martes, 6 de noviembre de 2018

Secundarios......Ismael Castelos Maceiras*

Finalista del III Concurso Litteratura de Relato

Foto: La costa de Ferrol 
(www.meridiano180.com)
Cuando llevas mucho tiempo intentando ocultar un secreto, no hay nada tan decepcionante como descubrir que lo has logrado. De pequeño, en el coche, de vuelta de casa de los abuelos, le gustaba jugar a inventar historias. Y era muy ocurrente. Pero se perdía tanto explicando las vidas de los personajes secundarios que su hermano pequeño siempre se quedaba frito antes de llegar al clímax de la narración. El relato se quedaba entonces inconcluso. Como lo iba inventando sobre la marcha, realmente desconocía el final y, al encontrarse sin público, se quedaba ensimismado pensando en los personajes y miraba por la ventanilla la negrura de la noche. 
        En la adolescencia se volvió más introvertido, pero nadie lo notó, pues siempre estaba rodeado de amigos, jugando a fútbol o viciado con la consola. En el instituto, estudiaba lo suficiente para aprobar y llegar a la siguiente fase. La universidad lo decepcionó, pero terminó la carrera y ahora viajaba por todo el país haciendo auditorías de gestión.
         En el aeropuerto recogió la llave del coche de alquiler. La empresa se encontraba a menos de una hora. Desde el peaje de la autopista ya se veía la ciudad, con sus grúas ociosas, levitando sobre la ría. Era un poco tarde, pero tal vez aún encontrara a alguien en las oficinas. Le interesaba saludar al director financiero, con el que había hablado bastante por teléfono. Lo recibió en una mesita redonda, en una blanca sala de reuniones iluminada por fatigados neones. Era más joven de lo que se había imaginado. Camisa blanca y corbata roja. El hombre se quitó las gafas para frotarse lentamente los ojos, mientras le preguntaba por el viaje. Intentaba ser amable y le causó muy buena impresión, sin embargo parecía un tanto ausente. Se citaron al día siguiente a las nueve. El hotel estaba en el mismo polígono industrial, al lado de la gasolinera. Casi se podía ir andando.
     Por la mañana, el aparcamiento de la empresa era todo actividad. Pulcros tráilers blancos se descoyuntaban, en pronunciados giros, para enfilar la entrada principal, mientras varias hileras de remolques esperaban pacientemente en el aparcamiento. Los camioneros saltaban ágiles de las cabinas, con carpetas llenas de impresos. Estuvo esperando casi una hora en los sofás de la recepción, hasta que alguien salió a disculparse y pedirle que volviera al día siguiente.
         Su jefe no le dio mucha importancia al plantón. Después de comer y sin nada que hacer, se puso a ojear el periódico en el bar del hotel. La ciudad era pequeña y la cartelera de cine le pareció penosa. En la agenda cultural llamó su atención la jornada de puertas abiertas de una escuela de arte: “Masterclass práctica de pintura al óleo”.
         A las cuatro de la tarde, bajo la lluvia, la larga calle adoquinada estaba prácticamente desierta. En una sala del primer piso, esperaban sentadas unas quince personas. En el estrado ya estaba preparado el lienzo en su caballete. Se sintió un poco fuera de lugar entre tantas señoras maduras. Pensó en levantarse e irse, pero ya estaba entrando el profesor. Una modelo, vestida con una bata de raso de motivos orientales, lo acompañaba. La clase empezó con una exposición teórica de la que sólo retuvo que todas las técnicas de pintura al óleo podrían resumirse básicamente en dos: ir del trazo a la mancha o de la mancha al trazo. En esta ocasión el profesor empezaría por la mancha, para luego sugerir volúmenes hasta llegar a la figuración.
         La modelo se despojó de la bata y, siguiendo las indicaciones del profesor, se recostó en el diván, en posición de Venus del espejo. Livio, sorprendido, sintió un pinchazo en el estómago. La modelo era en realidad una de las profesoras del centro. Parecía cómoda y charlaba con naturalidad con el pintor, que había empezado a emborronar sobre el lienzo una mancha rosa y blanca. Detrás de Livio, cuchicheaban excitadas las señoras: “¡Churra!, ¿te imaginas que te pintaran a ti desnuda?” “¡Ay no!, ¡por favor!, ji,ji.” Vergüenza ajena. Pasada la confusión inicial, Livio había empezado a apreciar la belleza de toda la escena. El pintor, cada vez más concentrado, guardaba silencio y sus pinceles iban dando forma a una mujer de volúmenes más rotundos y más sensuales que los de la modelo real...
         Al día siguiente, en la empresa la escena se repitió y, desmoralizado, cogió el periódico. Había una charla sobre decrecimiento en el Ateneo. Esquivando paraguas, encontró el centro cultural al final de otra de las rectilíneas calles del decrépito casco histórico. En la biblioteca, las sillas estaban dispuestas en filas en torno a una mesa con micro. Otras tres personas esperaban, mirándose los pies. Salieron a anunciar que el profesor Taibo se retrasaría un poco. Pensó en irse, pero le daba pereza salir a la calle con aquella lluvia. Un impermeable amarillo se giró y vio una cara pecosa mirándolo: “Tú estabas ayer en la sesión de pintura, ¿no?”. Se puso colorado hasta las orejas y, por un momento, pensó en negarlo todo. La mujer miró el reloj y, sin más protocolo, le propuso tomar un café.
         En un rincón del centro, había una especie de ambigú con una máquina de cápsulas. La mujer, que no llegaría a los cuarenta, rejuveneció al empezar a charlar con desparpajo: “Tú eres de fuera, ¿no?”. Acertó a decir que estaba de paso, sin avanzar más detalles. Sabía por experiencia que, en los sitios pequeños, las paredes oyen y conviene ser discreto. Ella estaba pasando quince días en casa de sus padres, ya mayores. Por las tardes se aburría y, con tanta lluvia, se buscaba planes culturales. Lo del decrecimiento le interesaba entre poco y nada. Años atrás había visto la película La Belle Verte y lo de hacerse vegetariana, andar por ahí descalza y aburrirse como una ostra en una sociedad de perroflautas rurales, no la motivaba nada. “Reconozco que la vida urbana a veces me estresa, pero me resultaría difícil renunciar a sus comodidades y a cierta, digamos... sofisticación.”
         Tomaba el café sin azúcar y sus manos volaban sobre el pocillo, compitiendo entre ellas por atraer la atención del interlocutor. Para remarcar algunas ideas, daba golpecitos en la mesa con el puño cerrado. Livio mencionó el Walden de Thoreau. Sus opiniones resultaron ser totalmente antagónicas. Él siempre se había sentido cautivado por la idea de dejarlo todo y marcharse a vivir al bosque solo y de manera autosuficiente. A veces, cuando se sentía hastiado de revisar informes y documentos, se imaginaba pescando truchas en aquel mágico lago de Nueva Inglaterra. Para ella, todo eran puras ensoñaciones de un burgués aburrido que jugaba a Robinson Crusoe en su cabaña de veraneo. Los cálculos de producción y consumo de maíz y alubias que Thoreau daba en el libro eran totalmente incongruentes con el tiempo que se suponía que pasaba en el bosque y con la vida que seguía manteniendo en la ciudad, ridículo... Livio ya empezaba a estar un poco irritado cuando la bibliotecaria vino a comunicarles que se suspendía la charla. Ella se puso el chubasquero y se despidió. Al llegar a la puerta se volvió hacia él y, con el paraguas a medio abrir, le dijo que al día siguiente haría bueno y que podían ir a la playa. Lo recogería en su hotel a las cuatro.
         Por la noche, tumbado en la cama, su mente daba vueltas al problema. Trataba de encontrar una explicación a lo que estaba pasando en la empresa de los camiones. En las cuentas y demás documentación a la que había tenido acceso no había nada que apuntara a irregularidades o a algún tema grave. Ciertamente, la empresa estaba bastante apalancada, pero tenía un buen flujo de caja y las inversiones realizadas en el último quinquenio parecían prudentes. Recordó que tenía el móvil del director financiero. Entre los dos existía una cierta complicidad, o al menos eran dos desconocidos que se caían bien. La vida de un auditor, reflexionó, no da para profundizar mucho en las relaciones personales y él siempre había dependido de la bondad de una primera impresión. El móvil estaba fuera de cobertura.
        Intentó recordar la entrevista del primer día. El director tenía una barba corta y cuidada, de tonos variables que dudaban entre el pelirrojo y el castaño claro. Sus ojos eran grises y su piel clara estaba algo enrojecida por los primeros días de playa de junio. Su físico era agradable, pero lo que más destacaba en él era su voz. Profunda y grave, como de locutor de radio. Hablaba sin prisa, pronunciando pausadamente palabras banales. Su discurso exento de artificios infundía confianza a Livio, muy acostumbrado a ejecutivos que tratan de ganarse a sus interlocutores atajando con emoticonos y apasionadas conversaciones sobre fútbol y cerveza. En un momento de la entrevista, giró la cabeza y miró hacia la pared de la derecha, como contemplando el paisaje a través de una inexistente ventana.
         Susana llegó en un robusto Hyundai Juke azul. En el asiento de atrás había una pareja de ancianos. La señora, sentada muy tiesa, agarraba con fuerza un macetón en el que había un camelio. Una etiqueta pegada al tallo ponía Camellia japonica. El señor miraba distraído por la ventana. “Estos son mis padres. Los dejamos en la finca y luego bajamos a la playa.” Livio se sentó en el asiento del copiloto. Llevaba el bañador puesto y una toalla del hotel doblada al brazo. No ocultó su disgusto al ver a los viejos. Ella metió la marcha atrás rozándole ligeramente el muslo. Lo miró, pícara, y le dijo: “¡Hace un día espléndido!”.
         En contraste con el día anterior, el cielo estaba totalmente despejado y una luz muy blanca lo inundaba todo. Por la carretera volaban, con su fragancia mentolada, las hojas secas de los eucaliptos. Era uno de esos días de tregua, en los que, después de semanas de gris y lluvia, te acuerdas de que tienes cuerpo y te retuerces, ronroneando como un gato bajo un rayo de sol. Livio notaba el tacto suave de su camiseta de algodón sobre su propia piel. Los aventureros dedos de sus pies exploraban la alfombrilla.
         Susana le dijo que lo iba a llevar a una cala preciosa. Había que andar un poco, pero la bajada no era difícil. Desde el asiento de atrás, su madre le preguntó si vendría a cenar. El agua aún estaría fría para bañarse, pero para tomar el sol, pasear y mojar los pies, el día estaba perfecto. Por la noche había soñado con un temporal en el mar. En su sueño, olas rabiosas embestían contra un barco encallado en una playa larguísima. La arena estaba toda blanca, cubierta de espuma de mar que volaba al viento. La probó y, en lugar de estar salada, sabía a nube de gominola. La madre volvió a preguntar si iría a cenar. El sueño de Livio era más tétrico. Había soñado con los pajarillos que caían de los nidos de su infancia. Se acercó a uno y le pareció que estaba vivo. El corazón le dio un vuelco imaginando que los criaría con galleta mojada en leche y huevo duro. Pero al acercarse más, su alegría se transformó en repulsión, pues el triste pichón estaba cadavérico y lo que se movían eran los gusanos asustados, que escapaban en todas direcciones de aquel esqueleto plumado. Los padres se bajaron del coche y sacaron un montón de bolsas del maletero. De nuevo, la madre preguntó si venía a cenar. “¡Que sí, mamá!, ¡ya te he dicho tres veces que sí!” Dejaron a los ancianitos peleando para abrir el candado del portalón de la finca.
         La bajada resultó ser más larga y penosa de lo previsto. Un estrecho sendero pedregoso descendía muy empinado. Los tojos y las zarzas arañaban sus piernas desnudas. Susana le iba contando que una vez, en las fiestas del Porto, se había enrollado con un percebeiro de Cedeira. Era un apasionado de su trabajo, para él no había en el mundo nada comparable a saltar sobre las rocas cuando se retiraba el mar para arrebatarles unos cuantos percebes y huir rápidamente, antes de que la rugiente ola volviera a por él. En cuanto se enfundaba el traje de neopreno, le decía a ella, ya se le ponía dura y tenía que tragar saliva para contener la excitación. Años después, lo reconoció en una foto del periódico. Se lo había llevado el mar en Valdoviño. Nunca logró acordarse de su nombre.
         Se sentaron a recuperar el aliento en una gran roca de granito cubierta de líquenes. Livio se recostó sobre la roca recalentada por el sol y cerró los ojos. La oyó preguntarle: “En tu vida, ¿te arrepientes de no haber hecho algo?”. Livio dijo que no, pero en su cabeza aparecieron todos los personajes secundarios de las historias que inventaba de niño. Había un perro malvado que luego se volvía bueno porque el protagonista le regalaba un foskito, un padre inventor que fabricaba detectores de mentiras, una vecina aterrada por un fantasma que le robaba las pinzas de la ropa, un sastre que hacía las mallas a medida a un superhéroe gordito o un compañero de clase macarrilla al que expulsaban de colegio y tenía que sacarse la educación infantil en el nocturno. Todos lo miraban con desaprobación. Nadie sabía qué había pasado con ellos, ni como habían terminado sus vidas. En cierto modo los había traicionado, hasta podría decirse que había cometido una crueldad. En su fantasía, había creado personajes que nunca llegarían a ser protagonistas. Frustrados, incompletos y apenas esbozados, vivirían siempre a la sombra, sin que nadie se preocupara nunca de imaginar un final para ellos.
         Cuando abrió los ojos, ella ya estaba de pie, enérgica y lozana. El último tramo era aún peor. Discurría por el fondo quemado de un cortafuegos muy inclinado. El suelo de cenizas y zahorra era muy resbaladizo. Livio iba delante. De pronto, se encontró de frente con el mar. El Atlántico estaba de un azul intenso, como solo se viste unas pocas veces cada verano, y el sol arrancaba multitud de destellos al agua. La cala era apenas una lengüita dorada entre las rocas. En el extremo derecho, sobre la arena, las olas lamían el cuerpo sin vida de un hombre. Camisa blanca y corbata roja. Se quedó de pie mirándolo, respirando aliviado, bajo el ardiente sol de la tarde.


* Nacido en Ferrol en 1980, estudió derecho y criminología en La Coruña y Santiago de Compostela. Actualmente vive en Rabat y se dedica al comercio exterior. Lector apasionado, el pasado verano se propuso dar el paso a la escritura, y desde aquí queremos animarle a que continúe. Finalista del III Concurso Litteratura de Relato.

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