jueves, 26 de enero de 2017

Buenas noches, Jeannette......Armando Aravena Arellano

Foto: Jan Saudek, Eine Tanzerin
Esperó que la señal sonara dos o tres veces y luego cogió el teléfono con desgana.
           Sí, aló, buenas noches. 
     —Buenas noches... querida Jeannette... ¿cómo estás? 
Bien... ¿y tú, Raúl, cómo has estado? —dijo la mujer, acomodándose en su asiento.
¿Yo?... Bueno, tú ya lo sabes... se me ha hecho eterno este fin de semana sin poder conversar contigo...
La mujer alejó un instante el teléfono de su oído y puso el brazo en el escritorio para apoyar su cabeza.
¿Sí, has pensado en mí? —dijo, y simuló una risa tan breve como insulsa.
Mucho... no he podido dejar de hacerlo.
¿Y qué cosas piensas de mí, o conmigo, Raúl?
Tantas cosas...
¿Con ropa o desnuda?
Bueno, siempre primero es con ropa; conversando, yendo de paseo a la playa o a un bosque y luego... debo ser sincero... desnuda.
La mujer permanecía impávida escuchando la descripción lenta, detallada y perfectamente ordenada que el hombre iba haciendo. Nada de aquello conseguía alterarla. Ni siquiera los mórbidos detalles de la alucinante y fantasiosa narración de hechos que parecía siempre estar al límite de lo aberrante, de lo absurdo, de lo grotesco. Ella parecía conocer perfectamente la geografía de los lugares, los aromas descritos, el sabor de los brebajes y todo aquello que inundaba la escena de pasión y desenfreno...
De nuevo me estás provocando, Raúl, parece que no entiendes que soy una mujer como cualquiera, hecha de carne y hueso...
 El hombre lanzó una larga, fuerte y gozosa carcajada.
¿Ves que eres malo?
Tras un instante, ella recobró la conducción de su relato. Y de nuevo describía aquello de las ropas dispersas por la cabaña, las películas de adultos en el inmenso televisor de la sala, la fruta y el licor cubriéndole todo el cuerpo. Ese cuerpo frágil, pleno de frescor, gracioso y esbelto que una y otra vez la había obligado a describir y que él, a su vez, escuchaba del otro lado de la línea con un silencio reverente, pero que inevitablemente al final siempre interrumpía con sus incontrolables jadeos.
Te lo he dicho tantas veces.... si a los dos nos gusta lo mismo y disfrutamos de las mismas cosas, el destino nos ha puesto esta trampa obligándonos a conocernos, a encontrarnos y querernos para siempre... —dijo el hombre, después de su habitual y extenso monólogo. 
¿Tú crees?
Jeannette... no creo que haya un solo hombre en la tierra que no ansíe pasar el resto de sus días con una mujer como tú.
          —Pero, Raúl, tú nunca me has visto en persona.
Eso no tiene ninguna importancia. Conozco tu voz, tus gustos, tus aficiones, tus inquietudes, tu cuerpo, tu rostro, tu sensualidad... y tu sexualidad, que siempre ha trastornado mi mundo personal... todo. Jamás me podría equivocar con una persona con la que he conversado tan íntimamente y durante tantas horas. Aunque sólo sea por teléfono.
La mujer se echó para atrás en su asiento y estiró los brazos. Un inmenso y silencioso bostezo pareció acompañar todos sus movimientos.
¿Y no has pensado, Raúl, que la voz se puede manejar...?
Bueno, la voz, claro que sí, pero los sentimientos y las expresiones de gozo que hemos compartido, dudo que alguien pueda lograrlas sin sentirlas realmente.
Es cierto, tienes mucha razón, Raúl.
—Bueno, Jeannette, debo cortar. Tengo el tiempo justo para prepararme e irme a mi turno, que comienza a la medianoche. Como siempre, ha sido un gusto. Y piénsalo, quiero que mañana me tengas una respuesta. No deseo que sigas trabajando, quiero que estés en mi casa cada mañana, esperando a que yo vuelva.
La mujer por primera vez se detuvo a escuchar y captar el sentido de aquellas palabras. Aquella última frase pareció mortificarla.
Adiós, Jeannette.
Adiós, Jeannette —repitió el hombre. 
Adiós, Raúl —dijo ella, y puso temblorosa el teléfono en su lugar. Dejó, después, que su mirada perdida saliera a través del estrecho espacio de su locutorio para atravesar la ventana y encontrarse con el gris antiguo de los muros del edificio, que ya la noche había comenzado a llenar de fantasmas. 
         Luego, el empleado acercó la silla de ruedas hasta el lugar donde estaba la anciana y tomó aliento para levantarla y ponerla en el asiento. Después, en el ascensor le espetó:
          —Nuevamente se le hizo tarde, abuela.
Ella giró su cabeza y le fijó una inconsistente mirada.
         —Bueno, creo que este mes le va a ir muy bien con las llamadas de ese cliente —dijo el joven empleado, empujándola hacia la salida del edificio.

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