lunes, 7 de mayo de 2012

El alacrán de la nostalgia......Jordi de Miguel


                             A lo lejos                                                                                   una hoguera transforma en ceniza recuerdos,
                             noches como una sola estrella,
                             sangre extraviada por las venas un día,
                             furia color de amor,
                             amor color de olvido,
                             aptos ya solamente para triste bohardilla.

LUIS CERNUDA, La canción del oeste
 
Foto: Stephen J. Cullen, Jack Daniel's
 —Se vive solamente una vez  —recité con pasión—,  hay que aprender a querer y a vivir...  Los boleros no mienten. Sobre todo, en la voz de Chabela. Y yo descubrí a los veintiocho años que no había sabido querer…, y a los veintinueve empecé a pensar que ni tan siquiera sabía vivir. En fin…, ahora ya es demasiado tarde para ponerme a aprender.
         —Me parece ridículo —acertaste a decir, secándote las lágrimas—. ¿Sabes cuál es tu problema?...
         No lo sabía, pero estaba seguro de que tú me lo ibas a explicar. Así que no dije nada: me tomé un buen trago de cerveza, y cuando se bebe no se habla.
         —Tu problema es que has basado toda tu puñetera vida en la juerga y las fiestas, sin pensar que algún día eso se pudiera acabar. Y ahora se ha terminado y te has quedado boquiabierto, como un crío al que se le ha pinchado el globito: “¡Ooooh!” —te regodeabas en el sonido, formando un simulacro de beso con los labios, los ojos exageradamente abiertos, fingiendo asombro pero sin poder evitar un destello burlón. Siempre lo he dicho: hubieras sido una gran actriz—. Y en lugar de mirar para delante, sigues mirando hacia atrás…, a lo mejor porque por delante no ves que pueda haber otras cosas… Bueno, me parece que por delante no ves nada. En tu interior hay un Pepito Grillo pequeñiiiito, pequeñito, que no se atreve a salir fuera porque le pegas un mazazo en toda la cabeza: “¡Cállate, idiota!...” —Y te pusiste a imitar mis gritos. No lo conseguías del todo, pero el resultado era lo de menos: estabas encantadora intentando trocar tus melifluos gorjeos de jilguero por el bronco rugido de un ogro furioso, como en la narración de un cuento para niños—: “¡Déjame en paz, no me toques los huevos!”. Sólo alguna vez el Pepito se atreve a asomar un poquitín la cabeza y te hace decir: “Debería ponerme a estudiar para las oposiciones…”, o algo así. Pero es sólo un instante, visto y no visto. Enseguida le pegas un porrazo y se mete otra vez para dentro, todo asustado. Pobrecillo.
         En el fondo hablabas muy en serio, pero yo no podía parar de reír, hasta que me cercenaste las carcajadas de golpe:
         —Tú no lo sabes, pero en el fondo eres un sentimental: tu estado natural es la melancolía.
         —¿Qué?
         Entonces me lo soltaste:
         —A veces pienso que no empezarás a quererme hasta que no forme parte de tu pasado.
         Te miré asombrado. Me sorprendía la madurez de la observación, sobre todo viniendo de ti: una chiquilla de veinticinco añitos recién cumplidos…, y de repente me di cuenta con inquietante lucidez de que ya no eras una niña. Y pensé en cuánto habías cambiado, cuánto habías crecido en el poco tiempo que llevábamos juntos…
         Apenas hacía tres años que nos habíamos enrollado, ¿o ya eran cuatro?... Bueno, en cualquier caso ya había pasado casi un lustro desde aquel glorioso día que me hiciste feliz al declararme con franqueza adolescente:
         —Mira, toca… ¡con cuidado, bruto!... ¿Lo ves?, después de lo de anoche tengo agujetas en las ingles. —Y tus morritos se cerraron en un sugerente mohín.
         Y yo, ni corto ni perezoso:
         —Oye, pues lo mejor para las agujetas es hacer más ejercicio: así los músculos se acostumbran…
         Y tú, entornando los ojos, dejándote querer, coqueta:
         —¿Ah, síííí?
         Sé que me ofrecí a darte un masaje en la zona dolorida, pero la verdad es que no consigo acordarme de cómo acabó la cosa, aunque me lo imagino perfectamente…
         Aquel día me curaste de golpe la crisis de los treinta, una funesta depresión que había empezado a padecer con tres meses y medio de adelanto. Qué hostias, pensé, si a tus casi treinta tacos eres capaz de montártelo con un yogurcín de veinte hasta producirle agujetas en las ingles, es que sigues siendo el Tigre. No tendrás trono ni reina, ni nadie que te comprenda, pero sigues siendo el Tigre. Y todo lo demás son tonterías.
         —¿Sabes cómo acabarás? —preguntaste tú, enfurruñada, devolviéndome al presente—. O mejor, como tú dirías: ¿sabes lo que cuenta la leyenda?... Cuenta la leyenda que, después de muchos años, aún se le oía rugir. Estaba viejo, solo, fatigado y enfermo, hasta el punto de que a veces se caía por la calle. Lo había perdido todo en la vida, todo menos aquella voz potente que ponía de los nervios a su chica, aquel aullido ronco que ahora atronaba desde la esquina más sucia de toda La Rambla, como si surgiera de entre las bolsas de basura rotas, las latas de cerveza vacías, el alcohol, los orines y los vómitos desparramados por el suelo: “¡Sigo siendo el Tigre! ¡Sigo siendo el Tigre!”. —Y de nuevo asumías el vozarrón de ogro furioso, ahora sonriente.
         No te lo dije, pero recuerdo que pensé: qué hostias, ésa es una bonita leyenda. Me gustaba, ¿sabes? En lugar de avergonzarme, me hiciste sentir orgulloso de mí mismo… Hasta que, de pronto, tronzando bruscamente la risa apenas sugerida, sentí una punzada en la boca del estómago y la cabeza me empezó a dar vueltas, como en una abrupta bajada de tensión cuando te incorporas precipitadamente de la cama o del sofá... No, no era la tensión, aquéllos eran los síntomas inequívocos de una picadura venenosa: el aguijonazo del alacrán de la nostalgia.
         Supongo que fue tu renovada sonrisa la que te delató y me iluminó… ¡después de cinco largos años! Fue como una revelación: ese timbre de voz, esa vitalidad, esa desenvoltura, esa alegría ingenua, esa larga melena azabache que flagelaba el aire cuando girabas la cabeza, esas ansias de vivir y disfrutar de la vida, esa sonrisa jovial, capaz de borrar de un plumazo toda la tristeza del mundo… Sí, no cabía duda: en todo eso había mucho de ella. De algún modo, de forma inconsciente, supongo que algún oscuro segmento de mi corteza cerebral había estado buscándola furtivamente… y te había encontrado a ti.
Portada del LP The Heart of Saturday Nigth
         ¡Ahora entendía de qué me sonaba a mí la metáfora del globito que explota! No podía dejar de pensar en todo aquello. Por eso, cuando te marchaste, con el ceño aún fruncido, aunque ahora tenuemente —enfadada ya no sé si conmigo o contigo misma—, dando un portazo que retumbó en el edificio entero, apenas te hice caso: continuaba asomado al borde de la terraza y la melancolía, la vida entera a mis pies, un manso viento acariciándome el rostro y el vértigo convertido en ancla, llenándome el estómago.
         Continuaba pensando en Sara Dulce.
Sara. Ya han pasado cinco años y medio, pero en noches como ésta, cuando algo o alguien me la recuerda, aún sigo necesitando tomar bebidas fuertes para poder borrar la textura y el sabor de su clítoris de la punta de mi lengua, aquella textura blanda, suave y carnosa, de rebordes un tanto más ásperos, aquel sabor cálido, liento y salobre, súbitamente recobrado junto al mullido hormigueo en la cúspide de la nariz, y que no desaparecerá hasta después de un par de whiskeys. Menos mal que ya voy por el segundo.
         La botella de Jack Daniel’s —la que me regalaste por mi cumpleaños, ¿te acuerdas?— descansa a mi lado, sobre el antepecho del balcón, ya medio vacía o aún medio llena, según el pesimismo que contenga tu mirada. Los dos escuchamos el tenue rumor de la noche, a través del cual se filtra algo del disco que acabas de poner: un disco que suena a despedida.
         El hielo —tres cubitos— se funde con indolencia en el vaso ancho, trazando bonitas estelas sobre el ámbar dorado del whiskey de Tennessee. Ésa es una de las imágenes más hermosas que he visto en mi vida: increíbles variaciones de tonalidad cobriza, entre el castaño oscuro y el bronce anaranjado, de belleza semejante a la de un amanecer o una puesta de sol, semejante al color de aquellos ojos brunos cuando de pronto se iluminaban con una fulgurante sonrisa, no importa lo que hicieran sus labios…
         Y la tristeza que emana de un piano que ha estado bebiendo —él, no yo— también se torna del color de sus ojos cuando una voz de cazalla, grave y áspera como papel de lija, cascada por los años y los excesos etílicos y desgarrada por la emoción, empieza a salmodiar en inglés algo así como que nunca había escuchado la melodía… hasta que necesitó la canción.
         Bueno, ésa es la historia de mi vida.
         Me pongo a jugar desmañadamente con el vaso en la mano, intentando retener la fugacidad del momento, insistiendo en asir lo inalcanzable… Bah, es inútil y patético. Si pudiera apresar alguno de los instantes, alguno de los destellos más vívidos de la intensidad del pasado…, pero el pasado y los destellos se disgregan, parecen querer fugarse a través del cristal del vaso que los contiene.
         Así que recojo con esmero la botella de etiqueta negra, dejando impreso un bonito cuadrado de bordes redondeados sobre una de las baldosas de cerámica que cubren la parte superior del pretil (casi duele ver cómo se esparce el polvo acumulado por la soledad), salgo de la terraza y me engaño a mí mismo fingiendo que los responsables son el vaso ahora vacío y la brisa nocturna (¿es posible que sienta escalofríos en pleno mes de junio?), que me obligan a buscar refugio en la sucesiva calidez del salón, la cocina y el congelador, que, generoso, me ofrece más cubitos.
         Trrrring, trrrring, trrrrring… De repente, el sonido del teléfono se extiende por todo el apartamento, ese ruido agudo y nervioso que suele apresurarnos a cogerlo. Pero ya hace años que tengo la mala costumbre de no contestar y escuchar cómo las voces se enlatan en ese aparato tan práctico llamado contestador. Por esta cinta han dejado su rastro decenas de voces metálicas con mensajes sin sentido, pero la especialista es mi madre, que utiliza mi contestador como si grabase un programa de radio: todos los días, siempre a la misma hora, con anuncios comerciales incluidos, y siempre calentándome la cabeza y los oídos con las mismas sandeces: consejos meteorológicos, domésticos, laborales o relacionados con la salud. Sólo le falta la melodía de inicio y la presentación: “Con ustedes, el programa que esperaba impaciente toda la familia…” 
         Coloco la botella panzuda sobre el mármol agrietado de la cocina, entre los cascos de cerveza vacíos y apilados contra la pared. Un poco más allá, docenas de platos, vasos y cacharros sucios desbordan el fregadero, rodeados de mangos y puntas de tenedores y cuchillos, que asoman amenazadores por todas partes. Uno de los vasos muestra una fina película interior de un extraño moho negruzco. Algún día de estos tendré que ponerme a limpiar… Algún día…, pero no esta noche. 

Esta noche mi soledad había quedado iluminada por un exiguo resplandor de filigrana de fantasía: una luz gélida y apenas hilvanada era lo único que me guiaba en la oscuridad de una memoria descompuesta, hasta convertirse en asquerosa añoranza de… ¿De qué?... De unos recuerdos seguramente ya desvirtuados.
Foto: Plumilla
         Dispuesto a exorcizar los fantasmas del pasado y a acabar de una vez por todas con el buitre carroñero de la nostalgia, al final me decidí a volver al Falstaff, después de tantos años… Al Falstaff de los viejos y heroicos tiempos, cuando éramos jóvenes e inconscientes, alegres y despreocupados, y todo era fácil y divertido, cuando incluso la Revolución parecía posible y el subcomandante Marcos y Julio Anguita aún salían por la tele, cuando la muerte era algo remoto e improbable, que sólo les sucedía a los otros, y el dream team del Barça conquistaba cuatro ligas seguidas con asombroso desparpajo (y Miguel Induráin cinco tours) y lograba ¡por fin! la anhelada copa de Europa, dejando al mundo entero boquiabierto con su juego: en dos palabras, fútbol total; cuando aún se podía fornicar en la playa y en los lavabos de las discotecas sin ningún problema, y el incivismo era algo natural, hermoso y creativo, y toda la Peña del Falstaff cantábamos Anselma a voz en grito, el Javi y Amelia bailando desenfrenadamente, y alguien pedía otra ronda de cervezas, y ¡Viva Zapata, cabrones!, y de ahí pasábamos sin tregua a ¡Viva la República!, ¡No hay dos sin tres: República otra vez!, y un colgado la liaba bonita con Hormigón, mujeres y alcohol, que se le marcaban las venas del cuello como rabos de lagartija y por momentos conseguía dejar pequeño al mismísimo rey del pollo frito (hostia, que ahora que lo pienso, me parece que la mayoría de las veces aquel colgado era un servidor), y algún colega —por lo general, el Cifu— empezaba: “¡España!...”, y el Dínamo y el Javi respondían al unísono: “¡MAÑANA!…”, y ahí ya nos incorporábamos todos, a grito pelado, todos a una, el puño crispado en alto: “¡SERÁ REPUBLICANA!”, y alguien proponía ir a por las herramientas del coche y destrozar a martillazos la estatua dedicada a la puta victoria franquista que aún seguía mancillando la plaza de al lado —¿o acaso en Nou Barris no fuimos capaces de derruir la planta asfáltica?—, el Cinc d’Oros, que el Ajuntament había rebautizado con el nombre del heredero del dictador fascista en la jefatura del estado, olvidando que en su centro luce un magno obelisco de diez bloques de granito originariamente dedicado a la Primera República (que hasta 1940 estuvo acompañado por la efigie de Josep Viladomat: La Llibertat, una hermosa alegoría femenina tocada con gorro frigio que ahora, radiante y orgullosa en su pedestal tras medio siglo de confinamiento en unos sórdidos almacenes municipales, preside la plaza Llucmajor, en pleno centro neurálgico de Nou Barris), mientras las botellas de cerveza resbalaban de las manos y rodaban por el suelo, y el Calvo nos invitaba a otra ronda, y que no decaiga: “¡Y VENGA, VENGA, VENGA! ¡Y TOMA! ¡Y DALE!”, y el Gaita se ponía a dar botes en medio de la pista —que tuvieron que quitar el ventilador de aspas del techo para que no le segara la cabeza—, y Sara y yo nos reíamos de todo y con todos, contentos simplemente de estar juntos…, y la felicidad parecía estar allí, al alcance de la mano, flotando ante nosotros, jugando con las cuatro luces blancas que reflejaba la bola de espejos suspendida sobre el centro de la pista: allí, instalada junto al humo, la música y las carcajadas que saturaban el aire del local.


El criminal siempre vuelve al lugar del crimen, pensé en el momento de abrir la oscura puerta de madera. Pero esa noche descubrí que, por mucho que nos empeñemos, no se puede regresar al pasado. Ni siquiera un criminal como yo. Y en lugar de todo lo que esperaba y evocaba, me encontré con un antro triste y semivacío.
         Habían pasado cinco años, seis meses y un día —una larga condena— desde la última vez que puse los pies en el Falstaff, pero a pesar de conservar el gran espejo de la entrada, tenuemente iluminado, y la misma decoración en negro —el techo, el improvisado guardarropa, la barra de madera y las grandes fotos, que destacaban sobre el pálido naranja pastel de las paredes—, casi parecía otro local: sólo había dos parejitas sentadas en las mesas y cuatro petimetres con corbata en la barra, blandos, aburridos, descansados y aparentemente satisfechos de sí mismos, saboreando copas de extraños líquidos fluorescentes y comentando el prometedor estado de la bolsa y no sé qué pingües dividendos bancarios, que me miraron como a un bicho raro nada más traspasar el umbral de la puerta. Y ni tan siquiera estaba el Calvo detrás de la barra...
         Habían quitado las fotos panorámicas en blanco y negro del malecón cubano bañado por la espuma salvaje del mar Caribe, de la polvorienta botella de ron añejo y el par de vasos que aguardan, de las chicas risueñas sobre fondo de edificio colonial de La Habana vieja (y ya no te digo nada de las gloriosas imágenes que decoraron el local a principios de los noventa, no sé si con la secreta y aviesa intención de que los clientes siguieran el ejemplo: aquellos ósculos capitaneados, cómo no, por una reproducción colosal de Le baiser de l’Hotel de Ville, de Robert Doisneau), y lo peor de todo es que las habían sustituido por cinco ridículas tomas —desde los tacones de aguja hasta un buen par de tetas mostrado con generosidad y en todo su esplendor, eso sí— de una modelo desabrida que subía las escaleras. Y por si fuera poco, sonaba lo antepenúltimo de Loquillo y los Troglos, trayéndome de vuelta a la cruda realidad: “La fiesta ha terminado, y tienes treinta y tantos...”, con un coro de homosexuales playeros de voz aflautada —porque eso tenían que ser tíos— que cantaban Chup chup churup churup chup, chup chup churup churup chúúúú…, en un mal remedo de las colored girls de la vieja Velvet Underground.
         Estamos jodidos, pensé, si hasta el Loco está acabado, ¿qué nos queda?

9 comentarios:

  1. ¿ Escorpión ? Cuando un HOMBRE sólo rebusca y rebusca desesperadamente en el fondillo de su sucio pantalón lo que un día fue,ese día se vienen las mayúsculas abajo. De todas formas enternece ver que, pese a todo y a todos, siempre nos quedará el Parque de la Guine. Desde un mundo que ya no es el tuyo, que nunca, fue tuyo. Larga vida al rock and roll !!!!!! Y si me permites, ¡¡¡¡ Que coño !!! Que el jefe soy yo, ya que no has hecho caso nunca a nadie..... Sigue, sigue escribiendo ¡¡¡¡¡ máldito idiota !!!!!

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    1. Coño, Gallo, me parece que no has percibido lo que un crítico literario denomaría "el contenido aliento poético del relato". De hecho, hoy por hoy es la entrada más vista del blog, y también ha tenido cierto éxito en el Facebook de "Crónicas falstaffianas". Eso sí, estoy completamente de acuerdo con tus conclusiones. Un abrazo y ¡¡¡Larga vida al rock'n'roll!!!!

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  2. Como esto lo puede, ojala, leer mucha mas gente, o no, dejo mi contestación a tu intervención para cuando estemos delante de una birra o un malta ( el bourbon es para los que no tienen historia ). Eso si, antes de que nos trastabillee la voz, ¿ Ok ?

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  3. Topicazo tras topicazo, como una canción de Loquillo. Autocompasivo, autocomplaciente, autotodo. Tom Waits, Chabela... sin palabras

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    1. Este sábado tuve el honor de asistir a un concierto genial: Los Troglos en el Sidecar, y de poder darles un abrazo al mejor guitarrista que ha parido este país, Xavi Tacker, y a uno de los mejores saxos, Javier "Liba" de Vilavechia. ¡¡¡No sé si es un tópico, Anónimo, pero creo que es grande!!!!! Y no sé si es autocompasivo, pero si así fuera, ¡¡¡viva la compasión!!!!!

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  4. Bien escrito Jordi. Te acuerdas del gallego que conociste el pasado 13 de Agosto en un albergue de Cartagena, Colombia?
    Pues soy yo!
    Me alegro de haber encontrado tu contacto, perdido entre un amasijo de papeles.

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  5. Respuestas
    1. ¡¡¡Hombreeee, cuánto tiempo, encantado de volver a tener noticias tuyas!!! Muchas gracias y un abrazo

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