jueves, 29 de agosto de 2019

Recuerdo subconsciente......Christian Carbajo García*

Finalista del III Concurso Litteratura de Relato

Foto: th.com.ar
Abandonan, primero una y luego el otro, la habitación del hotel. Una escena coloreada con rojo oscuro mezclado con marrón y ribetes grises azulados quedaría grabada a fuego en sus cabezas. La clave estaba ahí, aunque los ojos no querían verla. Un saludo entre desconocidos, una conversación banal, un beso distraído. Todo estaba ahí horas antes de que él llegara a la habitación y los matara, para luego unirse a ellos.
         Lucía y Miguel ya habían testificado ante el comisario, fueron los primeros en ver la escena, pero no los primeros en llamar a la policía, ni los primeros en gritar al ver los cráneos de sus dos amigos aplastados contra el suelo.
         —Takeo, llévales con Carla, necesitan hablar con alguien ordenó el comisario a uno de sus agentes. Takeo era tan alto como para coger un libro de la balda superior de una estantería sin necesidad de ponerse de puntillas. Su mandíbula era afilada, aún sin desarrollar completamente, de cuerpo delgado y ojos rasgados que se escondían tras unas gafas cuadradas con patillas marrón oscuro.
         —A la orden, comisario dijo saludando. El comisario sonrió. Hacía poco que lo habían trasladado desde las islas japonesas a la península ibérica y, aunque la Tierra ya llevaba dos siglos unificada, las costumbres nunca se olvidan. Al comisario siempre le había gustado más la forma de actuar asiática que la occidental, aunque a veces la viera un poco rígida.
         —Seguidme, por favor.
         Carla estaba sentada en el furgón, mirando su tablet. Levantó la cabeza y sonrió a los dos cuerpos sin alma que seguían a Takeo en el más absoluto silencio.
         —Gracias, Takeo. Éste saludó inclinando su cuerpo y volvió con el comisario, dejando a la pareja bien acompañada—. Soy Carla, la psicóloga de la policía metropolitana de Lisboa. Dejó que masticaran la información y continuó—: Contadme todo lo que pasó, lo que podáis. Miguel miró a Lucía, que rompía a llorar al fin. Él también reaccionó dejando escapar las lágrimas, pero apretó el puño izquierdo clavándose las uñas y se decidió.
         —Llegamos ayer… los cuatro. Estábamos muy contentos de poder disfrutar de unas vacaciones juntos. Lisboa nos pareció un lugar maravilloso para pasar una semana… aunque… sorbió con la nariz Perdón… vinimos directos desde el aeropuerto. Dejamos las maletas y fuimos a visitar el túmulo de Luis Camoes. Volvimos después de comer para recoger las tarjetas de las habitaciones e instalarnos.
         —El hotel sólo deja hacer la entrada a partir de las tres de la tarde, ¿no? interrumpió para dar aire al monólogo. Miguel afirmó.
         —Después de comer, nosotros nos fuimos a visitar… —Miró para Lucía. Ésta ya se encontraba más tranquila.
         —El museo nacional de arte antiguo… yo te dije que lo dejáramos para mañana, que nos quedáramos en el hotel, pero tú…
         —Lucía le paró los pies—, ninguno de vosotros dos tiene la culpa de este horrible suceso. Miguel no sabía qué iba a pasar, igual que tú tampoco. Ella bajó la cabeza y asintió en silencio—. Continuad, qué pasó después.
         Miguel tardó unos segundos en reaccionar.
         —Nos encontramos a los tres en la barra del bar. Estaban riendo, nos lo presentaron. Era aficionado al fútbol y empecé una conversación sobre…bueno… el caso es que nuestros amigos empezaron a tontear entre ellos, algo normal en una pareja. Yo vi que les miraba de reojo, pero no como… no sé…parecía curiosidad sin más. Lucía suspiró y le soltó la mano para cruzarse de brazos cabizbaja. Carla anotó, disimuladamente, el gesto en la tablet.
         —¿Estás bien? preguntó, dirigiéndose a Miguel. La miró y empezó a negar con la cabeza mientras retrocedía dos pasos.
         —No, joder, no estoy bien. Sus lágrimas brotaron sin control—. No sé nada más, ¿vale? Subimos a las habitaciones y nos los encontramos en el suelo… joder, joder… no puedo… lo siento —decía con la voz rota mientras lanzaba miradas furtivas hacia Lucía.
         —Tranquilos, ya está, muchas gracias, mi compañero Takeo os acompañará hasta un piso que tenemos habilitado. Él os contará los detalles. Ahora, descansad. Volvió a sonreír—. Habéis sido de mucha ayuda, muchísimas gracias a los dos.
         Mientras Takeo les acompañaba hasta el coche patrulla, Carla se acercó al comisario. Estaba hablando por teléfono y levantó el dedo índice para pedirle un momento.
         —Sí… sí, parece que es el tercero en lo que llevamos de semana… los de la científica están con ello ahora… vale… sí, hasta luego. Colgó y desactivó el implante coclear—. Dime, Carla, qué has sacado.
         —Mismo modus operandi. Encuentro casual y asesinato el mismo día dijo mientras se rascaba la     nuca—. ¿Hablasteis ya con el personal del hotel?
         —Sí, no hay copias de las holotarjetas, ni la cerradura está pirateada. Entró sin utilizar la fuerza… joder… putos fanáticos, estoy hasta los cojones…Mira dijo mientras le enviaba una fotografía.
         Carla abrió el archivo. La imagen ahora ocupaba todo su campo de visión. El texto estaba escrito con sangre que caía por la pared, dándole un aspecto aún más tétrico si cabe:
         “Por eso Dios los abandonó a pasiones vergonzosas. Incluso sus mujeres han cambiado las relaciones naturales… Hombres con hombres comenten actos vergonzosos y sufren en su propio cuerpo el castigo de su perversión.”
         —Al hijo de puta todavía le dio tiempo a escribir la parrafada antes de pegarse un tiro. Sacó un cigarrillo de un paquete de cartón.
         —¿Aún sigues fumando esa mierda? Pensé que lo habían prohibido.
         Él sonrió con la cabeza ladeada hacia la derecha y lo encendió.


Christian Carbajo García
Nació en Puente de Órbigo, un pueblecito de León, en 1989. Estudió Técnicas de Laboratorio. A los quince años empezó a escribir de manera habitual, y ahora, por motivos laborales, los fines de semana y vacaciones. Ha publicado un microrrelato en el libro “Ellas III”, de la asociación Diversidad Literaria. Y, actualmente, está trabajando en una novela de temática postapocalíptica que lleva por título “Huida hacia delante”, y en un libro infantil. Finalista del III Concurso Litteratura de Relato.

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