martes, 16 de abril de 2013

Los enamorados......Marcos Vasconcellos


Foto: Blue Valentine, de Derek Cianfrance
Una pareja de enamorados paseaban cogidos de la mano por un centro comercial. El edificio tenía forma de pirámide. En su día prometió aires de grandeza y alardeaba de ser uno de los atractivos cercanos a una promoción de viviendas. Con el tiempo, se había convertido en un residuo de tristeza y decadencia succionado por la parte vieja de un barrio a las afueras de la ciudad.
         El hombre y la mujer arrastraban los pies más de lo normal. Tendrían unos cuarenta y tantos años. Él era un hombre delgado con la piel blanca, perilla y coleta, que llevaba con donaire un aro pequeño en una de sus orejas y sabía que le quedaba bien. Vestía unos pantalones vaqueros desgastados, una camisa de pana beige y un chaleco color verde militar. Los zapatos, unos castellanos impecables, limpiados a conciencia. Ella lucía un abrigo de piel barata que impedía ver el resto de su vestuario, un pantalón negro y unas zapatillas de deporte. Llevaba mucho maquillaje, azul y morado.
         No les importaba el aire de rechazo y desaprobación de algunos transeúntes que a las ocho de la tarde naufragaban como almas en pena en busca de la redención del ocio libre. 
         La pareja se quería, cómo se querían. La complicidad de sus sonrisas aumentaba con los abrazos cada pocos metros. Se detenían en cualquier local, como si fueran atracciones de feria. Señalaban prendas y objetos de los escaparates, sonreían y se daban besitos y picos, y qué picos.
         Pasaron cerca de un caballo eléctrico que tenía muchas luces y decía frases como “Hola, amiguito, ¿quieres jugar conmigo?”. La mujer se subió en el caballito. Él se dirigió a un puesto de ropa étnica. Ella fingió trotar con felicidad y él corrió a abrazarla y colocarle un sombrero que le había comprado, con una estúpida flor de gomaespuma.
         Después siguieron con el paseo, las miradas y los abrazos. Estaban enamorados y se querían mucho, eran felices. Llegaron a la zona de bolera, billar y máquinas recreativas. Él recordó sus tiempos de chaval, pasando las horas muertas con los colegas del barrio.
         En la cafetería de la pista de hielo, las madres aburridas que esperaban recoger a sus hijas graznaban sin parar y cuchicheaban por las pintas de la pareja.
         No les apetecía tomar nada, los enamorados estaban mejor así, paseando. Olían a tabaco y a sudor rancio. Cruzaban con desinterés alguna tienda de perfumes.
         Y se querían mucho, estaban enamorados, lo volvían a mostrar a cada paso. Rebasadas las tiendas, llegaron al cine y señalaron una y otra película con ensoñación; rieron con miradas cómplices. Se sentaban en los bancos, se levantaban y correteaban con un cariño indescifrable, ajenos a otra cosa que no fuera su amor. Pero cada vez entraba más gente en el centro comercial y las miradas de rechazo iban en aumento, una a una, como si fuera un dominó de bostezos que se van contagiando unos a otros. Y entonces se escuchó música y una voz por megafonía: “Así debe ser, yo quiero veeeer al mundo entero sonreír también: una Coca-cola y una sonrisa, la vida se ilumina... Señoras y señores, buenas noches. Hoy nos complace obsequiarles con el bochornoso espectáculo de dos yonquis enamorados, que han venido a este centro de ocio y diversión para quererse a las ocho de la tarde. Sí, júzguenlos con sus miradas. Huelen mal y visten de forma sospechosa. Contémplenlos, que no se les escapen sus caras, cuidado con los bolsos por si acaso: conserven a mano sus pertenencias. Y ahora dejen que se vayan, venga, vamos, y sigan su camino... Coca-cola da más chispa.” 
         Y los enamorados se marcharon, asumieron que su tiempo se había agotado, soltaron sus manos y salieron por la puerta automática más cercana. Se pararon a la entrada del centro comercial, ya fuera, en la calle. Les pareció que estorbaban el paso de los transeúntes. Se desplazaron hacia donde estaban las papeleras. El hombre sacó un paquete arrugado de tabaco y un mechero. Le ofreció a la mujer. Prendieron dos cigarros a la vez, con las manos temblando. Se tambalearon y se miraron con los ojos achinados. Estaban encorvados, como si tuvieran chepa. No se dijeron “cari” ni nada por el estilo. No se dijeron nada y se fueron avergonzados, cada uno por su lado.

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