miércoles, 26 de febrero de 2025

Días de invierno......Pedro Carlos Pérez Alonso*

Finalista del V Concurso Internacional Litteratura de Relato

Foto: Haywood Magee, Niños juegan a fútbol en una calle de Londres

En esa especie de extraño letargo en el que estoy instalado desde no sé cuándo, alterno cantidad de sensaciones que me confunden; como si las personas que están cerca de mí pudieran a su vez estar muy lejos, flotando en el suelo, y caminando entre una nada que circula bajo sus pies al final de un insólito túnel donde la luz que despunta es atrayente y extraordinariamente blanca… Por suerte, ahora, noto fluir con facilidad el aire a mis pulmones a través de una especie de máscara pegada a mi cara y que hace un ruidito parecido al del agua hirviendo.

           Las luces intermitentes de los monitores que están a mi lado, junto a la cama donde estoy tumbado, con sus discontinuos destellos, me hacen entornar los ojos, como cuando en carretera te deslumbra de pronto el sol al vencerse al final del día hacia poniente. Me vino en ese instante un latigazo a la memoria, y lo conecté no sé por qué razón a los viajes que hacía con mi padre a finales de diciembre, cuando iba a buscarme al colegio mayor para pasar las Navidades en familia. Ese fulgor intenso de luz era un molesto reflejo que nos acompañaba todo el camino hasta llegar a casa, y que ahora relaciono con una felicidad lejana y no olvidada. A la mañana siguiente del regreso a casa, el primer día de vacaciones, tenía lugar el reencuentro con mis amigos de siempre, inseparables desde que, una mañana de mediados de septiembre, ingresamos en párvulos entre  lágrimas,  agarrados  a  las  manos  de  nuestras  madres  ante  las indisimuladas risas de los mayores. Ahora, de pronto, aparecen en mis sueños con tal realismo que oigo sus risas y gritos mezclados, abrazándonos a empujones después de meter un gol entre las carteras de cuero que delimitan las porterías de fútbol. Soy incapaz de ponerles años a esas caras, y los sigo viendo con nitidez, con los pantalones cortos haciendo cola en los futbolines del señor Zamora (un tipo gordito y bonachón con un mandil azul mahón oscuro siempre manchado de grasa). Aunque ahora estén conmigo, sé que en algún momento se desvanecerán y volverán al lejano mundo al que pertenecen.
       También esa parte del invierno coincidía con el tiempo de las nevadas, que entonces eran tan abundantes, siempre esperadas con alborozo por nosotros. Generalmente llegaban antes de Navidad, por la Purísima, que traía a su vez intensas nieblas. Nos sirvió de risa durante años un hecho que, si cierro los ojos, sigo viendo con nitidez. Cuando se retiraba la nieve, quedaban aisladas en la plaza enormes placas de hielo de varios centímetros de espesor; era nuestra particular pista de patinaje. Al cruzar, uno de los curas de nuestro colegio de los Claretianos: calvo, alto, delgado y con unas manos formidables que sacaba frecuentemente a pasear, se atrevió a saltar justo por donde pensaba: sólo hay un inofensivo charco de agua. Con la sotana subida, agarrada a ambas manos y de puntillas, se cayó todo lo largo que era, ante la escandalosa risotada de los chavales que nos congregábamos allí. Se levantó como un resorte, muerto de vergüenza, mientras nos amenazaba con su largo e intimidante dedo.
           Nosotros nunca nos quejábamos del frío de aquellos días, de hecho, ni sabíamos que lo hacía, pero sí debíamos sufrirlo, porque mi madre y mis tías lo repetían siempre, trasteando de aquí para allá con esa permanente frase en los labios:
            —¡Mira que hace frío! —Esa coletilla fue vigente incluso cuando nos cambiamos a una casa nueva con calefacción central.
        Qué nostalgia de ellos, de mis padres y mis dos tías solteras, que siempre vivieron con nosotros y dormían en aquella habitación blanca al fondo del pasillo. Fueron desapareciendo de la vida mientras construía la mía, uno detrás de otro, como algo natural y tremendamente triste. Recuerdo sus mandiles de cuadros; eran como su segunda coraza, esa tela donde se escurrían las manos, limpiaban heridas y enjuagaban lágrimas y mocos. Ahora, en esta extraña situación en la que me encuentro, aparecen de pronto y les pido que no se marchen; las necesito más que nunca; pero ellas van y vienen juntas, con intermitencia, según llegue el sueño, regresando de donde estén para consolarme con sus manos entrelazadas en el eterno mandil de cuadros.
           Y una imagen antigua que recuerdo por su extraordinaria belleza, y que se asienta ocasionalmente en lo más crudo del invierno, son esos instantes en los que la niebla se congela suspendida en el aire en forma de diminutas y gélidas estrellas de hielo. La ciudad durante ese tiempo ofrecía una estampa blanca, casi fantasmagórica, acentuada sobre manera al caer la noche, cuando se encendía la iluminación, y los pequeños copos se arremolinaban como alocadas polillas junto a la luz sepia de las farolas. Daba la impresión de que el tiempo se había detenido, y se hubiera instalado un inmenso vacío silencioso. Ahora los inviernos son distintos y aquellos momentos tan especiales son infrecuentes.

La gente vestida con batas blancas habían regresado a la habitación donde me encontraba. Uno de ellos, el mayor, se sentó a mi lado, y cogiéndome la mano, la palmeó varias veces sonriendo, diciéndome algunas cosas buenas que pude entender. Este gesto me dio seguridad y me abandoné ahora voluntariamente a ese sueño amable, y a la sonrisa protectora del afectuoso hombre vestido de blanco. Me desperté sobresaltado; alguien, durante mi confortable sueño, había abierto una pizca la ventana de la habitación, y por esa pequeña abertura se colaba aire y ruido de la calle, música y canciones que identifiqué con total precisión. Esas melodías eran parte de un momento preciso. Estaba vivo y viviendo en los últimos días de diciembre. Era Navidad. Giré la cabeza hacia dónde venía el ruido y vi personas corriendo por las aceras con enormes paquetes de colores atados con lazos dorados. Un tipo gordo vestido de rojo se paseaba por la acera, haciendo sonar con estruendo una formidable campana. Junto a la esquina, subía humo blanco de una enorme sartén agujereada, donde una mujer con “mandil de cuadros” asaba castañas. De las ventanas de enfrente, surgían destellos de colores que se apagaban y encendían intermitentemente; a veces incluso lo hacían al compás de las luces del monitor cercano a mi cama elevada.

        Había advertido en el aire de la habitación un ligero olor a perfume conocido. Un pañuelo de flores descansaba encima de la silla junto a un bolso de mujer. Sabía de quién era. Entraron los tres, de pronto, a la vez; les abrió la puerta el hombre amable.
            —¡Menudo susto nos has dado…!
          Me abrazaron, y mis ojos se inundaron de agua. En ese preciso instante, supe, con certeza, que haría todo lo posible para seguir aquí con ellos.


Pedro Carlos Pérez Alonso

Nació en Zamora en 1959. Nos cuenta que siempre ha tenido un modelo desde niño, por imitación: su padre, sastre de profesión, pero escritor naif de infinidad de cuentos. Los pintaba a mano y los encuadernaba cosidos con hilo grueso. Ha escrito desde que era muy joven, poesía al principio, cuando en los años de la adolescencia, el mundo era un lugar incómodo, donde nadie le comprendía. También muy joven se enroló en el teatro, primero como aficionado en el grupo Juan del Encina, y luego profesionalmente en el Grupo de teatro infantil Achiperre, donde actuó por toda España. Después de muchos años, la crisis hizo mella en este mundo y se retiró a su otra profesión, delineante de topografía. Otra de sus aficiones a la que dedica mucho tiempo es la pintura. Le gusta pintar los bosques del Lago Sanabria, y también pintura abstracta. Ha participado en concursos literarios y ha obtenido diversos premios y menciones. Fue finalista anual del concurso Relatos encadenados de la cadena Ser 2022, en el programa La Ventana que dirige Carles Francino. Ha publicado el libro de cuentos Mis dulces asesinas (Ed. Cuadranta, 2024). Finalista del V Concurso Internacional Litteratura de Relato.

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