viernes, 17 de abril de 2020

Ars gratia artis......Héctor Olivera Campos

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Foto: Ricky Dávila, Nubes
de un cielo que no cambia
El Artista pintó a la Gioconda desnuda de cuerpo entero, revelando su condición de transexual con unos pechos con dianas de gruesos pezones erectos y un miembro viril tatuado y desmesurado. La crítica aplaudió aquella “patada al arte académico, conformista, retrogrado y burgués”.
El Artista posó desnudo ante los periodistas. También se paseó en la carroza de una escuela de samba disfrazado de astronauta. La prensa especializada lo calificó de audaz y de nuevo enfant terrible del arte contemporáneo.
En la segunda obra de su serie “Contra Leonardo”, el artista expuso “Día de acción de gracias”, una reproducción de “La última cena” dibujada al carboncillo a la que le cosió un pollo decapitado en el espacio en el que debía figurar el retrato de Jesucristo, un cadáver que se fue pudriendo lentamente. La obra fue calificada de “manifiesto contra la inmovilidad del arte” y “valiente alegato contra la hipocresía familiar y el puritanismo”. 
       El Artista introdujo la reproducción de una momia egipcia en un tanque de formol. Un millonario neoyorquino compró el adefesio.
             El Artista pidió a su mecánico de confianza que le regalara el cartón que había colocado sobre el suelo del taller, con el propósito de que los goterones de grasa que iban desprendiéndose de los bajos de los autos no embarraran excesivamente el piso. Tras barnizarlo, enmarcó el cartón en un marco dorado estilo rococó y lo expuso en la Galería. Un crítico escribió que el Artista “había abolido los cánones” con su “beligerante vanguardia” y que estábamos en presencia de una obra “original, profunda y portadora de emociones estéticas”.
            Hastiado de tanta imbecilidad, el artista tomó una de sus deposiciones y la introdujo en un recipiente de formol, engarzándolo en un relicario medieval. Tituló la obra: “Esto es una mierda”. La crítica enloqueció, hubo quien creyó ver que el autor jugaba con la doble acepción del término escatología por las connotaciones religiosas que sugería el relicario. Para críticos, galeristas, subastadores, marchantes y filósofos del arte, el Artista se había consagrado.


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Muchos años después de su consagración, el Artista sufrió un golpe conceptual del que ya no se repondría jamás. Había regresado a su casa después de haber clausurado aquella mañana con notable éxito su exposición de cuerpos humanos mutilados y plastificados, y sin nada mejor que hacer, se sentó en el sofá a contemplar un documental sobre ornitología que emitían por televisión. Las imágenes mostraban a las aves de emparrado, unos pajarillos pequeños y poco vistosos de Nueva Guinea. Los machos se dedicaban a construir estructuras semejantes a pagodas con ramas y hojas trenzadas, pequeños palacios adornados con objetos cuidadosamente recolectados, dispuestos como tapices en el interior de sus construcciones o alrededor de ellas. Las colecciones reunían cientos de conchas de caracol, hojas, flores, plumas, piedras, frutas pequeñas y hasta pedazos de vidrio y deshechos plásticos. El ave pasaba horas escogiendo y acomodando su muestrario, situando cada pieza en su lugar específico. Si un objeto era movido mientras el ave se ausentaba, el animal volvía a colocarlo en su lugar. La selección de los objetos, su disposición estética en el espacio, reflejaba el gusto personal de cada ave y su habilidad para procurarse cosas inusuales en el bosque (llegando hasta a robar los materiales del emparrado de un macho vecino). Uno de los pajarillos sentía debilidad por el color azul y su instalación incluía todo tipo de piezas azuladas. Aquella ardua labor se realizaba con el propósito de seducir a la hembra, que en tiempo de apareamiento, visitaba un emparrado tras otro, inspeccionando la calidad de las obras. Los machos con malas demostraciones se quedaban sin pareja.
El Artista se sorprendió a sí mismo con los ojos húmedos, atónito, maravillosamente humillado. En aquellas composiciones ingenuas había más verdad y más belleza que la que él había conseguido falsear en la totalidad de su puñetera obra.

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