martes, 18 de diciembre de 2018

Así fue......Margarita Josefa Borsella*

Finalista del III Concurso Litteratura de Relato

Foto: Pamukkale (Denizli)
2 de mayo del 2018, 3 de la tarde; llueve en Buenos Aires.

Un pasillo largo, casi interminable, de mayólicas centenarias muy pequeñas con arabescos en sobrerelieve de colores otoño me llevó hasta la cocina del López Hostel & Suite (un hostal en pleno barrio de Palermo), para hacerme un té de manzanas. Sí, tenía que ser de manzanas porque recordaba a esos días de lluvia pulverizada, entre la niebla de Estambul.
         (Por donde quisiera que fuese en esa ciudad, por el solo placer de beber en las pequeñas tacitas de vidrio cubiertas de metal apuntillado a veces de plata, a veces de bronce, o a veces simplemente de cobre, pedía un mix apple tea.)
         Puse a calentar el agua en la jarra eléctrica, mientras en la mesada de enfrente, en la pileta estaba lavando dos tazas una viejecita. Ya la había visto en otra oportunidad, transitando por el interminable pasillo de pequeñas mayólicas.
         Le pregunté:
         ¿Usted vive acá o está de paso por Buenos Aires?
         Ella respondió:
         Sí, la verdad que con esta lluvia se siente frío, pero la semana pasada tuvimos 36 grados.
         Contesté:
         Y sí, es la humedad…
         Fin de la conversación. Ella se fue.
         Por un instante me había olvidado de Estambul, pero el insistente golpetear de la lluvia sobre los postigos de los grandes ventanales que dan a la avenida Santa Fe me llevó nuevamente a la ciudad de las mil y una mezquitas, a Turquía, a ese día cuando en Pamukkale, a las cinco de la mañana, subí al canasto de un globo aerostático, y mientras cobraba altura y pasaba sobre los travertinos de carbonato de calcio, recordé que en unos pocos días cumplirías años…
         (¡Esto tenés que saberlo! Esas piedras eran bañadas por aguas termales que llegaban hasta la piscina donde la hija de Marco Antonio y Cleopatra acudía para tomar baños.)
         Allí, mientras sobrevolaba esa gran pileta, considerada sagrada por los poderes curativos, me vino a la mente que tenía que contarte sobre el día que llegaste…


Ya conocía tu nombre, Florian; como el café de Venecia que es atravesado por un canal, o como el café de Recoleta acá en Buenos Aires…
         Florian, nombre de artista, de genio, único; tuyo.
         Ese 30 de abril, como éste que cumpliste dos años, o como el del año pasado, fue un día como lo son los días de la Feria del Libro. Por la zona de Palermo, los hoteles estaban todos ocupados.
         Ya era de noche. Llegamos del sur el 29 y con el GPS en mano no conseguíamos alojamiento. A la casa de tus papás no quisimos ir para que estuvieran tranquilos esperándote; a la de tus abuelos de Buenos Aires, tampoco…
         Cada hotel que aparecía en el buscador tenía los iconos de Sólo para uno u Ocupado… hasta que de pronto nos llevó a un hostal en Palermo Soho, a pocas cuadras de la casa de tus papás y también de la clínica que te recibiría.
         Mientras el abuelo Ricardo llevaba la camioneta a una cochera cercana, con tus tíos Brian y Florencia esperamos con las maletas en la vereda.
         La puerta alta, de madera pesada, con ventanas de vidrios pequeños laminados y dibujos similares al del hierro forjado que la cubría como muestra del barrio en una época lejana, se abrió.
         Una escalera de mármol de carrara, iluminada con luces de colores, nos llevó hasta la recepción, donde se encontraban dos jóvenes colombianos.
         Ellos nos guiaron hasta una habitación compartida, donde vimos varias bolsas de dormir ocupadas en el piso. Nos hicieron subir a un lugar, como si fuese un ático, a través de una escalera de madera a casi noventa grados. Allí estaban las cuatro camas cuchetas para nosotros, sólo separadas por unas mesitas de luz, que al apoyar las carteras y bolsos se desmoronaron como un castillo de naipes al ser soplado por una brisa…
         ¡Dios mío, Florian! ¡Y eso no era nada! Cada uno ocupó su cama cucheta, dejando para dormir la parte de abajo y colocando las maletas en la parte de arriba. Ni bien nos sentamos en ellas, comenzaron a balancearse.
         Sólo había que dormir un par de horas para estar temprano en la Swiss Medical.
         Antes, con el abuelo había ido a dar una vuelta por el barrio. Al volver pasé por el baño, y cuando quise regresar a la habitación, había olvidado el camino…
         Subí una escalera de madera como aquella a casi noventa grados que me llevó a cielo abierto. Unas rejas de hierro oxidado, viejas y muy gruesas, separaban el abismo de la noche y la calle Bonbland, que corría allí abajo. A un lado, unas macetas de terracota con tierra apelmazada y un poco de agua de lluvia, y del otro lado, una bañera con patas de bronce ennegrecido, llena de agua de un color como si hubiera sido mezclada con sangre. El horror que generó esa imagen paralizó mi cuerpo. Me congeló la sangre y la respiración cortaba a guadañazos la niebla de la noche.
      Tomé el celular para llamar, pero nadie contestaba. La madrugada se hacía eterna. 
         De repente, al despejarse un poco el cielo, se podían ver algunas estrellas.
         Al notar mi ausencia en la habitación y ver cien llamadas perdidas en los celulares que habían quedado sobre las camas, fueron a buscarme a la terraza de un caserón cercano; solo Dios sabe cómo llegué hasta allí…
         Nos dormimos. Sonó el despertador y fuimos a esperarte.
         En Buenos Aires te conocimos.


Margarita Josefa Borsella
Nació en Esquel (Chubut, Argentina) en 1959. Casada con dos hijos, actualmente vive en Trelew. Licenciada en Química por la Universidad Nacional del Sur de Bahía Blanca y becada por la Presidencia de la Nación a la Universidad Autónoma de Madrid y la Universidad de Alcalá de Henares para realizar estudios sobre enseñanza superior de Física y Matemáticas, es autora del proyecto “De la Enseñanza a la Práctica”, ganador nacional en 2007. Desde los años ochenta se ha desempeñando como docente de matemáticas y física en los niveles secundario, superior y universitario, realizando talleres, seminarios y cursos de capacitación a nivel nacional e internacional. En 2010 decidió dedicar parte de su tiempo a dos grandes pasiones de su vida: las letras y la fotografía, y en 2016 se jubiló en el área de educación. Integrante del Taller del Escritor, coordinado por Cecilia Glanzmann, y exalumna del Taller Fotográfico coordinado por José María Farfaglia. Tercer Premio en el III Certamen Internacional de Autobiografías “Ricardo J. Berwyn” (2010), Primer y Quinto Premios del VI y VIII Certamen Internacional de Autobiografías de la Asociación Mexicana de Biografía y Autobiografía (Distrito Federal, México, 2011 y 2013). Su primera publicación es el libro Buenos Aires Chico, de edición compartida (2012). Mención en el Certamen de Cuentos Breves “Biblioteca Ricardo Guiraldes” de San Antonio de Padua (Buenos Aires, 2012). Presentó Buenos Aires Chico y la muestra Literatura Ilustrada en Puerto Creativo Trelew, Expo-Trelew, Esquel Literario, Primer Feria del Libro Gobernador Costa, Feria del Libro de Puerto Madryn y Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2013. Participó en la II Antología Poética Narrativa de fin de año “La Hora del Cuento” (Córdoba, 2013) y obtuvo el Primer Premio de Relato en San Antonio de Padua (Buenos Aires, 2015). En 2014 presentó su libro Rescatando Matices en varias ferias, incluida la Internacional de Buenos Aires, y en 2016 publicó Silencio (editorial Remitente Patagonia), libro de relatos, poemas y fotografías, presentado en diversas ferias y en la Sociedad Argentina de Escritores en el marco de la 43° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Finalista del III Concurso Litteratura de Relato.

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