miércoles, 14 de junio de 2017

Puchero para cautivar princesas......José Aristóbulo Ramírez Barrero

A ver qué le hace falta al jugo de la almeja

Foto: Gustave Courbet, El sueño
La única manera de saber cómo va fraguándose el puchero, si va bien o no tan bien y, en ese caso, con el ánimo de componerle el alma antes de bajarlo de la candela, agregarle una pizca de sal y de tal, rayarle tantito de aquello y de lo otro para dejarlo de rechupete y que los comensales rujan de satisfacción, se coman hasta el pegado de la olla y dejen el plato más limpio que una patena, la única manera, digo, es ir probando y manoseando y gustando y saboreando el caldo, con jeta golosa como hacen las buenas cocineras, metiendo mano, lengua, sobaco y lo que sea, que en una de esas se cuela en el cocido lo mejor de lo mejor, aquel saborcito criollo y misterioso que abruma, atrapa y embelesa. 
        En tal virtud, enterada de tales tejemanejes, persuadida de cómo es que hay que rascarle al gallo las criadillas, a veces conscientemente, a veces sin darse cuenta, el sol, la luna, un espejo, un vecino, un transeúnte, un compañero de trabajo y una vieja que no tenía en la vida otra cosa que hacer sorprendían a Norma en plena componenda, lamiéndose un hombro, la parte donde se parte su pecho en dos mitades, la barbilla, la punta de una rodilla, un dedo gordo y el otro dedo gordo, o metiéndose con descaro o con disimulo el dedo en el hoyo acuoso o en el hoyo no tan acuoso de más abajo, a ver qué le hace falta a su regla para estar en regla, cómo van cuajando su mantequilla de maní, el jugo de su almeja y la salsa granate de su pepitoria, qué pizca de tal le agrega y qué tantito de aquello le raya a su puchero para ponerlo a punto y que sus comensales, con jeta golosa como hacen las buenas cocineras, metiendo mano, lengua, nariz, sobaco y entrepierna rujan de satisfacción, se coman con pasión hasta el pegado de su calzón y pidan que les sirvan de postre el dulce de leche de sus dos tetas.


Se lo juro, Normita, que a mí me pone cachonda su triquitraque

Todo lo más era por ese afán de estar siempre comible y comestible para su princesa azul aún por conocer que Norma se probaba el aliño, se manoseaba la rabadilla y la chuleta, se degustaba el caldo y se saboreaba el hoyo y el meollo donde fuera fortuna y menester, aunque sus contradictores la motejaran de guarra, de puerca y de pazpuerca cuando la pillaban en esos melifluos resabios y trapicheos de paja y jarana consigo misma, aunque viendo cómo Norma mezclaba a dos manos lo dulce y lo salado, la plasta y la salsa negra antes de echarse su salpicón a la boca, a más de una mosquita muerta se le quitara el deseo de aspirar a trono, trinchada y coronación, al menos de boca para afuera, al menos mientras vecino, transeúnte, compañero de trabajo y vieja que no tenía en la vida otra cosa que hacer se hicieran cruces, torcieran jeta en señal de asco y resolvieran contundente, impasiblemente que Norma no estaba en norma, que cómo va estar en regla una muchacha capaz de sorberse su propia regla delante de todos sus compañeros.
        Pero como son las seis de la tarde y asquientos y aspaventosos ya se marcharon a sus respectivas casas a hacer sus respectivas porquerías y en tal virtud no hay peligro de que los perdularios le vayan a comer el tarro con deducciones, majaderías y lucubraciones del tipo de que a lo mejor ella también es puerca y pazpuerca y la otra cosa, aquí entre nos, hay quien se pone cachonda viendo a Normita en su triquitraque, hay quien diera su prima de navidad y estuviera dispuesta a pasar un lustro en el purgatorio a cambio del placer de beberle la regla de su coneja y chuparle la pega de su calzón, agréguele la bonificación de junio y dos años más de castigo si Norma le encima la crema de la almeja y el dulce de leche de sus dos lolas.

Esas no son penas para un guerrero

Y, la verdad, viéndole Norma detenidamente el timbo y el tambo, la cruceta y la pandereta, el escote y el cogote a Lola, la mosquita muerta, juzga que la chiquilla no está nada mal, antes y por el contrario es una belleza morena y tropical, así sin entrar en detalles se nota a leguas que ha de saberle a gloria su palomino…
        «Ay, Lolita, dejémonos de hipótesis y venga, constatemos mi presunción, acérquese para lamerle la parte donde se parte su pecho en dos mitades, desabróchese la pretina de la falda que es preciso meterle hasta el fondo el índice en su hueco de más abajo…» 
        Caramba, qué jugo de tripa más exquisito, si es así crudo cómo será batido, cocido y salpimentado. Lo dicho, no me equivoqué, esta Dolores está ni que pintada para princesa, para apapachar, acariciar y darle lengua hasta que a su clítoris no le quede siquiera un átomo de la tilde y, por supuesto, para recibirle su lengua hasta que se me desfonde mi cubilete. 
        «No, princesita, hoy no puede ser, hoy no estoy para dejarme trinchar y manducar, no es por desairar, como usted vio, y al verme en el triquitraque se puso cachonda y rubicunda, hace un momento probé mi sopa y a mi pesar, la pobre está desangelada y desabrida, sosa e indigna del paladar de una alteza como Su Alteza. Pero esas no son penas para un guerrero, mucho menos cuando el bragado sabe de qué pie cojea su yegua briosa y cómo hay que rascarle al gallo las criadillas.» 

Habrá que comenzar poniéndole los cuernos

Desde que a Norma se le hiciera el milagro en forma de vestal y superando prejuicios ampliara espectro alimenticio y se diera a la destreza de meter muela en tetas y panochas, con cada tajo y monte que surca y que conquista le va perdiendo el encanto al canto de pájaro macho, sin mediar excepciones y consideraciones, sin importar amaño y tamaño y pericia para anidar y picotear, asunto malo, muy malo para los pájaros del lugar, pero bueno, muy bueno para sus paisanas las tortas, tanto las de tigresa como las de mosquita muerta, y para nuestra heroína a quien, a juzgar por su sonrisa y por su actitud ante la vida, le va mejor que nunca, en lo consciente y en lo subconsciente. 
        Empero y como toda acción genera una reacción, todo cambio de régimen implica la asunción de efectos, algunos de ellos de carácter negativo, aunque sus parientes, cofrades y amigos todavía no lo notemos, Norma sí ha advertido una merma en la calidad de su mantequilla, su jugo y su salsa granate, seguramente debida a la falta de potasio, vitamina E y otros nutrientes que aportaban a su cocido sus atracones de plátano por boca y boca y que afortunada o desafortunadamente no pueden ser suplidos con las secreciones de ninguna Lola, por muy princesa que sea y por mucho que su culo destile resina tipo exportación. Por mor de esta falencia, vaya paradoja, para estar comible y comestible, para que su princesa ruja de satisfacción, se beba toda la sangre de su coneja y le deje el cubilete más limpio que una patena, para quererla y amarla y satisfacerla, habrá que comenzar su relación poniéndole los cuernos. 

A dos tajos y a cuatro tetas 

—A mí no me parece porque, primero, en gracia de discusión, correr a comer banano dizque para dejarme el puchero de rechupete no es solución en el sentido estricto de la palabra, en quince días el efecto de dicho atracón habrá pasado y será menester atracarse otra vez y otra vez en un mete y saca que no tendrá jamás culminación, y yo tendré que agachar el moño, aguantarme y dejar que mi Norma se revuelque en otra cuja y con otro instrumental en aras de poner a punto mi comilona, si ése es el precio que se debe pagar para echarse al gaznate bocado de cardenal prefiero alimentarme con bazofia de soldado raso, y segundo, si el propósito es que yo ruja de satisfacción, me beba toda la sangre de la coneja y deje el cubilete de mi muñeca más limpio que una patena, lo más razonable sería que fuese yo quien decidiera si mantequilla, jugo y salsa granate van de mal en peor y, para remozarlos, requieren su dosis de pájaro macho, potasio, picotazo y vitamina E.  
      —Se lo juro, princesa, que es así y para que no se me juzgue de golosa, libidinosa e impenitente le propongo que sea usted quien escoja en todo momento la verga que le devolverá a mi caldo toda la magia de su sabor.
        —Y yo le propongo, Normita de mis calenturas, que si es para mi mal me baje usted de ese pedestal en donde me encaramó, para esa gracia prefiero ser plebeya y así poder guardarme sus lolas para mí sola. 
        —Y yo le repito, Lolita, que no es por ser porfiada y testaruda, sino que, dándole a comer lo mejor de mi tasca, se quede usted enganchada a mi puchero a perpetuidad.
       —Si no hay más remedio, acepto con una condición, que cuando haya que comer plátano, nos lo comamos entrambas, a dos tajos y a cuatro tetas. 
        —Si no hay más remedio… Aunque no me hará ninguna gracia que un joputa sin seso vaya a beberse una pizca del jugo de culo que a mí me toca.
        —De una joputa, valga aclarar, si hemos de manducar plátano a regañadientes que sea el de alguien que tenga más aspecto de hembra que de macho. 
        —Ay, mi princesa, yo sólo espero que dado lo complicado que resulta batir, cocer y salpimentar nuestra olla podrida, la susodicha no vaya a estallarnos en pleno rostro dejándonos como el perro de las dos tortas. 
        —Ay, mi Norma, mi pega y mi coneja, porque la amo, yo también lo espero.

Mientras amanece

Por ahora, mientras amanece y la claridad que proporcionan los rayos del sol me dejan ver si la mezcla de mantequilla de maní, jugo de almeja, salsa granate para pepitoria, sangre de coneja, pega de calzón, dulce de leche de lola, átomo de tilde de clítoris, lengua, sobaco, cubilete, jugo de tripa y picotazo de pájaro no tan macho rompió o no rompió la olla de la dicha de las dos amantes, por si las moscas y acaso también para atrapar mi propia mosquita muerta, acataré la norma de Norma de probarme el aliño, manosearme la rabadilla y la chuleta, degustarme el caldo y saborearme el hoyo y el meollo donde sea fortuna y menester, aunque mis contradictores me motejen de guarra, de puerca y de pazpuerca cuando me pillen en esos melifluos resabios y trapicheos de paja y jarana conmigo misma.

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