lunes, 9 de mayo de 2016

Conduce con cuidado, mi amor, el tráfico está cada vez más peligroso: Armando Aravena Arellano*

Finalista del IConcurso Litteratura de Relato


Acuarela de Esther Aguilà, A dos manos
Adiós, amor; nos vemos. —La mujer lo cogió por la nuca y lo besó con fuerzas.
         —Conduce con cuidado dijo él, sosteniendo la puerta para que ella saliera.
         La tarde ya había cedido sus luces a la tibia noche otoñal. La mujer caminó lentamente hasta su auto y antes de subir miró por última vez al hombre, que seguía observándola desde la puerta de la habitación.
         "Eres un ser maravilloso, amor", el recuerdo de aquella frase la sorprendió sonriéndole al espejo retrovisor, que había enfocado para arreglarse el pelo. "Y tú eres prodigioso, bestia...", había replicado ella, encendida aún por la impúdica lujuria a la que él siempre la arrastraba.
         Condujo lentamente hasta el inmenso portón, que se fue abriendo a medida que ella se aproximaba. Afuera el tránsito ya había adquirido el vértigo propio de las primeras horas de la noche, obligándola a asumir la velocidad de los demás vehículos que corrían por la avenida. Sólo bastaron unos minutos para que el idílico sueño que esa tarde había vivido se comenzara a desvanecer, en medio del metálico ruido de la ciudad.
         La espera del semáforo la volvió a llevar al espejo, para descubrir su rostro aún alterado por la emoción de esas dos o tres horas de tragos, besos y el singular desenfado que le provocaban aquellas bruscas e inacostumbradas caricias. Cogió su cartera y encajó en el fondo aquellas prendas minúsculas, exóticas y perturbadoras que había usado sólo para que la pudiera contemplar en su singular representación de "una callejera", a la manera en que él la había concebido. Los fugaces destellos de las luces multicolores de la habitación habían sido, una vez más, cómplices de su increíble representación. Se vio de nuevo delante de él, bailando como jamás podría hacerlo en otra parte que no fuese sino frente al espejo de su baño. Eso sólo cuando tenía absoluta certeza de que no hubiera nadie más que ella en casa. Sin duda que él se lo merecía. Su mirada nunca la había inhibido ni atemorizado. Él era el único ser ante el cual sería capaz de hacerlo mil veces e invitarlo después a participar en aquella increíble coreografía, que en forma irremediable terminaba en medio de esa cama inmensa y fantasiosamente redonda, capaz de resistir aquello y todo lo otro que ambos se prodigaban.
         La imposibilidad de moverse la descompuso, los vehículos apenas habían logrado desplazarse, haciendo casi eterno el acceso al semáforo. Pensó en sus hijos, inquietos, preguntando por ella y por los motivos de su ausencia. Pensó también en Jorge, que quizás pudiera llegar antes. Sólo cuando se convenció de que no había otra cosa que hacer que esperar, pudo tener algo de tranquilidad para recobrar sus pensamientos. Recordó entonces las palabras fuertes apenas disimuladas por el parlante de la radio—, que junto a las palmadas en sus glúteos llenaban la escena de violencia y placer. Un vergonzoso espasmo de gozo la recorrió de pies a cabeza cuando pensó en la fuerza con que repentinamente él la había penetrado, causándole un dolor verdadero, no simulado pero placentero, y luego, cuando la sostuvo fuerte por el cuello para obligarla a complacerlo en su insistente fantasía machista. "Así, puta." Jamás podría ser capaz de confesar todo el deleite que aquello, en realidad, también a ella le provocaba.
         Sólo algunas cuadras antes de llegar a casa, logró acelerar su vehículo, aliviando en parte la verdadera alteración que el tránsito le causara. Descendió presurosa una vez que estacionó su vehículo en el antejardín. Caminó dando pequeños saltos hasta la puerta, que se abrió antes de que ella introdujera la llave.
         —Te demoraste.
         —El tráfico.
         —Sí dijo él—, a esta hora el tránsito es infernal.
         La mujer lo besó levemente y luego avanzó hasta la sala donde sus hijos la esperaban para abrazarla.
         El hombre se quedó mirando la escena mientras mantenía aplastada la puerta con su espalda. Luego, cuando los niños desaparecieron de la sala, se acercó y cogiéndola del brazo le dijo:
         —A mí también me costó mucho llegar. Creo que tenemos que buscar un lugar que no esté tan lejos de casa para nuestras citas. El tráfico es cada vez más peligroso.
         Ella tan sólo asintió con la cabeza y, tras una leve sonrisa, abandonó lentamente la habitación.



Armando Aravena Arellano
* Profesor de arte, columnista y escritor, nació en Santiago de Chile en 1947. Tiene en su haber más de noventa cuentos, doce novelas, catorce obras de teatro y dos guiones de cortometrajes. Sus obras han sido premiadas y editadas en Argentina, Perú, México, España, Francia y Chile, donde obtuvo el Fondart de Creación Literaria 2013. Tercer Premio del I Concurso Litteratura de Relato y finalista del II Concurso.

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