jueves, 8 de agosto de 2013

Doña Macabra......Raoul Morales*

Tercer Premio (ex aequo) del I Concurso Litteratura de Relato
Foto: José Guadalupe Posada, Calavera Catrina

Tuve suerte de que esta historia no sucediera en París, Roma, Londres o Madrid. Ni siquiera en Berlín, la que más cerca nos quedaba. Tuve suerte de que no aconteció en ninguna de las cansadas y viejas capitales europeas, o en alguna otra de las ciudades “con encanto” como Venezia o Porto. La fortuna de lo inesperado se ha cernido siempre de maneras misteriosas y extrañas para mí; de haber estado en alguna de esas aburridas urbes me hubiera contagiado del cliché.
         Fue en una ciudad al oeste de Germania donde la conocí. Lejos habían quedado aquellos tiempos en los que un estudiante extranjero se alojaba en la buhardilla más sucia del barrio bohemio, emulando a sus héroes de la pluma que descansaban junto a la oxidada cabecera de la cama. La modernidad y sus huestes habían cambiado ya el panorama, de nada servía intentar resucitar lo ya vivido. Encontré un cuarto feo y viejo cerca del lago, y me vino bien. Era primavera; a través del escaso follaje del árbol frente a mi ventana, podía observar la plateada mancha del agua y sus reflejos destellantes de impertinente luz. Y fue justamente ahí, en ese lago, donde por primera vez la vi a ella; a Doña Macabra. Escucho ahora mismo sus ojos, mirándome desde el borde y certificando que cada palabra sea la mentira precisa que le dé forma a un relato de otra forma demasiado perfecto para la gris realidad.

¿Te acuerdas, Macabra? Era una de esas tardes absurdamente calientes, con  vapor de agua flotando en el ambiente, ralentizando todo con tímido bochorno. Era una de esas tardes espantosamente creativa; la naturaleza se deleitaba moviéndonos hacia el mismo punto de encuentro, sin que nosotros siquiera lo supiésemos o imaginásemos. Yo daba mi vuelta cotidiana, buscando hormigas entre las piedras y maldiciendo a los conejos, cuando de repente te vi, sentada en la orilla más lejana del lago. ¿Qué me hizo acercarme, qué te hizo responderme? ¿Recuerdas, Doña Macabra? Porque yo ya no. Algo hablamos; sobre el clima y la ciudad quizás, o sobre los compulsivos corredores rubios que infestaban las orillas sin cesar. Me invitaste a meter mi cuerpo al lago contigo, pero no acepté para no desnudarnos tan deprisa. Te reíste, no te presentaste, me dijiste algo sobre un teatro en la ciudad, y al otro día fui ahí a encontrarte. 
         Llegaste en tu bicicleta, enfundada en un jersey blanco grande y feo. Una extraña corriente de aire venía detrás de ti, e intuí entonces que eras como la noche teutona: desfasada, delirante. ¿Tienes aún memoria, Doña Macabra, de lo que pasó esa tarde? Aquella vez compartimos impresiones estudiantiles y descubrimos que no éramos los únicos que se dedicaban a recoger piedras y lanzarlas a la monarquía, al fraude de la democracia y al bulto sin forma y sin movimiento que siempre se ponía enfrente y que llamábamos “tiempo libre”. Presumimos modales de nuestra extranjería frente a la cerveza, y después de una buena puesta en escena de Brech, nos despedimos con un apretón de manos (señal inequívoca de que algo lo que sea ya ha muerto), con esa sensación de haber tenido una buena charla que terminaba muy pronto. Mientras uno hablaba de sí mismo, el otro escuchaba sinfonías y partituras; nunca buscamos desde el principio realmente comprendernos y eso lo hacía funcionar a la perfección. 
         Desde entonces encontré compañía en las faldas de mi lago. Decidí que podías tener también un pedazo del mismo, resolviste que yo no decidía nada y te adueñaste de mi suelo santo, ese trozo de soledad que tan extrañamente te quedaba muy bien. Caminabas conmigo, a veces sin hablar y a veces sin entenderme. Pasaban las noches cada vez más rápidas, y tuvimos que encontrar nuevos pretextos para vernos bajo la luna, bajo el puente, bajo el cielo de Germania, que estaba pendiente de cómo resolveríamos nuestra historia. 
         ¿Cuándo fue… cuándo fue, Doña Macabra, que un paseo de esos terminó con la mitad de tu vida narrada en mi oído y la otra mitad contada en mis labios? ¿Cómo fue que apareciste, si todavía no te buscaba? Dijiste que te esperaban allá en casa. Que eras temporal, que eras espacio ajeno, que eras nubes que llovían sobre otras tierras. Pero no me importó. Sonaron las campanas de Lamberti mientras tomaba con mis manos tus mejillas, y en tus ojos profundos me puse a llorar. A pesar de lo macabro de tus modales, te acercaste a mí lo suficiente como para que notara el olor de tu cabello recién bañado y la pequeña erección de tus pezones debida al fresco viento; te robé de nuevo un beso y de nuevo lo aceptaste para después recuperar tu compostura, recoger los ladrillos de tu muralla ambulante y echarte a andar. Me miraste con gozo en tus pupilas y entonces nos pusimos a debatir sobre Kant y Sartre, de Freire y de Chomsky, de todos menos de nosotros, pues teníamos que conjurar un remedio para distraernos de nosotros mismos. 
         Nuestra ciudad adoptiva nunca fue tan conocida como para que le dedicaran grandes versos o elocuentes referencias. El romanticismo urbano que se les cuelga a las metrópolis europeas y que busca impresionar con su exageración de eufemismos simplemente no cabía en la descripción de nuestro suelo. Era una ciudad pequeña, sencilla y hermosa a su manera, nada más. Por eso nos poníamos a vagar, cada quién a su rumbo. Y compartíamos después las experiencias, sentados en nuestro rincón de agua. Nunca habíamos ido a ninguno de los muchos cafés de la ciudad, pues hasta en la crítica hacia el gregarismo simplón que poblaba dichos lugares coincidíamos. Pero notaba en tus ojos cuando querías de repente pasar a algún bar y divertirte un rato, desenredarte por unos minutos de mis manos en tu cintura y exhalar aire fresco libre de mi aliento. Por eso te llevé una vez a La Bohème Boulette, en martes. Los martes casi no había gente y podía uno beberse una copa de absintio, disfrutando de los cómodos sillones tapizados en verde que hacían juego con el sitio aquél. Esperaba que te tomaras sólo una copa conmigo, pero bebiste dos y comenzaste a hablar. Y yo te escuchaba y tú me explicabas, quería interrumpirte para besarte, pero eras tan macabra que me daba un poco de miedo provocar tu furia. Esperaba que de pronto me preguntaras sobre mis cosas, mi país y mis costumbres; pero no lo hacías y no me molestaba; de hecho, ahí aprendí también a cogerle el gusto a la tesitura de tu voz. Cada vez que hablabas, desatabas los acordes de la más extraña y bella de las melodías; tu risa era una octava más alta y tus gruñidos de placer eran bemoles, mientras que tu conversación se desarrollaba entre acordes naturalmente armónicos. Pero cuando tu voz me despedía en la calle, entonces era grave, solemne y  macabra. Tus ganas de arrancarme la piel a mordidas y de clavarme un puñal por la espalda me dieron las razones y los motivos suficientes para ponerte tan cariñoso sobrenombre; y en las noches que no te veía, te imaginaba sentada frente a la ventana planeando tus macabras costumbres, las mismas que al otro día ensayarías conmigo. 
         Macabra, Macabra. Colgaste en la pared frente a tu cama la enorme Catrina hecha de papel picado que te regalé un día; la muerte a tu lado no se veía mal, sino terriblemente atractiva. Macabra eras, porque viste en una ocasión a los muertos junto conmigo; y ni te inmutaste. El vestido negro que usabas cuando paseabas conmigo estiraba aquella figura tuya de por sí grande: tus piernas largas se hacían enormes y tu vientre plano se convertía en tersa llanura de atractiva perdición. Te faltaba solamente un sombrero para que fueras tú la Catrina de papel; delgada y elegante, enfundada en una epidermis de absoluto misterio, salvaje maleficio. Aprendí de ti, Doña Macabra, que dabas miedo no por terrible sino por seductora. Todo a tu lado siempre fue excesivo, exagerado. Nos devoramos tantas veces que memorizamos nuestros sabores. Nos conjugamos en tantos nuevos verbos que inventamos una lengua, nos bebimos en tantos vinos que nuestros labios amanecieron de color violeta. Nos matamos en poesías muchas madrugadas, y nos asesinamos de lujuria agonizando el alba. En las líneas espontáneas de esa historia se deleitaban nuestras cicatrices; mientras más tarde oscurecía, más te ibas perdiendo, difuminando. Te amé, Doña Macabra. Nunca deshice de mis costillas la sutura de la cual saliste; y sin embargo, aprendí a necesitarte.
Llegó agosto. Alguien me dijo que ella se iría, que regresaría a la cercanía de su tierra. Voces en las campanas de las iglesias me advirtieron. Desapareció de pronto, sin flores, sin reproches ni caricias. Una noche bajé a buscarla, aunque sabía que no estaría cerca. Cada metro por la orilla era un mapa de recuerdos: bajo aquel árbol la había besado, en aquella banca me había enseñado su idioma, en ese claro de bosque nos habíamos embriagado, y así sucesivamente, hasta que comprendí finalmente la verdad de su destino: aunque se fuera, en realidad nunca partiría. Doña Macabra hacía su último acto de macabro humor, diciéndome adiós sin sus labios pero con su ausencia, invitándome a visitarla cada vez que se me antojara. Doña Macabra no me dejaba, sino que se zambullía para siempre en las aguas teutonas, esperándome siempre que quisiera para así beber juntos, para escucharnos mutuamente en la noche limpia de Germania, para escribir con tinta de noche el resto de esta historia. Doña Macabra se había convertido en el lago, y yo en su eterno paseante.


Raoul Morales
* Nació en la Ciudad de México en 1984. Estudiante de Kommunikationswissenschaft (Ciencias de la Comunicación) en la Westfälische-Wilhems Universität Münster. Estudiante de Arte de Nuevos Medios y Filme en la Münster Kunstakademie, Clase Köpnick “fylmklasse” desde el año 2011. Participó en diversos certámenes mexicanos de Literatura y Poesía, entre ellos el Ricardo Garibay de cuento corto (Estado de Hidalgo), el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes y otros, así como en el festival de Cine Fantástico “Fantasporto 2011”, en Porto (Portugal). Tercer Premio (ex aequo) del I Concurso Litteratura de Relato.

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