Finalista del V Concurso Internacional “Litteratura” de Relato
 |
Foto: Haywood Magee, Niños juegan a fútbol en una calle de Londres |
En
esa especie de extraño letargo en el que estoy instalado desde no
sé cuándo, alterno cantidad de sensaciones que me confunden; como
si las personas que están cerca de mí pudieran a su vez estar muy
lejos, flotando en el suelo, y caminando entre una nada que circula
bajo sus pies al final de un insólito túnel donde la luz que
despunta es atrayente y extraordinariamente blanca… Por suerte,
ahora, noto fluir con facilidad el aire a mis pulmones a través de
una especie de máscara pegada a mi cara y que hace un ruidito
parecido al del agua hirviendo.
Las
luces intermitentes de los monitores que están a mi lado, junto a la
cama donde estoy tumbado, con sus discontinuos destellos, me hacen
entornar los ojos, como cuando en carretera te deslumbra de pronto el
sol al vencerse al final del día hacia poniente. Me vino en ese
instante un latigazo a la memoria, y lo conecté no sé por qué
razón a los viajes que hacía con mi padre a finales de diciembre,
cuando iba a buscarme al colegio mayor para pasar las Navidades en
familia. Ese fulgor intenso de luz era un molesto reflejo que nos
acompañaba todo el camino hasta llegar a casa, y que ahora relaciono
con una felicidad lejana y no olvidada. A la mañana siguiente del
regreso a casa, el primer día de vacaciones, tenía lugar el
reencuentro con mis amigos de siempre, inseparables desde que, una
mañana de mediados de septiembre, ingresamos en párvulos entre lágrimas, agarrados a las manos de nuestras madres ante las
indisimuladas risas de los mayores. Ahora, de pronto, aparecen en mis
sueños con tal realismo que oigo sus risas y gritos mezclados,
abrazándonos a empujones después de meter un gol entre las carteras
de cuero que delimitan las porterías de fútbol. Soy incapaz de
ponerles años a esas caras, y los sigo viendo con nitidez, con los
pantalones cortos haciendo cola en los futbolines del señor Zamora
(un tipo gordito y bonachón con un mandil azul mahón oscuro siempre
manchado de grasa). Aunque ahora estén conmigo, sé que en algún
momento se desvanecerán y volverán al lejano mundo al que
pertenecen.
También esa parte del invierno coincidía con el tiempo de las nevadas,
que entonces eran tan abundantes, siempre esperadas con alborozo por
nosotros. Generalmente llegaban antes de Navidad, por la Purísima,
que traía a su vez intensas nieblas. Nos sirvió de risa durante
años un hecho que, si cierro los ojos, sigo viendo con nitidez.
Cuando se retiraba la nieve, quedaban aisladas en la plaza enormes
placas de hielo de varios centímetros de espesor; era nuestra
particular “pista de patinaje”. Al cruzar, uno de los curas
de nuestro colegio de los Claretianos: calvo, alto, delgado y con
unas manos formidables que sacaba frecuentemente a pasear, se atrevió
a saltar justo por donde pensaba: sólo hay un inofensivo charco de
agua. Con la sotana subida, agarrada a ambas manos y de puntillas, se
cayó todo lo largo que era, ante la escandalosa risotada de los
chavales que nos congregábamos allí. Se levantó como un resorte,
muerto de vergüenza, mientras nos amenazaba con su largo e
intimidante dedo.
Nosotros
nunca nos quejábamos del frío de aquellos días, de hecho, ni sabíamos
que lo hacía, pero sí debíamos sufrirlo, porque mi madre y mis
tías lo repetían siempre, trasteando de aquí para allá con esa
permanente frase en los labios:
—¡Mira
que hace frío! —Esa coletilla fue vigente incluso cuando nos
cambiamos a una casa nueva con calefacción central.
Qué
nostalgia de ellos, de mis padres y mis dos tías solteras, que
siempre vivieron con nosotros y dormían en aquella habitación
blanca al fondo del pasillo. Fueron desapareciendo de la vida
mientras construía la mía, uno detrás de otro, como algo natural y
tremendamente triste. Recuerdo sus mandiles de cuadros; eran como su
segunda coraza, esa tela donde se escurrían las manos, limpiaban
heridas y enjuagaban lágrimas y mocos. Ahora, en esta extraña
situación en la que me encuentro, aparecen de pronto y les pido que
no se marchen; las necesito más que nunca; pero ellas van y vienen
juntas, con intermitencia, según llegue el sueño, regresando de
donde estén para consolarme con sus manos entrelazadas en el eterno
mandil de cuadros.
Y
una imagen antigua que recuerdo por su extraordinaria belleza, y que
se asienta ocasionalmente en lo más crudo del invierno, son esos
instantes en los que la niebla se congela suspendida en el aire en
forma de diminutas y gélidas estrellas de hielo. La ciudad durante
ese tiempo ofrecía una estampa blanca, casi fantasmagórica,
acentuada sobre manera al caer la noche, cuando se encendía la
iluminación, y los pequeños copos se arremolinaban como alocadas
polillas junto a la luz sepia de las farolas. Daba la impresión de
que el tiempo se había detenido, y se hubiera instalado un inmenso
vacío silencioso. Ahora los inviernos son distintos y aquellos
momentos tan especiales son infrecuentes.
La
gente vestida con batas blancas habían regresado a la habitación
donde me encontraba. Uno de ellos, el mayor, se sentó a mi lado, y
cogiéndome la mano, la palmeó varias veces sonriendo, diciéndome
algunas cosas buenas que pude entender. Este gesto me dio seguridad y
me abandoné ahora voluntariamente a ese sueño amable, y a la
sonrisa protectora del afectuoso hombre vestido de blanco. Me
desperté sobresaltado; alguien, durante mi confortable sueño, había
abierto una pizca la ventana de la habitación, y por esa pequeña
abertura se colaba aire y ruido de la calle, música y canciones que
identifiqué con total precisión. Esas melodías eran parte de un
momento preciso. Estaba vivo y viviendo en los últimos días de
diciembre. Era Navidad. Giré la cabeza hacia dónde venía el ruido
y vi personas corriendo por las aceras con enormes paquetes de
colores atados con lazos dorados. Un tipo gordo vestido de rojo se
paseaba por la acera, haciendo sonar con estruendo una formidable
campana. Junto a la esquina, subía humo blanco de una enorme sartén
agujereada, donde una mujer con “mandil de cuadros” asaba
castañas. De las ventanas de enfrente, surgían destellos de colores
que se apagaban y encendían intermitentemente; a veces incluso lo
hacían al compás de las luces del monitor cercano a mi cama
elevada.
Había
advertido en el aire de la habitación un ligero olor a perfume
conocido. Un pañuelo de flores descansaba encima de la silla junto a
un bolso de mujer. Sabía de quién era. Entraron los tres, de
pronto, a la vez; les abrió la puerta el hombre amable.
—¡Menudo
susto nos has dado…!
Me
abrazaron, y mis ojos se inundaron de agua. En ese preciso instante,
supe, con certeza, que haría todo lo posible para seguir aquí con
ellos.
 |
Pedro Carlos Pérez Alonso |
* Nació
en Zamora en 1959. Nos cuenta que siempre
ha
tenido un modelo desde niño, por imitación: su
padre, sastre de profesión, pero escritor naif de infinidad de
cuentos. Los pintaba a mano y los encuadernaba cosidos con hilo grueso.
Ha
escrito desde que era muy joven, poesía al principio, cuando en los
años de la adolescencia, el mundo era un lugar incómodo, donde nadie le
comprendía. También muy joven se
enroló
en el teatro, primero
como aficionado en el grupo Juan del Encina, y luego profesionalmente
en el Grupo de teatro infantil Achiperre, donde actuó
por toda España. Después de muchos años, la crisis hizo mella en
este mundo y se
retiró
a su
otra profesión, delineante de topografía. Otra
de sus
aficiones a la que dedica
mucho tiempo es la pintura. Le
gusta pintar los bosques del Lago Sanabria, y también pintura abstracta. Ha
participado en concursos literarios y ha
obtenido diversos
premios y menciones. Fue
finalista anual del concurso Relatos
encadenados de la cadena Ser 2022,
en el programa
La
Ventana que dirige Carles
Francino.
Ha
publicado el libro de cuentos Mis
dulces asesinas
(Ed. Cuadranta, 2024). Finalista del
V
Concurso Internacional “Litteratura”
de Relato.
No hay comentarios:
Publicar un comentario