viernes, 29 de agosto de 2014

El lampista imaginario......David Cantos Alcalde

Acuarela de Esther Aguilà, Perder las bragas...
Nunca he sido el tipo de persona que se preocupa por cosas profundas y complicadas. Los entresijos de la existencia, las grandes preguntas filosóficas, los vericuetos del toma y daca en las relaciones humanas, todas esas cosas que parecen preocupar a la gente inteligente y a los que escriben libros sobre cómo alcanzar la felicidad, a mí nunca me han interesado. Y no creo que yo sea una persona simplona, porque tengo mis dobleces, como todos, días buenos y días malos, y no es que piense que esas cosas no son importantes, que lo son seguro, pero nunca he tenido subidones de esos en que alguien se siente el rey del mundo ni bajones que me hayan dejado como para no tener ganas de levantarme de la cama. He sido más bien una persona sencilla. Una persona promedio. Pero es verdad que con las edades que tengo empiezo a preocuparme por cosas que antes no me importaban, y una de ellas es el paso del tiempo. Empiezo a sentirme cansado, y creo que ya no atiendo a mis obligaciones con las ganas y el ímpetu que tenía de joven. Claro que entonces yo era un chaval con muchas ganas de aprender mi oficio, que es el de lampista, y acompañando a mi padre aprendía de cada uno de sus gestos, de cada detalle, de cómo y cuándo tratar con cada cuál en cada faena. 
         Todo lo que sé sobre tuberías lo aprendí de él viéndole trabajar, y de lo demás, aprendí escuchándole. Era yo lo que se viene dando en llamar una esponja, vamos. Y la teoría era bien fácil, la verdad, que tampoco hacía falta tener un máster, pero la práctica estaba llena de detalles que podían hacer fracasar un buen arreglo, por ejemplo, en el modo de interpretar la forma en que se abría una puerta, que sin ir más lejos, podía dar muchos datos sobre lo que se esperaba de uno. Esto me explicaba mi padre. Que una puerta abierta de golpe, a lo basto, como con urgencia y sin interés específico en quien estuviese al otro lado, dejando el paso franco al pasillo del domicilio, ya era un mal síntoma, pese a lo que pudiera parecer, dado que eso significaba prácticamente que la señora de la casa te estaba urgiendo a que entrases, reparases la avería y te marchases cuanto antes. Sin embargo, oír los pasos de la inquilina o propietaria, según el régimen de la vivienda, seguido de un breve silencio, podía indicar que estaba haciendo un escrutinio preliminar por la mirilla de la puerta, cosa que demostraba un interés legítimo y calculado sobre el aspecto de la persona que llamaba, es decir, mi padre, antes de tomar la decisión de abrir o no, cosa que solía producirse siempre y se hacía tímidamente, con una mirada de arriba abajo, seguida de una sonrisilla, si es que la evaluación había acabado con un visto bueno. La presencia era fundamental y mi padre se cuidaba de cada detalle de su uniforme, que así llamaba él al mono azul que paseaba arriba y abajo por Barcelona hecho un pincel, que parecía vestir un traje como Cary Grant, a quien por cierto tenía un aire. Y creo que es momento de dejar una cosa muy clara. Mi padre era un hombre decente y no se vayan a pensar que se hacía a las señoras conmigo de cuerpo presente ni nada parecido, que todas las lecciones de galantería me las relató con la devoción de un gentelmén, y me mandaba a almorzar cuando veía que la faena se podía alargar, pero es posible que un gol de Cruyff cantado a pleno pulmón en la radio me distrajese de una clase magistral importante, como la del albornoz, que relataré a renglón seguido.

         Lo dicho, que otra de las cosas que había que cuidar era el propio juicio sobre las amas de casa que, bajo el escrutinio de una mirada inexperta, podía inducir también a engaño. Eso, por desgracia, lo aprendí por mí mismo, y debió ser ésta la lección que mi padre me explicaba cuando aquel gol me distrajo la atención. Me fui quedando, poco a poco, a cargo del negocio, mientras él, mi padre, por edad y por el temple de los sentimientos, empezó a cuidarse sólo de determinadas clientas fijas. El caso es que en una de las faenas, una señora muy bien parecida me abrió la puerta y se me mostró en albornoz, como muchas otras le habían hecho a mi padre, con la historia repetida y no por ello menos oportuna del me pilla usted entrando en la ducha, y me las pinté muy felices, tonto de mí, pensando que iba a tener una buena mañana, como llamaba mi padre a las mañanas en que había cohabitación, cuando a la primera insinuación me llevé un sopapo de los que hacen temblar los empastes. Subirme los pantalones y pillarme un testículo con la cremallera no me dolió tanto como el orgullo durante toda una semana. Lloroso y sorbiendo mocos, me fui medio arrastrando hasta casa, y cuando me vio mi madre hecho un pingajo, se llevó las manos a la cabeza y entre sollozos me preguntó que quién me había hecho eso, por Dios. Acabada la explicación me preguntó en cuál de las dos mejillas me había soltado el bofetón la golfa esa, y señalándole yo con el índice que en ésta, ella misma me atizó un nuevo soplamocos en la otra. Atónito como estaba, mi madre empezó a lamentarse, pasillo arriba pasillo abajo, de que si no había aprendido nada de mi padre, que si no le escuchaba cuando me hablaba, que tanto fútbol, tanto fútbol me iba a ablandar el cerebro, que si me había fijado o no en si el pelo y el albornoz de la señora esa estaba o no mojado, que sí lo estaba, le dije, y esta vez fueron los nudillos los que vinieron a descargar con furia en mi coronilla, dejándome un resquemor del rozamiento en el cuero cabelludo que todavía hoy me provoca sofocos. Tontainas, se indignaba mi madre, aquella mujer realmente había sido interrumpida en su ducha y no tenía intención alguna de yacer contigo, panoli, verás cuando se entere tu padre. La suerte quiso que él no las tomara conmigo. La cena de aquel día la pasamos en casi absoluto silencio, roto sólo por algún suspiro de mi madre y gestos de negación con la cabeza de mi padre, mientras sorbía la sopa de pistones.
         Ya no me volvió a pasar. Desde entonces, salvo alguna que otra confusión menor resuelta con educación por ambas partes, he sabido manejarme en el oficio, ganándome holgadamente la vida, haciendo los arreglos que requerían de mí, técnicos o no, y satisfaciendo con corrección y limpieza cualquier fuga. A lo largo de los años he conocido a mucha gente, y me he acercado con amor y afecto a todas aquellas amas de casa, solteras, viudas, divorciadas, felizmente casadas, que lo han solicitado de forma transparente y sin dobleces, con una mirada, con una sonrisa, con una caricia, y si bien es cierto que en la mayoría de los casos se trataba de dar consuelo esporádico y sin pretensión de reencuentros futuros, estoy seguro de que las más de ellas querían a sus maridos y buscaban sólo sentirse deseadas por un viajero al que no verían nunca más, mujeres que estaban justo en las antípodas de las etiquetas que las vecinas les pondrían si supieran de sus escarceos, ¡qué envidiosa es la gente! ¿Y qué mal había? 
         No era yo muy amigo de vicios complicados ni juegos demasiado extraños u oscuros, y en alguna ocasión he tenido que disculparme al ver alguna habitación decorada con demasiados metales y cueros, que un poco de experimentar no está mal, pero como en todo, los excesos no son saludables. Sin embargo, me prestaba gratamente a los anhelos de la mayoría, que buscaban en mí a no sé quién, y yo intentaba que lo encontrasen. Eran amoríos bonitos, fugaces, y si bien admito que era un regalo de la vida disfrutar de mi oficio, también he de decir que en ocasiones lo pasé mal. Quise a cada una de ellas, al menos el ratito que estuvimos juntos, y lo hice sincera y profundamente, y si bien no recordaría todos los nombres, sí recuerdo algunos, y con no pocas de ellas conservo todavía amistad y encuentros más o menos regulares. Pero alguna vez me enamoré y lo pagué caro. Me permitirán ustedes que no entre en muchos detalles con estas historias, tres o cuatro mujeres, tal vez cinco o seis, que me hicieron replantear mi camino siete u ocho veces a lo largo de la vida, tal vez fueran nueve, pero lo resumiré con el máximo común denominador, o quizás el mínimo común múltiplo, poniéndolas a todas el mismo nombre inventado para proteger su pundonor y honra. Jacinta, se llamaban, y en resumen es la historia de todos, la de los amores no correspondidos que te dejan los ojos como un buho espídico a las tres de la mañana, los amores que te lanzan al charco de fango que hay en la entrada a la tierra prometida, los amores que devoran a pequeños bocaditos la seguridad que tenías en ti mismo, los amores que te castigan con una actitud de fría indiferencia utilitaria semejante a la que usas con la llave inglesa o el soplete que te acompaña cada día, los amores que te hacen quedarte pasmado, como un verdadero, paradigmático, platónico tonto, mirando el espejo mientras te afeitas o te lavas los dientes, los que hacen que te emborraches como un cantinero de Cuba, Cuba, Cuba, sólo bebe aguardiente para olvidar, y te acaban generando problemas renales, con lo que duele mear las arenillas de los cólicos nefríticos, los amores, en fin, que te consumen. ¿Quién no ha pasado por esto? Por fortuna fueron los menos, y en realidad fue por culpa mía, y es que me pasa lo que decía un cantante de mis tiempos, que me enamoro de todo y me conformo con nada.
         Todo eso ya pasó. Ahora tengo una edad que no permite grandes hazañas y los achaques, unas veces físicos y otras mentales, me piden que relaje las pulsiones amatorias y me centre en el oficio propiamente dicho, cosa que tampoco está para tirar cohetes, porque retirándome ya de los primeros y más placenteros menesteres, se me solicita menos para los segundos, siendo que éstos en muchas ocasiones eran sólo la excusa para los primeros. He tenido entonces, y por fuerza, que buscarme un ayudante, esta vez ajeno a la familia, porque cuento con un par de hijas, una que se está sacando derecho en la Universidad Autónoma de Barcelona y otra que estudia restauración, que cuando me lo dijo pensé que se refería a las bellas artes y los cuadros, pero resultó que no, que era de comidas, de restaurantes, papá, de restaurantes. Da lo mismo que lo mismo da, la cuestión es que como ya no tengo ni el cuerpo ni el ánimo para fandangos, me llevo conmigo al Musta, de Mustafá, un muchacho marroquí de diecisiete años que pone tanto interés en el oficio que a veces me pone nervioso. Mucho ímpetu le dedica el chaval al asunto, tanto que a veces asusta a las más jóvenes de las clientas, y tengo que admitir que ya no son muchas, porque ya va con los tiempos que las parejas de hoy trabajen los dos y nos encontremos yendo a arreglar chapucillas ciertas a horas complicadas para tener encuentros tranquilos. Algunos van saliendo y en ocasiones me atrevo a dejar al chico solo, cuando veo que la señora de la casa es madura y experta sé que no tendrá problemas y sabrá domarlo. Cuando temple los nervios de la adolescencia y madure, puede que llegue lejos. Espero que tenga suerte y me alegraré mucho por él, aunque me temo que, como he dicho, los tiempos ya no sean tan propicios, y además mira con bastante interés a mi Rocío, la que va para abogada, y creo que a ella también le hace tilín, y si los tiros van por ahí, no sé yo si se centrará en lo que se tiene que centrar, que ser lampista requiere mucha dedicación. Mientras tanto, y en lo que a mi concierne, empiezo a pensar en mi futuro, y me centro sólo en aquellas que me han regalado no sólo sus dulzuras, sino también su amistad y cariño sincero, su amor declarado en definitiva, pues no es otra cosa por muchos nombres que queramos ponerle a la cuestión para disfrazarla, y a éstas sí que las puedo contar con una mano y por ellas me desvelo, pero no diré la cifra cierta para no parecer presuntuoso, y porque es una cosa que no está bien proclamar a los cuatro vientos por caballerosidad, elegancia y educación, y porque si bien ellas lo saben, que siempre lo han sabido y nunca me han pedido renunciar a nada ni a nadie, como yo tampoco les he pedido cuentas ni explicaciones, tampoco vamos a desvelar aquí el montante. Estos son, con mis dos hijas, mis verdaderos amores, uno de ellos mi esposa, y los otros, las santas esposas de otros, alguna viuda y una irredenta soltera que ha sabido disfrutar la vida mil veces mejor que yo. Todas unas santas.

2 comentarios:

  1. Simplemente bello! Hermoso texto, gracias Jordi por compartirlo, y gracias a David por sus palabras. Saludos dedea Argentina amigos.
    Mariano Contrera

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    Respuestas
    1. Muchas gracias a ti, Mariano, por ser un fiel seguidor de LITTERATURA. Un fuerte abrazo desde Barcelona

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