa casa de yarey —el hombre la apartó, se incorporó y miró el cuadro desde cerca—. Tiene que haber gente ahí adentro. En todas esas casas campesinas siempre hay gente dormitando al mediodía. Cierran las ventanas y se acuestan y se olvidan del mundo.
          Ella se cubrió el cuerpo con la sábana. Volvió a mirar alrededor, y después miró al cuadro. Se levantó y se acercó al hombre.
          Por algún tiempo se quedaron mirando los dos el lienzo estirado en la pared. Se tomaron de la mano y ella volvió a acariciar el cuerpo del hombre.
            —No me importa si alguien mira. Ven.
        Se acostaron otra vez, y ella volvió a succionar hasta que el miembro se irguió. El hombre olvidó el cuadro y la casa de tablas y la gente que dormía su siesta plácida y se concentró en el acto. La penetración lenta y callada obligó a los cuerpos a sudar aunque el clima de la habitación se mantuviera frío.
         —¿Crees que les moleste si grito? —preguntó la muchacha cuando el ritmo de la penetración se hizo violento—. ¿Abrirían la ventana y nos mandarían a callar?
          —No sé —dijo el hombre—. Habría que ver. Quizá se asomen y digan cualquier cosa, o quizá abran la ventana y no digan nada y se queden mirándonos sin hablar.
        Los dos se concentraron en el acto. La muchacha gemía en un quejido ronco, casi gutural, mientras movía la cintura con violencia. Los gemidos eran silenciados por las paredes de la habitación, absorbidos hasta convertirse en ondas inaudibles que sólo encontraban un destino en los oídos del hombre. Después ella gritó y las paredes no pudieron absorber todo el ruido. Una parte traspasó el lienzo y voló a los campos donde se erguía la casa de tablas con techo de yarey. La ventana se abrió cuando el hombre paseaba los ojos por la pintura.
         —Tranquila. Nos están mirando.
        La muchacha levantó los ojos hacia la ventana abierta en el cuadro. Dos figuras miraban la escena desde el interior semioscuro de la casa. No era posible discernir los rostros, ni establecer si se trataba de personas jóvenes o viejas. Desde la distancia no se podía determinar si eran hombres o mujeres, o si los ojos que absorbían la escena mostraban la avidez de las parejas más jóvenes o el desagrado propio de la gente que ya ha vivido sus años y espera del mundo un comportamiento mesurado.
           Ella abandonó la cama y se acercó a la pintura.
          —Es una pareja —miró al hombre y volvió los ojos al cuadro. Miró al hombre otra vez y abrió los labios en una sonrisa inocente—. ¿Te figuras eso? Una pareja. Nos han estado viendo todo este tiempo. Quizá aprendieron algo de nosotros.
          El hombre se sintió aliviado al saber que se trataba de una pareja. Había sentido algún tipo de molesta turbación al pensar que se trataba de dos hombres, o quizá de dos mujeres. En realidad, había sentido miedo.
           —Está bien que sea una pareja —dijo.
          Pero no quedaba claro si se trataba de una pareja de viejos o una pareja más joven. Podía tratarse de un par de muchachos que llevaban poco tiempo viviendo juntos en una casita recién construida de tablas de palma y pencas de yarey. O podía ser un matrimonio de personas en edad madura con experiencia vasta en asuntos de sexo y miraban la escena de la habitación con el interés que podía mirarla cualquiera. Eso no quedaba claro, y el hombre se acercó al cuadro y examinó de cerca las tablas de la pared, las pencas del techo, el jardín y el camino sombreado por árboles frutales.
          —No es una casa nueva. Mira aquí. Hay marcas en las tablas, y el jardín es viejo también. Debe ser un matrimonio con experiencia. Deben tener hijos abundantes, y un perro, y todo eso que la gente tiene siempre. La gente en el campo tiene cosas que uno ni siquiera puede imaginar.
          Pero la muchacha miraba el cuadro desde cerca y se hizo su propia idea de la realidad contenida en la pintura. Examinó las cercas y el patio, el jardín moteado por flores rojas y amarillas, el alambre donde colgaba alguna ropa. Luego pasó los dedos sobre el lienzo para confirmar su versión.
          —No veo juguetes en el patio, ni ropa de niños colgando en el alambre. Nada demuestra lo que dices. La casa es vieja. Quizá fue comprada —abrazó al hombre y jugueteó con el miembro fláccido—. O quizá los padres se la regalaron.
         El hombre quedó callado. Durante algún tiempo escudriñó las figuras en la ventana. Trató de hacerse una idea más concreta de los dos rostros ocultos dentro del recuadro oscuro. No pudo distinguirlos aunque los mirara de cerca y se dejó arrastrar hasta la cama.
         —Tengo una idea —dijo de pronto—. Él es un hombre maduro y se llevó para su casa una mujer muy joven. ¿Qué te parece si ella es así, como tú?
           —Eso estaría bien —dijo ella—. Y te digo más. Creo que eso estaría muy bien.
       El hombre se sintió estimulado con la respuesta. Quiso levantarse y comprobar esa última versión, aunque resultara imposible descubrir en la pintura los detalles necesarios, pero la muchacha lo sostuvo con firmeza. Casi lo obligó a quedarse en su sitio. El hombre se quedó tranquilo cuando ella comenzó la succión caliente. La intensidad del hecho lo hizo olvidar el cuadro y el asunto de los rostros en la ventana del cuadro.
          Amanecía cuando el tercer acto concluyó. La pareja se quedó acostada. Reponían las fuerzas gastadas en la noche sin preocuparse del cuadro ni de nada más. La muchacha quiso seguir durmiendo, pero el hombre le hizo entender que ya era tiempo de marcharse.
         El custodio miró a la pareja que bajaba por la escalera. Dio una chupada larga al cigarro, se estiró cuanto pudo dentro del uniforme y bostezó con descaro.
          —¿Todo resuelto? —sonrió—. ¿Aprovecharon la noche?
          —Sí —el hombre entreabrió los labios—. No está malo esto para ser un hotel de los sindicatos.
      —Uno hace lo que puede —el custodio compuso el rostro y el uniforme y adoptó un aire de serena responsabilidad ante los clientes—. Ahora tengo que revisar la habitación. Esperen aquí.
        La muchacha recostó la cabeza en el pecho del hombre. Los pasos del custodio en la escalera resonaron en sus oídos y la obligaron a levantar los ojos.
         —La ventana —dijo con susto—. La ventana quedó abierta. El custodio se dará cuenta.
        Al  hombre  le  pareció  que  su  voz  temblaba.  Por  un  momento,  también  pareció  turbarse. Miró las escaleras, quedó oyendo el sonido de las botas en el pasillo y le brillaron los ojos. Pero tenía sueño y los ojos se apagaron. Apretó con fuerza la cintura grácil de la muchacha y hundió la cabeza entre sus cabellos con un suspiro largo. El repentino impulso de la sangre dio cuenta de una erección creciente. 

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